KOJI
¿Alguna vez has sentido el deseo visceral de largarte a vivir en medio de un bosque donde tus únicos vecinos sean los animales? Yo alimento ese pensamiento a diario. Me agota que otros seres humanos respiren cerca de mi entorno; me irrita su mera presencia. Del mismo modo, me asquea que intenten comprarme con halagos mediocres que resultan innecesarios, porque tengo plena conciencia de lo que soy, de lo que poseo y del valor que represento en este tablero.
No por nada ostento el título de próximo Oyabun y me posiciono como uno de los estafadores más hábiles de la Yakuza. Desde que tuve la madurez para dominar un equipo informático, he generado más ganancias para la organización que batallones enteros en décadas. Soy el mejor hacker que ha pisado Japón y, me atrevería a decir, casi el mundo; a excepción de Travix Darrend, a quien, aunque jamás lo admitiría en voz alta, admiro por su capacidad casi sobrenatural en la arquitectura de datos.
Mi padre me lanza una mirada de advertencia cuando no puedo evitar una mueca de desprecio al escuchar la patética diatriba que brota de la boca de mi futuro suegro. El hombre no ha dejado de lamer mis botas con elogios desde que puse un pie aquí hace exactamente cinco minutos. Su mujer, por otro lado, intenta desesperadamente ganarse el favor de mi madre, quien permanece rígida del brazo de mi padre, aguantando el asedio con elegancia. Takeo no deja de rodar los ojos ante los ancianos del clan que nos rodean, esos buitres que se esfuerzan por captar la atención del Oyabun. Ren, fiel a su estilo, ya se ha esfumado en algún rincón de la mansión. Supongo que habrá encontrado a alguna mujer a la que follar; solo espero que no esté casada, porque ya hemos lidiado con demasiados conflictos diplomáticos con los altos mandos de la organización debido a su fijación por las ajenas.
Estoy a dos segundos de mandar todo este teatro a la mierda y retirarme, cuando una serie de gritos fractura la monotonía del jardín. Dos mujeres irrumpen en la escena como si las persiguieran los mismos perros del infierno. Es fascinante la agilidad con la que se mueven a pesar de la rigidez de los kimonos. La de rojo arrastra con fuerza a la de blanco en una carrera desesperada.
Varios guardias intentan interceptarlas, pero ambas esquivan los bloqueos con una destreza caótica. Cuando finalmente las flanquean, la mujer del vestido rojo suelta la mano de la otra desquiciada, pero esta, en lugar de frenar, sigue avanzando directo hacia mí. Al notar que no tiene intención de detenerse, tenso los músculos y me preparo para el impacto.
Ella abre los ojos desmesuradamente cuando comprende lo que va a suceder. Su cuerpo, pequeño y de una delicadeza engañosa, se estrella contra el mío. Amortiguo el golpe con mi torso, sintiendo cómo cada curva de su anatomía esbelta se amolda a la dureza de mi traje. No sé si es el cansancio acumulado o si alguien ha vertido alguna sustancia en la copa de sake que tomé hace un momento, pero no puedo evitar que mi cuerpo reaccione de forma instintiva a su cercanía.
Realmente desearía estar en ese refugio solitario en el bosque ahora mismo, porque a mí polla no le han notificado que este es el peor momento posible para una erección. La mujer alza la mirada y me topo de frente con unos ojos color avellana que irradian una calidez inesperada.
Mierda, es preciosa. Parece una muñeca de porcelana con ese peinado tan elaborado. El rubor empieza a encender su piel y yo deseo arrancarme los ojos cuando ella intenta reacomodarse, provocando que la fricción de su cuerpo delgado contra mi entrepierna sea insoportable.
—No te muevas —le gruño al oído, con la voz rota por la tensión.
Ella se paraliza al instante. Una oleada de fastidio me recorre; no sé quién me convenció de que venir esta noche era una buena idea. Noto cómo traga con dificultad mientras su rostro adquiere un exquisito tono rosado. Con un esfuerzo de voluntad, me estabilizo y la ayudo a recuperar el equilibrio.
—¡¿Qué significa esto, Akari?! —brama Kazuo Tanaka, rompiendo el silencio atónito del jardín.
Takeo oculta una sonrisa burlona tras su copa de vino. Mi padre ensancha la mirada al descubrir que la intrusa es, de hecho, mi prometida, mientras mi madre sonríe con una complicidad que me irrita.
—Ella no ha hecho nada —interviene otra voz a espaldas de la chica—. Todo, absolutamente todo, fue idea mía.
La demente que la arrastraba antes camina hacia nosotros con zancadas largas y desafiantes. Mi futuro suegro se tensa; su rostro se torna lívido y la vena de su cuello late con tal fuerza que parece a punto de estallar. La demente de antes toma a mi prometida de la mano; Akari sacude la cabeza y ambas mantienen una discusión silente a través de gestos rápidos, hasta que Akari posiciona a la otra detrás de su espalda, protegiéndola.
