Cuando abrí los ojos nuevamente, la bestia no se me había echado encima como había temido, así que instintivamente miré hacia el panel de control, esperando ver que la luz verde de “en funcionamiento” se encendiera nuevamente, pero todo lo que vi fue un mar de botones oscuros.
A mi lado, la bestia llamativamente se había quedado inmóvil por un momento, y en ese instante, sentí que el aire se volvía más espeso. Había una tensión palpable entre nosotros, como si el espacio reducido del ascensor estuviera cargado de electricidad estática, aunque no podría explicarlo. Sin embargo, lo que más me preocupaba era la forma en que él se movía, no como si él fuera la bestia horrible de siempre sino como si una sombra se cerniera sobre él. Me miró, y por un breve momento, sentí que su mirada se volvía más intensa.
—¿Qué está pasando? —pregunté, intentando sonar más segura de lo que me sentía.
Él no respondió. Sus ojos estaban fijos en el panel, y antes de que pudiera reaccionar, se acercó a mí, casi como si me acorralara. Mi instinto fue encogerme, apretando los brazos contra mi cuerpo como si pudiera protegerme de la bestia aterradora que yo creía que era él. Pero lo que vi en su rostro era algo que no había esperado: un rayo de vulnerabilidad que destellaba en sus ojos penetrantes, incluso podría jurar que su mirada reflejaba pánico.
De hecho una gota de sudor había comenzado a bajar por su frente cosa que me sorprendió mucho porque la bestia, alias “Kolt” siempre se mantenía en control.
—Apártate —dijo él con un tono brusco, pero con un toque casi infantil en su tono de voz, mientras se movía más cerca del panel y por un momento temí que me apartara de forma brusca. Mis latidos resonaban en mis oídos, y el aire se sentía cada vez más pesado a medida que él comenzaba a tocar todos los botones con una urgencia que nunca había presenciado en él, de modo desesperado.
—¿Qué está haciendo? —pregunté, sintiendo el pánico crecer en mi pecho sin poder comprender del todo lo que estaba sucediendo, al menos no en ese momento.
Él no me miró, su atención estaba completamente en el panel y me ignoró por completo, aunque en su rostro se dibujaba una mezcla de frustración y miedo. Le vi sudar más profusamente, su frente ya estaba brillando con varias gotas que resbalaban por su piel. Este no era el jefe que conocía, definitivamente, el hombre frío y calculador que siempre parecía tener todo bajo control no era ese. Este era un desconocido, vulnerable, que parecía estar atrapado en una tormenta interna de la que no tenía escapatoria o quizá yo estaba delirando producto de la falta de oxígeno llegando a mi cerebro.
—Tranquilízate, Kolt —dije, pues a la mierda las formalidades, mientras intentaba mantener la calma en esa situación tan anormal, aunque no sabía si mis palabras eran para él o para mí.
—No puedo… —murmuró, su voz temblando mientras seguía presionando botones de forma alocada, realmente no parecía estar en sus cabales. El sonido de los pitidos de los botones era ensordecedor, y el olor a metal y sudor llenaba cada vez más el espacio. El ascensor parecía más pequeño, y cada respiración se volvía más difícil. Así que mi corazón comenzó a latir más rápido.
Me acerqué un paso, sintiendo la necesidad de ayudarlo de alguna forma.
—Escucha, ¿puedes parar un momento? —le pedí casi suplicante, y cuando él no reaccionó, me atreví a colocar una mano en su brazo. —Por favor, mírame. Necesitas calmarte.
Por un instante, el caos en su rostro se detuvo, y sus ojos buscaron los míos, casi desesperados. Era como si por un segundo la neblina de pánico se disipara, y vi un destello de reconocimiento allí. Pero luego, su respiración se aceleró de nuevo, y él se apartó de mí, apoyándose contra la pared del ascensor, deslizándose lentamente hasta el suelo.
—¿Qué te pasa? —pregunté, arrodillándome a su lado. El espacio parecía hacerse más pequeño, y la situación me hacía sentir cada vez más atrapada junto a él sin embargo creo que estaba más en eje que la bestia.
—No puedo… —susurró, su voz quebrándose, y de repente, me di cuenta de que había algo más profundo en su angustia. Era como si estuviera lidiando con alguna clase de demonio interno. “¿Acaso la bestia es claustrofóbica?”. No tenía mucho que ver con la imagen que tenía de él, sin embargo el alma buena en mí se compadeció de él, olvidando el infierno que me había hecho vivir ese último tiempo.
—Respira, Kolt. Solo respira, inhala y exhala, ¿ves? Así como yo —le dije, tratando de sonar firme mientras le mostraba como hacerlo acompañándome de un ademán con mis manos. Me incliné más cerca de él, intentando prácticamente que tomara mi propio aire —Muy bien, de vuelta. Inhala… exhala. Esto no es el fin, estamos bien. Es solo el ascensor que se detuvo—le dije como si le estuviera explicando a un niño pequeño y pensé que seguramente sería una buena tía para zanahorio, pues en ese momento me sentí casi maternal con la pobre y temblorosa bestia.
