CAPITULO 17

2839 Palabras
KOJI Me estaba divirtiendo de una forma retorcida sacando de casillas a mi hermosa prometida. Ver ese fuego de rebelión en sus ojos me excitaba tanto como verla envuelta en esa maldita bata de seda que no le cubre un carajo. Doy gracias a los infiernos por haber decidido que mis hombres no custodiaran el pent-house hoy; necesitaba este espacio para mí solo. Tenía que encargarme de asuntos críticos de mi organización y de ciertos movimientos del Consejo, y aunque una parte de mi lógica quiso poner distancia entre Akari y yo, algo más primitivo dentro de mí se negó a largarse. Me había levantado con una erección dolorosa, porque al parecer ese es mi estado permanente desde que la maldita bruja que duerme a unas habitaciones de la mía llegó a joder mi existencia. Me di una ducha, me puse uno de mis trajes habituales y me senté en la isla de la cocina a revisar los correos que Mattia me ha estado enviando sobre el tema del Padrino. También estoy analizando los documentos que envió mi padre sobre el traidor que está organizando una revuelta en mi jodida organización. Creí que la maldita rebelde de mi prometida se iba a quedar todo el tiempo, encerrada y me bastaba con saber que la tenía bajo mi mismo techo; eso me daba una pizca de tranquilidad. Pero no, como siempre, Akari tiene ese don de sorprenderme, y vaya sorpresa me dio la muy cabrona. Quedé casi babeando como un jodido adolescente hormonal cuando la vi aparecer con esa bata. Las tetas turgentes le resaltaban bajo la seda y pude notar perfectamente cómo sus pezones estaban duros como guijarros, desafiantes. Se me hizo agua la boca; me moría por atraerla a mis brazos, doblarla sobre la isla, levantarle esa endeble tela, azotarla por estar haciéndome perder la cabeza y luego follármela como un animal salvaje hasta que olvidara su propio nombre. Mi polla no perdió el tiempo y se puso lista para la acción, pero la muy maldita ni siquiera se dignó a darme los buenos días. Simplemente comenzó a ignorarme como si yo fuera parte del mobiliario. Luego puso esa serie a todo volumen, destrozando mi preciado silencio, y por si no fuera suficiente, comenzó a suspirar por el tipo ese que se creía Rambo. La sangre me hervía de una rabia negra. Me enojé conmigo mismo porque estaba sintiendo unos celos patéticos de un actor solo por estarse llevando la atención de mi prometida. Atención que yo quería grabada sobre mí y que ella, como la terca y obstinada que es, me negaba con saña. Me sentí como un idiota por querer asesinar a un actor solo por el mero hecho de que mi prometida suspirara cada vez que salía en pantalla. Pero todo se fue al carajo cuando comenzamos a discutir. ¡Mierda! Solo quería una maldita reacción de su parte. Quería su atención clavada en mí y no en ese bastardo de la pantalla, por eso comencé a provocarla. Mi polla saltaba dentro de mis pantalones con cada una de sus respuestas escritas. Las ganas de follarla se intensificaban con cada mirada cargada de enojo, pero también de un deseo que ella no podía ocultar. Solo quería molestarla, hasta que soltó la estupidez de que me faltan huevos. Eso cortó el último hilo de decencia que me contenía. No esperé más. La subí a la isla de un tirón, abriendo sus piernas para hacerme espacio entre ellas, reclamando mi lugar. —Te voy a demostrar que sí tengo huevos, Akari —gruñí contra sus labios, sintiendo su aliento errático, antes de estampar mi boca contra la suya con una fuerza que hizo castañear sus dientes. No es un beso romántico; es un choque cargado de deseo sucio, de odio y de una obsesión que me quema las entrañas. Porque sí, estoy malditamente obsesionado con mi prometida. Ha logrado traspasar cada una de mis barreras, envenenando mi sistema y haciéndome un completo devoto de su cuerpo. Muevo mis labios con hambre y le penetro la boca con mi lengua, recorriendo cada rincón, reclamando su sabor como mío. Una de mis manos se enreda en su cabello y tiro