AKARI
Frunzo el ceño y me remuevo entre las sábanas, atrapada en esa nebulosa pesada que queda después de una noche de excesos. Algo me está cortando el oxígeno; una presión inmensa y cálida se siente demasiado pesada sobre mi cuerpo. Intento moverme, pero lo que sea que me aplasta parece pesar toneladas. Un pequeño rayo de luz se cuela impertinente por la rendija de la ventana, obligándome a apretar los ojos con dolor. El sonido estridente de mi celular, sumado a algo húmedo y baboso deslizándose por todo mi rostro, me obliga a abrir los ojos de golpe.
El corazón me truena contra las costillas. Aquello que no me permitía respirar no era un asesino enviado por mi padre, sino Ryuu, que en algún momento de la madrugada decidió que mi torso era el mejor lugar para dormir. Mi celular no deja de vibrar en la mesita de noche y, de repente, la resaca me golpea con la fuerza de un mazo. Siento la garganta reseca, áspera, como si hubiera caminado días por el desierto de Gobi. La luz hiere mis pupilas y el retumbar en mi sien es tan rítmico como un tambor de guerra.
Logro apartar a la hermosa bola de pelo de encima. Él suelta un ladrido juguetón que me atraviesa el cráneo como una aguja. Se posa a mi lado y me observa con una intensidad tan analítica que me recuerda inevitablemente a su dueño. Entonces, las imágenes de lo que pasó anoche comienzan a proyectarse en mi mente como una película de terror de la que no puedo escapar. Quiero enterrar mi cabeza en el suelo y no salir de allí jamás.
Besé a Koji. Y no contenta con eso, le lancé un tacón que casi le vuela un ojo. ¡Dios! Debo prometerme no volver a tocar el alcohol mientras viva bajo este techo. Koji debe estar que se lo lleva el mismísimo demonio por todos los dolores de cabeza que le causé ayer. Ryuu me sigue mirando, esperando algo.
—Ryuu, recuérdame no pasar nunca más mi límite de alcohol —le hablo en lengua de señas, moviendo las manos con pereza, como si el perro fuera un intérprete experto.
La bola de pelo se acuesta a mi lado, buscando mis caricias. Ojalá el dueño fuera tan honesto como su mascota; ojalá pudiera aceptar que yo también le gusto. Lo vi en sus ojos anoche, en esa fracción de segundos antes del caos. Vi cómo me regresó el beso con una sed desesperada. Vi cómo el carmín subía por sus mejillas cuando miraba mis labios. Estaba nervioso, vulnerable... pero el hombre es demasiado terco, un muro de piedra diseñado para resistir cualquier grieta emocional.
Resoplo y maldigo internamente cuando mi celular deja de sonar solo un segundo para empezar de nuevo con más insistencia. El chirrido taladra mi cerebro. Por fin lo encuentro, bajo las cobijas, lo tomo en mis manos y deslizo el dedo por la pantalla; el rostro de mi hermanita menor aparece al instante con un puchero dramático que ocupa toda la imagen.
—¿Por qué no contestas? —comienza a hablarme en señas a una velocidad increíble—. ¡¿Es que ya no me quieres?! ¡Claro! Como ahora tienes al "Señor Cara de Limón" cuidándote, ¡ya no necesitas a tu hermana! ¡Eres una mala hermana, Akari!
Una sonrisa genuina se abre paso en mi rostro al ver el drama nivel K-drama que está montando Mayu solo porque no atendí al primer toque. Busco un ángulo para apoyar el celular entre las almohadas y poder responderle con las manos libres.
—Estaba dormida, exagerada —le respondo en señas, intentando suavizar el gesto de dolor de mi cabeza.
—¿Y qué? Tu hermana necesita atención prioritaria. Además, me haces mucha falta... —sus ojos grandes y brillantes se cristalizan de repente—. Deja a ese hombre y escapa conmigo. Secuestraremos a Jungkook para que se case contigo y viviremos felices para siempre en una isla.
Suelto una pequeña risita nasal. A mi hermana se le ilumina el rostro al verme. No puedo hablar, mis cuerdas vocales son prisioneras de un sótano oscuro en mi memoria, pero puedo emitir sonidos básicos, y ella, cada vez que me escucha reír, se emociona como si hubiera presenciado un milagro. Ella cree que, en algún punto, mi voz volverá a brotar. Yo, a estas alturas, ya no tengo esa fe.
