Perder el control

1932 Palabras
Arianna Me pasé los tres primeros días emocionada ante la expectativa del acuerdo al que llegamos. Cada vez que veía a Aquiles, mi corazón galopaba alocadamente y mi respiración se descompasaba. Esperaba ansiosa que me besase nuevamente o me tocase como en el bar. No ocurrió. Por lo que poco a poco, esa emoción se fue diluyendo, para convertirse en algo diferente al terminar la semana. Estaba arrepentido. Era evidente. Tenía la sensación de que evitaba que estuviésemos solos y cuando lo estábamos, podía percibir que no mostraba el mínimo interés en mí. La ansiedad y los celos me estaban comiendo. Lo que era realmente extraño porque nunca me consideré particularmente celosa. Mientras abría la puerta del piso; que por contrato, me darían a préstamo durante un año. Me quedé mirando como: los pantalones se ajustaban a sus piernas, moldeando sus caderas estrechas y la camisa arremangada dejaba entrever todos sus músculos definidos. —Siento mucho haberte hecho venir a estas horas. No quería que pasase un día más sin que vieses el departamento —. Me sentí adolorida y desasosegada. No era una excusa para besarme, ni terminar lo que comenzamos. Realmente estaba preocupado porque no terminase en la calle —. Me imagino que debes dejar la casa en la que vives pronto. —Sí, el abogado se comunicó conmigo hace dos días. Aunque el miserable de Marcos, aún se niega a firmar el divorcio, me está solicitando que abandone la casa para fin de mes —. Puede notar como se me tensaban dolorosamente los músculos de los hombros. — Bueno, puedes mudarte aquí, mañana mismo. Si eso quieres —. Abrió la puerta, invitándome a entrar —. Mi hermano, aún no sabe qué hará con él, pero me dijo que le vendría bien que alguien lo ocupase durante un tiempo. Serías una especie de casera; deberías encargarte de los impuestos, las expensas las paga Ares. Aunque estaría bien que realizases un mantenimiento básico. Me obligué a apartar la vista de él y observé el lugar. —¡Me cago en la mierda! —Mascullé observando todo con los ojos muy abiertos —. Es increíble, ¿tu hermano está seguro de prestármelo? — Nunca podría haber accedido a alquilar un sitio como ese, ni aun estando casada con Marcos. Solo la vista, que se podía ver a través de la puerta de cristal y los cristales de los enormes ventanales. Costaba más que la casa que tanto nos costó pagar con Marcos. Era enorme, un espacio abierto decorado en tonos blancos y grises que contrastaban con el color oscuro del roble. En el salón se encontraba un amplio sofá n***o y un par de sillones individuales vintage de color beige, junto a una amplia mesa auxiliar de cristal y acero. Frente al conjunto se encontraba un hogar y sobre este, una pantalla plana de tamaño cine. La cocina, se encontraba justo del otro lado y Aquiles se movió con familiaridad hacia ella. Buscó una botella de cristal y dos vasos. —¿Quieres tomar algo? —Me preguntó sirviendo whisky en uno de los vasos. —No estoy demasiado estupefacta, como para agregarle alcohol a la ecuación. —Supongo que eso significa que te gusta —. Se apoyó en la encimera de mármol n***o de la cocina, cruzando sus brazos sobre el pecho. Antes de llevarse lentamente el vaso a los labios, aunque pareció arrepentirse y lo dejó sobre la encimera—. Debo llamar mañana temprano a Ares para confirmarle tu decisión. —¿Es broma? Parece que lo sacaron de una revista de decoración —. No pude resistir la tentación de quitarme los zapatos y hundir los dedos en la mullida moqueta de color arena —. No podría pagar algo así, ni en mil años. Pero, si solo debo pagar los impuestos, creó que es un sí. Era masculino y cálido a la vez. Se podía sentir la presencia varonil en cada rincón de una manera sutil. —Qué suerte que tu respuesta es: sí. Mi hermano va a estar feliz de que no continúe abandonado—. Una mueca se dibujó en su rostro, a esas alturas lo interpretaba como una especie de sonrisa —. Ares es la savia vital del grupo Carissino, de no ser por él, no seríamos líderes en el mercado. Tiene una visión única y un sello inigualable. Muchas veces he luchado duro para que no lo tienten con alguna oferta irresistible —. Me parecía muy tierno que dejase ver lo orgulloso que se sentía por su hermano —. Cuando comenzó a esbozar los planos de esta torre, nos dijo que debíamos vivir aquí. Así que, apartó un piso para cada uno de nosotros. Tiene un gran valor sentimental para nosotros. — ¿Vives aquí? —Levanté la cabeza rápidamente y sentí que me ruborizaba. Ya que de pronto, me pareció que comía mi espacio vital de forma escandalosa, impidiéndome respirar. —Sí, justo a dos pisos de distancia, ¿crees que supone algún problema? —Vi un débil tic en la comisura de sus labios y supe que mi reacción divertía mucho a Don cara de culo —. Seremos vecinos —. La sensualidad que su presencia despertaba en mi cuerpo se acrecentó. Un ligero temblor me recorrió, al ver como sus rasgos se volvían implacables. Pronto la energía entre nosotros se volvió peligrosa. Sentí un ligero hormigueo en las manos y mi respiración se volvió jadeante —. Te tendré muy cerca, todo el tiempo… —Su mirada se clavó en mis labios. La boca se me secó repentinamente y por mucho que lo intenté, no logré apartar la mirada de sus firmes músculos, marcadamente tensos. Sus ojos me acariciaron todo el cuerpo, haciendo que mi piel ardiese. Calentándolo tanto, que temí estallara en llamas. —No lo sé… —Un calor fulminante, continuo