Capítulo 7

1650 Palabras
El viaje de regreso al ático fue un silencio de cuchillos. El Maybach n***o atravesaba Manhattan, Sebastián Montenegro iba sentado a mi lado con una mano sobre mi muslo. No apretaba. No acariciaba. Solo posaba. Como si ese muslo le perteneciera desde antes de que yo naciera. —¿Hablaste con tu madre? —preguntó, sin mirarme. —Sí. —¿Y qué le dijiste? —Lo suficiente para que no se preocupe. —Mientes otra vez. —Su mano apretó un poco más, solo un poco, pero suficiente para que sintiera el filo de sus dedos hundiéndose en mi carne a través de la tela del vestido—. Hablé con mi seguridad. Tu madre te corrió de la habitación. Tú temblabas. —Mi madre es emocional. Es una mujer mayor. No entiende... —No entiende que su hija se ha vendido a un desconocido. —Me obligó a girar la cabeza hacia él con dos dedos bajo mi barbilla—. No entiende que ahora duermes en una cama que no es tuya, con unas sábanas que yo elegí, bajo un techo que yo pago. No entiende que tu cuerpo tiene un precio y que yo lo he pagado. —No necesitas recordármelo. —Parece que sí. —Soltó mi barbilla y se recostó en el asiento—. Porque sigues mirándome como si pudieras escapar. Como si tuvieras alguna posibilidad de salir corriendo por esa puerta y encontrar algo mejor en la calle. —¿Y si la tuviera? —No la tienes. —Su sonrisa era una herida—. Lo sabes. Yo lo sé. Tu madre lo sabe. Hasta lo intuye, y está en una cama de hospital. —Déjame en paz. —Estás en paz. —Su mano volvió a mi muslo, y esta vez subió un poco más—. El problema es que no quieres estar tranquila. El problema es que te excita que te trate así. El problema eres tú, Lía. Y ese cuerpecito tuyo que tiembla cada vez que me acerco. —No tiemblo de deseo. —Lo sé. —Inclinó la cabeza y su aliento rozó mi oreja—. Tiemblas de miedo. Y de rabia. Y de vergüenza. Y de todo mezclado. Pero al final, cuando te pongo la mano encima, tiemblas. Y mientras tiembles... yo seré el dueño de cada una de tus partículas. Llegamos al edificio. El ascensor se cerró tras nosotros. En el trayecto hacia arriba, Sebastián no me tocó. No me miró. Se quedó de pie frente a las puertas espejadas, con las manos en los bolsillos del pantalón, el mentón levantado, los ojos clavados en algún punto que yo no alcanzaba a ver. Cuando llegamos al ático, la puerta se abrió. Y todo cambió. —Ven aquí —dijo, caminando hacia el centro de la sala. Lo seguí. No porque quisiera. Porque me había dado cuenta de algo durante esos tres días: cuando Sebastián Montenegro decía "ven aquí", tu cuerpo se movía antes de que tu cerebro pudiera negarse. Era un reflejo condicionado, como la baba de los perros de Pavlov. Solo que mi baba era miedo y obediencia. —Quítate el vestido. —¿Qué? —He dicho que te quites el vestido. —Se dio la vuelta y me miró con unos ojos que parecían dos puñales—. ¿Es que te has quedado sorda en el hospital? —No voy a... —Lía. —Su voz se volvió grave. No la voz aterciopelada que usaba para seducirme. Era otra. Una voz que venía del fondo de un pozo n***o, de un sitio donde la paciencia no existía y las excusas no tenían cabida—. Te he pedido que te quites el vestido. No voy a repetírtelo otra vez. Mis manos temblaron mientras buscaban la cremallera. La bajaron despacio. La tela cayó por mis hombros, por mis caderas, hasta amontonarse a mis pies. Me quedé en sujetador y bragas negras. La ropa interior que él mismo había elegido para mí. Encaje francés. Demasiado cara. Demasiado sexy. Demasiado él. —Más —dijo. —Sebastián, por favor... —No. —Se acercó a mí con paso lento, como un animal rodeando a su presa—. No vas a pedir por favor. No vas a llorar. No vas a taparte. Vas a quedarte quieta y vas a hacer lo que te digo. Porque esto no es un juego, Lía. Esto es un contrato. Y los contratos se cumplen. Desabroché mi sujetador. Cayó al suelo. Me quedé en bragas, los brazos pegados al cuerpo, la mirada fija en un cuadro abstracto que colgaba de la pared detrás de él. Cualquier cosa menos mirarlo a los ojos. —Ahora las bragas. —No. —Lía. —He dicho que no. —Mi voz temblaba, pero se mantuvo firme—. Hoy no. No después de lo del hospital. No después de ver a mi madre. No después de que me miro con esos ojos llenos de