​CANTO X

883 Palabras
​CANTO X [ Siguen los dos poetas su camino entre los muros y los sepulcros. Dante manifiesta el deseo de hablar con uno de los sepultados allí. Una sombra que se alza de uno de los sepulcros ardientes lo llama. La aparición de Farinata degli Uberti. Mientras habla Farinata con Dante, aparece la sombra de Cavalcante Cavalcanti, que pregunta por su hijo, amigo de Dante. Vuelve a hundirse en el sepulcro pensando que su hijo hubiese muerto. Sigue el diálogo entre Dante y Farinata, en que éste predice oscuramente su próximo destierro al primero. ] Ora el maestro sigue estrecha calle, y yo sigo a su espalda con retraso, entre el muro y los mártires del valle. «Suma virtud», prorrumpo, «que mi paso guías en cerco impío, cual te place, responde a mi deseo en este caso. »¿Puede verse la gente que aquí yace? Cada tapa se encuentra levantada, y nadie guardia a los sepulcros hace.» Y él: «Cada tumba quedará cerrada cuando del Josafat el cuerpo yerto vuelva a buscar el alma abandonada. »Yacen aquí los que creyeron cierto, con Epicuro y todos sus secuaces, que el alma muere con el cuerpo muerto. »En cuanto a la pregunta que tú me haces, y aun a la que me callas, prontamente satisfarán las tumbas, cuando pases.» Y yo: «Te abro mi pecho plenamente: si acaso soy conciso en mi discurso, en esto sigo tu lección prudente.» «¡Oh toscano, que sigues vivo el curso, de esta mansión de fuego, tan discreto, detén en este sitio tu trascurso! »Tu locuela me dice tu secreto: has nacido en la tierra bien querida, de que tal vez de males hice objeto.» De súbito, de un arca encandecida salió esta voz, y yo, tímidamente, junto a mi guía procuré guarida. El me dijo: «Retorna diligente; contempla a Farinata levantado: entero está mostrando cinto y frente.» Yo mi rostro tenía en él fijado: él erguía su pecho y su cabeza, como en desprecio del infierno airado. El maestro me impele con presteza hacia la tumba, y dice cauteloso: «¡En tus palabras pon gran sutileza!» Al llegar a su tumba, presuroso, demandó: «¿Quiénes fueron tus abuelos?», mirándome con gesto desdeñoso. Yo, que de obedecer tenía anhelos, no le oculté lo que saber deseaba, y él contrajo las cejas con recelos. Luego me dijo: «Cuando yo bregaba, fueron tus padres fieros adversarios: tu familia por mí fué desterrada.» «Si fueron exilados por contrarios», le respondí, «volvieron del destierro: este arte no aprendieron tus sectarios.» Surgió del borde de aquel duro encierro otra sombra mostrando la cabeza, y estaba arrodillada, si no yerro, cual si esperase ver, de duda presa, algún otro mortal; y defraudado viendo su anhelo, dijo con tristeza: «Tú que cruzas el mundo condenado, a que por alto ingenio has descendido, ¿por qué no te acompaña mi hijo amado?» Y yo a él: «No solo aquí he venido: ése que ves allí, mis pasos guía, a quien tal vez menospreciaba Guido.» Su palabra, el dolor que le afligía, revelaban el nombre del que hablaba, por eso respondí con tal certía. De súbito clamó: «¿Menospreciaba, dijiste? ¿Mi hijo no disfruta ahora la dulce luz que el ojo le alumbraba?» Notando a su pregunta mi demora, se desplomó en su fosa, lastimero, y más no vi su faz conmovedora. Pero el otro, magnánimo, el primero que me llamara, sin mudar semblante, ni doblar la cerviz, alzóse fiero, y continuó: «Si un arte semejante no aprendieron los míos en su vida, más me duele que el lecho atormentante. »Cuando cincuenta veces, encendida, gire su luz la reina de este imperio, de tu arte la virtud verás fallida. »Y tú, al salir del mundo del misterio, di: ¿por qué el pueblo en leyes sin templanza contra los míos decretó el dicterio?» Y yo: «Por el ejemplo y la matanza que enrojeció del Arbia la corriente, se reza en nuestro templo la venganza.» Sacudió la cabeza, tristemente: y dijo: «Solo, allí no estuve, y cierto, no sin razón me puse frente a frente. »Empero, solo estuve en el acierto, cuando quisieron arrasar Florencia, y solo yo me opuse a rostro abierto.» «¡Pueda gozar de paz tu descendencia!», le dije, «más desata prevenido el nudo que reata mi conciencia. »Paréceme, si acaso bien te he oído, que tu vista los tiempos ultrapasa, aunque el presente se halle oscurecido.» «Miramos, como el que es de vista escasa», dijo, «mas solamente lo lejano, que aun esta luz del cielo nos abrasa. »Lo que existe o apremia de cercano, nuestro intelecto a penetrar no acierta, para saber de vuestro estado humano. »Y bien comprendes, yacería muerta nuestra conciencia, desde el mismo instante que nos cerrara el porvenir su puerta.» Entonces, de mi culpa contristante, repuse: «Le dirás a ese caído que su hijo de la luz es habitante. »Y que si mi respuesta he contenido, fué porque mi cabeza preocupaba la duda que tú me has esclarecido.» Mas viendo que el maestro me llamaba, le demandé -razones abreviando- decirme quién allí lo acompañaba. «Más de mil», dijo, «están aquí penando: con Federico, al cardenal contiguo, y otros que ni nombrar quiero, callando.» Y se acostó en su tumba, y al antiguo poeta, me dirijo, meditando sus predicciones de sentido ambiguo. Al seguir por la vía, caminando, preguntóme: «¿Por qué vas desmarrido?» Respondo, mi presagio relatando. «Guarda en tu mente lo que aquí has oído en tu contra», me ordena aquel prudente. «Ora atiende», agregó con dedo erguido. «Cuando el ojo te alumbre, dulcemente, de LA que ve en el viaje de tu vida, tú sabrás tu destino ciertamente.» A la izquierda del muro, de seguida, tomamos por sendero que llevaba a hondo valle de atmósfera podrida, cuya hediondez del fondo reventaba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR