—¿Isabela?
—Señorita Isabela.
—¿Hola?—, Marisol Rivera sacudió el cuerpo dormido de Isabela, lo que hizo que esta gimiera y suspirara, abriendo lentamente los ojos.
—¿Qué?—, preguntó Isabela somnolienta, frotándose los ojos. Isabela miró a su alrededor lentamente y vio que todavía estaba en la cafetería.
—Dios mío, me he quedado dormida—, dijo Isabela incorporándose demasiado rápido, lo que asustó un poco a Marisol Rivera. Isabela se levantó de la mesa y metió la mano en su pequeño bolso, pero Marisol la detuvo.
—Es por cuenta de la casa, cariño—, dijo antes de entregarle a Isabela un vaso de zumo de manzana para llevar. Isabela sonrió y lo cogió, dando un pequeño sorbo.
—Gracias—, murmuró, y Marisol sonrió asintiendo con la cabeza.
—¿Y dónde te alojas, señorita?—, le preguntó Marisol mientras limpiaba la mesa.
—Oh, en la posada pequeña—, dijo Isabela, y Marisol frunció el ceño.
—Cariño, ese sitio lleva sin usarse desde hace como un año—, dijo Marisol, e Isabela frunció el ceño.
—¿Qué?
—Sí, porque no recibimos visitas de ese tipo, así que nunca usamos esa posada—, dijo encogiéndose de hombros, e Isabela bebió un poco más de su zumo.
—Por eso, cuando no paraba de tocar el timbre, no venía nadie—, murmuró, y Marisol asintió.
—Bueno, cariño, tengo una habitación libre en mi casa si necesitas un lugar donde quedarte—, se ofreció Marisol mientras se apoyaba en la mampara.
—Te lo agradezco mucho, pero no quiero...
Interrumpiendo a Isabela con un gesto de la mano, Marisol negó con la cabeza:
—No es ningún problema, además, estaría bien tener una compañera de habitación mientras mi marido está fuera.
—Bueno, mis cosas siguen en la posada, así que voy a volver a por ellas—, dijo Isabela, y Marisol asintió con comprensión.
—Vale, cariño, pues ve a por tus cosas y vuelve aquí, yo estaré aquí—, dijo Marisol, y Isabela asintió antes de murmurar otro gracias, a lo que Marisol hizo un gesto con la mano para que no se preocupara. Isabela cogió rápidamente su bolso y salió de la cafetería.
Isabela se apresuró por la calle hacia la posada y su coche. Entró en la posada y subió las escaleras hasta la habitación en la que había dormido la noche anterior. La chica embarazada empezó a recogerlo todo y a asegurarse de que no se le olvidaba nada.
—Uf, qué cansada estoy—, dijo Isabela mientras respiraba hondo. Suspiró y empezó a bajar las maletas por las escaleras hasta su coche.
—Necesito una ducha—, murmuró al percibir su propio olor. Se aseguró de que lo tenía todo una vez más y luego se subió al coche para volver a la pequeña cafetería donde Marisol Rivera la esperaba fuera.
—Hola—, dijo Marisol cuando se subió al coche y empezó a indicar a Isabela cómo llegar a la casa. No era grande ni pequeña, sino simplemente normal.
En cualquier caso, a Isabela le encantó.
Marisol empezó a explicarle que su casa era una vivienda de tres plantas con cinco dormitorios y tres baños y medio.
Cuando Isabela entró en el camino de acceso de Marisol, no pudo evitar que sus ojos recorrieran cada centímetro de la preciosa casa de Marisol. Era de color gris oscuro con las contraventanas de las ventanas en n***o.
—Tienes una casa preciosa—, comentó Isabela mientras se acercaban a la puerta principal de color marrón oscuro, delante de la cual había un pequeño felpudo de bienvenida.
Marisol murmuró un gracias entre dientes y le dedicó una sonrisa a Isabela antes de abrir la puerta principal. Entraron y se encontraron en un pequeño vestíbulo con suelos de madera maciza de color marrón oscuro.