Le comunica algo a su padre mediante señas. El hombre se enfurece aún más, su postura se vuelve rígida, pero lo que realmente pulveriza mi paciencia es ver cómo ese viejo decrépito levanta la mano y la descarga con violencia sobre la mejilla de mi prometida. No sé qué instinto me posee en ese instante, pero me muevo con una velocidad implacable. Atrapo su brazo antes de que pueda retirarlo, lo fuerzo hacia atrás con un movimiento seco, sujeto su muñeca y aplico la presión necesaria hasta que el hueso cede. Un crujido seco precede a un grito desgarrador que retumba en todo el jardín.
Mi madre ahoga un jadeo, mi futura suegra lanza un alarido de horror y mi padre se limita a asentir con aprobación silenciosa. Yo, por mi parte, estoy sumergido en una ira que me desconoce.
—No vuelvas a ponerle una mano encima —le gruño a escasos centímetros de su cara.
Los ojos de Kazuo se clavan en los míos; hay un dolor agudo en ellos, pero también una rabia contenida.
—Alguien tiene que disciplinarla —responde entre dientes, intentando mantener la dignidad mientras su brazo cuelga inútil.
—Me importa un carajo —lo amenazo, con la furia burbujeando en mi pecho y la mirada fija en su miseria—. Le vuelves a poner una mano encima y te la arranco de cuajo.
Mis ojos se clavan en los de Akari. Hay un rastro de miedo en sus pupilas avellana, y me gusta. No quiero que malinterprete mis acciones; no estoy haciendo esto porque ella me importe en un sentido sentimental, sino porque detesto que alguien se atreva a tocar lo que me pertenece. Aunque ella no sea más que una transacción comercial destinada a consolidar mi ascenso al poder, desde el momento en que se firmó el acuerdo, es de mi propiedad.
—Es mi hija —gruñe Kazuo, intentando recuperar un ápice de autoridad mientras sostiene su brazo herido.
—Y va a ser mi esposa. Detesto que dañen lo que es mío —le respondo en un susurro cargado de una amenaza latente.
Una fina capa de sudor brilla en la frente de Kazuo por el dolor, pero el maldito viejo tiene la audacia de sonreírme con una arrogancia que no esperaba.
—No te equivoques, Koji. Aún no hemos cerrado el trato de forma definitiva —dice, y sus palabras caen como una sentencia en el aire denso del jardín—. Si así me place, puedo entregar a mi hija a cualquier otro integrante de alto rango de la organización. Las leyes de la Yakuza son claras: hasta que el intercambio de sake de la boda no se consume, la mujer sigue bajo la protección y el mandato de su casa original.
Frunzo el ceño, sintiendo cómo una punzada de sospecha me recorre. Miro de reojo a mi padre y noto cómo aprieta la mandíbula con una rigidez que confirma mis peores temores. Sé que hay una parte del acuerdo que no me ha revelado. ¿Cómo es posible que este hombre tenga la potestad de ofrecer a otro lo que ya me fue prometido a mí? Suelto la mano de Kazuo con un gesto de asco. Él retrocede tambaleante; su mujer corre hacia él con un grito de preocupación, pero él la aparta bruscamente de un manotazo.
—Le debo respeto absoluto a mi Oyabun, y ese es Genjiro —proclama el viejo, alzando la voz para que los testigos presentes lo escuchen—. Pero no olviden que los Tanaka somos la segunda familia más poderosa de esta alianza. Así como entregué a mi hija en matrimonio para sellar nuestro pacto, del mismo modo puedo retirarla, porque bajo las leyes del clan, ella aún pertenece a mi hogar. Y ya que has tenido la osadía de exigir cuatro años para formalizar el enlace, nadie puede asegurar qué movimientos se harán en ese tiempo. En cuatro años, un hombre con ambición podría reclamarla como compensación por algún servicio al clan.
Aprieto la mandíbula con tal fuerza que mis dientes crujen. En la jerarquía de la Yakuza, el Giri (el deber) es una balanza delicada. Al posponer la boda, he dejado un flanco abierto en el contrato, una vulnerabilidad técnica que este zorro está dispuesto a usar para recordarme que, en su mundo, las personas son activos que se pueden renegociar si el precio o el insulto es lo suficientemente alto.
Inhalo una bocanada de oxígeno para forzar el retroceso de la ira, que ruge en mi interior como un volcán a punto de entrar en erupción. Siendo honesto, me importa un carajo la mujer en sí; si no fuera el escalón necesario para consolidar mi posición, por muy hermosa que sea y por mucho que mi cuerpo haya traicionado mi lógica con una reacción física, podría pasar de ella sin parpadear. Sin embargo, no me conviene que este viejo decrépito encuentre una fisura en el trato para retractarse.