Mi padre no solo me quitó mi libertad; se encargó de silenciarme. Fue aquella noche... la noche en que estuve en el lugar equivocado, escuchando palabras que eran sentencias de muerte. Él se aseguró de que el miedo sellara mis labios de forma más efectiva que cualquier mordaza física. Se queja de que su hija sea "mercancía dañada" ante la organización y los aliados, cuando fue su propia crueldad la que marchitó mi voz.
Tras aquel trauma, me hice una promesa: el silencio sería mi escudo. Si hablo, si dejo salir lo que sé, aquello que más amo en este mundo saldría herido de muerte. Por eso prefiero ser la "muñeca rota" de la familia Tanaka antes que poner en riesgo la vida de la única persona que me mantiene cuerda. Mi silencio es el precio de su seguridad.
—Dijiste que no estábamos en una historia de w*****d —le recuerdo con un movimiento rápido de manos.
—Pues eres mi hermana. Si el mundo no nos da una historia de esas, ¡yo la escribo solo para ti! —exclama con esa energía que solo ella tiene.
La barbilla me comienza a temblar. Los ojos se me llenan de lágrimas ante su lealtad incondicional. Por ella acepto este compromiso, por ella soporto la distancia de Koji y el escrutinio de la Yakuza. Por ella sacrificaría hasta el último aliento con tal de mantenerla lejos de las garras de nuestro padre.
—¡No llores! —casi grita a través de la pantalla—. ¡Te ves demasiado fea cuando lloras y se te hincha la nariz!
Suelto una risita entrecortada, limpiándome los ojos.
—¿Cómo estás tú? —le pregunto, tratando de cambiar de tema.
Ella intenta sonreír, pero noto que en su mirada algo que me inquieta.
Ella intenta sostener la sonrisa, pero noto algo en su mirada, un brillo de inquietud que me eriza la piel. Conozco cada matiz de su rostro.
—Estoy bien. Volviendo loco a nuestro amado padre y viviendo en carne propia lo que sufrió Rapunzel cuando la metieron en esa torre —bufa, tratando de restarle importancia, pero ladea la cabeza de una forma que me pone en alerta.
Ladeo la cabeza con un gesto de sospecha, pero Mayu me interrumpe antes de que pueda insistir.
—Pero no te llamé para hablar de mis problemas. Son míos y ya tengo edad para cuidarme —dice, recuperando ese tono altanero que la caracteriza—. Te llamé para saber cómo va nuestro plan de hacer caer al próximo Oyabun.
Mueve las cejas de esa forma pícara y yo no puedo evitar rodar los ojos, aunque una chispa de emoción me recorre. Me paso las siguientes dos horas contándole cada detalle de la noche anterior. Mis manos se mueven sin descanso en el aire narrando desde el vestido que compré hasta la tensión de la cena.
Le cuento cómo Koji me cargó en su espalda, cómo permitió que bailara en la fuente bajo la lluvia y, finalmente, el momento en que lo besé. Casi me deja sorda con el grito de emoción que soltó a través del celular cuando se lo conté. Pero luego, el tono cambió cuando le dije cómo se alejó después del beso; Mayu lo insultó en todos los idiomas que sabe hablar, defendiendo mi honor con una furia que me hizo sonreír.
También le hablé sobre lo nervioso que estaba cuando entramos al pent-house, tartamudeando sobre cremas y duchas. En algún momento de la llamada, Ryuu se molestó porque no le estaba dando atención y tiró el celular de un manotazo. Mayu me molestó diciendo que era "otra bestia que había domado", y yo la fulminé con la mirada mientras recogía el teléfono. Le conté todo, hasta que llegó la hora de colgar. Sentí ese vacío familiar en mi pecho que aparece cada vez que me despido de ella, pero prometió llamar más a menudo, ya que nuestro padre la tiene confinada en casa porque ha estado dando demasiados problemas últimamente.
Ahora, mientras el agua caliente golpea mi espalda y relaja mis músculos tensos, la frase que me dijo antes de colgar sigue rondando mi cabeza como un mantra.
"Es hora de redoblar las apuestas. Ya sabemos que siente celos o lo que sea del ruso. Úsalo a nuestro favor y no dejes de mostrar el mismo interés que él demuestra en ti. Te ignora, ignóralo más; te habla distante, hazlo tú también. El hombre cae a tus pies porque cae".
Las apuestas han subido de nivel. Siento el vapor del baño nublando el espejo, pero mi determinación es clara. Koji Yamada va a ser mío, cuésteme lo que me cueste. Y juro que también seré la mujer que ponga a Kazuo Tanaka de rodillas por todo lo que nos ha hecho.
