Antes de que pudiera arrepentirse la llevó a su pent-house. Desde ahí arriba parecía estar bañado con la luz del sol y se veía toda la ciudad. Bianca se obligó a disfrutar de las vistas y sonrió. —Es un sitio precioso. Me encanta la vista de este lugar.
Él se puso a su lado y ella comenzó a sentir algo de pánico. La miró de reojo y sonrió igual. —A mi también me gusta la vista. Sé lo hermosa que es y lo afortunado que soy de tenerla. -Ella no sabía si hablaba de las vistas de Nueva York o de ella, así que solo se quedó en silencio. —¿No dirás nada?
Él se apoyó en el cristal y ella lo observó. La miraba como si la estuviera evaluando y la hizo sentirse expuesta. —¿Por qué me miras?
—Porque te deseo. -Sabía que aquel día iba bastante sencilla. Maquillaje ligero y con el cabello suelto y despeinado seguro volvía a parecer la chica de los dieciocho años que había casado con él. Sentía que si la seguía observando se daría cuenta que no era Celeste, que era una mentira.
—¿Por qué me deseas?
—Porque eres lo más bonito que he visto en mi vida. Eres casi inocente… casi.
—¿Casi?
—Todo en ti desborda sensualidad, pasión, sin embargo, hay algo también en ti que da miedo tocarte, no quiero lastimarte, Celeste.
En cuando Bianca agachó la cabeza, el cabello le cayó sobre el rostro y le dio un toque de misterio y sensualidad. —No soy tan hermosa, Nathaniel. Muchos han pasado de mi supuesta belleza.
—No soy como los demás. -Dijo mientras le colocaba detrás de la oreja un mechón de su cabello castaño, ella solo podía pensar “Eres exactamente igual a los demás”. Le levantó la cara tras ponerle un dedo en la barbilla y la miró a los ojos. —Eres hermosa. Por eso te deseo, y porque creo que no podré pensar con claridad hasta que te haya hecho mía una y otra, otra vez.
Se acercó más a ella hasta que sus cuerpos se rozaron y ella sintió como el aroma masculino de su colonia la envolvía y la ahogaba. Terminó por besarla y acercarla tanto como pudo mientras ella se agarraba a su camisa alzándose de puntillas. Sus besos eran dulces como la miel. Ella gimió con desesperación en la boca de Nathaniel y saboreó sus labios. Al enredar sus lenguas aquel beso se hizo cada vez más profundo y sensual. Iban dando pasitos hasta el mueble, Nathaniel la hizo caer sobre los cojines y su cuerpo descendió sobre el de ella haciéndola consciente de lo sensual que era el peso de un hombre sobre ella. —Siento que me ahogo.
—Eso es algo bueno. -Le fue apretando los muslos mientras subía su falda y volvía a besarla. Fue bajando su mano por su pecho y fue desabrochando los botones de la camisa hasta abrirla por completo y encontrarse con su sujetador de encaje color rosa. Le apretó suavemente uno de sus pechos, jaló el encaje y liberó su pezón antes de acariciárselo. —Eres hermosa, lo reafirmo.
Bianca lo miró casi hipnotizada como hacía círculos con su dedo en su pecho. Repitió lo mismo con su segundo pecho y cuando ya sentía la piel de gallina sintió sus besos por encima de su clavícula y jadeó. —Nath… Nathaniel.
—Celeste. ¿Deseas algo? -Ella no pudo responder pues él estaba bajando con su boca y la mantenía apresada bajo su peso. Su boca alcanzó uno de sus pezones y lo succionó antes de darle una mordida que le envió corrientes eléctricas por todo su cuerpo provocando que se arqueara un poco. —¿Quieres que te siga tocando? -No le dejó contestar, volvió a inclinarse sobre sus pechos y los besó, lamió y probó como si fueran un bocado exquisito mientras ella comenzaba a sudar y a sentir como la sala había subido varios grados más. La vio apretar los muslos con fuerza y sonrió. Deseo.
Se pasaba la lengua por los labios y jadeaba. Su piel estaba erizada y respondía a la perfección a sus toques.
Bianca por otro lado, no esperaba que aquello le gustara tanto.