Marisol le dijo a Isabela que se quitara los zapatos, cosa que hizo, y luego decidió darle un pequeño recorrido por su casa.
Marisol le enseñó la cocina, que era bastante grande, y luego se dirigieron al salón, decorado en tonos marrones y grises.
—Mi marido se ha ido de viaje de negocios, pero volverá a finales de semana, así que quizá puedas conocerlo—, explicó Marisol mientras subían las escaleras hacia la segunda planta, donde se encontraban la mayoría de los dormitorios.
—¿Tienes una hija?—, preguntó Isabela al fijarse en el primer dormitorio, que tenía las paredes pintadas de morado pero los muebles negros.
—Sí, tiene dieciocho años. Estudia en la universidad de la ciudad, que está a una hora de aquí, pero a veces vuelve los fines de semana—, respondió Marisol, lo que hizo que Isabela asintiera lentamente con la cabeza. Marisol abrió la puerta junto a la habitación de su hija para mostrar un dormitorio decorado en blanco y n***o.
Una cama de matrimonio estaba pegada a la pared, justo al lado de un ventanal decorado con cojines a rayas blancas y negras. Isabela se adentró en la habitación mientras sus ojos exploraban el lugar.
—También tengo un hijo al que probablemente verás por aquí de vez en cuando. Trabaja mucho en el taller de coches que hay al final de la calle—, dijo Marisol con una sonrisa.
—Aquí es donde dormirás... espero que te parezca bien—, continuó Marisol, e Isabela se volvió hacia ella con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Es maravilloso, gracias—, le agradeció Isabela antes de dirigirse hacia la cama.
—Tengo que volver al restaurante, pero volveré más tarde con algo de comida—, dijo Marisol, e Isabela sonrió y le dio las gracias de nuevo. Marisol asintió y se despidió rápidamente antes de marcharse. Isabela la siguió para coger sus cosas.
—Te puedo llevar de vuelta—, dijo Isabela, pero Marisol negó con la cabeza.
—No está tan lejos para ir andando, además me da tiempo para aclarar mis ideas—, dijo Marisol, e Isabela abrió la boca para darle las gracias de nuevo por permitirle quedarse allí, pero Marisol la detuvo levantando la mano.
—No—, fue todo lo que murmuró Marisol antes de empezar a caminar por la calle. Isabela se mordió el labio y suspiró antes de coger sus cosas y llevarlas a la casa, a la habitación en la que Marisol la había dejado dormir.
Isabela recorrió la habitación y se fijó en la puerta que había a la derecha. La abrió y se encontró con un cuarto de baño en blanco y n***o. Sonrió al ver la ducha a ras de suelo.
Isabela no perdió tiempo y se apresuró a entrar en la ducha. Abrió la puerta de cristal y abrió rápidamente el grifo.
—Mamá se va a asear, pequeña—, le dijo Isabela a su barriga mientras se desnudaba. Entró en la ducha y se colocó bajo el agua. Bajó la vista y vio un jabón Dove en la pequeña jabonera.
—Me he olvidado de la toallita—, murmuró Isabela antes de salir corriendo de la ducha y rebuscar en los cajones sin encontrar ninguna.
Abrió una pequeña puerta que daba a un armario lleno de toallas y paños. Cogió uno rápidamente antes de volver a la ducha.
*
Después de darse una buena ducha y vestirse, Isabela bajó las escaleras hasta el salón.
Se detuvo al ver a un chico sentado en el sofá viendo la televisión.
—Eh—, dijo Isabela, lo que hizo que el chico volviera su atención hacia ella. Él la miró con el ceño fruncido y levantó una ceja.
—¿Quién rayos eres?—, le preguntó él, e Isabela abrió la boca para responder, pero el sonido de la puerta al abrirse la detuvo.
—Hola—, dijo Marisol al entrar en el salón con una pequeña bolsa en la mano. Sonrió a Isabela antes de fijarse en el chico que estaba en su sofá.
