Cuando finalmente salí del ascensor, el aire fresco del pasillo me golpeó como una ola, pero no pude escapar de la sensación de opresión que había dejado atrás. La imagen de la bestia, tan vulnerable y despojado de su habitual fachada de frialdad, seguía danzando en mi mente, como un eco persistente que se negaba a desvanecerse. Mejor ni hablar de lo que había pasado antes de que la prisión metálica se pusiera nuevamente en movimiento.Caminé rápido hacia el aparcamiento, procurando no volver a encontrármelo. Subí a mi auto a toda prisa, salí del lugar y conduje con la cabeza en cualquier sitio menos en el camino. No sé cómo no choqué, porque no recuerdo ni un solo minuto del trayecto. Mi mente solo estaba en Everett y en lo que había pasado en aquel ascensor. Aunque, si lo pensaba más a fo