Lo vi cerrar los ojos, su pecho subiendo y bajando rápidamente. Era un tipo duro, temible, pero en ese momento, era solo un hombre asustado atrapado en un ascensor, y eso despertó una fibra sensible en mí. Pues sí, yo no era una bestia como él a fin de cuentas.
—Kolt, por favor —le rogué nuevamente, sintiendo que mi corazón se ablandaba al ver su sufrimiento. —Solo concéntrate en mi voz. Estoy aquí. Sigue respirando como te dije.
Él abrió los ojos y me miró con una intensidad que me hizo sentir expuesta. Allí, en la penumbra del ascensor, descubrí que había más en él de lo que había imaginado.
De repente, sentí una oleada de emociones que nunca había experimentado hacia él. La compasión me envolvió como una manta cálida en medio de un invierno gélido. Allí estaba, un hombre que siempre había sido un temible enigma, frío y distante, ahora vulnerable y asustado, y la imagen me conmovió, para qué negarlo si yo en el fondo era una zanahoria blanda. La tensión en el aire se hizo de repente más palpable pero ahora de otra manera.
—Kolt, estás a salvo aquí —le dije, mi voz suave y firme al mismo tiempo. Cada segundo que pasaba parecía estirarse como un chicle, y el tiempo se volvió un enemigo silencioso que nos encerraba en una burbuja de incertidumbre. Pero en medio de la claustrofóbica escena, me di cuenta de que no quería que se sintiera solo. Mi mano seguía en su brazo, como un ancla en medio de la tormenta y él tampoco la había apartado.
—Voy a echar a esos malditos encargados de este edificio —protestó, su voz entrecortada, como si se aferrara a la frustración como una tabla de salvación. Su mirada era de rabia contenida, y aunque estaba claramente aturdido, ahora había un destello de enojo en sus ojos.
No pude evitar sonreír ante su queja. Era un momento tan contradictorio, y su furia infantil me pareció casi graciosa junto a su comentario en medio de su crisis claustrofóbica.
—Kolt, no creo que eso resuelva mucho. Aparte esto puede pasar, son cosas que suceden —le respondí, tratando de aligerar el ambiente.
—¿Cosas que suceden? —gruñó, pero su tono no tenía la misma intensidad de antes. Era como si comenzara a salir de su caparazón, aunque todavía estaba atrapado en su tormenta interna.
—¿Te sientes un poco mejor? —le pregunté, y, para mi sorpresa, su expresión se suavizó.
—Sí —respondió con un leve asentimiento, su rostro aún lleno de sombras, pero la rabia se desvanecía lentamente.
—No es tan malo, ¿verdad? —le dije, intentando atraerlo hacia un lugar más ligero. La sonrisa que brotó de mi boca fue genuina, y para mi asombro, vi que una pequeña sonrisa se asomaba en la comisura de sus labios. Era un gesto casi tímido, pero viniendo de él era ENORME.
—No es tan malo —repitió, y por un instante, el ascensor pareció llenarse de luz. La tensión se disolvió un poco, y yo sentí que mi corazón latía con menos prisa. Era un pequeño triunfo, pero era algo.
—Gracias —murmuró, y su voz fue más suave, como si se hubiera rendido ante el abismo de su vulnerabilidad ¿O fue por mi gran gesto de bondad?
Nos miramos,y las sombras a nuestro alrededor parecieron desvanecerse mientras nuestras cabezas se acercaron lentamente, como si un imán invisible nos hubiera atraído o algo. El mundo exterior se desdibujó, y por un momento, todo lo que existía era él y yo, en esa pequeña caja metálica. La intensidad de sus ojos me estremeció íntimamente cuando sus labios se acercaron, y me encontré preguntándome qué estaba a punto de hacer. “¿Estás realmente pensando en besar a la bestia, zanahoria? ¿Es que acaso el encierro te ha puesto un poco loca?”
Repentinamente me sentí como Alicia siguiendo al conejo en un lugar donde las reglas de la realidad se habían desvanecido por completo. Mi respiración se detuvo mientras podía ver como nuestras cabezas se acercaban en cámara lenta, como en una jodida novela o algo. Pero antes de que nuestros labios llegaran a tocarse, el ascensor de repente volvió a la vida, así que el zumbido de las luces y el movimiento que me sacó de mi ensueño.
Nos levantamos rápidamente, como si nos hubieran atrapado en un acto prohibido. La magia del momento se rompió, y el aire se volvió frío de nuevo. Kolt se acomodó la ropa, y yo traté de recomponerme, sintiendo que el calor del instante aún ardía en mis mejillas.
—Eh… gracias —dijo, como si todo lo que había pasado entre nosotros fuera solo un destello de locura pasajera. Y tal vez, lo era.
—De nada señor —respondí intentando volver a mi rol, mientras me dirigía velozmente hacia la puerta que ya se abría. Cuando escuché que me decía con voz ronca:
—Nos vemos… Ireland.