de él con un rigor implacable hacia atrás. No soy delicado a la hora de follar; me gusta el sadomasoquismo, me da placer infligir dolor controlado. Me excita tener siempre el control absoluto, humillar y llevar hasta el borde de la locura a las mujeres bajo mi mando. Sigo devorando la boca de Akari como un sediento que ha encontrado el más magnífico de los oasis. Ella suelta pequeños gemidos que me están volviendo loco. Sé que, a pesar de que no habla, puedo escuchar su risa, sus gemidos y esos sonidos básicos que salen de lo más profundo de su garganta. La mano que tengo libre se posa en uno de sus muslos, subiéndole esa maldita tela de seda que me ha estado torturando desde que apareció en la cocina. Ella se tensa al sentir la caricia áspera de mi mano. El corazón me late demasiado rápido dentro del pecho, pero no dejo de besarla, de consumirla, de querer poseerla por completo. Mi mano sube lentamente por la parte interna de su muslo y el olor de su excitación me golpea las fosas nasales con una potencia embriagadora; el calor de su cuerpo me está incendiando. Jalo su cabeza con fuerza hacia atrás, separando sus labios de los míos a regañadientes, solo para verla. Su mirada se encuentra con la mía y sonrío al ver el desastre que he provocado. Tiene la vista nublada de placer, los labios hinchados por mis besos, las mejillas encendidas y la respiración agitada. Me aseguro de que pueda leer mis labios perfectamente antes de soltar el veneno. —Tienes una boca muy venenosa, querida futura esposa —me burlo, bajando la voz a un susurro peligroso—, pero yo tengo un mejor uso para ella que solo decir estupideces. Akari abre los ojos de par en par ante mis palabras. La arrastro más hacia el borde de la isla, abriendo sus piernas al máximo, y pego mi pelvis con fuerza contra su coño para que sienta el acero de mi erección a través de la tela. Ella parpadea, aturdida, y abre la boca en un jadeo mudo que me invita a terminar lo que empezamos. —Tranquila, que te aseguro que podrás con ella —sigo, mi voz es un hilo de acero rudo mientras la mantengo inmovilizada contra el mármol. Recorro el desastre de la isla con la mirada y encuentro los restos de la torta de chocolate que me ha estampado en el rostro. Ella también ha quedado untada por mis besos, con manchas oscuras decorando la comisura de sus labios y su cuello. Sonrío de lado, una expresión que sé que le eriza los vellos de la nuca, cuando una idea perversa se me ocurre. —A mí también me ha dado hambre —le digo, fijando mis ojos en los suyos. Me aseguro de que esté entendiendo cada maldita palabra que sale de mi boca. Suspiro porque, joder, se va a llevar otra de mis primeras veces, pero ahora mismo necesito comerle el coño más de lo que necesito el aire para respirar. La necesidad física es un dolor punzante en mis entrañas. —No me gusta lo dulce, Akari, pero a partir de ahora este será mi postre favorito —sentencio. Ella abre los ojos de par en par cuando arrastro la silla donde estaba sentado y me acomodo entre sus piernas abiertas. La tengo en la posición perfecta para lo que voy a hacer. Nunca me he rebajado a comerle el coño a nadie; siempre me ha parecido un acto demasiado íntimo, casi de sumisión, pero esta mujer me hace querer devorarla por completo, marcarla desde adentro hacia afuera. Subo los muslos de Akari a mis hombros con un movimiento brusco; ella se tensa, sus manos buscando apoyo en el mármol frío detrás de su espalda. Tiene la respiración rota y los ojos fijos en mí mientras se muerde el labio inferior. Cuando le abro las piernas del todo, siento que si no estuviera sentado, habría caído de rodillas. La muy hija de perra no lleva bragas. Un coño rosado y perfecto me recibe, brillando bajo la luz de la cocina, empapado en sus propios jugos. Su clítoris asoma hinchado, palpitando ante mi escrutinio. Mis ojos se vuelven a encontrar con los suyos. Tiene la mirada nublada por una lujuria que no puede ocultar. Se ve tan