CANTO IX Del anciano Thytón, la concubina ya asomaba al extremo del oriente, al salir de sus brazos, blanquecina, con gemas que lucían en su frente, de aquel frío animal en la figura que con la cola hiere humana gente. Dos pasos daba allí la noche oscura, replegando al tercero lentamente sus alas, inclinadas de la altura; y yo, de Adán humano descendiente, me recliné con sueño y con quebranto, sentándonos los cinco juntamente. Era la hora del quejoso canto que en la mañana da la golondrina, quizá en memoria del prístino llanto; en que libre la mente peregrina, su carne olvida y con el alma piensa, contemplando visión cuasi divina; y en sueños parecióme ver suspensa con plumas de oro, un águila en el cielo, con ala abierta y de mirada intensa. Soñaba estar sobre aquel

