Con el ceño fruncido, conduje a casa. Cuando faltaba poco para llegar, mi madre me llamó para invitarme a cenar. Como necesitaba de la buena energía de mi familia, y me venía de maravilla una de esas cenas de mi madre, dije que sí sin pensarlo y conduje hacia la casa de mis padres.
Fui recibida con besos y abrazos, justo lo que necesitaba. Adoraba a mi familia; ellos eran todo lo que estaba bien en esta vida. Mi hermano me dio un abrazo y, para compensar que era el hermano mayor, alborotó mi cabello dejándome con pelos de loca. Mi cuñada, acostumbrada a sus payasadas, solo rió. Me acerqué a ella, le di un beso en la mejilla y acaricié su abultado abdomen, agachándome un poco para hablarle a mi sobrino. Había leído que si les hablabas a los bebés cuando estaban en el vientre, ellos podían reconocer tu voz, y yo quería ser importante para él. Ese pequeño, al que aún no conocía, se había convertido en mi adoración. Así que, como una loca, le hablé con voz tierna durante un largo rato.
—Deja a mi hijo en paz, psicópata —dijo mi hermano riendo.
Le saqué la lengua, y mi madre nos llamó a la mesa. Como si supiera que había tenido un mal día, sirvió Köttbullar, mi comida favorita: albóndigas de carne de ternera con puré de patatas, salsa cremosa y arándanos rojos.
Mi comida fue arruinada cuando mi padre preguntó cómo había ido mi día. Quise salir del paso respondiendo con un “bien, como siempre”, pero mi padre insistió en saber más detalles.
—Esa no es una respuesta, Zanahoria —dijo, serio.
Suspiré y mentí, contando que todo iba maravilloso con el nuevo jefe. No quería entrar en detalles sobre lo que había sucedido hoy en el trabajo y preocupar a mis padres.
—Mis viajes estarán pausados una temporada mientras todo se organiza en la empresa.
—Qué bueno, hija. Esos viajes a lugares recónditos no me gustan nada. Además, ahora puedes venir a cenar todas las noches —dijo mi madre.
Asentí, intentando parecer emocionada, pero no lo estaba. Si cenaba con mis padres todas las noches, engordaría cien kilos en un mes. Además, el hecho de que mi trabajo estuviera supervisado me preocupaba mucho. No porque hiciera algo mal, sino porque sabía que, si esto pasaba, era porque querían despedirme.
Luego, tomamos una copa de Glögg, un vino caliente especiado con azúcar, canela, clavo, cardamomo y ralladura de naranja. Aunque el Glögg generalmente se bebía en Navidad, en mi familia solíamos disfrutarlo en las cenas familiares.
—¿Estás bien? —preguntó mi hermano al notar que estaba pensativa.
Asentí mientras daba un sorbo a mi copa. Él entrecerró los ojos, incrédulo.
—Mentirosa. No estás bien. Siempre eres tan feliz y parlanchina que este silencio no es típico de ti.
Pasé mi mano por la boca, haciendo un gesto para que guardara silencio. No quería que papá se metiera en esto, porque era tan sobreprotector que sería capaz de buscar a mi nuevo jefe y mandarlo a la mierda. Mi hermano asintió, entendiendo todo, y le prometí que hablaríamos después.
Cuando llegó la hora de irnos, mi hermano dijo que el alcohol le había afectado un poco y que prefería que yo los llevara a casa para no poner en riesgo a su familia. Sabía que mentía y que solo lo hacía para que pudiéramos hablar, porque Daniel era un excelente bebedor; en la universidad había ganado todas las competencias relacionadas con alcohol. Pero mi padre insistió en que se quedaran, casi arruinando nuestro plan.
Harper, mi cuñada, salvó la noche diciendo que, con el embarazo, prefería dormir en su cama con sus almohadas especiales, o pasaría una noche terrible. Carajo, adoraba a esa mujer; era lo mejor que había llegado a esta familia después de mí.
—¿Estás bien para conducir? —preguntó papá, mirándome serio.
Asentí sonriente.
—Una copa no es nada para mí, papá —respondí, acercándome a él y dándole un beso en la mejilla.
Mi madre me abrazó, formando un sándwich con papá, y me llenaron de besos. Había crecido en una familia amorosa y atenta. Había sido una niña feliz. Yo era una adulta feliz.
Daniel y Harper subieron a mi coche, y al llegar a su casa, Harper nos dejó a solas en el sofá después de despedirse.
—Ahora sí, ¿qué está pasando contigo? —preguntó mi hermano.
—Mi nuevo jefe me odia.
Rió.
—Nadie en esta vida te puede odiar, Ireland. Literalmente eres una zanahoria acaramelada con olor a chocolate y vainilla.
—Esa es una combinación asquerosa —dije, poniendo cara de asco.
—Díselo a Harper, que con el embarazo combina cosas inimaginables.
Me reí al recordar que Harper le había echado chocolate al puré de patatas en una ocasión. Daniel golpeó mi pierna con suavidad para captar mi atención.
—¡Ouch! —me quejé.
—¿Por qué dices que te odia?
Le conté todo lo sucedido con el señor Kolt, incluyendo la escena de la carpeta. Daniel rió sin parar cuando llegué a esa parte.
—No puedo imaginarte haciendo algo así, cosita dulce.
—Soy malvada, no soy ninguna cosita dulce.
—Eso lo escuché con la voz de Snowball, de La vida secreta de las mascotas —dijo, riéndose a carcajadas.
Golpeé su pierna tal como él había hecho conmigo, y se quejó fingiendo dolor.
—¡Concéntrate, tontín! Estoy hablando en serio.
