El calor del sol que se colaba por las cortinas hizo que Isabela se quejara un poco. Apretó los ojos con fuerza y abrió la boca, dejando escapar un pequeño bostezo de sus suaves labios rosados.
Ya es de mañana, pensó Isabela mientras abría los ojos y miraba a su alrededor. La mente de Isabela tardó unos segundos en registrar dónde estaba y qué estaba pasando.
Sentándose, Isabela se frotó el brazo nerviosamente mientras intentaba averiguar qué iba a hacer. Su mente estaba relegando a un segundo plano la idea de volver a casa.
Sabía que si volvía y le decía a su familia que estaba embarazada, su madre la obligaría a abortar o a dar al bebé en adopción.
Isabela se dirigió hacia una de las puertas marrones, la abrió y se encontró con un cuarto de baño gris y blanco de buen tamaño. Se mordió el labio y se acercó a la ducha, giró el grifo, pero no salió nada.
—Uf —murmuró Isabela y suspiró, dándose la vuelta para salir, pero se detuvo cuando su reflejo en el baño le llamó la atención.
Isabela giró el cuerpo hacia el espejo y sus ojos recorrieron su cuerpo, fijándose en todos sus rasgos. Su cabello rubio, aunque castaño en las raíces, estaba revuelto y necesitaba desesperadamente un buen lavado.
Los dedos de Isabela recorrieron su camiseta antes de que se la subiera un poco, dejando al descubierto su vientre.
La chica se quedó mirando su vientre como si no pudiera creerlo. Estaba embarazada de más de tres meses, casi cuatro, y podía ver cómo se le formaba una pequeña barriguita en el cuerpo. Sonrió y se mordió el labio mientras se frotaba suavemente el vientre con la mano.
—Bueno, pequeño bebé, mamá necesita encontrar una ducha que funcione para que podamos asearnos —dijo Isabela, hablándole a su bebé mientras se acariciaba el vientre. Salió del baño y dudó sobre si debía dejar sus cosas allí.
—Esperemos que nadie le robe la ropa a una mujer embarazada—, murmuró Isabela para sí misma antes de coger su bolso y su teléfono. Se calzó unas chanclas y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.
—Vamos a buscar agua corriente—, dijo Isabela acariciándose suavemente el vientre mientras bajaba las escaleras y salía de la posada.
*
Isabela deambuló por el pequeño pueblo, sin saber muy bien dónde se encontraba. Decidió no usar el coche porque se estaba quedando sin gasolina. La gente pasaba a su lado mirándola con cara de desconcierto.
Isabela suspiró y miró a su alrededor hasta que vio una pequeña cafetería. Un leve gruñido salió del estómago de Isabela, lo que la hizo morderse el labio y caminar hacia la cafetería. Al abrir la puerta, sonó una pequeña campana, lo que hizo que Isabela levantara la vista hacia ella antes de volver a mirar a su alrededor.
Apenas había nadie allí, salvo un hombre mayor que tomaba café mientras leía el periódico y una mujer con sus tres hijos sentados en una mesa comiendo tortitas. Todos levantaron la vista hacia Isabela como si se hubieran quedado paralizados al verla.
—Oh —murmuró Isabela para sí misma antes de adentrarse en la cafetería.
—Bienvenida a Café machete, ¿es nueva en la ciudad?—, dijo una mujer bajita de mediana edad que salió de detrás del mostrador vestida con una camiseta de manga corta amarilla y blanca y unos vaqueros azul claro.
—Sí, señora—, respondió ella, y la señora le señaló una mesa a pocos metros del hombre mayor.
—Bueno, me llamo Marisol Rivera. Bienvenida a nuestro pequeño pueblo y encantada de conocerte, cariño—, dijo la señora con un agradable acento sureño mientras Isabela se sentaba sonriendo. La mesa era muy cómoda, lo que hizo que Isabela suspirara suavemente.
—Me llamo Isabela—, murmuró Isabela en voz baja mientras Marisol le sonreía.
—¿Qué te apetece comer?—, le preguntó Marisol, e Isabela frunció el ceño mientras cogía su bolso.
