LUCELOS

1285 Palabras
Perla se levantó de su cama de un salto y se plantó frente a todos con los brazos en jarra. —Bueno, si quieren que yo vaya a esa dichosa fogata… ¡se salen todos de mi cuarto ya! —¿Yo también? —preguntó Alan con una mueca, señalándose a sí mismo. —Sí, Alan, tú también. Sobre todo tú, que me has estado escondiendo secretos. —Oh, vamos, Perlita… ¿me vas a decir que tú no me guardas secretos? —¿Como cuáles? —retó ella, cruzándose de brazos. —Como los… “asuntos” que tienes que hacer antes de la fogata —dijo, alzando una ceja con malicia. Perla lo fulminó con la mirada, sin responder. Lana aprovechó el momento para tomar a Alan del brazo y empezar a arrastrarlo hacia la puerta. —¡Eso dijo, Alan! Lo más seguro es que esté leyendo algún libro nuevo y esté enganchadísima. ¡Vámonos antes de que se niegue a ir! Maya soltó una carcajada y se unió al caos, sujetando a Alan por el otro brazo. —¡Vamos, galán! Hora de evacuar el área. —¡Oigan! ¡Oigan! ¡Ni que fuera un saco de papas! —protestó Alan, mientras las chicas lo empujaban fuera del cuarto. Perla sonrió mientras los veía forcejear. Justo cuando se disponía a cerrar la puerta, escuchó a Alan quejarse desde el pasillo: —¡Oigan! ¡Alguien me tocó una nalga! Perla soltó una carcajada y se cubrió la boca, sabiendo perfectamente quién había sido la culpable. —¡Maya! —murmuró para sí, divertida—. No cambias nunca. Cerró la puerta con una sonrisa amplia, el cuarto ahora en silencio, y con una chispa de alegría recorriéndole el pecho. Después de que todos salieron de su cuarto, Perla suspiró aliviada. Se quitó la ropa con calma y entró al baño, dejando que el agua caliente la relajara. Se tomó su tiempo, necesitaba ese momento de paz antes de enfrentar la noche. Al salir de la ducha, se secó el cabello rápidamente y se hizo una cola alta, dejando su rostro despejado. Se puso un vestido sencillo, cómodo, y unos tenis blancos. Se veía básica, sí, pero justo como le gustaba: libre y sin pretensiones. Encendió su computador, se acomodó frente a la pantalla y abrió su borrador. Sus dedos volaron sobre el teclado, corrigiendo, ajustando frases, agregando emociones. Cuando terminó, respiró hondo y lo envió. No pasaron ni dos minutos cuando la respuesta apareció. LordBlackthorn: Hola Piperly, ¿cómo estás? P: Hola, Lord. Bien. ¿Puedes revisar porfa ese borrador? Pasaron unos minutos y llegó otra notificación. L: Oye Piperly… dime una cosa… ¿todo eso son tus fantasías? Perla se atragantó con su propia saliva y se quedó mirando la pantalla con los ojos abiertos como platos. P: ¿Por qué el interés? No es la primera vez que escribo ese tipo de escenas. L: Es que… cada vez me causan más curiosidad. Pensar que tal vez estás buscando a alguien que te las cumpla... Perla alzó una ceja, divertida. Total… es solo un juego, pensó. Ni me conoce, puede que esté en otro país. Así que decidió seguirle la corriente. P: ¿Y qué si es así? L: Yo podría complacerte en todas tus fantasías… habidas y por haber. P: No me hagas reír. Ni siquiera me conoces. L: ¿Y si te digo que estudio en tu misma universidad? El corazón de Perla dio un vuelco. Su cuerpo se tensó de inmediato. Apagó el portátil con un movimiento brusco y se quedó sentada en silencio, procesando lo que acababa de leer. —¿Cómo sabe eso? ¿Será que adivinó? ¿Y si de verdad me conoce? —murmuró para sí. El reloj marcaba las 7:00 p.m. cuando alguien tocó la puerta. El susto la hizo brincar en