Capitulo Doce

3327 Palabras
Nikolas Ajusto las solapas de mi traje gris oscuro, verifico que los gemelos rectangulares, que mi madre me obsequio hace algunos años estén en orden, todo buen traje necesita un par de bueno gemelos para resaltar, estos son de un tono azul eléctrico y por lo que siempre dice mi madre, contrastan perfectamente con el gris oscuro del traje que justo ahora llevo puesto. Compruebo de mi cabello este ordenadamente arreglado, le doy un poco de brillo a mis zapatos marrones, cuando creo estar listo, miro mi reflejo en el espejo y luzco muy estirado y presentable, como debe ser, tomando en cuenta que estoy en un palacio de una Duquesa, el protocolo de vestimenta es requerido, por lo que doy gracias a Dios el estar preparado para la ocasión y empacar ropa apropiada, es mi primera vez en un lugar tan prestigioso como este, he tenido socios y hasta clientes de gran renombre y estatus social, entre esos pudiera destacar: políticos, agentes gubernamentales, entre otros, pero nada se le compara a esto. El proyecto expuesto por la señorita Amelia si podemos lograrlo, será un éxito para escalar mucho más alto y quien sabe, talvez dentro de poco estemos fabricando para los reyes y hasta presidentes de diversos países. La habitación de invitados que me asignaron es enorme y deslumbrante, todo está en orden, la decoración es de estilo clásico, con una enorme cama ubicada en el centro del lugar, ventanales que van desde el techo hasta el piso, con gruesas cortinas de color verde oliva, con ramas doradas, un balcón con vista al jardín trasero, en media luna en donde hay una mesa de té con dos sillas, en la puerta derecha está el baño privado decorado con baldosas y mármol pulido, si mi madre pudiera ver esta decoración se volvería loca, ya que es lo que más ama. Leves toques en la puerta, hacen que lleve mi vista hasta esta, son las siete y treinta de la mañana, según el itinerario que me entrego la señorita Louis el horario del desayuno es de siete treinta a nueve de la mañana, por lo que asumo me han venido a buscar para el desayuno. Camino hasta la puerta, respiro profundo preparándome mentalmente para el largo día que me depara hoy, giro la manilla y ahí está parada una señora de mediana edad, que me recibe con una sonrisa que hace que sus arrugas se noten más. – Buen día señor Katunaric, soy el ama de llaves, espero que haya descansado lo suficiente anoche – me dice muy amable la señora. – Muchas gracias señora – respondo con la misma amabilidad. – A la señorita Wilson le interesa saber si va a tomar su desayuno ahora o después – me dice. – No suelo desayunar tan temprano, ¿los demás desayunaran ahora? – pregunto, ya que sería muy descortés de mi parte dejar que los demás desayunen y yo no, pues soy su invitado y debo estar sometido a lo que ellos quieran, y por la cara que la Duquesa puso anoche, no creo que sería buena idea hacerle desplantes. – La Duquesa ya sea marchado, tiene un desayuno agendado fuera del palacio, solo será usted y la señorita Wilson – habla la señora. – Pues acompañare a la señorita Wilson en el desayuno – le digo y ella asiente. Vuelvo a entrar en la habitación que ocupo, tomo mi celular y lo guardo en el bolsillo de mi pantalón, cierro la puerta y sigo los pasos de la señora que me guía, este palacio es enorme, por lo que leí es de la época victoriana, es muy antiguo a pesar de tener remodelaciones actualizadas, no pierde su carácter elegante, anoche debido a la oscuridad no logre apreciar lo majestuoso que es, las enormes escaleras, los pacillos repletos de retratos enormes, las esculturas que ardan el lugar, cada detalle esta extremadamente bien cuidado, los muebles extravagantes y más lujos por doquier. Pasamos por la sala de estar, atravesamos el enorme comedor, caminamos hasta la cocina en donde encuentro a los empleados que me renden una reverencia y los saludos deseándoles que tengan un buen día, la señora abre una puerta que conecta la cocina con el patio, la sigo hasta un kiosco blanco, las flores blancas plantadas lo hacen ver casi todo monocromático, por excepción del pasto verde brillante y bien cuidado. Al llegar a la caseta estilo kiosco, mis ojos reparan a la hermosa pelinegra de ojos azules que luce un elegante vestido de falda circular amarillo, tiene sus manos detrás de su espalda y una enorme sonrisa está instalada en su bello rostro, su largo cabello oscuro, tiene sus hondas naturales y su maquillaje sencillo, junto a ella esta