asco. No. No hoy. Sebastián sonrió. Y esa sonrisa fue peor que su grito. Porque no era una sonrisa de enfado. Era una sonrisa de diversión. Como si todo aquello fuera un espectáculo diseñado para su entretenimiento y yo la payasa más divertida del circo. —¿Crees que tienes derecho a decirme que no? —preguntó, rodeándome lentamente. Podía sentir su calor en mi espalda, su aliento en mi nuca, la electricidad de su cuerpo rozando el mío sin tocarme—. ¿Crees que porque has visto a tu madre te has ganado el derecho a poner límites? —No es cuestión de ganarse nada. Es cuestión de ser humano. —Aquí no hay humanos, Lía. —Su voz sonó justo detrás de mi oído izquierdo—. Aquí hay un dueño y una propiedad. Adivina cuál eres tú. —No soy una propiedad. —Firmaste un contrato que dice lo contrario. —Sus dedos recorrieron mi espalda desnuda, de los hombros a la cintura, con una lentitud obscena—. La cláusula siete, Lía. ¿Te acuerdas? "LA CONTRATADA se compromete a mantener relaciones sexuales con EL CONTRATANTE siempre que este lo solicite". —No me obligarás. —No quiero obligarte. —Su voz cambió. Se volvió más suave. Más peligrosa—. Quiero que me pidas que te folle. Quiero verte de rodillas suplicando. Quiero que esta noche no haya un solo rincón de tu cuerpo que no sepa a mí. —Eso no va a pasar. —¿Ah, no? —Me agarró por la cintura y me giró con violencia. Su pecho contra el mío. Su pelvis contra mi vientre. Su erección contra mi estómago, dura e inconfundible a través de la tela del pantalón—. ¿Estás segura, Lía? ¿Segura de que no voy a hacerte pedir? No contesté. No podía. Su aliento llenaba mis pulmones. Su aroma saturaba mis sentidos. Sus manos recorrían mi espalda como si estuviera trazando un mapa, una propiedad, un territorio que planeaba conquistar centímetro a centímetro. —Te voy a proponer algo —dijo, con esa voz suave que ponía los pelos de punta—. Una hora. Una hora entera en la que no te voy a tocar. No voy a rozarte. No voy a acercarme a menos de un metro. Durante una hora, vas a estar completamente sola en esta sala. —¿Y después? —Después —su nariz rozó mi mejilla— vas a venir tú a buscarme. Por tu propio pie. Y vas a pedirme que te quite el miedo. Vas a pedirme que te bese. Que te toque. Que te posea. —¿Y si no lo hago? —No he pensado en esa posibilidad. —Su mano me agarró por la barbilla con una dureza que rayaba el dolor—. Tu cuerpo me obedece aunque tu boca me insulte. Y esa es la parte que más te duele, ¿verdad? No que yo te controle. Es que a ti te gusta. —No es verdad. —Entonces, ¿por qué estás mojada? El golpe fue tan certero que no supe si reír o llorar. Lo estaba. Maldita sea, lo estaba. Mis bragas de encaje estaban empapadas desde el momento en que me había ordenado desnudarme. Y él lo sabía. Lo había sabido siempre. Porque Sebastián Montenegro no era un hombre. Era un demonio con traje de miles de dólares y una habilidad sobrenatural para leer cada uno de los secretos que mi cuerpo intentaba esconder. —Te voy a esperar en mi habitación —dijo, soltándome y dando un paso atrás—. El reloj empieza ahora. Se dio la vuelta. Caminó hacia el pasillo. Y antes de desaparecer por la esquina, se detuvo. —Lía. —¿Qué? —Hay una cámara en cada rincón de esta sala. —Su sonrisa fue un destello de dientes blancos en la penumbra—. Por si cambias de opinión y decides masturbarte mientras piensas en mí. Sería una pena perder ese espectáculo. —Eres un enfermo. —Soy tu enfermo. —Desapareció—. Y tú... vas a ser mi perdición. La sala quedó en silencio. Solo el crepitar de la chimenea me acompañaba. Me quedé desnuda, temblando, con el corazón latiéndome en la garganta y el sexo ardiendo con un fuego que no había pedido ni quería, pero que estaba ahí, innegable, hirviéndome por dentro como un pecado que se niega a ser perdonado. Miré al pasillo. A la habitación de Sebastián. A mi condena. Y empecé a contar los minutos. No porque quisiera esperar. Sino porque sabía, en el fondo más oscuro de mi alma, que al final de esa hora... iba a buscarlo. Y esa era la parte más aterradora de todo. No que él me controlara. Sino que yo quisiera ser controlada. Por él. Solo por él. Siempre por él.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR