AKARI
Miro con los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada el reflejo que me devuelve el espejo. El atuendo que Mayu ha escogido para mí es un desafío directo a la tiranía de esta casa. Un rubor encendido se extiende por mis mejillas y sacudo la cabeza varias veces, tratando de reconocer a la mujer que me devuelve la mirada.
—Te ves preciosa —me dice Mayu con una sonrisa radiante, ajena a mi pánico interno.
No dudo que me vea bien, pero la audacia del conjunto me marea. El vestido estilo blazer de doble botonadura en n***o absoluto abraza mi silueta con una precisión que no deja nada a la imaginación; las hombreras estructuradas y los botones dorados le dan un aire de autoridad que no poseo. La parte inferior, una minifalda plisada que apenas cubre lo necesario, deja al descubierto mis piernas adornadas por medias negras hasta los muslos, sujetas por ligueros que se asoman con una obviedad pecaminosa. Los tacones altos terminan por estilizar mi figura, dándome una altura que me hace sentir menos presa. No necesito ser adivina para saber que este estilo no será del agrado de mi padre, y mucho menos de la rigidez de mi prometido.
—No creo que este estilo sea del agrado de padre —le digo en señas, con las manos temblando ligeramente.
Mayu rueda los ojos con fastidio y sigue trabajando en mi cabello. Sus dedos se mueven con agilidad, creando ondas profundas en mis hebras negras que caen como una cascada de obsidiana sobre mis hombros.
—No tiene que gustarle a él, sino a tu "preciado" Koji —responde ella, enfatizando las palabras con una picardía que me hace flaquear.
Hago una mueca amarga. No quiero confesarle que dudo que a él le importe lo que llevo puesto. No soy ingenua; sé que esta cena es una mera formalidad estratégica. Ayer, durante la cena de compromiso, mi padre dejó claro que, debido al plazo de cuatro años que Koji exigió, yo seguía siendo una mercancía disponible para otros postores de la organización. Entendí entonces que el anillo que ahora pesa en mi dedo no fue un gesto de afecto, sino un sello de propiedad urgente para evitar que los Tanaka negociaran conmigo a sus espaldas.
Mayu sigue culpándose en silencio. Lo veo en la forma en que evita mirar mi espalda a través del reflejo. Anoche, tras el incidente en el jardín, mi padre me impuso un castigo severo. Me golpeó con una vara de bambú hasta que la piel se abrió y la sangre manchó la seda. Fue meticuloso; como no podía dejar marcas en mis brazos, mi rostro o cualquier zona visible para los Yamada, se encargó de destrozar mi espalda, ocultando su sadismo bajo las capas del vestido. Cada movimiento que hago ahora es un recordatorio punzante de su crueldad.
—Esto es una mera transacción comercial para él, Mayu —le digo, y las palabras me dejan un rastro de hiel en la lengua.
Mi hermana deja el peine y me obliga a girarme para quedar frente a ella. Pone sus manos sobre mis hombros con firmeza y me clava una mirada cargada de una determinación que me sobrecoge.
—Puede que para él sea un negocio ahora —aclara con voz cortante—, pero tú no eres la tonta que todos creen. No eres la muñeca dócil y sumisa que nuestros padres pretenden ofertar al mejor postor. Eres la mujer más valiente que conozco, Akari. Y la más osada.
Siento que el aire se queda atascado en mi garganta, un nudo sólido que me impide respirar con normalidad. Mi corazón martillea contra mis costillas y una sensación cálida, similar al rocío que refresca una tarde sofocante de verano, me invade el pecho ante su reconocimiento.
—Entiende algo —continúa mi hermana pequeña—: en la naturaleza, los animales pequeños y aparentemente débiles no siempre son víctimas. A veces, son los más venenosos y mortales.
Sonrío ante su analogía. Mayu puede ser un problema andante, pero ambas hemos aprendido que en este mundo de lobos no basta con ser bella; hay que fusionar la inteligencia con la apariencia para volverte letal.
—Lo sé —le respondo en señas.
—Juega bien tus cartas, Akari. Aprende a moverte por el tablero con astucia —dice con una seriedad impropia de su edad—. Los hombres como Koji, esos que se creen inalcanzables en su pedestal de hielo, siempre terminan encontrando a la mujer que los pone de rodillas.
Suelto una carcajada silenciosa, pero Mayu no ha terminado su discurso motivacional.
—Ya vimos que, al menos, no va a permitir que padre siga maltratándote físicamente en público. Ahora nuestro objetivo es hacerlo caer. Dicen que las guerras más sangrientas han comenzado por culpa de una mujer, y nuestra misión es poner a Koji Yamada a tus pies.
Arrugo la nariz con escepticismo. El camino parece imposible; ese hombre repudia el contacto humano y parece hecho de circuitos y algoritmos, no de sentimientos.
—¿Cómo se supone que haré eso? —le pregunto.
—Primero: distancia. No le demuestres que sientes absolutamente nada por él. Si él trata esto como un negocio, tú trátalo como una adquisición de poder. Y luego... —se queda pensativa, mordiéndose el labio.
Arqueo una ceja, esperando el resto del plan maestro. Ella sonríe con una inocencia casi aterradora.
—Y luego no sé qué sigue. Siempre desarrollo mis planes sobre la marcha —admite.
Sacudo la cabeza, reprimiendo un suspiro. Esa es la razón por la que sus planes suelen terminar en desastre, pero no se lo digo. Miro mi reflejo una última vez. Este no es mi estilo habitual, y sé que este atuendo me traerá problemas si mi padre me ve antes de salir, pero ¿no dicen que solo se vive una vez?
Mayu me ayuda con los últimos detalles de maquillaje. Koji envió un mensaje escueto a través de Kenji informando que pasaría a recogerme a las seis de la tarde. Como no especificó el destino, solo me queda esperar que este traje de batalla sea el indicado para enfrentar al hombre que ahora es dueño de mi futuro.
Comienzo a masacrarme las uñas, una señal inequívoca de que el reloj está torturándome con la cercanía de la hora pactada. Al otro lado de la sala, mi padre me observa con una reprobación que emana de cada poro de su piel; su mirada recorre mi atuendo como si fuera una mancha de deshonra en su linaje. Quiso obligarme a cambiarme, a volver a la seguridad de un vestido recatado, pero Mayu intervino con esa astucia afilada que solo ella posee. Le susurró que, si quería que el plan funcionara, debía permitir que mi imagen sedujera a Koji lo suficiente como para que él olvidara mi "insubordinación" del jardín. Por un segundo, quise ahogarla en una piscina llena de pirañas por usarme de ese modo, pero recordé que es mi hermana y que solo soltó el veneno necesario para que él me dejara salir con mi traje de guerra.
A las seis en punto, el motor del coche de Kenji ronronea frente a la puerta. Siento cómo el corazón se me cae a los pies; un sabor amargo, metálico, se instala en mi boca y me obstruye la garganta durante todo el trayecto. Koji ni siquiera tuvo la decencia de venir por mí; envió a sus hombres para que me escoltaran como si fuera un paquete de alta prioridad, pero nulo valor personal.
El viaje es en silencio. Mayu me dijo que trajera mi pequeña tableta para poderme comunicar con Koji, dado que no todos saben hablar el lenguaje de señas y que a pesar de que leo los labios, tengo que encontrar alguna manera de comunicarme yo con ellos.
Llegamos a uno de los restaurantes más exclusivos de Ginza, un santuario de cristal y acero que grita opulencia moderna. Koji ya está allí, esperando en la entrada. Al verlo, se me seca la garganta y mi cuerpo traiciona mi voluntad con una reacción eléctrica, nada decente. Viste unos pantalones de sastre negros que se ajustan a sus piernas largas, una camisa de seda negra y una gabardina del mismo color que le da un aire de segador contemporáneo. Su cabello está peinado hacia atrás con una perfección insultante y sus zapatos brillan tanto que podrían reflejar mi propio miedo.
Kenji estaciona el vehículo y me ayuda a bajar con una cortesía mecánica. Le dedico una inclinación rápida y camino hacia el hombre que observa el entorno como si cada transeúnte portara una peste contagiosa.
Me detengo a unos pasos de él. Mi corazón parece dejar de latir cuando sus ojos se clavan en los míos. El pulso se me acelera de forma errática mientras sus pupilas oscuras recorren mi cuerpo con una lentitud desesperante, deteniéndose en las zonas donde la tela del vestido blazer se ajusta más o donde la piel de mis muslos queda expuesta sobre las medias. Algo brilla en el fondo de su mirada —un chispazo de algo primitivo, oscuro—, pero desaparece tan rápido que dudo de si fue real o producto de mi imaginación.
Él frunce el ceño y exhala un suspiro cargado de fastidio. Me daría cualquier cosa por hackear su mente en este instante y saber qué opina de mi rebeldía textil. Tras una mueca de desdén, extiende su mano enfundada en cuero n***o hacia mí. Con los nervios electrizando mi piel, coloco mi mano sobre la suya; el contraste del cuero frío contra mi palma me hace estremecer.
Nadie dice nada, y bueno... yo no es que pueda hablar tampoco. Entramos en el vestíbulo, donde nos recibe una anfitriona de belleza impecable. A la mujer se le iluminan los ojos al reconocer a Koji y se apresura hacia nosotros, ignorándome por completo, como si yo fuera un holograma o una sombra sin importancia. Su enfoque es absoluto en el hombre que parece odiar cada segundo de esta interacción social.
—Señor Yamada, qué honor tenerlo nuevamente con nosotros —ronronea ella, con una voz que destila un interés que va mucho más allá de lo profesional.
Koji ni la determina; está mucho más enfocado en dedicarle una mueca de fastidio a todo aquel que se atreve a pasar por nuestro lado. Como no me interesa que le preste atención, me quedo en mi lugar, simplemente esperando a que mi prometido se digne a decir algo. La mujer se sonroja cuando, por fin, Koji posa sus ojos en ella, pero no le dice ni una sola palabra.
Ella toma ese silencio como una invitación para poner su mano en el bíceps de Koji. Yo ruedo los ojos internamente; parece ser que nadie le ha notificado a esta mujer que el hombre no ha venido solo. Mi prometido enfoca su mirada de inmediato en la pequeña mano que está posada en su bíceps y luego mira fijamente a la dueña de la mano. Parpadeo, sorprendida cuando él se la quita de encima bruscamente, como si fuera algo asqueroso.
—¿Quién te ha dado permiso de poner tus sucias manos en mí? —le dice Koji, con un desprecio tan marcado que hiela la sangre.
La mujer parpadea, atónita, y su rostro se enciende en un rojo aún más profundo por la humillación. Yo, a mi vez, siento una pena ajena increíble. No soy yo la que está en sus zapatos y aun así desearía que la tierra se abriera y me tragara para no estar presente. Debería sentir empatía por ella, pero bueno, que la gente piense que soy buena persona no es mi problema; en realidad, una parte malvada dentro de mí hace un pequeño bailecito interior al ver cómo la puso en su lugar.
Ladeo la cabeza, observando en silencio absoluto cómo se desarrolla todo este espectáculo.
—Señor... —tartamudea la mujer, con la voz temblando mientras intenta procesar el rechazo.
—Quiero que me atienda otra persona —ordena Koji, sin siquiera mirarla, como si estuviera apartando un mueble estorboso.
—Lo... lo siento —se le corta la voz, al borde del llanto.
—¿Además de tener el atrevimiento de tocarme como si fuéramos íntimos amigos, eres sorda? —escupe Koji con un desagrado que corta más que un bisturí.
Y sí, bueno, definitivamente no querría ser esa mujer en este preciso instante. Lo aterrador de Koji es que no grita; de hecho, ni siquiera eleva el tono. Su voz es calmada, gélida y distante, lo cual resulta mucho más doloroso que cualquier alarido.
—No quise molestarlo —la mujer baja la cabeza, avergonzada, desmoronándose frente a todos.
—No solo me tocas como si tuviéramos confianza, sino que además eres tan ciega que no te das cuenta de que vengo acompañado —espeta él.
La anfitriona, por primera vez, posa sus ojos en mí. Yo mantengo mi gesto totalmente ilegible, una máscara de porcelana que no revela ni una pizca de lo que estoy disfrutando este momento.
—Lo siento —murmura ella con una acidez que casi puedo saborear.
Está inclinada, por lo que se me hubiera dificultado leerle los labios, pero como nadie en esta ciudad sabe que puedo escuchar perfectamente, capto cada sílaba.
—Háblale mirándola a la cara —le ordena Koji, con una autoridad que no admite réplica.
Ella se pone rígida, se endereza y repite el "lo siento" directamente hacia mí. Miro a Koji y asiento levemente con la cabeza, dándole a entender que acepto las disculpas.
—Kenji —llama Koji a su hombre, que se ha acercado hace unos minutos—. Quiero que nos atienda otra persona y después quiero hablar con el dueño de este lugar.
Kenji asiente con eficiencia marcial y retira a la mujer, quien se aleja suplicando que la disculpen. Otro camarero, mucho más precavido, aparece de inmediato y nos indica nuestra mesa. El lugar es impresionante: paredes de mármol oscuro, una iluminación tenue que cae sobre mesas de madera lacada y una vista de los rascacielos de Tokio que parece una postal futurista. Nos toma la orden y se marcha casi flotando.
Siento la tensión crepitar en el ambiente como electricidad estática. Koji tiene los ojos fijos en la pantalla de su celular, ignorándome por completo, así que aprovecho para analizar el entorno. El silencio es incómodo, pero no me esfuerzo lo más mínimo por llamar su atención; él tampoco parece tener las más mínimas ganas de socializar conmigo.
Cuando traen la comida, el aroma me golpea y mis instintos toman el control. Nos sirven un Omakase de alta cocina: láminas de wagyu selladas a la perfección que se deshacen en la boca, sushi de atún rojo con destellos dorados y una sopa miso trufada que huele a gloria. Puede que esta no sea la cena más romántica de la historia, pero tengo comida de lujo gratis frente a mí y yo jamás, bajo ninguna circunstancia, le diré que no a la comida.
Comienzo a devorar mi plato con un entusiasmo que seguramente rompería todos los manuales de etiqueta de mi madre. Sin embargo, me quedo con la cuchara a medio camino cuando noto algo extraño. Koji no ha probado bocado. En su lugar, está organizando obsesivamente sus cubiertos, alineándolos con una precisión enfermiza. Finge darle sorbos a su copa de vino tinto, pero su plato sigue intacto. Me encojo de hombros mentalmente; cada quien con sus locuras y sus manías.
Sigo comiendo, disfrutando de cada bocado, hasta que me detengo en seco al sentir una mirada penetrante clavada en mí. Parpadeo confundida al levantar la vista. Koji me está mirando fijamente, con una expresión de total desconcierto, como si me hubieran salido dos cabezas en mitad del restaurante.
—¿Moriste de hambre en tu vida pasada? —pregunta, con una mezcla de curiosidad y auténtico asombro.