—Lo siento, no me queda mucho dinero. ¿Puedo pedir solo un zumo de manzana?—, le preguntó Isabela, y Marisol negó con la cabeza.
Marisol le dio una palmadita en la mano a Isabela y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Eres nueva en la ciudad, chica, así que es por cuenta de la casa. No solemos tener muchos visitantes por estos parques.
—Muchas gracias, pero no hace falta—, empezó a decir Isabela, pero Marisol Rivera volvió a negar con la cabeza y la hizo callar.
—Me gusta eso, pero yo lo quiero, cariño. Ahora no tenemos muchas cosas. Tenemos tortitas con huevos y beicon o salchichas. También puedes pedir unas tostadas francesas con avena o, si lo prefieres, huevos y carne—. Dijo Marisol mientras le entregaba a Isabela un pequeño trozo de papel con la lista de lo que tenían. Los ojos de Isabela recorrieron el papel y se mordió el labio, pensativa.
—¿Puedo pedir las tortitas con huevos y salchichas?—, preguntó Isabela, y Marisol asintió sonriendo.
—¿Algo de beber, cariño?—, le preguntó con un ligero acento, e Isabela asintió antes de pedir un zumo de manzana.
—Ahora mismo vuelvo—, dijo Marisol y se llevó el menú antes de dirigirse detrás del mostrador. Isabela suspiró y se recostó contra el asiento mientras sus ojos recorrían el local.
La madre y sus hijos ya habían vuelto a comer y el anciano estaba terminándose el café.
Isabela bajó la mirada hacia la mesa que tenía delante y su mente divagó hacia su bebé. Pensó en los nombres que podría ponerle.
¿Melenia?
¿Aarón?
¿Alejandra?
¿Ryan?
—Aquí tienes —dijo Marisol, sacando a Isabela de sus pensamientos y haciéndola sobresaltarse ligeramente. Marisol dejó la comida y el zumo de manzana de Isabela sobre la mesa y le dedicó una sonrisa.
—Siento haberte asustado. Solo quería avisarte de que tu comida estaba lista—, añadió Marisol, e Isabela sonrió asintiendo con la cabeza y murmurando un pequeño gracias.
—Huele tan bien—, pensó Isabela en voz alta mientras cogía el tenedor y cortaba sus tortitas.
—Que lo disfrutes, cariño—, dijo Marisol Rivera antes de alejarse hacia la madre y sus hijos, que estaban terminando de comer.
Isabela se comió rápidamente su comida mientras bebía a sorbos su zumo de manzana. Llevaba dos días sin comer y estaba hambrienta.
—¿Vas a tener un bebé?—, oyó Isabela, lo que la hizo levantar la vista sorprendida. Un niño de pelo castaño estaba de pie frente a su mesa, mirándola fijamente.
—Sí, lo estoy—, dijo Isabela en voz baja mientras se bebía lo que le quedaba de zumo de manzana.
—Mi mamá dice que tienes un bebé en la barriga, por eso tienes un poco de barriguita—, dijo el niño señalándole la barriga. Isabela sonrió y se acarició suavemente la barriga.
—Tu mamá es muy lista—, dijo Isabela, y el niño sonrió asintiendo con la cabeza. Isabela se fijó en él.
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Santiago—, respondió emocionado mientras jugaba con los dedos y le sonreía a Isabela.
—Bueno, yo me llamo Isabela—, respondió ella, y Santiago frunció el ceño antes de intentar pronunciar su nombre.
—Santiago, vámonos—, dijo la madre, y Santiago le hizo un gesto de despedida a Isabela antes de correr hacia su madre, quien le dedicó a Isabela una suave sonrisa.
—¿Ya has terminado, cariño?—, dijo Marisol Rivera acercándose a la mesa de Isabela. Isabela bajó la vista hacia su comida y asintió sonriendo.
—Sí, señora—, dijo en voz baja, y Marisol asintió mientras cogía su plato y su bebida.
—¿Te sirvo más?—, le preguntó Marisol, e Isabela asintió añadiendo un pequeño por favor. Marisol asintió y se alejó rápidamente de la mesa.
Isabela suspiró y apoyó la cabeza contra el respaldo del reservado mientras cerraba lentamente los ojos.