Elsa, la que según recuerdo es su mucama y Louis su estilista personal, y la que por lo que recuerdo ver anoche cuando llego al jet, es su amiga íntima. – Buen día señor Katunaric – me dice Amelia parada junto al comedor de seis silla, la mesa está llena de frutas, pan tostado, leche, zumo de naranja, té, entre otros platillos apetitosos. Me acerco hasta ella y le sonrío – buen día señorita Wilson – le digo, debería saludarla extendiendo la mano, pero decido darle dos besos en las mejillas, el olor frutal de su colonia, me gusta, al volverla a mirar a la cara, un elevado color rojo se ha instalado en ella, no me mira directamente a los ojos, sino que baja su mirada a sus pies. – Esperamos que haya descansado bien señor Katunaric – habla Louis haciendo que despegue mis ojos de Amelia y la observe ahora a ella. – Gracias, descanse muy bien, el silencio que hay en este lugar es muy relajante – le digo ya que desde que llegue todo está en completa paz, los empleados son muy silenciosos, aunque lo enorme del palacio influye. – De eso no hay dudas, aunque a veces el silencio se torna aburrido – dice Louis y Amelia la mira frunciendo el ceño. – Le importaría acompañarnos a desayunar señor Katunaric – dice Amelia. – Claro – digo y tomamos asiento, mientras que la ama de llaves ordena a los empleados que nos sirvan en los platos, me resulta un poco incómodo el tipo de atenciones que se toman, yo suelo solo comer unas tostadas y un café en el desayunador antes de ir al trabajo, esta gente es muy distinta. Dejo que me sirvan, Amalia está sentada frente a mí, desde anoche está muy diferente, podría decir que el carácter fuerte que me mostro durante la exposición ha cambiado, a toda costa evita mirarme a la cara, siento que sea a pagado o marchitado, o es bipolar, ha estado muy concentrada en su plato, miro a Louis que al igual que yo no le quita los ojos de encima, por lo que decido intervenir. – Tendremos un largo día hoy – digo y por primera vez desde que iniciamos a comer ella levanta la mirada, se limpia la comisura de los labios y dice: – Si, tenemos muchas cosas por hacer – dice con nerviosismo. – Debes estar muy emocionada – le digo y agranda un poco los ojos. – Si, lo estoy – me dice. – La programación del itinerario, la organizamos con el fin de que pueda conocer mejor la cultura, visitaran algunos de los grandes empresarios de cristales de la ciudad, también recorrerán los lugares históricos – habla Louis tranquila, mientras continua comiendo. – Hablas como si fueras a ir con nosotros – dice Amelia mirando a Louis. – Lamento no poder acompañarlos señores, pero tengo algunos asuntos que requieren de mi atención – se disculpa – creo que no hay ningún problema en que usted señorita Wilson, le muestre lo agendado al señor Katunaric. Amelia me mira y luego vuelve a ver a Louis, pone esa falsa sonrisa que estoy aprendiendo a diferenciar de la sonrisa genuina que suele usar. El ambiente incómodo y tenso, no solo ocurrió durante el desayuno, sino más bien que se extendió durante todo el viaje en auto, hasta nuestra primera parada, la antigua fábrica de cristalería de un anciano muy carismático. La fábrica es de solo un nivel, el cáliz con cristales de colores incrustados, llama mi atención, apagando un poco la tensión del momento, el dueño, el señor Murphy nos explica el valor sentimental que tienen para él y su familia esta fábrica, me conmueve la historia de superación personal que nos cuenta, Amelia está atenta a cada palabra. El señor Murphy le agradece el que le diera la oportunidad de poner conocer mejores estrategias para aumentar la productividad de su mercancía. – Quiero enseñarles algo – nos dice el señor Murphy, nos ponemos de pie y lo seguimos hasta una estantería donde tiene varias exhibiciones de sus creaciones, el bastón de palo lo ayuda a moverse y Amelia amable lo sostiene del brazo para que se apoye en ella. Con su mano libre don Joseph Murphys, toma una copa cuyo diseño único me deja impresionado, el besa la copa vacía y se la entrega a Amelia. – Esta fue la primero copa que hice, me tomo todo un año perfeccionarla – Amelia toma la copa entre sus manos. – Es hermosa – dice Amelia y concuerdo con ella, nunca antes había visto semejantes detalles, las curvas desde lejos se ve que fueron talladas a mano con sumo cuidado. – Cada detalle esta perfectamente cuidado – le expreso. – Es única en su tipo, y por siempre lo será – nos dice y yo frunzo el ceño – este diseño nunca debe ser