CANTO XVIII En silencio gozaba de su Verbo aquella alma bendita, y yo gustaba templando en mí lo dulce con lo acerbo; y la mujer que a Dios me encaminaba, me dijo: «Reconcentra el pensamiento ante Aquel que las culpas desagrava.» Volvíme al son del amoroso acento, y el santo amor que en su mirar veía, abandono decirlo al sentimiento; no es que no fíe en la palabra mía, sino porque expresar no puede en mente lo que me pesa, si otro no la guía. Y podría decir tan solamente que, contemplándola, mi ardiente afecto libre de otro deseo al fin se siente. Mientras gozaba del placer directo de lo eterno en Beatriz, su bello viso gozar me hacía del segundo aspecto, venciéndome con luminoso hechizo; y ella me dijo: «vuélvete y atiende, que mis ojos no son el paraíso.» Cual suele