***
Cierro la llave del agua, dejando que el vapor del baño se disipe lentamente. Tomo una toalla mullida y envuelvo mi cuerpo húmedo, sintiendo el contraste del aire fresco de la habitación. Ladeo la cabeza frente al espejo y una pequeña sonrisa se me dibuja en el rostro. Es hora de jugar. ¡Qué divertido va a ser esto!
Camino hacia mi armario y selecciono una bata de seda negra que apenas cubre mi cuerpo, deslizándose suavemente sobre mi piel todavía tibia. Me aplico mis cremas con lentitud, dejo que mi perfume favorito impregne mi cuello, peino mi cabello húmedo y salgo a la habitación principal.
Ryuu sigue echado en mi cama, observando cada uno de mis movimientos, pero cuando me ve lista, levanta la cabeza con las orejas tiesas. Se baja de un salto y se posa a mi lado, como un escolta fiel. Tomo mi portátil de la pequeña cómoda y miro al perro con complicidad.
—Vamos a jugar con papi —le digo en señas, divirtiéndome con la idea.
Ryuu ladea la cabeza, confundido, y suelta un ladrido corto. Salimos de la habitación y caminamos por el pasillo hasta la isla de mármol que preside la cocina. Allí se encuentra Koji. Va vestido con su usual traje de tres piezas n***o, impecable a pesar de la hora, y un mechón de cabello le cae rebelde por la frente. Tiene el ceño fruncido con ese rigor que lo caracteriza mientras analiza algo en la pantalla de su portátil. Al lado de su mano, reposa una taza de café humeante.
Cuando siente mis pasos, eleva la mirada y el corazón se me detiene por unos instantes cuando sus ojos oscuros se posan en mí con una fijeza que marea. Parpadea, como si no fuera capaz de creer que estoy delante de él vestida solo con una fina capa de seda. Noto que traga con fuerza y sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, oscureciendo su mirada de una forma posesiva. Se remueve incómodo en el asiento y carraspea, tratando de recuperar la compostura.
Ladeo la cabeza y arqueo una ceja con fingida inocencia cuando noto que sus ojos se quedan clavados por más tiempo de lo debido en mis senos. Tengo buenos senos; soy delgada, pero la genética me favoreció con una curva generosa en el pecho. Koji se sonroja de inmediato cuando se da cuenta de que lo he pillado mirándome allí. Baja la cabeza, toma aire profundamente para intentar calmarse y luego vuelve a mirarme, luchando por mantener su máscara de indiferencia.
No le digo nada. Ni una seña, ni una mirada de reconocimiento. Simplemente camino hacia él con paso firme y coloco mi portátil justo a su lado, invadiendo su espacio personal. Él parpadea, sorprendido por mi cercanía, pero no dice nada. Me giro, camino hacia la alacena y comienzo a tomar todo tipo de chucherías: bolsas de patatas, chocolates y galletas. Llego a su lado con los brazos llenos de comida chatarra y Koji abre los ojos de par en par al ver el desorden que estoy armando, pero yo sigo ignorándolo olímpicamente. Pongo todo sobre la superficie de la isla y regreso a la nevera por un tarro de helado.
Cuando siento que mi pequeño botín es suficiente para una maratón, tomo la silla que está justo a su lado y me siento. Él se gira parcialmente hacia mí, lo veo por el rabillo del ojo; espera a que yo lo mire para reclamarme algo, pero no le doy el gusto. Resopla enojado, frustrado porque no ha obtenido la reacción que quería. Abro mi portátil y busco una serie coreana; The K2 comienza a transmitirse en la pantalla. Como se supone que no puedo oír, activo los subtítulos en mi idioma natal, le subo todo el volumen a los altavoces y comienzo a comer.
Reprimo una carcajada interna cuando Koji comienza a fruncir el ceño, visiblemente molesto por el ruido de la serie que rompe su preciado silencio. Suspiro ruidosamente cada vez que Ji Chang-wook sale en pantalla luciendo perfecto. Abro los paquetes de comida haciéndolos sonar más de lo debido, el plástico crujiendo entre mis dedos. Voy dando pequeños bocados y me tapo la boca con fingida sorpresa cada vez que el protagonista hace algo heroico. Tomo una torta de chocolate rellena con cerezas y abundante crema, y comienzo a comerla con ganas.
Chillo, emocionada ante una escena de acción, estoy tan concentrada en mi farsa y en la serie que se me olvida por un momento el hombre que no deja de gruñir, de quejarse en voz baja y de sisear a mi lado. ¿Acaso es un animal salvaje? ¿Por qué siempre está gruñendo por todo? A este paso, con tanto estrés y mal humor, no va a llegar ni a los cincuenta años.
