CAPÍTULO TRES (LA CACERÍA)

1944 Palabras
Con el banquete que me había dado en el almuerzo, mi pobre estómago no quiso cenar, por lo que temprano ya estaba en cama. Mi hermano me envió un w******p con una foto de la ecografía en 3D de mi pequeño zanahorio y, como la tía babosa que era, la puse de fondo de pantalla y lo admiré embelesada, deseando conocerlo pronto. Esa noche tuve pesadillas con el señor Kolt, y digo pesadillas porque, si él aparecía en tus sueños, ya deberían considerarse pesadillas. En una de ellas, la que más recuerdo, yo huía de él y me escondía aterrada, por lo que me desperté tan cansada como si hubiera corrido los 5.000 km del maratón "Sri Chinmoy Self-Transcendence 3.100 Mile". Así que, aunque me apliqué mucho maquillaje en mi pálida piel, no logré ocultar del todo mis ojeras. Para mi mala suerte, tenía otra pila de papeles de más propuestas que yo había rechazado. En este punto ya entendía que él quería que le explicara todos los motivos por los cuales había rechazado cada una de las propuestas. Lo maldije en mi mente al menos una docena de veces porque, ¿cómo se atrevía a cuestionar al empleado que más ingresos generaba? Definitivamente tenías que ser un idiota para ello, pero como él era eso y más, no me sorprendía en lo absoluto. Esta vez, en su estúpida nota, no había una hora de entrega, por lo que me tomé todo el tiempo del mundo, ya que me sentía cansada y requerí al menos tres tazas de café para arrancar y así poder callar a ese idiota. Me demoré cuatro horas y, cuando entré a su oficina para entregarle la pila de papeles, me frunció el ceño. —¿Cuatro horas? Ayer lo hiciste en una y media. Creo que hasta empecé a echar humo de lo furiosa que me puse, y cuando estaba por salir huyendo de ahí, él me detuvo. —Siéntese, señorita Holmquist —ordenó, y a mí no me quedó de otra que obedecer. —¿Necesita que le explique qué significa cada color de nota? —pregunté, intentando molestarlo. Me miró, pero su rostro no denotaba expresión alguna; todo en él era vacío, igual que sus ojos. —Quisiera tomar un proyecto de estos. —Como verá, todos esos proyectos que rechacé es porque no son factibles. Tenemos mejores ofertas, ¿por qué se empeña en uno de esos? —Todos merecen una oportunidad en esta vida. —No si sus propuestas son absurdas y carecen de coherencia. —Elija uno —dijo señalándome la montaña anterior y la que acababa de poner en su escritorio. —¿Con qué fin? ¿La empresa gana más dinero del que quiere? —Llevar a flote un proyecto imposible es la única manera que tiene para demostrarme su trabajo. Su respuesta me dejó con la boca abierta. —Me está pidiendo algo imposible —dije frustrada. —¿Lo toma o lo deja? —¿Tengo de otra? Negó, y yo me levanté sacando mi teléfono del bolsillo y poniéndolo en su escritorio. Dando dos toquecitos en la pantalla, la misma se iluminó. —Son las doce, así que tomaré el proyecto número dos —dije, contando y sacando la gruesa y absurda propuesta. Él se quedó mirando mi pantalla y yo tomé mi teléfono volviéndolo a poner en mi bolsillo. —¿Cree que pueda cumplir estando embarazada o tengo que darle un trato especial? —preguntó, tomándome por completa sorpresa. Lo miré confundida sin entender nada y le pregunté a qué se refería. —A su fondo de pantalla —respondió enseguida. —¿No le han dicho que es de mala educación fisgonear en los teléfonos de otros? Por primera vez lo vi cambiar su habitual expresión a incómodo. Creo que le incomodaba ser descubierto, por lo que internamente me reí. Al menos lo había incomodado como él llevaba haciéndome sentir desde que había llegado. —Solo miraba la hora y no pude evitar mirar el fondo, no soy ciego. Además, usted puso su teléfono en mi escritorio —dijo defendiéndose. —Pues a mí me parece que fue muy imprudente de su parte. —Responda mi pregunta, señorita Holmquist. —No estoy embarazada, señor Kolt. Suspiró como aliviado y me preguntó si lo había estado. —¿O por qué tiene esa ecografía ahí? —Creo que los temas personales de sus empleados no son de su incumbencia mientras no afecten su desempeño. Ahora, si no me necesita, me retiro —dije, tomando los documentos y saliendo de su oficina. Una vez en mi oficina, miré la documentación solo para darme cuenta de que había elegido la peor propuesta. Carajo, había sido muy tonto escoger así, pero no quería que él creyera que estaba escogiendo la mejor opción. Así que, frustrada, volví a leer esperando encontrar alguna solución. Estuve estudiando la propuesta por horas hasta que se hizo de noche. Pero, a diferencia de todas las veces anteriores, esta vez él no estaba en el ascensor, y lo agradecí porque ahora mismo lo estaba odiando. Me llevé la documentación en mi bolsa y llamé a mi hermano pidiéndole ayuda en algunas cosas. —Ven a casa, tontita. Cenas aquí y de una vez estudiamos la propuesta. Se sentó a leerla apenas llegué y yo aproveché para charlar con el pequeño zanahorio. —Esto está más que jodido, hermanita —dijo destruyendo mis ilusiones. Mi cuñada lo hizo callar. —¡Shhh! No se dicen malas palabras frente al bebé. Me reí porque al fin alguien le ponía un límite a la bocota de mi hermano. Cuando paré de reír, le pregunté si hablaba en serio, pero él sonrió. —No, solo quería molestarte. Voy a sacarle una copia y te ayudaré con esto mañana. Lo abracé. —¿Te han dicho que eres el mejor hermano