Intento calmarme y procesar la situación con una frialdad absoluta. A sujetos como Kazuo los mueve una ambición ciega; poseen poder, pero su hambre es insaciable. No los culpo, yo también ansío más control, pero la diferencia radica en que algunos nacieron para liderar y otros para ser simples seguidores. Claramente, yo pertenezco al primer grupo y planeo atrincherarme en él.
Miro a mi padre y este asiente con un gesto casi imperceptible, dándome el aval silencioso. Deslizo mi mano hacia uno de los bolsillos interiores de mi traje y extraigo la pequeña caja que custodia el anillo con un diamante de corte impecable que mi padre adquirió y me entregó antes de cruzar el umbral de los Tanaka. Si bien es cierto que el contrato solo se consuma con el intercambio de sake en la boda, también es una ley no escrita que, si impongo mi anillo y formalizo el cortejo con visitas y cenas públicas, ella queda blindada bajo mi nombre. Romper el compromiso en ese estado se consideraría una traición directa al honor de los Yamada, una afrenta que solo se perdonaría si yo fallara en mi deber o si ella me fuera infiel.
—No creo que eso sea posible —le espeto a Kazuo con un fastidio evidente, mientras sostengo la joya que brilla bajo las luces del jardín—. Si porta mi anillo, queda marcada ante toda la organización como una extensión de mi voluntad. Como algo mío.
Camino con paso firme hacia Akari, quien me observa con los ojos desmesuradamente abiertos, su respiración agitada haciendo que las flores bordadas en su pecho parezcan cobrar vida. Sus mejillas han adquirido un tono rosa exquisito que contrasta con la palidez de su piel. A su lado, su hermana me lanza dagas con la mirada, una hostilidad que ignoro por completo. Me planto frente a mi prometida, dominando su espacio personal con mi estatura. Tomo su mano pequeña entre la mía y, con una voz que no admite réplica, pronuncio las palabras que sellan su destino.
—Akari Tanaka —pronuncio su nombre con una cadencia que suena más a sentencia que a promesa—. Acepto este compromiso bajo las leyes de nuestra organización. Desde este instante, tu lealtad, tu silencio y tu vida me pertenecen. Lo que es tuyo es mío, y lo que es mío... nadie se atreve a tocarlo.
Deslizo el anillo de diamante en su dedo anular. El metal frío parece sellar un pacto de sangre invisible. No es una alianza de amor, es un grillete de oro y piedra que brilla con una arrogancia que ciega a los presentes.
Me inclino un poco más hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que puedo oler el sutil aroma a flores de cerezo y algo más... algo dulce que me revuelve el instinto. Sus ojos avellana están fijos en los míos, dilatados por la sorpresa o el miedo, no me importa cuál sea.
—Mírenla bien —sentencio, manteniendo el tono de voz bajo, pero con una nitidez que corta el aire. No suelto su mano; me aseguro de que cada anciano del clan y, especialmente, un Kazuo que todavía se sujeta la muñeca fracturada, comprendan el nuevo orden—. A partir de hoy, cualquier falta de respeto hacia ella es una afrenta directa contra los Yamada. Y ya saben cómo resolvemos nosotros nuestras afrentas.
Akari se tensa bajo mi contacto, su piel reacciona a la presión de mis dedos y, como si me quemara, suelto su mano con una brusquedad casi instintiva. El fastidio de estar rodeado de seres cuya presencia me incomoda estalla en mi interior, recordándome por qué detesto estos despliegues de etiqueta obsoleta. Decido que es momento de largarme de este teatro, pero antes de dar un paso, me giro hacia mi prometida con una frialdad implacable.
—Mañana pasaré por ti para invitarte a cenar —le informo, más como una orden que como una invitación.
Ella asiente en silencio y yo ruedo los ojos, incapaz de ocultar mi hastío. Todo esto será una molestia logística que intentaré retrasar lo más que la paciencia de mi padre permita. Sin embargo, con el anillo brillando en su dedo, el territorio está marcado: es mía ante la organización. Me consuela pensar que solo tendré que tolerar su presencia un par de veces al mes mientras dure este compromiso. Una vez casados, la enviaré a la residencia más remota que poseamos; solo me acercaré a ella el tiempo estrictamente necesario para depositar un heredero en su vientre y luego seguiré con mi vida, sumergido en mis códigos y mi tecnología.
La mujer es preciosa, no voy a fingir ceguera ante lo evidente. Tiene una estética que roza la perfección, pero es una lástima que yo no crea en todas esas leyendas sentimentales y conceptos ancestrales en los que mi padre deposita su fe. Para mí, Akari Tanaka no es un propósito, ni un destino, ni una compañera; es simplemente una transacción comercial exitosa y un escalón que pisaré con determinación si es necesario para obtener el poder absoluto que tanto ambiciono.