el sitio. —¿Y si es él? ¿Qué hago? ¡Dios mío! —susurró, sintiendo una mezcla de miedo, adrenalina… y excitación. Pero su burbuja se rompió al escuchar la voz al otro lado de la puerta. —¡Perliu, abre la puerta porfa! —gritó Maya. Perla soltó todo el aire contenido y se acercó a abrir. —Oye, ¿aún no te has alistado? —preguntó Maya, escaneándola de arriba abajo. —Ya estoy lista —dijo Perla con calma, señalando su vestido y tenis. Lana bufó detrás de Maya. —Te lo dije, Maya… es imposible. Ambas amigas iban vestidas igual: traje de baño de dos piezas, camiseta de malla blanca encima, shorts de jean y tenis. —Toma —dijo Maya, entregándole una bolsa—. Aunque tienes mejor cuerpo que yo, seguro te queda. Cámbiate. Perla suspiró y se metió al baño con la bolsa. Al abrirla, confirmó que el look era el mismo, aunque con una pequeña diferencia: su camiseta de malla era negra. Se cambió rápidamente y salió del baño. —¡Te ves muy sexy, Perla! —chilló Lana al verla. —Vamos antes de que me arrepienta —dijo Perla, cruzándose de brazos con una sonrisa nerviosa. —¡Oh, espera! —Maya se acercó y le soltó la cola de caballo, dejando que su melena húmeda cayera sobre sus hombros. —Ahora sí —dijo con una sonrisa—. Te ves preciosa. Perla bajó la mirada, un poco tímida. Pero en el fondo, no podía evitar pensar en el mensaje que había leído minutos antes… y en la posibilidad de que él estuviera más cerca de lo que creía. —¿Y los chicos? —preguntó Perla mientras caminaban por el sendero iluminado tenuemente por antorchas. —Se adelantaron. Nos esperan en la fogata —respondió Lana con tranquilidad. —¿Y por qué los trajes de baño? —insistió Perla, algo confundida. —Porque hay un lago y una piscina. ¿No sabías? —contestó Maya con una sonrisa divertida. Perla se encogió ligeramente de hombros y se cruzó los brazos, cubriéndose el pecho con cierta incomodidad. —¡Oye, no te tapes! —dijo Maya con tono pícaro—. Tienes unos grandes atributos, así que lúcelo, mujer. Sin darle tiempo a protestar, le bajó los brazos con suavidad pero firmeza. —Ahí está. Perfecta —añadió con un guiño. Cuando llegaron a la zona de la fogata, la música sonaba baja, las llamas crepitaban y la risa de los asistentes se mezclaba con el chisporroteo del fuego. Pero en cuanto las tres chicas aparecieron, fue como si alguien hubiese presionado el botón de pausa. Todas las miradas se giraron hacia ellas de inmediato. Las siluetas de Perla, Lana y Maya, vestidas con camisas de malla que dejaban entrever sus trajes de baño y shorts de mezclilla, atrajeron la atención como imanes. Pero fue Perla quien acaparó la mayoría de las miradas. Los chicos del grupo, ya acomodados alrededor del fuego, quedaron boquiabiertos. Rubén se enderezó de golpe, Alan dejó de hablar a mitad de una frase, y Andrés soltó una carcajada nerviosa mientras le daba un codazo a uno de ellos. —No puede ser… ¿esa es Perla? —murmuró Alan, atónito. —Dios bendiga las buenas decisiones de vestuario… —agregó Rubén, sin apartar la mirada. —Ya valió, me enamoré otra vez —dijo Andrés, llevándose una mano al pecho teatralmente. Perla sintió que las mejillas se le calentaban por el rubor, pero no bajó la cabeza. En lugar de eso, se humedeció los labios, se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y caminó con paso seguro hacia la fogata, sabiendo —por primera vez en mucho tiempo— que tenía el control de todas las miradas.
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