fabricado ni multiplicado – nos pide. – Señor Murphys, este diseño atraería a cientos de clientes – le digo como todo buen conocedor de lo que hago. – Lose, pero mi deseo no es ese – habla el anciano. – ¿Por qué no es su deseo señor Murphys? – pregunta Amelia con la misma intensión. – Creé esta copa, única y exclusivamente para el amor de mi vida, me esmere porque cada cuidado y detalle fueran como ella, a simple vista no solo es hermoso, sino también que es frágil, dulce y encantador – entonces el señor Murphys toma la copa y la estrella contra el piso, provocando que tanto Amelia con yo nos sobre exaltemos y cerremos los ojos debido al impacto, el sonido del cristal tomando el piso me hace quebrar el corazón, entiendo que el señor Murphys no quería que se hicieran más copias como esta, pero creo que no debía de romper la copa – Pero es indestructible – concluye diciendo el anciano y al abrir mis ojos y ver al piso, la copa está intacta, ni un rasguño – las capas de piedra caliza con las que logre hacer esta copa, la volvieron resistente no solo al fuego, sino también a las quebraduras, así como mi matrimonio de hace más de sesenta años – termina diciendo el hombre y yo me inclino a tomar la copa y no dejo de mirarla, comprendiendo el valor sentimental y el esfuerzo puesto al máximo. Al salir de la fábrica del señor Murphys, abordamos el auto que nos llevara a nuestra segunda para del día, un museo de obras artísticas, tanto esculturas como pinturas. Tras continuar entre Amelia y yo ese silencio decido romper con él, no me gustan los ambientes pesados, me resultan muy forzados y quiero que las cosas entre nosotros no estén así, pronto seremos aliados, y cada cosa que nos acerca más a llevar a cabo el proyecto, me alegra, porque no me estoy arrepintiendo de haber venido, ni de aceptar el proyecto como mi madre me dijo. M – El señor Murphys tiene una bonita historia – le digo y por primera vez desde que nos subimos devuelta al auto ella me observa. – El amor es una fantasía, pero su historia me pareció muy real, como si pudiera palparla con mis manos – me dice y me sorprende que crea que el amor es una fantasía – los matices que él le da a su historia de amor son muy rematicos – dice con una sonrisa algo triste. – Lo dice como si estuvieras leyendo una novela – le digo. – Su historia se parece a una – me dice. – Pero es real, el aun después de sesenta años sigue amando a su esposa, como la primera vez – le digo enganchado. – El señor Murphys muy sincero en sus palabras, no dudo de que así sea – ella toca sus manos y mira por la ventanilla del auto, mientras vamos en marcha. – ¿Alguna vez te has enamorado? – le pregunta sale de mi boca sin permiso, ella me mira sorprendida y me arrepiento de haber sido tan descortés con mi pregunta. – Estaba comprometida con alguien que creí amar – me dice con un toque de amargura en su voz – el amor para mí no fue igual al del señor Murphys, pero a pesar de que fue un compromiso impuesto, yo sentía cosas a las que llame amor, me sudaban las manos cada que estaba cerca de él, tenía apenas veinte años, cuando se formalizo nuestro compromiso, estaba muy emocionada porque dentro de cinco años seria la esposa de ese hombre de buena familia y grandes valores – me dice y una lagrima rueda por sus mejillas – pero al parecer el sentimiento que había en mí no era reciproco, luego de dos años, el rompió nuestro compromiso, renuncio a su título de Duque y se quedó con una plebeya, me rompió el alma saber que no nos casaríamos, ni siquiera me lo dijo en persona, solo tomo su decisión sin importar lo que yo quería – la tomo de las manos, comprendiendo su dolor – tiempo después conocí a la dueña de su amor y entonces ahí supe, el nunca seria para mí, ellos se pertenecían, sus miradas, sus sonrisas, eso no lo tenía conmigo, yo me había hecho fantasías, fue muy difícil salir de ese enamoramiento, pero valió la pena, porque ahora comprendo que hay personas que están destinas a estar juntas toda la vida, así como el señor Murphys y su esposa, pero otros solo debemos vivirlo en fantasías – concluye diciendo, tomo su rostro entre mis manos. Desde que la conozco hay algo en ella que no me deja tranquilo, sus angustias y miedos los puedo sentir, tiembla en mis manos y cierra los ojos, uno mi frente a la suya, y con atrevimiento beso su nariz, acariciando sus orejas es una costumbre que tengo, es mi modo de consolar a las personas, específicamente mujeres. – Te conozco hace muy