Un grillo. Y mis ojos cerrados. Escuché que la puerta se abría pero me quedé quieta hasta que sentí que unos abrazos me envolvían desde atrás. Me aflojé en ese abrazo. Es tan desconcertante. Es mi lugar más nuevo y es mi lugar más seguro. León no dijo nada. Apoyó su cabeza junto a la mía, sobre mi hombro. Podía olerlo. Lo sentía respirar. Tiene esa pausa. Esa pausa que no es nada habitual. La gente pregunta, quiere saber, insiste, habla, habla, habla. Él, la mayor parte del tiempo está en silencio. Estamos juntos. Simple. Y en algún momento giré, abrí los ojos y lo miré. Las cejas anchas. Su mirada suave. Ya no estaba enojado. Entonces me animé. —De lo de Simón... —le empecé a decir. —Eso no es importante ahora —me cortó, me agarró de la mano y caminé detrás de él hasta la ca

