AKARI
¿Te ha pasado que cuando deseas que el tiempo corra para que llegue un día que tanto anhelas, el reloj decide ir a paso lento, haciendo que las jornadas no se sientan de veinticuatro horas, sino de cuarenta y ocho? Bueno... a mí me pasó toda la semana.
No he podido dormir y apenas he probado bocado. Y no es porque la ansiedad me cierre el estómago —mi apetito es una fuerza de la naturaleza que no entiende de nervios—, sino porque mi padre cree que matándome de hambre lograré conservar el cuerpo que se requiere para ser la prometida perfecta. El mundo tiene la idea equivocada de que las asiáticas nos privamos de la comida por pura genética o disciplina férrea. Puede que para algunas sea verdad, pero yo nací en el cuerpo equivocado; puedo estar triste, feliz o ansiosa, y jamás voy a perder el apetito. Mi hambre no pelea nunca con mi estado de ánimo.
No me juzguen por no querer ser "saludable" bajo esos estándares; prefiero morir feliz habiendo saboreado todo lo que se me antoja, a morir marchita por matarme de hambre. Sin embargo, mi padre no comparte ese pensamiento. Él cree que una mujer debe estar en los huesos para ser bella, una silueta frágil que no represente amenaza alguna. Por eso nos tiene a Mayu y a mí bajo una estricta dieta que raya en la tortura, convirtiendo cada comida en un campo de batalla contra nuestra propia biología.
—Quédate quieta, Akari —me ordena mi madre.
Su rostro está justo frente al mío, lo que me permite leer sus labios con total claridad. No siempre necesitan usar el lenguaje de señas conmigo; he perfeccionado el arte de captar cada palabra que emiten sus bocas, incluso aquellas que desearía no haber escuchado nunca.
—Me estás cortando el aire —me quejo mediante señas rápidas, sintiendo la presión del obi estrujando mis costillas.
—¿Subiste de peso? —pregunta mi madre con una frialdad que me hiela la sangre.
Mi mirada se encuentra con la de Mayu a través del espejo. Ella rueda los ojos y me lanza una mirada de "¿Es en serio?". Escondo una risita interna para no avivar la chispa del enojo de mi madre; en esta casa, la alegría suele ser interpretada como rebeldía.
—Estamos casi en los huesos, madre —se queja Mayu, incapaz de morderse la lengua.
—Como debe ser. A los hombres de la estirpe de Koji no les gustan las mujeres que no saben controlarse —responde mi madre, ajustando la seda con un tirón violento.
—¿Y tú cómo sabes eso? —replica mi hermana con sarcasmo—. Rara vez se le ve en las fiestas, y si está presente, a lo mucho dura diez minutos antes de mirar a todo el mundo como si fuéramos seres molestos que le estamos robando su precioso oxígeno.
Me muerdo el labio inferior para no soltar una carcajada. A mi hermana no le agrada Koji Yamada. Dice que es demasiado engreído, que camina con una arrogancia que asfixia y que parece que siempre tiene un palo metido por el trasero.
—¡Más respeto con el próximo Oyabun! —la regaña mi madre, dándole un golpe seco en el hombro.
Mayu tuerce la boca y se cruza de brazos, desafiante. Sacudo la cabeza levemente, pidiéndole con la mirada que guarde silencio. Mi hermana no conoce el concepto de prudencia; carece de filtro y eso la mete constantemente en problemas que yo termino pagando.
—Tienes que verte perfecta —insiste mi madre, retocando mi peinado.
—Ella ya es perfecta —replica Mayu en voz baja.
—Su belleza, por lo menos, compensa el hecho de que no hable y no escuche —mi madre gira la cabeza mientras termina de hablar, convencida de que, al no ver sus labios, yo no podré "oír" su desprecio.
Mantengo mi gesto neutro, una máscara de cera impecable, aunque no puedo evitar el pinchazo de dolor punzante que me golpea el centro del pecho. Siento cómo el corazón comienza a latir desbocadamente, un tambor frenético que me roba el oxígeno. El piso parece tambalearse bajo mis pies, pequeñas manchas negras danzan en mi visión y el contenido vacío de mi estómago se revuelve en una náusea amarga.
