Apenas habían transcurrido unos segundos de aquella confesión cuando Wren regresó a la habitación acompañada por dos criadas que acostumbraban atender a la Emperatriz cuando se encontraba indispuesta por su enfermedad. Sus ojos avellana recorrieron cada uno de los rostros, hasta que su mirada se detuvo en una mirada dorada que había visto con anterioridad, èl la reconoció: Era la misma criada que había proporcionado información en el comedor. La tensión golpeó su cuerpo como las olas salvajes del mar. Un escalofrío recorrió su espalda, aquel sentimiento de mal augurio empezó a crecer dentro de su ser y su mirada perdió la dulzura para convertirse en una circunspecta donde sus iris se transformaron en dos cuchillos ocultos debajo de una capa de seda. — ¡Llegó la caballería! – Wren mencio

