CANTO XXXII Estaba con los ojos tan atentos que los demás sentidos olvidaba, tras de diez años de mirar sedientos; cual cercado de muros me encontraba, mirando sólo el rostro sonriente, que a las antiguas redes me llevaba. Volviéndome a la diestra de repente, a mi izquierda miré las tres deidades, que decían: «¡Cuál miras fijamente!» Y aquella turbación, que en ansiedades, siente el ojo, del sol ante el gran foco, ofuscó mis humanas claridades. Mas la vista aclarada poco a poco (y digo poco al mucho comparado, de la impresión, que me causó sofoco), vi que marchaba por mi diestro lado el ejército santo, y encararse al sol, por siete antorchas alumbrado. Cual bajo los escudos, por guardarse, se cubre una legión, y su bandera fija, cuando de frente va a cambiarse; tal l