Intento llenar mis pulmones con bocanadas discretas de aire. No puedo permitirme un ataque de pánico ahora. Me he esforzado demasiado tiempo en esconder mi fragilidad, incluso de mi hermana. Es otro secreto que guardo bajo llave en mi caja fuerte mental, esa que resguardo como un tesoro en lo más profundo de mi cabeza. Mayu me mira con una mezcla de rabia y dolor; ella sabe que he captado perfectamente el veneno de las palabras de nuestra madre.
—Todo tiene que salir perfecto hoy —continúa ella como si nada—. Mantente como la mujer dócil y sumisa que se espera de una Tanaka. No le lleves la contraria a tu prometido, no lo interrumpas, no lo molestes, no lo fastidies.
—Básicamente: no respires, no lo mires, no le hables... aunque como eres muda, supongo que esa última recomendación sobra —interviene Mayu, claramente furiosa—. Si es preciso, deja de existir por un rato para no incomodar al gran señor.
—¡No seas altanera, Mayu! —la regaña mi madre de nuevo.
—¡Va a ser su prometida, no un mueble de la mansión! —replica mi hermana con voz estridente—. Si lo que querían era un adorno inerte, mejor lo hubieran casado con una muñeca inflable.
Suelto un suspiro inaudible. Miro a Mayu a través del reflejo del espejo, intentando transmitirle que hay batallas que es mejor no luchar en este momento. Es una lección que el silencio me ha enseñado a la fuerza: tienes que saber qué guerras vas a ganar y en cuáles es mejor bajar la cabeza y esperar pacientemente tu oportunidad.
Hay una frase de Sun Tzu en El Arte de la Guerra que me acompaña siempre: «Triunfan aquellos que saben cuándo luchar y cuándo no». Y yo sé elegir mis momentos. No necesito levantar la voz para hacerme escuchar; simplemente necesito hacerle creer a mi adversario que tiene la ventaja absoluta, mientras yo muevo mis cartas en el más profundo y letal de los silencios.
—¡No más, Mayu! ¡He dicho que te calles! —grita mi madre, perdiendo la compostura que tanto se esfuerza en mantener.
Mayu se pone roja de la pura impotencia. Se levanta de un salto del sillón de seda donde se encuentra y sale furiosa de la sala de costura, donde la modista personal de la familia está terminando de ajustar los últimos y milimétricos retoques del fastuoso kimono que luciré esta noche. La puerta corredera de madera y papel shoji es azotada con violencia, haciendo vibrar las paredes de la estancia. Mi madre resopla, intentando recomponer su figura.
—A veces... a veces realmente me alegro de que no puedas hablar —murmura, clavando su mirada fría en mi reflejo.
Otra vez, esa misma sensación desagradable y amarga se instala en mi lengua, como si la bilis hubiera subido por mi garganta ante el desprecio de mi propia sangre. Lucho con todas mis fuerzas para que mi máscara de porcelana no se resquebraje ante sus palabras. Mi madre me dedica una pequeña sonrisa tensa, carente de cualquier rastro de afecto maternal, y yo se la regreso mecánicamente, asumiendo mi papel de muñeca sumisa.
La modista termina los últimos ajustes, el roce de la seda pesada contra mi piel se siente como una jaula dorada. Mientras tanto, yo soy incapaz de dejar de pensar que hoy, por primera vez, estaré frente a frente, sin cristales de por medio, con el hombre al que he amado en el más profundo y doloroso de los silencios desde hace mucho tiempo.
***
El roce de la seda fría contra mi piel me devolvió bruscamente a la realidad. Sentí el peso de las mangas del furisode, tan largas y cargadas de bordados que parecían arrastrar consigo siglos de una tradición familiar que me asfixia. Ajusté la postura, irguiendo la columna, cuando el obi carmín fue ceñido con una fuerza implacable alrededor de mi cintura; el tirón me recordó que hoy no era simplemente Akari, sino la moneda de cambio de mi linaje. Al mirarme al espejo, las flores de cerezo bordadas en el blanco inmaculado de la seda parecían burlarse de mi agitación interna con su calma eterna y petrificada. Moví la cabeza ligeramente y escuché el sutil tintineo de las borlas rojas de seda en mi peinado; un sonido delicado, pero que para mí resonaba con la gravedad fúnebre de lo que estaba por venir.
