El Vizconde exhaló un suspiro profundo, como si el peso de sus preocupaciones desapareciera. Una sonrisa serena se dibujo sobre sus labios delgados, suavizando la seriedad que había adquirido su rostro unos momentos antes, y con un gesto delicado, acerco su mano derecha hasta la cabeza de su esposa, comenzó a acariciar su cabello con una ternura que habla por sí sola, mientras que sus dedos se deslizaban con suavidad pudo notar como la tensión abandonaba el cuerpo de ella. Cada una de sus caricias se convirtió en un bálsamo para su alma agitada. — Olivia. — Paolo murmuró su nombre en su oído, a la par que deposita su taza de chocolate hirviendo en la mesa de noche. — Descansemos un instante juntos, por favor. Tu cuerpo necesita un momento de paz. Ella lo observó en silencio porque no e