poco Amelia – dejo de lado el protocolo de llamarla señorita Wilson – eres una mujer brillante y fuerte, además de hermosa, talvez ese hombre no era el amor de tu vida, pero eso no significa que tengas que vivir el amor solo en fantasías – le digo y no entiendo de donde salen mis palabras, se supone que yo debo de ponerlas en práctica en mí mismo – el auto se detiene, y Oliver nos indica que ya hemos llegado. Amelia toma una toalla de papel y se limpia las lágrimas, me brinda una sonrisa tierna – gracias por escucharme – me dice. Salimos al museo, Oliver nos sigue de cerca mientras apreciamos cada obra, agarro mi celular y tomo varias fotos a las obras al igual que les tome a algunas de las copas del señor Morphys, observo a Amelia concentrada en una de las pinturas de flores de diversos colores, al estar distraída, no se da cuenta cuando le saco una foto. Salimos unas horas después del museo, aunque entre Amelia y yo surgían silencios, no eran incomodos sino más bien necesarios. Si celular suena y respondo inmediatamente al verificar que es de la residencia de Anika – si, bueno – digo y la voz dulce de mi hija me saca una sonrisa. – Papi – me alejo un poco en la entrada del museo y de Amelia y Oliver, para tener más intimidad al hablar con mi hija. – Mi amor, ¿Cómo estás? – le pregunto sonriendo. – Estoy comiendo papas – habla en su tono aniñado. – Eso es perfecto nena – le digo. – ¿Estas con la princesa? – me pregunta ilusionada, me volteo a ver a Amelia que está entrando al auto nuevamente y le sigo. – Si nena – respondo a mi hija. – ¿Cómo es su colona? – pregunta intrigada. – Aun no la he visto – le digo. – Oooh – dice a modo de sorpresa, y escucho cuando otra voz la llama por su nombre – adiós papi, te amo mucho – se despide. – Yo también te amo mi amor – le digo y me quedo viendo el celular unos segundos más. – No solo el señor Murphys y mi ex prometido tienen a su verdadero amor – me dice Amelia con esa falsa sonrisa. Arrugo las cejas algo confundido, hasta que caigo en cuenta - llevas mucho tiempo con tu novia – me dice y yo estallo en una carcajada – ¿Qué es tan graciosos? - No tengo novia, hablaba con una mujer que amo y amare toda mi vida, pero no es mi novia – le digo. – Es su esposa – y niego con la cabeza. – Es mi hija – le digo y me sonríe. – No sabía que tenía hijos – me dice. Busco una foto de mi preciosa niña y se la muestro – se llama Alia – le digo y ella admira los detalles de mi rubia. – Wow es muy hermosa – me dice – tiene tus ojos – me dice y asiento con la cabeza. Pasamos a almorzar aun restaurante muy elegante de la ciudad, cada cosa que vemos llama mi atención, tomo fotos y dejo que Amelia me cuente sobre la historia de su imperio, paseamos por las calles, caminamos por la orilla del mar mientras Oliver no nos quita los ojos de encima, varias personas se acercan a nosotros al reconocer a Amelia, compartimos con ellos un momento, algunas personas expresan su descontento con la administración de la Duquesa, y Amelia con sabiduría responde a cada pregunta sin dañar el nombre de su madre y sin restarle importancia a las demandas del pueblo. Al caer la tarde nos sentamos en el muelle, las olas del mar están calmadas, me saco los zapatos al igual que Amelia, quien deja sus zapatillas, en el camino de madera y deja reposar sus pies tocando el agua del océano, mientras yo me quito las media y arremango mi pantalón para no mojar el borde, el saco del traje lo deje en el auto, dejando solo la camisa blanca para estar más cómodo. – ¿Qué paso entre tú y la madre de tu hija? – me pregunta y sabía que tenía las dudas de que había pasado, suspiro un par de veces para ser completamente sincero, ya que ella lo fue conmigo. – Nuestras historias tienen algo parecido – le digo y ella deja de mirar la apuesta de sol, para mirarme – desde que la conocí me enamore de ella, pero fui un completo imbécil con ella, sucedieron cosas nos alejaron – le cuento un poco sobre la historia – cuando me di cuenta que todo era un engaño, ya era demasiado tarde, ya ella había encontrado su verdadero amor, a veces pienso que si no hubiera sido tan impulsivo, ahora estarías juntos, pero nada nos puede devolver al pasado, solo remediar lo sucedido, ella me perdono, y eso dejo caer un gran peso de mis hombros – le digo. – ¿Aun la amas? – me pregunta, lo mismo que me he preguntado en los últimos años y justo ahora aun no tengo la respuesta definitiva.
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