—Diego, ¿qué haces aquí? —Marisol sonrió mientras se acercaba al chico. Él se levantó de su asiento y se inclinó para abrazar a la mujer más menuda.
—Acabamos de volver del viaje y quería darte una sorpresa, pero pensé que estarías en la cafetería—, explicó él, y Marisol sonrió al separarse del abrazo.
—¿Por qué han vuelto tan pronto? —preguntó Marisol, y Diego levantó la vista para mirar más allá de Marisol, hacia Isabela, que estaba de pie, algo incómoda, en la entrada del salón.
—¿Quién es esta? —preguntó Diego a Marisol, haciendo que esta se girara para mirar a Isabela.
—Esta es Isabela, se quedará conmigo un tiempo—, dijo Marisol sonriendo mientras la presentaba.
—Isabela, querida, este es Diego—, dijo Marisol, y él la miró y le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Hola—, dijo él, y ella saludó con la mano antes de carraspear.
—¿Dónde están los demás?—, le preguntó Marisol, y él abrió la boca para responderle, pero la puerta principal se abrió de nuevo, dejando ver a un grupo de personas.
—¡Mamá!—, dijo una niña entrando en el salón con los brazos abiertos para abrazar a Marisol, quien se rió y le devolvió el abrazo.
—Hola, Camila, ¿cómo estás, cariño?—, dijo Marisol mientras rodeaba con sus brazos el cuerpo de la niña.
—Bien, bien, aunque Renata me ha dado una patada hace un rato—, respondió, lo que hizo que Marisol se quedara sin aliento y mirara a otra chica que estaba apoyada contra la pared.
—¿Por qué harías eso?—, le preguntó Marisol, y la otra niña se encogió de hombros.
—Ya sabes cómo es, siempre me pone a prueba—, respondió antes de lanzar una mirada fulminante a Camila, que fingió poner morritos.
—Dios mío, son demasiado para una anciana—, dijo Marisol sacudiendo la cabeza.
—¿Quién es esta?—, dijo un chico al entrar en el salón con un burrito en la mano. Miró a Isabela confundido antes de volver a mirar a Marisol.
Tenía el pelo n***o y rizado, con las puntas de un rubio oscuro. Tenía pecas por toda la cara y un piercing en la nariz. Llevaba una camiseta negra y unos vaqueros azules rotos. Calzaba unas zapatillas negras a juego y llevaba varios anillos en los dedos.
—Soy Isabela—, dijo ella mirándolo, y él asintió con la cabeza antes de seguir comiéndose el burrito.
—Has entrado en mi casa y te has servido de comer antes de venir a hablar conmigo —dijo Marisol dándole un golpecito en la cabeza al chico, lo que le hizo gruñir y dejar de masticar.
—Lo siento, mamá—, dijo él antes de rodear con su brazo libre el pequeño cuerpo de ella.
—Mhm—, dijo ella antes de darle un mordisco a su burrito, lo que hizo que el chico jadease dramáticamente.
—Ya está—, dijo Camila antes de que el chico empezara a fingir que lloraba mientras miraba a Marisol con incredulidad.
—No empieces, Matías—, dijo Marisol señalándolo con el dedo, lo que le hizo fingir un puchero.
—Te has comido mi comida—, dijo Matías antes de llevarse la mano al pecho, al lugar donde se encontraba su corazón. Se agarró la camiseta como si estuviera agarrándose el corazón.
—Estarás bien, chico—, dijo ella, despidiéndolo con un gesto antes de acercarse a Isabela, que se frotaba el estómago mientras observaba la escena.
—Chicos, esta es Isabela y se va a quedar conmigo un tiempo, así que más vale que sean amables con ella —dijo Marisol con dulzura antes de advertirles, levantando una ceja a todos. Todos asintieron mientras Matías seguía comiéndose su burrito.
—¿Dónde está Gabriel?—, preguntó Marisol, y Camila se encogió de hombros mientras se sentaba junto a Diego en el sofá.
—Estaba justo detrás de nosotros—, dijo Camila mientras jugaba con el pelo castaño de Diego.
—Estoy aquí mismo.