Segundo día seguido con ganas de mandarle un mensaje a León. Abrí el w******p como treinta veces. No sé. Escribí diez mensajes posibles. Todos me parecieron cualquiera. Escribía. Borraba. Escribía. Borraba. Ocho de la noche estuve segura de que si dejaba pasar otro día jamás le iba a poder hablar. Un día más; un abismo. Lo decidí. Respiré hondo. Apreté el dibujito de tubo en el celular y lo llamé. Mi corazón bombo. Tardó un momento en atenderme, el momento en que dudé, corto o no, pero igual la llamada perdida le iba a quedar. Si había dado el paso, había que bancarla. Aunque no tuviera la menor idea de qué le iba a decir. Atendió, la voz más suave pero distante. —¿Qué hacés —me preguntó. —Vi a mi papá, ¿podemos vernos? —le conté de una. Lo dije. Pausa. Un instante. —