del mundo? Sonrió. —No necesito que me lo digan, lo sé. Y siempre lo he sabido. Harper negó con la cabeza. —Dios mío, solo espero que mi bebé no sea tan egocéntrico como su padre. Mi hermano y yo nos miramos y nos reímos. —Es un Holmquist, el egocentrismo corre por nuestras venas —dijimos al unísono. Ella puso sus manos en los costados de su vientre abultado y negó. —Shiii, tú no serás así, bebé. —Ese pequeño zanahorio será hasta pelirrojo como su tía que lo ama con todo su corazón —dije acariciando su panza. Cenamos entre bromas de mi hermano y mías, mientras Harper se reía de nuestras locuras. Cuando me fui a casa, dormí como una roca. Estaba tan cansada que, tan solo puse la cabeza en la almohada, el sueño me venció. Cuando la alarma sonó, no quería levantarme, y era la primera vez que esto pasaba. Estaba odiando por completo mi trabajo. Así era como alguien detestable podía arruinar el trabajo de tus sueños que habías amado por dos años. ¿Y si renunciaba y buscaba algo en un lugar donde sí fuera valorada? No, no podía renunciar porque eso sería demostrarle a la bestia que él había ganado, y a mí nadie me ganaba. Yo no era débil como él creía, por lo que estaba dispuesta a demostrarle que era la mejor. Me duché, me vestí y, de camino a la empresa, me compré un café cargado para llegar al cien. El ambiente en la oficina estaba tenso, como solía ser desde que Everett Kolt había llegado a la presidencia. Así que solo dije un buen día general y me encerré en mi oficina, poniéndome manos a la obra. Diseñé un plan que haría funcionar el maldito proyecto, así que estuve todo el día trabajando en él y, para la hora de la salida, lo tuve listo. Salí puntual del trabajo y me fui directo a casa de mi hermano, poniéndole la propuesta en frente. La miró, la analizó por un largo rato y asintió sonriente. —Eres buena, zanahoria. Eres realmente buena —dijo orgulloso. Casi me pongo a llorar de la emoción al ver que reconocía lo que era, pero enseguida rompió mis ilusiones—. Eres tan buena que podrías ser mi empleada, piénsatelo. Me tragué mis lágrimas y lo golpeé mientras él solo reía. Después me abrazó. —Hablando en serio, tonta, con esto podrás sacar adelante ese absurdo proyecto. Solo espero que, cuando los supervises, les enseñes a esos idiotas cómo se hace realmente una buena oferta. Sonreí emocionada. —Te juro que lo haré, que me sentaré con esos idiotas y les explicaré todo. Tanto que van a querer contratarme. Cené con ellos, quedándome más tranquila, mientras mi hermano y yo discutíamos más cosas que debía agregar para mejorar todo. Las anoté todas mientras comía la deliciosa comida que había hecho Harper. La mañana siguiente, cuando volví al trabajo, ni siquiera pasé por mi oficina y fui directo a la oficina del señor Kolt. —Buen día, señorita Holmquist —dijo siendo educado. ¿En serio él estaba siendo educado? No me lo creía, por lo que mi cara tuvo que ser de sorpresa. Queriendo romper la tensión entre nosotros, le dije que podía llamarme Ireland. Y así mismo, le deseé buen día. Él puso sus antebrazos en su escritorio y me miró como al acecho. Maldita sea, con lo que odiaba que hiciera eso porque me hacía querer salir corriendo de ahí. Es que, ¿a quién diablos le gustaba sentirse como una presa? Tragándome lo que sentía, le puse mi plan de trabajo incluyendo costos y todo lo necesario para el proyecto. —No pensé que lo tendría tan pronto —dijo serio. Y tomando las hojas, las analizó un largo rato. —¿En serio piensa sostener esto con la variación de costos? Asentí orgullosa. —Aunque mis cálculos son estimados, confío en la inflación. Tengo fe en ella. Lo vi esbozar algo parecido a una sonrisa. —Nunca había escuchado a alguien tener tanta fe en la inflación. Pero si usted cree que puede, adelante —dijo firmando los documentos. La sonrisa de satisfacción no la pude ocultar porque fue tan amplia que podías mirarla desde el Burj Khalifa, la torre más alta del mundo. De camino a mi oficina, en mi mente había papelillos y globos de celebración por mi logro. Ese día trabajé hasta el anochecer para, así, la mañana siguiente poder reunirme con el contratista y presentarle todo. Como casi siempre, fui la última en irme, encontrándome con el señor Kolt en el ascensor. Él me saludó con un asentimiento de cabeza, mientras yo le di las buenas noches. Bueno, al menos era un avance, antes me ignoraba. Pero como no todo es color de rosa y para mi mala suerte, el ascensor se detuvo y las luces se apagaron, encendiéndose unas luces rojas de emergencia que hacían parecer esto una jodida cacería. Mi primer instinto fue recostarme en uno de los rincones; ni siquiera recuerdo cuál. Respiré hondo mientras lo veía acercarse a mí con lentitud, acorralándome, como un depredador a su presa. Me sentí aterrada, débil y tan pequeña que no sabía qué esperar. Cerré los ojos y empecé a rezar por si intentaba matarme. En esos segundos pensé en todo: en mi familia, que se derrumbaría con mi muerte, y en mi sobrino, al que nunca conocería. Estaba segura de que la bestia podría deshacerse de mi cuerpo y que nunca nadie me encontraría. Apreté aún más los ojos, intentando mantenerme cuerda, pero casi me desmayé cuando sentí su respiración tan cerca que podía percibirla, que podía escucharla. Este era mi fin.
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