Nos vamos de viaje

1411 Palabras
Isabela contempló las sábanas blancas que cubrían su cama con un ligero fruncimiento de ceño. Muchos pensamientos le pasaban por la cabeza mientras se frotaba inconscientemente el vientre y tarareaba una suave melodía. —No sé qué estoy haciendo, pequeña mariposa—, murmuró en voz baja mientras miraba su vientre. —Quiero decir, sé que no debería haber salido corriendo, pero no sabía qué hacer—, continuó mientras su ceño se fruncía aún más. —¿Qué voy a hacer?—, suspiró y se pasó una mano por la cara antes de levantarse de la cama de matrimonio. Se acercó a la puerta blanca y salió de la habitación, dirigiéndose hacia abajo. Se oían muchos ruidos que parecían risas y conversaciones, e Isabela siguió el sonido hasta la cocina. Isabela entró en la cocina y vio a Camila y a Matías riendo mientras estaban de pie alrededor de la isla de mármol. Matías estaba sentado en la encimera comiendo beicon mientras se reía de algo que había dicho Camila. Isabela se adentró en la cocina, lo que hizo que Matías se fijara en ella y sonriera. —Buenos días—, le sonrió él, y ella le devolvió la sonrisa antes de saludar con la mano. —Estábamos esperando a que bajaras para enseñarte la ciudad—, dijo Camila mientras comía una fresa. —Ah, vale, ¿y dónde están Gabriel, Diego y Renata?—, preguntó Isabela mientras cogía una fresa del cuenco de Camila y se la comía. —Renata está con su madre y Gabriel, así que en algún sitio que no sé—, dijo Matías encogiéndose de hombros mientras saltaba de la encimera. —Diego está fuera ligando con una chica—, se rió Camila mientras ponía los ojos en blanco. —Ouu, qué bonito tu conjunto—, dijo Luciana al fijarse en Isabela. Luciana le sonrió a Isabela antes de robarle algunas fresas a Camila, lo que hizo que la chica gruñera mientras miraba a Luciana. —Gracias. —Te gustan los cárdigans, ¿eh?—, le preguntó Luciana, refiriéndose al cárdigan de color beige claro que llevaba Isabela. —La verdad es que no, solo tengo tres—, respondió Isabela encogiéndose de hombros mientras se apoyaba contra la pared. —¿Qué hay exactamente en la ciudad?—, preguntó, y Camila se levantó de su asiento y dejó su cuenco, ahora vacío, en el fregadero. —De todo, sinceramente, es como una mini Nueva York—, sonrió Camila mientras se pasaba la mano por el pelo. —Me duele el estómago—, dijo Matías al volver a la cocina después de ir al baño. —Eso te pasa por comer fresas con nata montada y chocolate a las seis de la mañana—, dijo Luciana mientras ponía los ojos en blanco. —Oh, cállate, Luciana, tú también las comiste—, dijo Matías, lo que hizo que Luciana se encogiera de hombros. —Esto no tiene nada que ver conmigo—, dijo ella, lo que hizo que Matías la mirara con ira. —Venga, vámonos antes de que haya tráfico—, dijo Camila, y todos salieron de la cocina. —Pareces una chica de ciudad—, dijo Luciana mientras caminaba junto a Isabela hacia la puerta. —¿En serio? —Sí, no sé, desprendes un aire tímido, pero te veo más en la ciudad que en el campo—, dijo Luciana encogiéndose de hombros antes de llevar a Isabela a su coche. Era un Range Rover n***o mate. —¿Cómo te puedes permitir esto?—, preguntó Isabela sorprendida mientras todos se subían al coche. Isabela se sentó atrás, junto a Matías, que llevaba una bolsa de patatas fritas en la mano. —Soy stripper—, sonrió Luciana a Isabela, lo que hizo que esta abriera mucho los ojos. —¿Qué eres qué? —Soy stripper, Isabela. Ya sabes, una de esas mujeres o hombres que se deslizan por una barra para sacarles el dinero a unos cabrones desesperados—, dijo Luciana mientras arrancaba el coche y salía rápidamente del camino de entrada. —Oh... bueno, supongo que tienes que conseguir ese dinero de alguna manera—, dijo Isabela con torpeza, encogiéndose de hombros mientras miraba por la ventana. La risa de Luciana hizo que la chica embarazada frunciera el ceño mientras volvía a centrar su atención en la chica que se reía. —Solo te estoy tomando el pelo. Es que tengo un donante de e*****a rico que quiere ganarse mi gran favor—, dijo Luciana encogiéndose de hombros mientras conducía. —Oh… —Oye, ¿necesitas que te revisen al bebé?