hermosa así, abierta para mí, dispuesta a que me la coma entera. Me relamo los labios, entierro los dedos en los restos de la torta de chocolate y hundo la mano en ese coño delicioso, cubriéndola de dulce y pecado. Ella suelta un jadeo que me vibra en los huesos. Comienzo a darle besos cortos y húmedos, subiendo desde su pantorrilla hasta la parte interna de sus muslos. Ya lo dije: me gusta el sadomasoquismo. Me excita causar ese pequeño rastro de dolor antes del placer, así que entierro mis dientes en la carne tierna de su muslo, marcándola como mi propiedad. Ella suelta un gritico agudo, pero rápidamente paso mi lengua por la herida y chupo con fuerza. Mis ojos no se apartan de los suyos; quiero grabarme cada gesto de dolor y placer que hace por mi culpa. Lentamente voy subiendo por su muslo. Su coño está empapado de chocolate y deseo, pero sigo jugando con ella, prolongando su agonía, mientras ella se remueve inquieta, buscando mi boca. —Pero mira qué necesitada estás, mi traviesa prometida —murmuro contra su piel. Sé que no puede escucharme porque tengo los labios hundidos en su carne, pero la vibración de mi voz la hace temblar. Intenta cerrar las piernas en un acto reflejo de pudor, pero no se lo permito. Mis manos son dos tenazas de hierro. —Piernas abiertas, Akari. Ya tú comiste y ahora me toca a mí. No sabes el hambre que tengo —le digo mirándola de frente, asegurándome de que lea mi hambre. Ella se sonroja violentamente; lo ha entendido todo. Uno de mis dedos se introduce de golpe en su apretado coño. Está demasiado estrecha, carajo, y temo que cuando la tome de verdad pueda desgarrarla. No soy para nada pequeño y mi grosor es el de un animal. Comienzo a follarla con los dedos con un ritmo sucio. Primero uno, expandiendo sus paredes que me succionan con desesperación. Mi pulgar presiona su montículo hinchado y ella se arquea, su espalda despegándose del mármol. Mis labios siguen dejando mordiscos en sus muslos, tatuándola. Tengo la mano empapada de sus jugos calientes y el chocolate derretido. Ella aprieta los ojos con fuerza cuando acelero el movimiento; la penetro lento y profundo, y luego rápido, sin piedad. Introduzco un segundo dedo. Sus pezones están endurecidos, rompiendo la seda de la bata; no necesito desnudarla para saber que está lista para que la rompa. Mi polla me duele tanto que vibra dentro de mis pantalones con cada una de sus contracciones. Pero hoy le voy a enseñar una lección de obediencia a mi pequeña rebelde. Muevo mis dedos con saña. Su coño me aprieta, ella jadea más fuerte, y ese sonido es la mejor música que he escuchado en mi vida. Introduzco un tercer dedo y hago la tijera; puedo sentir su himen intacto y me muero por atravesar esa barrera, pero no será hoy con mis manos. Quiero su sangre virgen bañando mi m*****o cuando la posea de verdad. Akari sacude la cabeza de un lado a otro cuando el orgasmo comienza a formarse. Lo sé porque sus paredes me están estrujando con una fuerza rítmica. Sigo masturbándola con los dedos mientras mi boca recorre cada centímetro de sus piernas. Cuando se sacude y está a punto de correrse, saco los dedos de golpe. Ella protesta con un gemido de frustración, pero ese gemido se convierte en un grito mudo cuando por fin entierro mi cara entera en su coño. El sabor metálico de sus fluidos mezclado con el dulce del chocolate me golpea los sentidos. Mi lengua lame con un fervor animal. Separo sus pliegues con los dedos y hago que mi lengua la penetre con fuerza. Mi mano se mueve con rapidez para mantener sus piernas abiertas mientras ella intenta cerrarlas, totalmente ida por la intensidad de lo que le estoy haciendo. Chupo. Lamo. Muerdo. Me doy un festín salvaje con el coño de mi prometida, ignorando cualquier rastro de decencia. Le saco un pequeño grito agudo cuando muerdo su clítoris con la presión justa para hacerla vibrar, y luego calmo el escozor con mi lengua. Para amplificar su placer y llevarla al borde del