—¿Qué quieres que te diga? Yo creo que simplemente lo hizo para asustarte. Tu trabajo es impecable, y no tiene motivos para despedirte.
—Lo sé —dije, orgullosa.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—Nunca había tenido a alguien supervisando tan de cerca todo lo que hago, y eso me incomoda.
Él hizo un puchero exagerado.
—¿La pequeña de papá nunca había experimentado esto?
Lo miré seria, y él volvió a alborotar mi cabello.
—Eres la mejor en lo que haces... al menos en esa empresa, porque en la mía, obviamente, soy yo. Así que no te preocupes, tontita.
Reí.
—¿Serás un Holmquist egocéntrico?
—No me culpes —dijo, orgulloso—. Cuando nací, ya todos eran así.
Le di la razón y me sentí orgullosa de ello, así que no discutí.
—Entonces, ¿qué debo hacer? —pregunté, un poco frustrada.
—Déjalo que supervise tu trabajo. Que vea por sí mismo que tu cartera de clientes es la mejor y que los ingresos que generas mensualmente son los más altos. Eso lo hará callarse.
—Me siento humillada al tenerlo observando cada paso que doy.
—Solo será una temporada, hasta que lo humilles con tus números.
Sonreí con malicia.
—Tienes razón, no lo había pensado. Gracias, hermanito.
Me levanté del sofá y me despedí de él antes de irme a casa.
En casa, me di un baño caliente y me fui a la cama sintiéndome renovada. La idea de Daniel me había tranquilizado por completo. Cuando sonó mi alarma a la mañana siguiente, me preparé para un día normal de trabajo.
Al llegar a la oficina, el ambiente estaba tenso. Todos corrían de un lado a otro, desesperados y cargados de trabajo. No tenía que ser adivina para saber que era por culpa del señor Kolt.
Entré en mi oficina, donde me esperaba una pila de papeles. En la parte superior había una nota azul con una caligrafía cursiva impecable que decía:
"Revise esto. Lo quiero listo en dos horas."
—Everett Kolt.
No sabía por qué firmaba sus notas, porque era evidente que solo él podía darme un plazo tan absurdo.
Resoplé y me puse manos a la obra, arrugando el jodido papel. Me di cuenta de que todas esas propuestas eran proyectos que yo ya había rechazado anteriormente. En hora y media, tenía todo revisado y marcado con adhesivos de colores.
Tomando la montaña de papeles, me dirigí a su oficina y me anuncié con Hazel.
—Quiero ver al señor Kolt.
—Ireland, no te lo recomendaría. Está más insoportable que nunca.
Me encogí de hombros y sonreí.
—Quiero verlo.
Hazel levantó el teléfono y, casi enseguida, me hizo pasar. Esta vez no toqué la puerta porque no tenía las manos libres. Al acercarme a su escritorio, dejé caer la pila de papeles con fuerza, haciendo un ruido que inundó la oficina.
Él me miró, sorprendido, mientras yo empezaba a explicarle.
—Los adhesivos azules indican los riesgos que asumiríamos si aceptamos estas propuestas; como podrá observar, son demasiado altos y solo generarían pérdidas.
Señalé cada sección mientras hablaba.
—Los rojos señalan los costos absurdamente elevados que implicaría aceptar estas propuestas. Finalmente, las notas rosas, al final de cada una, contienen un cálculo de los costos que supondría llevar a cabo esos proyectos por nuestra cuenta.
Lo miré directamente a los ojos.
—Si tiene alguna duda, no dude en llamarme.
Dándome la vuelta, salí de su oficina. No dijo una sola palabra, y agradecí por ello porque me sentía victoriosa. Volví a mi oficina, sonriente, y me concentré en mi trabajo hasta que unos suaves golpes en la puerta interrumpieron mi concentración.
—Adelante —dije, algo confundida, porque no esperaba a nadie.
Para mi sorpresa, era el señor Kolt. Llevaba una bolsa en la mano, que dejó sobre mi escritorio.
—Coma —dijo simplemente antes de darse la vuelta y marcharse tan rápido como había llegado.
Me quedé completamente sorprendida. Cuando revisé la bolsa, me di cuenta de que era la hora del almuerzo y él me había traído comida. No quería pensar que lo había hecho por pena o amabilidad, sino por temor a una posible demanda laboral por no darme tiempo para comer.
Dentro de la bolsa había Smörgåsbord, un buffet sueco tradicional con una variedad de platos fríos y calientes. Mi familia solo lo comía en celebraciones especiales, así que no pude resistirme y tuve un festín inesperado, cortesía de la "bestia" que tenía por jefe.
No volví a verlo el resto del día, pero al ser la última en salir de la oficina, nos encontramos en el ascensor. Él había sido amable conmigo, así que, cuando entré, lo saludé. Aunque se sorprendió al principio, luego me ignoró como siempre.
Cuando las puertas se cerraron, aproveché para agradecerle por el almuerzo.
—Me alegra no escuchar su estómago rugir —dijo con su habitual tono seco.
Quería que me tragara la tierra; esto era realmente vergonzoso.
Cuando llegamos a la planta baja, salí rápidamente. Antes de marcharme, me volví hacia él.
—Buenas noches.
Él pareció sorprendido, incluso abrió ligeramente la boca, pero no tanto como para mostrar los colmillos de bestia que sospechaba que tenía. Pensé que no diría nada, pero finalmente respondió:
—Buenas noches. Espero que llegue bien a casa.
Su tono, aunque amable, me sonó más a una amenaza. Huyendo despavorida, apenas noté una ligera sonrisa en su rostro que, en vez de parecer tierna, me resultó diabólica.