CANTO IX Después que me alumbró, bella Clemencia, tu buen Carlos, narróme los engaños que debía sufrir su descendencia, mas dijo: «¡Calla y deja andar los años!» Y así, sólo diré que justo llanto ha de pagar vuestros injustos daños. Y el espíritu envuelto en fuego santo volvióse a las celestes claridades del sol, que con su bien nos llena tanto. ¡Oh, almas oscuras, llenas de impiedades. que apartáis de la luz vuestros amores, con frente erguida, en vanas vanidades! Entonces, otro de esos esplendores vino a mí, con anhelos de acudirme, mostrándolo en sus luces exteriores. La vista de Beatriz, que siempre firme estaba sobre mí, su caro asenso en su mirada pereció infundirme. «Concede a mi querer pronto compenso, beato espíritu», dije, «y dame prueba que se refleja en ti