Suspiro, empañando apenas mi reflejo. Sé que me veo hermosa, pero me siento atrapada en una visión que no me pertenece. Estoy viviendo una vida que no es la mía, dentro de una familia que me niega el respeto y que solo me usa como un activo estratégico. Me muevo con cautela hacia la ventana de mi habitación, cuidando que el bajo del kimono no se enrede. Desde aquí, puedo ver el jardín principal, transformado en un escenario onírico para el evento. Me muerdo el labio cuando mis ojos, dotados de una voluntad propia y traicionera, se fijan en la entrada principal, esperando ver aparecer la figura de Koji.
Luego me giro hacia el enorme póster de Jungkook que domina mi pared, mi único refugio de color en esta casa gris.
—No te sientas celoso —le hablo en señas al papel, con un deje de tristeza—. Él va a ser mi esposo, pero tú siempre serás el amor de mi vida.
La imagen de Jungkook me devuelve la mirada con esa perfección coreana que tanto me consuela. Me giro de nuevo hacia la ventana, sintiéndome tonta por hablarle a un póster. Me sonrojo; a veces siento que Mayu tiene razón y no soy normal. Y es que no lo soy. No hablo, según mi familia no escucho, y me encanta comer con una voracidad que haría palidecer a cualquier dama de la alta sociedad japonesa. Creo que en mi vida pasada fui un vagabundo que murió de hambre. Adoro bailar, estoy obsesionada con los K-dramas a pesar de mi herencia, y en el silencio de mi mente, me sé cada álbum y cada detalle de la vida de mis idols favoritos.
—Sabes que, por mucho que mires fijamente la ventana, él no va a aparecer mágicamente, ¿verdad? —la voz dulce de mi hermana me hace sobresaltarme.
Sonrío al verla. Mayu lleva un kimono de un rojo carmesí tan profundo y saturado de peonías y flores silvestres que, por un momento, olvido que son bordados y no un jardín real cobrando vida sobre su piel. El obi, una combinación exquisita de rosa pálido y oro, corta su figura con una elegancia que siempre le he envidiado. Los adornos de su cabello, esos kanzashi que tintinean con cada paso, enmarcan su rostro haciéndola parecer una muñeca de porcelana de valor incalculable. Se ve poderosa, casi intocable.
—Quizás estoy esperando que Jungkook aparezca por esa puerta y le diga a todo el mundo que ha venido a buscarme. Que me tome de la mano, enfrente a nuestra organización y escapemos juntos —le digo en señas, permitiéndome una sonrisa soñadora.
—Sí, claro. Y que luego vean el atardecer en las playas del Himalaya —Mayu rueda los ojos con sarcasmo.
—El Himalaya no tiene playas —le respondo, frunciendo las cejas con fingida indignación.
—Y Jungkook tampoco vendrá a rescatarte. ¿En dónde crees que estás, Akari? ¿En una historia de w*****d? —replica ella.
Me quedo helada. Mis manos se mueven con sospecha.
—¿Cómo sabes de esa plataforma? —le pregunto.
—Tú tienes tus secretos y yo también —me guiña un ojo con picardía.
Mayu se acerca y siento la calidez de la yema de sus dedos acariciando mi rostro. Me mira con un amor tan puro que me reafirma en mi convicción: ha valido la pena cada sacrificio, cada silencio y cada humillación con tal de salvarla a ella de este destino.
—¿Estás bien? —pregunta en un tono apenas superior a un susurro.
—Todo lo bien que se podría estar —le respondo con una sinceridad descarnada.
—Sabes que, si quieres escapar, solo tienes que decírmelo. Yo buscaré la manera de que nos vayamos juntas y nos escondamos donde nadie pueda encontrarnos.
Siento un nudo en la garganta.
—Has crecido bastante —le respondo—, pero yo soy la que debe cuidar de ti.
Ella niega con la cabeza, su expresión tornándose seria.
—Esa tarea no es tuya, Akari. Es de nuestros padres. Deja de creer que debes cargar con la responsabilidad de mi vida sobre tus hombros. Es exasperante —me responde, aunque sus ojos brillan con lágrimas contenidas.
La atraigo hacia mis brazos, ignorando por un momento la rigidez de las telas. Por ella me callo mis verdades; por ella mantengo este papel de muñeca rota. Solo por ella. Nunca me arrepentiré de lo que estoy por hacer, ni de la traición que planeo. Después de un largo momento, Mayu rompe el abrazo con un gesto dramático.
—Basta, que vas a arrugar mi kimono y no puedo permitirme verme mal, aunque a mí nada me queda mal realmente —dice, recuperando su brillo habitual.
Sacudo la cabeza con una sonrisa auténtica. Ella me mira fijamente y yo abro los ojos de par en par cuando esa chispa de travesura salvaje reluce en sus pupilas oscuras.
—No —le advierto en señas, adivinando sus intenciones.
—¡Voy a salvarte! —exclama Mayu entre risitas que vibran con una rebeldía peligrosa—. ¡No voy a permitir que mi hermana se case con un hombre que hace que estar desnuda en la Antártida se sienta cálido!
Antes de que pueda procesar sus palabras, me toma de la mano con una fuerza sorprendente y comienza a tirar de mí. Salimos de mi habitación como una exhalación de seda y color. Tadashi, que custodiaba el pasillo, abre los ojos de par en par al ver que Mayu está escapando conmigo en pleno despliegue de protocolo.
—¡No ha venido Jungkook por ti, pero sí tu hermana! —grita ella entre carcajadas, contagiándome una adrenalina que hace mucho no sentía.
Ambas salimos corriendo por los pasillos de madera pulida. En cuanto los hombres de mi padre notan que Mayu me arrastra hacia la salida, el caos se desata y comienzan a perseguirnos. Mi hermana no deja de reír, y yo no puedo evitar una sonrisa que me ilumina el rostro, aunque una parte de mi cerebro me advierte que esto nos costará un castigo severo. Abro los ojos con pánico y excitación cuando me guía directamente hacia el jardín principal, donde la ceremonia ya ha comenzado a tomar forma. Tadashi viene pisándonos los talones y, entonces, todo sucede en un segundo que parece congelarse en el tiempo.
Mi padre está de pie en el centro del jardín, impecable en su traje de tres piezas y con cada cabello en su sitio. A su lado, la familia Yamada se erige como una muralla de poder ancestral. Koji mantiene ese gesto frío, aburrido y distante, escuchando las palabras de mi padre como si prefiriera estar en cualquier otro lugar del mundo. Intento que Mayu me suelte, pero ella se aferra a mi mano con una desesperación lúdica.
Mi padre, mi madre y los Yamada se giran al unísono al sentir el alboroto que hemos provocado. El aire se vuelve pesado, cargado de un juicio silencioso. Mayu se ve obligada a soltarme cuando uno de los hombres de mi padre la intercepta, y otro se dirige hacia mí. Sigo corriendo, incapaz de frenar el impulso; mi cerebro ha dejado de enviar señales a mis pies hasta que, de pronto, me estampo contra una pared de músculos infranqueable.
Siento que pierdo el equilibrio y voy cayendo hacia el suelo, dejando escapar un gritico silencioso que muere en mi garganta. El impacto ocurre, pero no siento el dolor del asfalto o la grava, porque el golpe ha sido amortiguado por el cuerpo delgado, pero duro y atlético del mismísimo Koji Yamada.
Trago saliva con dificultad cuando levanto la mirada con lentitud. Mis ojos se encuentran con un par de abismos oscuros que me miran con una intensidad tan abrasadora que me quema la piel. Hay algo en esa mirada, una chispa de posesividad o quizás de pura molestia, que activa todas las alarmas en mi cabeza. Me relamo los labios instintivamente, sintiendo cómo mis mejillas se encienden bajo el peso de su escrutinio y el calor que emana de su cuerpo a través de la fina tela.
¿Realmente no es este el mejor momento para que Jungkook entrara por esa puerta y me llevara lejos de aquí? Porque ahora mismo, estar bajo la mirada de Koji Yamada se siente como estar frente a un verdugo que acaba de encontrar su juguete favorito.