—, preguntó Camila de repente, e Isabela se frotó suavemente el vientre mientras asentía. —Probablemente sí, no he ido desde que me enteré—, suspiró Isabela mientras se apartaba un mechón rizado de la cara. —Podemos ir hoy mismo si quieres, mi madre es ginecóloga—, dijo Camila mientras miraba a Isabela por el espejo retrovisor. —No tengo suficiente dinero...— Camila la hizo callar: —Tranquila, nosotras nos encargamos—, dijo antes de coger el teléfono y llamar a alguien. —Oh, eh, ¿estás huyendo de alguien?—, preguntó Matías, y Luciana gritó el nombre de Matías mientras lo miraba con ira. —¿Qué? Solo quiero saberlo, me está matando—, se defendió él, y Luciana puso los ojos en blanco mientras giraba en el semáforo. —Eh, yo no diría que estoy huyendo de nadie. Tengo un padrastro maltratador que no me ha hecho daño físico, pero me he dado cuenta de que no quiero tener a mi bebé en ese tipo de hogar, sobre todo porque mi madre no se va a divorciar de él—, dijo Isabela rápidamente mientras suspiraba, sintiéndose estresada. —Vaya, ¿y la dejaste allí con él?—, le preguntó Matías, e Isabela asintió con la cabeza. —Lleva pasando seis años y, por mucho que quiera a mi madre, no puedo seguir intentando que haga algo que no va a hacer. Mi madre lleva ocho años casada con él y él lleva seis pegándole. He intentado conseguir un piso para nosotras y alejarnos de él, pero ella siempre vuelve con él—, dijo Isabela frustrada mientras negaba con la cabeza. —Lo siento, Isabela—, dijo Camila con voz entristecida mientras volvía la cabeza para mirar a Isabela. Isabela sonrió y se encogió ligeramente de hombros. —No pasa nada, de verdad. Quiero decir que lo he aceptado y siempre querré a mi madre, por mucho que no esté de acuerdo con ella en esto. —Eres una mujer fuerte, Isabela—, le dijo Luciana con una sonrisa antes de volver la vista hacia la carretera. —Me gusta pensar que sí, pero solo espero ser lo suficientemente fuerte como para cuidar de este bebé y darle la mejor vida posible—, murmuró Isabela mientras miraba su barriga. —Serás lo suficientemente fuerte porque le darás a ese bebé lo mejor que puedas y eso es lo único que importa—, dijo Camila, e Isabela sonrió asintiendo con la cabeza. —Pareces estar de más de tres meses—, dijo Matías mientras comía sus patatas fritas. —No le digas eso a una mujer embarazada, ¿qué te pasa?—, dijo Camila antes de mirarlo con ira. —Lo siento, pero es verdad—, dijo Matías encogiéndose de hombros, y Camila puso los ojos en blanco murmurando para sí misma. Isabela no dijo nada mientras suspiraba mirando por la ventana. —¿Has tenido náuseas matutinas?—, le preguntó Luciana, e Isabela negó con la cabeza. —La verdad es que no, pero hay veces que tengo acidez estomacal muy fuerte—, respondió mientras miraba a Luciana. —Bueno, eso está bien, que no tengas náuseas matutinas, pero ¿tomas algo para el ardor de estómago?—. Isabela negó con la cabeza ante la pregunta y bostezó tapándose la boca mientras se disculpaba. Isabela apoyó la cabeza contra la ventanilla del coche antes de cerrar los ojos, mientras una manita se posaba sobre su barriga. Antes de que Isabela se diera cuenta, se había quedado dormida y durmió durante el resto del trayecto en coche.
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