Me haces suspirar

1618 Palabras
—Estoy aquí mismo—, dijo alguien, lo que hizo que Isabela levantara la vista y viera a un hombre tatuado entrando en el salón con una mujer detrás de él. Era tan alto que Isabela se sintió muy bajita. Llevaba una pequeña barba entre negra y pelirroja, pero su pelo era n***o y liso. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes de colores y algunos en el cuello que, como Isabela notó, asomaban por debajo de la sudadera negra que llevaba puesta. —M4ldita sea—, murmuró Isabela para sus adentros antes de morderse el labio. Apartó la mirada al sentir que él giraba la cabeza para mirarla. —¿Quién es esta?—, preguntó él, e Isabela le devolvió la mirada solo por un segundo antes de apartar la vista hacia otra cosa. —Soy Isabela—, dijo ella, y Gabriel no dijo nada mientras la observaba. Se acercó a ella y la miró fijamente, lo que hizo que Isabela se sintiera incómoda ante su intensa mirada. —Deja de mirarla así—, dijo alguien mientras le daba un golpecito en la cabeza a Gabriel, lo que le hizo fruncir el ceño y volverse para mirar con ira a la persona. Era la mujer que había entrado detrás de él. Levantó una ceja hacia Gabriel antes de poner los ojos en blanco, apartando la mirada de él y dirigiéndola hacia Isabela. —Hola, Isabela, soy Luciana, la prima de este idiota—, dijo, dedicándole a Isabela una pequeña sonrisa. Isabela le sonrió y Luciana se acercó a ella para darle un pequeño abrazo. —Hueles bien—, dijo Luciana, lo que hizo que Isabela abriera mucho los ojos antes de sonreír una vez más. —Gracias —respondió ella mientras Luciana se separaba del abrazo. —¿Y cómo conoces a Marisol? —preguntó Diego desde su asiento en el sofá. Isabela lo miró mientras la atención de todos se centraba en ella. —En realidad, nos hemos conocido hoy mismo. Entré en la cafetería y empezamos a charlar un rato—, explicó Isabela, y se dio cuenta de que Matías fruncía el ceño mientras miraba a Marisol. —¿Se acaban de conocer hoy y ya se está quedando en tu casa?—, le preguntó Diego a Marisol mientras levantaba las cejas. Ella lo miró antes de encogerse ligeramente de hombros. —Sin ánimo de ofenderte, Isabela, pero eso es un poco raro—, añadió Matías mientras lanzaba una mirada a la chica. —¿Por qué se meten en mis asuntos, chicos?—, dijo Marisol, poniéndose las manos en las caderas mientras se volvía hacia ellos. Isabela sonrió al ver cómo los chicos abrían los ojos como platos y se miraban entre sí. Isabela se excusó antes de entrar en la cocina a por un poco de agua. Se frotó suavemente el estómago, algo que ya hacía sin pensar. Isabela, que estaba de tres meses, casi cuatro, tenía una pequeña barriguita, pero no era demasiado evidente para nadie a menos que prestaran mucha atención. Tarareando una suave melodía, Isabela abrió la nevera y cogió una botella de agua del estante superior. Era agua Essential, de la que Isabela nunca había oído hablar, pero se encogió de hombros y rápidamente dio un sorbo. —Hola —dijo alguien desde la puerta de la cocina, sobresaltando a Isabela y haciéndola dar un respingo. Se dio la vuelta y vio a Gabriel apoyado contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho. —Hola—, sonrió Isabela antes de dejar la botella de agua sobre la encimera de mármol de la cocina. Rodeó la pequeña isla y se acercó a Gabriel, que seguía mirándola. —¿Te vas a quedar mucho tiempo con Rivera o...?— Se detuvo cuando Isabela se paró frente a él. Ella, inconscientemente, se ajustó el cárdigan alrededor del cuerpo, ocultándose, ya que se sentía un poco incómoda bajo su mirada. —Bueno, probablemente me vaya en los próximos días, pero no lo sé —dijo Isabela, bajando la voz hasta un tono tan suave que Gabriel casi no la oyó. —¿Tienes algún sitio adonde ir? —le preguntó él, e Isabela frunció ligeramente el ceño mientras apartaba la mirada de él. Isabela siempre podía irse a casa, pero no quería enfrentarse a su madre. Aunque Isabela sabía que su madre la quería, a ella siempre le costaba demostrarlo. Isabela no quería enfrentarse a su madre y ver toda la culpa, pero también la ira, en los ojos de su madre cuando se enterara de la difícil situación en la que se encontraba Isabela. —No—, dijo Isabela con voz seca antes de aclararse la garganta y pasar junto a Gabriel para entrar en el salón, donde todos estaban hablando. —Oh, Isabela, ven, ven —dijo Marisol haciéndole señas para que se acercara. Se acercó a la señora mayor antes de sentarse en la silla vacía. —Estamos hablando de lugares a los que nos gustaría ir—, dijo Camila mientras se sentaba en el suelo frente al sofá. —¿Hay algún sitio al que te gustaría ir, Isabela?