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1117 Palabras
Las horas seguían corriendo tan lentas como el deshielo de una cumbre empinada. Inaparentes, deslucidas y dolorosas. Cloe y Enzo aún no habían regresado y Milo parecía querer trepar las paredes de esa fría sala de espera, mucho más repleta de lo que lo hubiera estado jamás. Liam había intentado persuadirlo de ir por un café, pero no tuvo éxito. Todos temblaban. Todos temían un final injusto, anticipado, dañino. Abril se acercó a su hijo, sentado junto a su padre y acarició su cabeza. -Va estar bien.- le dijo en tono bajo, tan dulce como siempre había sido, tan persuasiva que el adolescente sonrió en contra de todos los pronósticos. -Ella es fuerte, lo lleva en la sangre.- agregó conteniendo sus propias lágrimas con los ojos cerrados y la voz trémula. Entonces Ciro se puso de pie y se acercó a ella para abrazarla con todas sus fuerzas. No necesitaron hablar, no querían volver a pelear. En momentos como esos que entregaba la vida de manera gratuita, sabían cómo responder. Sabían convertirse en lo que siempre habían sido, sabían armarse, apoyarse, dejarse querer. Ciro besó su cabello y el perfume lo hizo sentir demasiado tonto. ¿Por qué se había alejado? ¿Por qué había dejado de pelear? Pensó con sus ojos aún cerrados y continuó apretando sus hombros como si necesitara que pudiera oír sus pensamientos. -Parece que no pudieron completar su viaje.- le dijo una vez que la emoción pareció ceder. Abril se separó y buscó sus ojos, iba a hacerle un comentario pasivo agresivo pero entonces ese brillo la transportó al pasado. A sus intentos por hacerla reír, a sus viajes en motocicleta, a sus bares ocultos y todo fue demasiado abrumador. La historia tenía la habilidad de construirse en función de los recuerdos y en ese momento, solo los buenos parecían querer mostrarse, llevándola a pensar que su decisión había sido injusta, cobarde y apresurada. Sin poder contenerse sonrió, fue una sonrisa breve, lo más larga que la situación le permitió, pero que significó tanto para Ciro que esta vez las lágrimas no pudieron quedarse quietas. Abril alzó su mano para secarlas y volvió a acurrucarse en su pecho. -En momentos así no puedo dejar de pensar en el tiempo que perdimos.- le arrojó, así, sin anestesia, con su corazón desbocado por confesar que estaba latiendo, fuerte y claro por él. -Ningún tiempo es perdido si nos trajo hasta acá.- respondió él sin querer soltarla, con su mente nublada por el dolor de una nueva posible ausencia. -¿Hace falta tanta exposición?- dijo Dante con su tono áspero desparramado en su silla y sus padres volvieron a sonreír sin soltarse, de todos modos. Al otro lado de la sala, Maite acariciaba la mano de su hija Miranda, mientras Mackender observaba el lugar exacto en el que sus pieles entraban en contacto, sin poder evitar recordar cuanto le había gustado aquella piel. Había sido un momento breve, un oasis en medio de la vertiginosa vida que había llevado hasta entonces. Un beso, un abrazo, un enredo debajo del mar, su sonrisa, sus ojos, su voz y luego nada. Cuando la vida decide poner una pausa, todo cambia de perspectiva y volver a acomodarse cuesta. Mack observaba la sala de espera y no podía evitar sentirse afortunado. Él era feliz, él tenía unos padres maravillosos, un hermano genial, podía estudiar lo que le gustaba y había exprimido las horas de sus días para pasarla bien y, sin embargo, ahora que veía la escena un nuevo deseo comenzaba a instalarse en su corazón. El abrazo de Ciro y Abril, las caricias de Maite a Miranda, las miradas entre Dante y Clara, el silencio entre Liam y Milo. El amor. Ese invisible arrebatado que se lleva todo por delante, que inunda, irradia, contagia. Que despierta, renace, sobrevive. Que comenzaba a gestarse en él mismo como algo parecido a lo que le pasaba cuando miraba a Miranda. -Me acaban de avisar que nos reembolsan los pasajes.- le dijo Emma a Maite en voz baja acercandose a su oído y ella asintió con su cabeza, como si en verdad no le importara. Habían planeado un viaje juntas, habían dejado todo en manos de los hombres por una vez en sus vidas, habían querido honrar los diez años sin Charly en una travesía a su mejor estilo, pero la vida había querido interrumpirlas. Aunque no estaban seguras si se trataba de una interrupción, en realidad. Charlie los había vuelto a juntar, en una circunstancia que nunca hubieran escogido, pero estaban juntos, al fin. Y no eran ellos solos, ahora sus hijos también los acompañaban, en una postal de esas memorables, que se quedan en las retinas y huelen a alegría. Y eso era algo que irónicamente se sentía reconfortante. -No puedo perderla, no puedo soportar otra pérdida como esta.- le dijo Milo a Liam una vez que Nino se había quedado dormido. -No vas a tener que hacerlo, este no puede ser el final. No ahora que por fin nos hemos vuelto a encontrar.- respondió Liam a su lado con sus puños apretados y su mandíbula tensa. -Llevo demasiado tiempo viéndola a cuentagotas, siempre en alguna ciudad perdida a la que Nino y yo nos acercamos, ese miedo a volver a Buenos Aires parecía algo aceptable al principio, pero ahora que miro hacia atrás debí hacer algo al respecto. Ella es mi hija, lo siento acá, no debía dejarla alejarse, ahora ni siquiera sé si hacía los controles como debía y eso es algo que ella nunca me hubiera perdonado.- le dijo mirando hacia arriba, como si pudiera encontrar a su amor en esa dirección. -No hagas esto ahora. Ella está bien, siempre supo cuidarse, no es tu responsabilidad, es grande, nosotros somos muy grandes, hicimos lo que pudimos, siempre. Y tan mal no nos fue, mirá...- exclamó señalando con su vista la sala de espera, repleta, consternada, esperanzada en salir juntos y más fuertes de lo que fuera que tuvieran que enfrentar. -Pero duele mucho.- le respondió dejándose caer en sus hombros para llorar como si volviera a ser un niño. Liam lo abrazó con todas sus fuerzas, su amistad era algo maravilloso, algo que nunca se había quebrado, algo que los había llevado a tomar las decisiones correctas, a valorarse, a respetarse, a divertirse, a quererse. -Por supuesto que duele, amigo, pero acá estamos para ayudar a cicatrizar las heridas.- le dijo cuando Milo recuperó su respiración. Entonces Cloe y Enzo aparecieron y toda la esperanza que había vibrado en las largas horas de espera, pareció esfumarse en una milésima de segundo. Porque la incertidumbre tiene esa potestad, la de hacer tambalear a la fe más inquebrantable.
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