Sentía como si oleadas de placer le recorrieran el cuerpo y su vientre se contraía de una forma tan deliciosa, como si pidiera por algo más y ella sabía que exactamente. Nunca había estado con un hombre, pero sin duda alguna conocía la naturaleza instintiva del sexo. Su falda subía cada vez más hasta estar enrollada alrededor de sus caderas. Se sentía húmeda e incapaz de articular cualquier palabra inteligente, así que cuando Nathaniel la volvió a besar y se metió entre sus piernas con una de sus manos para acariciarla en aquel sitio tan íntimo que solo se había tocado y explorado sola fue incapaz de decirle que se detuviera. —Nath… Ay Nath.
—Nath me gusta, es mejor que Señor Valenti. Señor Valenti suena muy formal, demasiado formal para lo que estamos haciendo. -Dijo con una voz ronca mientras la acariciaba por encima de la seda de su ropa interior con su mano experta. Estaba mojando la tela y la excitación femenina le llegaba directo a él como aroma embriagador. Apartó sus bragitas a un lado sabiendo lo que ella deseaba. La vio morderse el labio y él siguió explorando con sus dedos todo el centro de su placer. Recorrió cada zona con exquisita lentitud haciendo que ella tuviera un espasmo tras otro. Le acarició con el pulgar y notó como ella intentaba controlarse, como si se negara al placer, pero le resultaba imposible. Cuando le introdujo un dedo ella ya estaba demasiado roja, demasiado agitada, demasiado indefensa ante cada oleada de placer. —Reaccionas muy bien, como si estuvieras esperando desde siempre que alguien hiciera esto para ti. Pero aún no termino contigo.
Y la desnudó mientras ella respiraba agitada. Todo su cuerpo sin nada de ropa era algo glorioso, su cabello revuelto y salvaje, sus ojos brillando de expectación y las gotas de sudor haciendo que su piel luciera perlada. —Tengo que decirte algo.
—¿Puede esperar? -Ella negó y él alzó una ceja. —¿Qué te pasa, Celeste?
—Nath. -ella comenzó a reprenderse por pensar que debía decirle la verdad, al menos en parte, sobre sí misma. ¿No debía fingir acaso que era una mujer experimentada? ¿De mundo? Aunque él se daría cuenta ¿No? ¿Y si se desanimaba?
—Dímelo. Puedo ver tus ojos moverse como engranajes y eso me desconcierta un poco ¿Acaso no estabas jadeando mi nombre hace cinco minutos?
Se mordió el labio y soltó el aire. —Hay algo que debes saber. -le dijo aún excitada y un poco nerviosa de su reacción. —Soy virgen.
Nathaniel no lo creía y podía verlo en su mirada. —¿Qué has dicho? -él solo la veía desnuda en su sofá y aunque el deseo le entorpecía el pensamiento se esforzó en comprender lo que ella le había dicho. —¿No has estado con ningún hombre?
Ella negó y lo miró. —No. Jamás.
—¿Por qué? Tienes… eres… -él la miró como si ella le hubiera dicho que las hadas existían y había un unicornio en la sala. Se había sorprendido como si le hubiera dicho que las vacas volaba. Él la miró y pensó como ella había reaccionado a sus caricias y se dio cuenta que recogía su ropa del suelo para cubrirse cuando comenzó a sentirse avergonzada. —No. Ni pienses en vestirte. Estoy procesando la información. Tienes veintitrés años y nunca has estado con nadie.
—No. Ya lo dije.
—¿Nunca has tenido novio?
Ella pensó en el día de su boda de inmediato y asintió. —Uno. Pero nunca llegamos a nada. No sucedió nada. No quería acostarme con él. -La vio cubrirse los senos un tanto apenada y él la observó, desnuda, intentando cubrirse un poco y recuperar el pudor pero estaba tan asombrosamente sexy como la Afrodita de Botticelli y se dio cuenta que ella no era consciente de lo atractiva que era. Él comenzó a sentir una opresión en el pecho y un agradecimiento gigante por el bastardo que no la había tocado. Sonrió y dio un paso al frente. —¿Qué sucede?
—Me acabas de decir que nunca quisiste acostarte con nadie. ¿Quieres hacerlo ahora?