—, le preguntó, mirando a la chica, que se mordió el labio mientras pensaba en una respuesta. —Eh... probablemente, quizá Fiyi o Grecia —murmuró, y Camila asintió. —Yo he estado en Grecia, es precioso—, dijo Marisol con una sonrisa. —¿Cuándo fuiste a Grecia?—, preguntó Camila mientras levantaba una ceja y miraba a Marisol. —En mi luna de miel—, dijo Marisol mientras la miraba. Camila asintió con la cabeza y dirigió su atención hacia Isabela, que tenía la mirada fija en la ventana detrás de ella. —Bueno, Isabela, ¿de dónde eres?—, le preguntó a la chica, lo que hizo que Isabela girara la cabeza para mirarla. —Soy de Nevada—, respondió Isabela mientras se pasaba una mano por su pelo rizado. —¿Cómo encontraste este pueblecito?—, preguntó Camila llena de curiosidad. —Estaba conduciendo y vi un cartel que decía "Bienvenidos al pueblo", así que decidí echar un vistazo—, dijo Isabela encogiéndose de hombros. —Además, estaba muy cansada y vi la pequeña posada que tienen, así que decidí pasar la noche aquí—, añadió antes de morderse el labio mientras volvía a mirar por la ventana. Lo que Isabela no vio fue que todos intercambiaban miradas antes de fijarlas en Marisol, que observaba a la chica con tanta lástima. Marisol carraspeó y se disculpó para subir las escaleras. —Estabas huyendo de algo, ¿verdad?—, preguntó Marisol en un tono suave, casi un susurro. Isabela la miró mientras hacía una pausa. Una mueca de preocupación apareció en su rostro antes de que suspirara. —Me enteré de algo y supe que si me quedaba donde estaba, me arrepentiría—, dijo Isabela mientras se frotaba el vientre inconscientemente. Los ojos de Camila se posaron en su vientre antes de que ella exclamara dramáticamente. —Estás embarazada —dijo Camila con una gran sonrisa. Isabela abrió mucho los ojos antes de sonrojarse y asentir. —Sí. Estoy de casi cuatro meses—, murmuró, y Camila chilló de emoción. —Vaya, estás esperando un pequeño terremoto—, dijo Luciana, y Camila le lanzó una mirada fulminante, lo que hizo que Luciana se encogiera de hombros. —¿Qué? Los niños son unos auténticos terremotos—, murmuró ella poniendo los ojos en blanco. —Eres una pequeña terremoto—, dijo Diego con una sonrisa burlona, lo que hizo reír a Luciana y que esta hiciera un pequeño gesto. —No le hagas caso—, le dijo Camila a Isabela, que ni siquiera la estaba escuchando, ya que su atención había vuelto a la ventana. —¿Quieres salir?—, le preguntó Matías, que negó con la cabeza. —No, solo me gusta mirar fuera—, respondió ella, encogiéndose ligeramente de hombros. —Bueno, Isabela, cuéntanos algo sobre ti—, dijo Diego mientras le robaba una patata frita a Matías, quien lo miró con malicia. —Tengo veinte años, soy...— Isabela se quedó a medio decir cuando alguien entró en la casa gritando el nombre de Marisol. —No hace falta que grites así, River—, dijo Camila mientras ponía los ojos en blanco. Miró hacia un chico que entraba en el salón. —¿Dónde está?—, preguntó él, y Camila señaló hacia arriba. Él asintió y salió rápidamente del salón para subir las escaleras. —Isabela, mañana deberíamos enseñarte la ciudad—, sugirió Camila mientras miraba a la chica. —¿A qué distancia está la ciudad de aquí? —Eh, quizá una hora y pico, la verdad es que lo he olvidado—, dijo levantándose. —Bueno, claro, iré. —¡Genial! Bueno, tenemos que ir a ver a nuestra madre, pero ha sido un placer conocerte—, dijo Camila sonriendo a la chica mientras se levantaba. Isabela le devolvió la sonrisa y asintió con la cabeza. —Uf, yo también tengo que irme, mi padre me está llamando—, dijo Matías levantándose y estirándose. Isabela lo vio despedirse de todos antes de quitarle las patatas fritas a Diego. Salió tras Camila y Renata. Solo quedaron Gabriel, Luciana y Diego, que ahora estaban sentados en el sofá. Isabela bostezó y también se levantó. —Ha sido un placer conocerlos a todos, perdón—, se disculpó y salió de la habitación subiendo las escaleras.
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