CANTO VIII Era la hora en que sentir consigo el navegante enternecido quiere, el día del adiós al dulce amigo; y al novel peregrino, amor le hiere, si una campana suena en lo lejano, como llorando el día que se muere; cuando sentí el oído como en vano, mirando solo una de aquella almas, que atención les pedía con la mano: uniendo y levantando sus dos palmas, volvió sus ojos fijos al oriente, como diciendo a Dios: ¡Sólo tú calmas! Te lucis ante, tan devotamente de su boca brotó, con dulces notas, que enajenaban corazón y mente; y dulcemente las demás, devotas, siguieron entonando el himno entero, con su ojo a las esferas más remotas. Busca, lector, sentido verdadero a esta visión de velo transparente, que es fácil traspasar por lo ligero. Vi ejército gentil, que penit