Me sobresalto cuando soy girada bruscamente; la fuerza de su agarre me obliga a abandonar mi burbuja de series coreanas. Me encuentro de frente con una mirada oscura, cargada de una irritación que parece quemar. Koji se planta delante de mí, invadiendo mi espacio personal y bajando la cabeza lo suficiente para dejar su rostro a la altura de mis ojos, asegurándose de que pueda leer sus labios sin perder un solo matiz de su furia.
—¿Te vas a comer todo eso? —pregunta, recorriendo con la mirada el arsenal de comida chatarra con un desprecio que casi puedo saborear.
No le respondo. Me limito a sostenerle la mirada y hago una mueca de fastidio con la boca, masticando con una lentitud deliberada para desesperarlo. Como no obtiene respuesta escrita —ni visual—, su mandíbula se tensa y vuelve a la carga.
—No me das los buenos días y, no contenta con eso, vienes a hacer este ruido infernal —gruñe, y noto cómo sus ojos bajan un segundo hacia el movimiento de mi boca.
Frunzo el ceño, indignada por su tono de superioridad, y me cruzo de brazos con fuerza. El movimiento hace que mis senos se eleven bajo la fina seda de la bata. Por unos instantes, la disciplina de Koji flaquea; sus ojos siguen el movimiento y se posan allí, atrapados por el escote, antes de sacudir la cabeza como si quisiera espantar un pensamiento pecaminoso. Traga con fuerza, pero su voz recupera ese tono de mando que tanto odio.
—Vete a ver tu serie a otro lugar —ordena con los dientes apretados, la paciencia pendiendo de un hilo.
Comienzo a buscar frenéticamente algo con qué responderle; me maldigo internamente al darme cuenta de que no tengo mi libreta a mano. Él, notando mi desesperación, me pasa con un gesto brusco una libreta y un lapicero que tenía junto a su portátil.
"Vete tú para otro lugar", escribo con trazos rápidos y violentos.
Koji lo lee y el surco entre sus cejas se profundiza.
—¿Por qué lo haría? ¡Yo estaba primero aquí! —responde, como si eso fuera un argumento sagrado en su mundo de reglas.
"Y este lugar me gusta. Si te molesta el ruido, pues vete tú. El pent-house es grande, ¿no?", añado con una caligrafía burlona.
—No seas altanera, Akari. No tientes a tu suerte hoy —me advierte, dando un paso más hacia mí.
"Yo soy lo que me dé la gana ser. No recibo órdenes de robots".
—Vete. Ahora.
"No me voy. Me siento cómoda aquí".
—¡Esta es mi casa! —exclama, perdiendo por fin esa calma glacial que tanto presume.
"Pues yo voy a ser tu esposa, por lo que legalmente esta también es mi casa. Acostúmbrate, Yamada".
Se pasa las manos por el cabello, frustrado, deshaciendo el peinado perfecto que traía. Yo me río internamente al ver que estoy obteniendo una reacción real. Koji siempre ha sido frío, distante, una máquina de eficiencia y frialdad. Es difícil obtener algo humano de él; ha aprendido a contenerse tanto que muchos en la organización piensan que realmente no tiene sangre en las venas. Pero aquí, frente a mí, está hirviendo.
—Bájale por lo menos —gruñe, señalando mi portátil donde la música del K-drama sigue a todo lo que da.
"Pues soy sorda. ¿Cómo sabría cuál es el volumen correcto para ti? Quizás el problema es que tus oídos son demasiado sensibles, delicado".
—¡Eres insufrible! —su voz sube de tono, pero hay algo en su mirada que no es solo odio.
"Y tú eres un imbécil con traje de pingüino".
—¡No seas grosera! ¡Estás abusando de mi paciencia, Akari!
"Nadie te pidió que fueras paciente conmigo, idiota. Si no me soportas, la puerta es bastante grande".
Frunzo el ceño cuando noto algo casi imperceptible: una pequeña y fugaz sonrisa se le dibuja en la comisura de los labios. Desaparece en un parpadeo, tanto que no me habría dado cuenta si no lo estuviera mirando con la intensidad de un halcón. El corazón me late con fuerza contra el pecho, las manos me sudan, pero no doy un paso atrás. Ni uno solo.
—No te bastó con tirarme un tacón anoche, donde casi me sacas un ojo —dice, bajando la voz a un susurro peligroso—. Y ahora vienes aquí a invadir mi espacio, a romper mi silencio y a robarme la concentración. ¿Qué es lo que buscas de mí?