Bianca asintió y él sonrió. Deseaba oír sus “Sí” toda la tarde y durante la noche. Él, que valoraba tanto la sinceridad se sintió complacido de que ella hubiera sido honesta. Atrajo a Celeste y le acarició el rostro con los nudillos. —Perfecto.
—¿No quieres que me vaya? Pensé que…
—Pensaste mal. ¿Por qué iba a quererlo? Eres deseable, no lo olvides.
—Pensé que te gustaban las mujeres con experiencia.
—No vas a irte, querida Celeste. No voy a dejar que cruces esa puerta. -La besó de nuevo con suma reverencia y le tomó de la mano para llevarla a su dormitorio. El sofá estaba bien para futuros revolcones, pero siendo esa su primera vez, debía hacerlo lo mejor que pudiera. La habitación era de tonos grises, blancos y negros, la cama en el centro y lámparas minimalistas. Habían cuadros de copas de vino. Ella observó a su alrededor y luego cuando posó su mirada en él sintió como si un baño de miel la recorriera, dulce, tibio y abrumador. —Acércate. -ella obedeció y él la besó en cuanto la tuvo cerca. —quítame la camisa.
Él tuvo que controlarse para no tomar los pechos de ella en sus manos mientras Bianca iba desabotonando lentamente cada uno de los botones. Los dedos le rozaban la piel con suaves caricias y ella se quedó casi anonadada cuando vio su musculatura bajo la tela, sus abdominales perfectos y el rastro de vello suave sobre su pecho. La miró concentrada en su tarea, y él sintió como se contrajo de deseo cuando ella, sacó la punta de la lengua para mojar un poco sus labios y se mordió el inferior muy lentamente. Fue una caricia muy leve de la punta de sus dedos cuando ella terminó por quitarle la camisa y dejarla caer en el suelo. Él tomó sus manos y le besó las palmas, se las soltó y ella no dejaba de mirarlo. —Eres muy guapo.
—Gracias. Acaríciame. Sé que quieres hacerlo y yo quiero que lo hagas. -Le ordenó. Ella alzó la mano y la puso sobre su piel, justo en el centro de su pecho, él sintió como lo quemaba la más seductora de las caricias que alguna vez recibió y en cuanto usó sus uñas arañando su piel contuvo el aliento. —Celeste…
—¿Sí? ¿Te hice daño?
Él negó y sonrió. —Todo lo contrario. -Tomó sus manos y las puso sobre el borde de su pantalón. —Quítamelos.
Obedeció, nuevamente. Le desabrochó el cinturón, el botón y la cremallera y ahogó un gruñido de placer cuando ella rozó su excitación con sus manos. Ella se arrodilló ante él para quitarle los zapatos y luego fue bajando sus pantalones hasta que él se liberó de ellos. Aún estaba en bóxer y ella estaba arrodillada ante él. La visión hacía que quisiera explotar. —Lo siento.
—Levántate. No voy a durar nada si sigues en esa posición. -Nathaniel la levantó y la atrajo besándola y acariciándola. Jugó con su lengua y la escuchó soltar un jadeo de puro placer. —Gracias por confiar en mí.
Los ojos de Bianca brillaron y entre besos la fue llevando a la cama y en cuanto estuvo recostada entre sus sábanas de algodón egipcio a Nathaniel le pareció el colmo del erotismo. Ella tenía piernas perfectas, torneadas, muslos suaves, cintura alta, pechos redondos coronados por aquellos pezones rosados. Se acarició por encima de la ropa interior al verla como si aquello pudiera aplacar su deseo. La vio agrandar los ojos en cuanto se quitó los bóxer y posó su mirada en su m*****o, ya listo, expectante y totalmente excitado. —¿Va a dolerme?
—Te voy a hacer disfrutar. No recordarás más que eso. -Dijo mientras se acostaba a su lado y vio por fin sus pieles contrastando. Ella era muchísimo más pálida que él, le gustaba. Le puso la mano sobre uno de sus pechos y fue bajando en caricias hasta su entrepierna y la exploró nuevamente sintiéndola húmeda y lista para él. —Confía en mí.
