Permanecía acostada en su cama, mirando el techo, pensando en el poco tiempo que le quedaba para arreglar su vida. Una vez que saliera de Los Ángeles no había marcha atrás, debía olvidarse por completo de ese amor clandestino. Ya era 31 de diciembre, solo quedaban tres meses. Sentía que alguien se acercaba y se sentaba a su lado, pero no se fijó en quien era hasta que él le preguntó el motivo de sus pensamientos y silencio. —En ti, como siempre. —respondió ella, no mentía en lo absoluto—. Pensé que habías salido, como no te encontré al despertar. —Bueno, bajé a prepararte el desayuno, preciosa. —respondió a medida que se acercaba. Cuando ya estuvo, se sentó en la orilla de la cama y la besó con delicadeza—. Ya está casi listo, aprovecha de prepararte porque hoy nos vamos a diverter tú y