"¡Pues haz lo que siempre haces, huye! Estás acostumbrado a eso cuando algo te queda grande. Huye a Tokio o a donde quieras".
Le doy otra cucharada a la torta de chocolate, que está gloriosamente rica. Hago un pequeño gemido de satisfacción al sentir el sabor dulce y la textura de la crema en mi boca, cerrando los ojos un segundo para disfrutarlo. Cuando los abro, Koji tiene los puños apretados sobre la isla de la cocina, los nudillos blancos.
—Vete —repite, pero esta vez suena más como una súplica desesperada que como una orden.
"No quiero".
—Entonces busca otro lugar. Me estás distrayendo.
"Me gusta este lugar. Me gusta la luz... y me gusta molestarte".
A cada cosa que me dice, yo le devuelvo el golpe con mi lapicero, disfrutando de ver cómo su fachada se desmorona pedazo a pedazo.
—¿Siempre tienes tanta hambre? —pregunta de repente, mirándome con una mezcla de reproche y curiosidad—. Es como si fueras un pozo sin fondo.
"Es mi problema. Si quiero ser un pozo sin fondo, lo seré. Al menos yo disfruto de algo en esta vida".
Pero sus palabras me han golpeado donde duele. Me gusta comer, no lo niego; es uno de mis pocos placeres. Pero también es que aquí, en este pent-house, siento que puedo hacerlo con libertad, sin que mi padre o mi madre estén controlando cada caloría o criticando mis modales. Me duele que él, precisamente él, use eso para atacarme.
Intento girarme para recoger mis cosas y dejar de verlo, pero él no me lo permite. Pone sus manos a ambos lados de mi silla, acorralándome contra la isla.
—¡No me ignores! —gruñe, y su aliento me roza la cara.
"No quiero seguir hablando contigo. Tu presencia me molesta, Yamada. Eres un amargado".
—¡Entonces lárgate de mí vista de una maldita vez!
Y con eso es todo. Estallo. La mirada se me nubla por las lágrimas de rabia, el pecho me arde y siento que mi corazón está a punto de salirse por la boca. Al igual que la noche anterior, la impulsividad toma el mando de mis músculos. Actúo sin pensar, poseída por un deseo salvaje de borrarle esa expresión de superioridad. Tomo la torta de chocolate con ambas manos, llena de cerezas y crema, y se la estampo con toda mi fuerza directamente en la cara.
—A mí me respetas, imbécil —comienzo a marcar las señas con una violencia que hace que mis dedos corten el aire. Sé que, técnicamente, él no puede entenderme, pero en este momento no me importa un bledo—. ¿Quién te crees que eres para hablarme así? No eres más que un cobarde. Un cobarde que no tiene el valor de admitir que le gusto. Me tratas como si no fuera nada solo porque te mueres de miedo de aceptar que tu prometida te atrae... ¡Ten los huevos que dices que tienes, Yamada!
Doy media vuelta, dispuesta a encerrarme en mi habitación y no volver a verlo en un siglo, pero un agarre férreo y repentino en mi muñeca me lo impide. De forma brusca, me giran con una fuerza que me deja sin aliento. Koji me toma por las caderas con una posesividad aterradora, me levanta en vilo y me sienta de un golpe sobre la isla de mármol. El estruendo de mi portátil, los paquetes de comida y su taza de café cayendo al suelo resuena en toda la cocina, pero a él no le importa.
Abro los ojos de par en par al tener el rostro enojado de Koji a milímetros del mío. Sus ojos oscuros están dilatados, inyectados en una mezcla de furia y deseo que hace que mis bragas se empapen al instante. La distancia entre nosotros ha desaparecido; puedo sentir el calor que emana su cuerpo contra el mío, su respiración agitada golpeando mi piel.
—Te voy a demostrar que sí tengo huevos, Akari —gruñe contra mis labios, con una voz que vibra desde el fondo de su pecho.
Y, sin darme tiempo a procesar nada, estampa su boca contra la mía con una voracidad salvaje. Parpadeo, confundida por un segundo, mi mente intentando conectar los puntos: ¿Cómo demonios sabe que le dije que le faltan huevos si lo hice en lengua de señas? ¿Acaso entiende más de lo que dice? Quiero detenerme a pensarlo, quiero exigirle una explicación, pero el sabor del chocolate mezclado con su propio sabor y la forma en que su lengua reclama la mía me hacen perder cualquier hilo de coherencia.
Mis dedos se entierran en su cabello, olvidando la rabia, olvidando el plan, entregándome al fuego que acaba de incendiar la cocina.