—Mamá —susurré, acercándome a la cama.
Tomé su mano. Fría, pero viva.
—Lía... —abrió los ojos con esfuerzo. Una sonrisa débil iluminó su rostro—. Mi niña.
—Estoy aquí. Todo va a salir bien.
—El médico dijo que la cirugía fue un éxito. Que alguien pagó la factura completa. —Su mirada se clavó en la mía. Débil, pero seguía siendo esa mirada de madre que lo ve todo antes de que pase—. ¿Fuiste tú, hija?
—Sí.
—¿Con qué dinero?
—Un préstamo —dije, y la mentira me supo a ceniza—. Del banco. Un préstamo muy bueno. No te preocupes.
—Un préstamo de seiscientos mil dólares —corrigió ella. Y a pesar del tubo en la nariz, a pesar de la morfina, su voz cortaba como un escalpelo—. ¿A ti te parece que una chica de servicio puede conseguir un préstamo así en tres días?
Me quedé congelada. Ella nunca había sabido la cantidad exacta. El doctor me había jurado que no le diría nada para no alarmarla.
—¿Cómo sabes lo que costó? —pregunté despacio.
Mi madre soltó mi mano y señaló con la barbilla la mesita de noche. Allí, junto a un vaso de agua y un rosario, había un sobre abierto.
—Me lo contaron —dijo—. Un señor muy educado vino a verme ayer. De parte de tu... ¿cómo lo llamó? Ayudante de cámara. Me dijo que tú habías aceptado un trato. Y que si quería salvarte, tendría que devolver yo el dinero. Pero que no podía, porque ya se lo habían gastado en la cirugía. Fue muy amable. Muy cruel. Muy... parecido a ti cuando mientes.
El mundo se desmoronó en cámara lenta.
—¿Un ayudante de cámara? —repetí.
—Moreno. Alto. Con una sonrisa que no llegaba a los ojos. —Mi madre me agarró la mano con una fuerza que no sabía que le quedaba—. Le dije que no sabía de qué hablaba. Que mi hija jamás haría algo así. Y él me contestó: «Ojalá tuviera razón, señora. Ojalá».
Un sudor frío me recorrió la espalda.
Sebastián me había dejado venir para que ella me viera. Pero primero le había mandado a su perro. Para preparar el terreno. Para asegurarse de que ella también supiera, en el fondo, que esto era una farsa.
—Mamá, escúchame —dije, apretándole la mano—. Ese hombre miente. Yo conseguí el dinero legalmente. Y voy a sacarte de aquí. Y después...
—¿Después qué, Lía? —me interrumpió ella. Y su voz ya no era la de una enferma. Era la de una mujer que había criado sola a una hija, que había limpiado casas ajenas durante veinte años, que sabía reconocer la mierda aunque la pintaran de dorado—. ¿Después vuelves con ese señor que te paga por... cómo dijo el otro... por «compañía exclusiva»? ¿Eso es lo que se llama ahora, hija? ¿Compañía exclusiva?
Me levanté de la silla como si me hubiera electrocutado.
—No es así.
—Siéntate.
—No puedo. —Me alejé dos pasos. Las lágrimas ya no me dejaban ver con claridad—. No puedo sentarme y decirte que todo está bien cuando me has llamado mentirosa y...
—Te he llamado hija. Y te he llamado valiente. Y tonta. Y también te he llamado muchas otras cosas en estos cincuenta y dos años. Pero nunca, nunca he dejado de quererte. —Su voz se rompió—. Siéntate, Lía. Por favor.
Me senté. Porque era mi madre. Porque llevaba seiscientos mil dólares de deuda sangrando por mis venas. Porque no había nadie más en el mundo que pudiera decirme lo que necesitaba oír, aunque doliera.
—¿Lo quieres? —preguntó ella.
—¿El qué?
—A él. A ese hombre. Al que te ha comprado. ¿Lo quieres?
Abrí la boca para decir que no. Para decir que era un monstruo, un psicópata, un hijo de puta con ojos de ángel y alma de cementerio.
Pero la palabra no salió.
—No lo sé —respondí, y era la única verdad que podía pronunciar.
Mi madre suspiró. Cerró los ojos. Y cuando volvió a abrirlos, había cambiado algo en ellos.
—Entonces todavía hay esperanza —dijo—. La peor prisión no es la que tiene llaves de oro. Es la que te empieza a gustar. ¿Sales tú sola, o tengo que pedirle al enfermero que te eche?
—Mamá...
—Vete, Lía. Y la próxima vez que vengas, ven con la verdad. O no vengas.
Me puse de pie como un autómata. Besé su frente. Olí su piel. Guardé en la memoria el tacto de su mano.
—Te quiero —dije.
—Ya lo sé. Por eso dueles tanto.
Salí al pasillo. Cerré la puerta. Apoyé la frente contra la pared y lloré en silencio hasta que el móvil nuevo vibró en el bolsillo.
Una notificación. Un mensaje de él.
"¿Cómo ha ido?"
No contesté. Por primera vez en tres días, no hice lo que me pedía.
Cinco segundos después, sonó el teléfono.
Lo dejé sonar.
Diez segundos.
Veinte.
A los treinta, apareció en la pantalla un vídeo sin previsualización.
Lo abrí. Era mi madre. En su habitación. Dormitando.
Y un rótulo blanco en la esquina inferior: "Ángel de la guarda. 24/7."
El móvil volvió a vibrar. Otro mensaje.
"Contesta o la próxima no será un vídeo. Será una visita."
Cerré los ojos. Respiré hondo. Y descolgué.
—Dime —susurré, con la voz hecha trizas.
—Eso está mejor —dijo Sebastián, y en su tono había algo que podría haber sido satisfacción... o quizás decepción—. Ahora súbete al coche. Te espero en casa. Y no me hagas esperar demasiado, Lía. Ya sabes que soy un hombre impaciente.
—Lo sé —respondí—. También sé que fuiste a ver a mi madre antes que yo. A meterle miedo. A prepararla.
Silencio.
Un silencio que duró una eternidad.
—Tienes dos opciones —dijo él al fin, sin la arrogancia de antes—. Creer que lo hice por crueldad. O preguntarte si lo hice para que ella supiera la verdad porque yo no voy a ser el único que te mienta en todo esto. Fin de la comunicación. Te veo en el ático.
Colgó.
Y yo me quedé en el pasillo del hospital, con el teléfono caliente contra la oreja, la cara mojada, y una sola certeza: ninguna de las dos opciones era buena. Pero la tercera... la tercera era seguir ahí. Y eso tal vez era peor.