—Confío en ti. -Dijo asintiendo y Nathaniel la besó mientras la excitaba cada vez más. Inocencia y sensualidad. Ninguna de sus amantes anteriores habían tenido aquella mezcla tan embriagadora. La sintió arquearse contra su mano y sonrió cuando sus dedos la exploraban. La quería probar, necesitaba saborear su esencia femenina. Sin embargo, los gemidos de ella hicieron que él se endureciera aún más, como si fuera posible, ella lo agarró del cabello y lo atrajo en un beso haciéndole imposible seguir sus planes. Ella ya estaba más que lista para él. Rodando en la cama él quedó sobre ella y se metió entre sus piernas —¿Nath?
—Quieta. Sé que deseas esto y yo también, pero debo hacer algo primero. -Fue bajando hasta respirar cerca de su feminidad y ella se sintió expuesta. Le dio un beso justo en el muslo antes de probarla con su lengua y hacer que ella soltara un sonoro gemido. Temblaba cada vez que él usaba la lengua y saboreaba los fluidos de su cuerpo. Ella alcanzó el éxtasis casi al instante con espasmos intensos y copiosos como cuando él usó sus dedos en el sofá. Nathaniel la miró y sonrió, su deseo de penetrarla se hizo cada vez más intenso. —¿Estás lista? -Ella asintió completamente muda pues aún se le dificultaba respirar. Se situó entre sus piernas y él comenzó a penetrarla, solo con la punta, cuidadoso. Ella estaba perfecta a su alrededor, sintió sus manos sujetándose de los brazos y lo miraba directo a los ojos. —No te asustes.
—No estoy asustada, solo que eres muy grande.
Él comenzó a reír y la besó mientras seguía abriéndose paso por su cuerpo. —Eso si que le sube el ego a un hombre.
—Como si pudieras tener el ego más grande. -La besó mientras la sujetaba y la terminaba de embestir con fuerza llegando a su interior y su calor lo envolvió. Ella jadeó y él se quedó observándola. —Estoy bien.
—Que bien. ¿Segura?
—Sí. -Y no hubo más palabras. Apretó los dientes para controlarse pues lo único que quería era embestirla una y otra vez, con fuerza. Pero era la primera vez de ella. Se movió lentamente, entrando y saliendo, sintiendo como Celeste se relajaba bajo él. La besó mientras ella le acariciaba la espalda y sus músculos se contraían bajo sus dedos, le gustaba ser el primer hombre que gozaba de ella. La abrazó mientras se comenzaba a mover de forma rítmica, casi hipnotizado y sus últimos vestigios de control desaparecieron cuando ella lo apretó mucho más contra ella y lo rodeó con sus piernas.
No estaba pensando en lo absoluto. Y fue peor cuando ella comenzó a moverse, sus caderas iban al mismo ritmo que él, cada vez más rápido, eufórico y salvaje. No pudo contenerse más. La embistió con fuerza y profundidad hasta que sintió como ella se volvía a deshacer en un espectacular orgasmo y él se vio inmerso en un intenso placer, y durante unos segundos no fue consciente de nada. Explotó con ella y la llenó de sí mismo, la escuchó gritar y retorcerse, quedándose sin aliento, con el sudor adornando su piel y fundiéndolo a él. Se dio cuenta del error que había cometido, pero no había necesidad de asustar a Celeste. Ya la convencería de tomarse una pastilla de emergencia. Solo cuando fue demasiado tarde se dio cuenta de la realidad. Ella estaba con los ojos cerrados, él se separó de ella y la observó con las mejillas tan rojas y brillando, realmente preciosa. —¿Estás bien?
Ella abrió los ojos y los tenía llenos de lágrimas, comenzó a reír de pronto y asintió. —Estoy bien.
—¿Te he hecho daño? Estás llorando.
—No, no me has hecho daño. -Ella se secó una lágrima rápido y sonrió. —Estoy bien.
Estaba bien. No había estado tan mal. Pero ahora debía mentir más porque una única vez podría fallar, a la siguiente no tendría tanta suerte de que él se olvidara los preservativos. —¿En qué estás pensando? Puedo ver tus ojos moverse como engranajes.
—En nada.
—Mentirosa. -Rió y la abrazó contra su pecho mientras le acariciaba el cabello y la veía cerrar poco a poco los ojos. —Descansa. -Y ella comenzó a pensar que mentir no era tan mala idea.