Esa noche me entregué a los brazos de Morfeo, estando en los brazos de mi bestia, vaya lío. Pero dormí como si estuviera en el mismo cielo. No sé cuánto dormí, solo sé que cuando abrí los ojos, ya era de día y yo estaba abrazada a Everett. Él estaba mirando al techo, lo bastante pensativo como para percatarse de que yo había despertado. Permanecí quieta unos segundos, observándolo. Su expresión era serena, pero sus ojos reflejaban algo más profundo, una tormenta interna que no alcanzaba a comprender del todo. Lentamente, me separé un poco, lo suficiente para que se diera cuenta de mi despertar. —Buenos días —murmuré con la voz aún adormilada. Everett giró su rostro hacia mí y esbozó una sonrisa ligera, casi melancólica. —Buenos días —respondió con un tono suave, pero distante. Fruncí