bajando por mi estómago —. ¿Eso sería un problema para ti? —. Él no respondió. —Ven aquí y lo sabrás —. Tragué saliva, había una especie de advertencia solapada, tras sus palabras. Quizás me advertía que el animal dentro de él estaba a punto de saltar para devorarme. No me importaba. Así que, simplemente cedi a la locura y me acerqué a él. Cuando me detuve a solo unos cuantos centímetros, deslizó los brazos alrededor de mi cintura y me presionó contra su pecho. Me arqueé contra él, perezosamente, y lo sentí tocar el lóbulo de mi oído con su lengua. Fue suficiente para estar dispuesta a obedecer a ciegas. Abrió mis piernas con las suyas, colocándose entre ellas. El deseo cedió a la lógica, cuando pasé la punta de mis dedos sobre su mentón. Me miró la boca y dejé de sentir todo a mi alrededor, a excepción del rápido latido de mi corazón, la agitación de nuestra respiración y la tentación de sus labios ligeramente entreabiertos. Su mano fue hasta mi cuello, y lo presionó suavemente, mientras jadeaba desesperada en busca de aire, sin conseguir nada. Me observó con ojos hambrientos, hasta que su boca estuvo sobre la mía. No me besó, me consumió, arremetiendo implacablemente con su lengua a un ritmo frenético y voraz. Su aroma a cuero se hundió en mis pulmones y lo besé, con todo el hambre reprimido de la última semana. Colocó una palma en una de mis nalgas, apretándome firmemente contra él. Castigándome con la presión de su polla dura contra mi entrepierna. Mordió mis labios haciéndome estremecer y un gemido ronco escapó de sus labios. —Arianna… —Su voz sabía a lujuria y sentí que me dolía. Me dolía la presión, el calor que arrecia, la idea de que solo debía bajarse su cremallera y empujar bajo la falda, para acabar con esa tortura. Alejó su boca, solo un instante, suficiente para girarme, pegándome contra la encimera. Me empujó, levantándome la falda con desesperación, arrastrando sus manos necesitadas. Pellizcando y retorciendo la piel en llamas. Tanteo cada centímetro, apretándome la carne con deseo. Un grito me abandonó, cuando tomó mi pierna, enredándola en su cadera y se amoldó, frotándose salvajemente contra mí, con fricciones fuertes y poderosas, al tiempo que yo buscaba a tientas su cremallera. No me lo permitió y quitó mi mano, sosteniéndome por la muñeca con firmeza para mostrarme que no tenía el control. Antes de lograr procesarlo, me alzó contra él, apoyándome en la encimera, por lo que me aferré a su espalda para no caer. —Eres preciosa —. Gruñó, mirándome. Me ahuecó los pechos con las palmas y acaricio mis pezones erectos bajo la tela de la blusa. Entornando los ojos de placer —. Si solo pudieses verte. Sentí que comenzaba a nublarse mi vista, incluso sentía que la piel me quemaba. Aquiles, no dejaba de friccionarse, de apretarme, de moverse y yo… Tuve la impresión de que me volvería loca… El cosquilleo, el placer palpitante, la manera en la que los músculos de mi entrepierna se movían espasmódicamente. Estaba a punto caramelo, nunca antes alguien me había follado con un beso, con su cuerpo de esa manera. No era dueña de mi cuerpo, ya no me obedecía. Aquiles era su dueño. Apartó su boca e introdujo dos de sus dedos, mi boca como si fuese una viril extensión de su falo. Los movió de adelante hacia atrás lentamente y luego deslizó su lengua por la comisura de mis labios hinchados. Lamió mi labio superior, luego el inferior y lo mordió con fuerza, antes de chuparlo. Abrí la boca para respirar, como si la vida se me fuera en ello. Aquiles rugió de placer, tomando nuevamente mis nalgas con brutalidad y abriéndome más las piernas, al sentir que mi cuerpo palpitaba en mi feminidad. Se apretó contra mí, más rápido, más fuerte. Hasta que se detuvo. Creí que me bajaría, pero en lugar de eso, arrastró su mano por el encaje de las bragas y la apartó con cuidado. Presionando con su pulgar el botón duro e hinchado con suavidad. Cerré los ojos aferrándome a su espalda, al sentir aquel contacto caliente. La presión perfecta… Introdujo sus dedos muy despacio, para luego sacarlos con cuidado. Gruñó al sentirme empapada. —Déjame controlarte, puedo hacerte sentir muy bien —. Susurró ásperamente a mi oído—. Córrete en mis dedos, Arianna… Te quiero para mí, permite que te tome —. Cerré los ojos, al percibir la sensación líquida entre mis piernas. Su erección dura como una roca acariciando el interior de mi muslo. Solo bastó un toque, la delicada presión de sus dedos para que me corriese, como nunca antes. Me estremecí violentamente en sus brazos. En ese momento supe que él podía controlar a la perfección mi inexperto cuerpo. A pesar de los años que llevaba fuera del mercado. Creí que no podía controlarse, sin embargo; Aquiles, siempre tuvo el control. Me estimuló hasta el clímax para demostrarlo. Me corrí por él, para él. Aquiles, era el vencedor y si vivía allí, estaría a su merced. —Dime, Arianna, ¿comprendes ahora mi dilema? —Todavía me encontraba aturdida y presa de los espasmos corporales—. Esto, ¿implica un problema también para ti? —Ambos respirábamos entrecortadamente y lo sentí murmurar algo indescifrable. Al volver sus ojos hacia mí, negué lentamente, aún mareada y sonrió. No fue un intento de sonrisa, fue realmente una —. Eres obstinada. Si te vieras ahora mismo, sabrías en cuantos problemas nos estamos metiendo. Era posible, pero no estaba dispuesta a renunciar a ello.
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