abismo, introduzco dos dedos de golpe, hundiéndolos en su estrechez empapada de chocolate. Ella aprieta las piernas con fuerza, intentando asfixiarme con sus muslos, pero si he de morir, lo haré feliz aquí mismo, devorándola hasta que no quede nada de ella que no me pertenezca. Lamo cada rincón de su centro, limpiándolo por completo con una devoción enferma. Sigo penetrándola con mis dedos, alternando el ritmo con mi lengua infatigable. Cuando siento que sus paredes comienzan a contraerse con violencia, acelero los movimientos hasta que finalmente se rompe. Sus fluidos bañan mi rostro en una explosión caliente y me los bebo todos; no dejo que se pierda ni una sola gota de su rendición. Trago y trago de sus jugos, saboreando el dulce del chocolate mezclado con su almizcle natural hasta quedar satisfecho. Ella está jadeando, totalmente ida, cuando me levanto. No dejo de masturbarla ni un segundo mientras sus ojos, nublados y perdidos, se posan en mi rostro manchado de sus fluidos y restos de cacao. Sonrío con una malicia que me nace de las entrañas cuando la veo palidecer al notar que ya me estoy bajando la cremallera de los pantalones. Saco mi polla, que late con una urgencia violenta, y la golpeo suavemente contra su muslo. —Va a caber, Akari —le aseguro con una voz ronca cuando se queda petrificada mirando mi tamaño—. Algún día, te juro que va a caber completa. No me la voy a follar hoy, no voy a romper ese himen en la cocina como un animal, pero necesito descargarme o voy a perder la maldita cabeza. Me meto entre sus piernas, obligándola a abrirse aún más sobre el mármol, y estampo mi boca contra la suya. Todavía tengo sus fluidos en mi boca; reservé un poco de su sabor solo para ella. Tomo su mentón con una mano de hierro, obligándola a abrir la boca con fuerza, y escupo dentro de ella. —Prueba mi nuevo sabor favorito —le ordeno, mirándola fijamente a los ojos. Poso mi polla entre los pliegues húmedos de su centro, allí donde el chocolate y su excitación han creado el lubricante perfecto, y comienzo a masturbarme usando su cuerpo como mi juguete personal. Mi boca sigue devorando la suya, reclamando su aliento, mientras mi m*****o se da una probada de lo que será nuestro futuro compartido. Cuando siento que mi propio orgasmo se va formando, una presión insoportable en la base de mi polla, acelero las penetraciones falsas hasta que exploto con un rugido sordo. Hilos espesos de semen bañan su coño y su abdomen, marcándola con mi marca de propiedad. La vista se me nubla por el clímax, pero no me detengo. Unto mis dedos en mi propio semen, que todavía lleva rastros del chocolate derretido, y con la mano libre le doy una última orden. —Abre. Ella traga con fuerza, temblando bajo mi cuerpo. —Abre la maldita boca —la obligo, y entierro mis dedos cubiertos de mi fluido en su cavidad bucal. Soy brusco, letalmente directo; la hago ahogarse por un segundo cuando mis dedos tocan el fondo de su garganta, obligándola a saborear lo que acabo de dejar sobre ella. Cuando estoy satisfecho de verla así —despeinada, con las mejillas encendidas por la vergüenza y el placer, los labios hinchados y los ojos nublados de lujuria—, me alejo. Me guardo la polla con movimientos lentos, me subo la cremallera y la miro a la cara por última vez antes de romper el hechizo. —Ahí están los huevos que decías que me faltaban —suelto con desprecio y satisfacción. Y con eso, me giro sobre mis talones y me voy de la cocina sin mirar atrás. Esto es una maldita locura, lo sé; estoy metido en esto hasta el cuello. El problema es que, después de haberla probado de esta forma tan sucia, mi hambre solo ha crecido. Akari se queda allí, subida en la isla con la ropa desordenada, mi semen enfriándose en su piel y el sabor de ambos en su boca. Una sonrisa oscura se dibuja en mi rostro mientras camino por el pasillo. Eres mía, Akari Tanaka. Aunque el mundo se queme, eres mía.
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