Capítulo 5

888 Palabras
—¿Lista? —preguntó Sebastián desde la puerta. Llevaba un traje gris perla que le marcaba los hombros como si los hubiera esculpido un diablo con gusto refinado. El cabello, perfectamente engominado hacia atrás. Las gafas de sol colgando del cuello. Y ese aroma a Ferrari, dinero y peligro que ya me resultaba tan adictivo como nocivo. —¿Lista para qué? —pregunté sin mirarlo. —Para ver a tu madre. Mi corazón dio un vuelco tan violento que creí que se me iba a salir por la boca. Tres días encerrada. Tres días evitando sus manos, su mirada, ese tono de voz que me desarmaba las rodillas. Tres días durmiendo en sábanas que olían a él, aunque él no hubiera vuelto a pisar mi habitación después de aquella primera noche en que me enseñó que el placer también puede ser un campo de batalla. —¿En serio? —giré por fin. Y cometí el error de mirarlo directo a los ojos. —En serio. —Se apartó del marco con lentitud felina, caminando hacia mí como quien tiene todo el tiempo del mundo y la absoluta certeza de que la presa ya no va a huir—. Pero con condiciones. —Ya sabía yo —bufé, cruzando los brazos como un escudo inútil. —Primera: no le dices nada de esto. Ni del contrato, ni de mí, ni de dónde vives ahora. Tu madre tiene que creer que conseguiste el dinero de forma legal. Un préstamo. Una herencia. Una apuesta en el casino. No me importa la mentira, mientras sea creíble. —¿Y por qué coño tendría que mentirle? —Porque si tu madre se entera de que su hija se ha vendido al mejor postor... —se inclinó hasta quedar a un suspiro de mi boca— ...se muere del disgusto. Y yo no he pagado seiscientos mil dólares para que se muera del disgusto. Eso sería un pésimo retorno de la inversión. El golpe bajo fue tan certero que casi sangré. —Eres cruel —dije, y mi voz tembló en la última sílaba. —Soy honesto. Hay una diferencia. —Enderezó la espalda, y de pronto era otra vez el tiburón de traje impecable—. Tendrás dos horas. Mi chófer te llevará y te traerá. Si intentas huir, si intentas pedir ayuda, si intentas llamar a la policía, un amigo, un exnovio, al Papa... —dejó colgando la amenaza como una guillotina— ya sabes qué pasa. —Ya sé. —Repítelo. —¿Qué? —Repítelo en voz alta. Quiero oírte decirlo. Apoyé los dientes. Conté hasta tres. Pensé en mi madre. —Si huyo, llamas a la policía con el contrato firmado. Denuncias que me vendí voluntariamente y que luego te robé. Me conviertes en una prófuga y una puta ante la ley. Y le mandas los vídeos a mi madre... los de aquella primera noche... para que vea lo bien que me gano el dinero. —No es necesario que lo digas con tanto rencor. —Sonrió—. Suenas como si yo fuera el malo de la película. —Porque lo eres. —El mundo no es blanco y n***o, Lía. —Se acercó de nuevo, y esta vez su mano rozó mi barbilla, forzándome a levantarla—. Hay infinitos tonos de gris. Y tú empezaste a mancharte el día que aceptaste mi dinero. No ahora. Ahora solo estás viendo cómo queda la pintura. Le aparté la mano. Me temblaba el brazo entero. —¿Algo más, amo? —escupí la palabra como un puñal. —Sí. —Sacó un teléfono del bolsillo de su chaqueta y lo dejó sobre la mesita de noche como quien deposita una bala—. Esto es para ti. Solo tiene mi número y el de seguridad. No puedes llamar a nadie más. Pero yo puedo llamarte a ti. Cuando quiera. Y espero que contestes. —¿Y si estoy en medio de algo? —No hay nada más importante que atenderme a mí. Y te lo voy a demostrar la primera vez que no lo hagas. ¿Quieres ver cómo? —No. —Bien. —Su sonrisa se ensanchó, sincera a medias—. Ve a ver a tu madre. Pero recuerda: cada mentira que le digas será para protegerla. Y cada verdad que me debes seguirá siendo mía. Por dos horas más, al menos. El coche me dejó a las puertas del Mount Sinai a las once de la mañana, y durante un segundo creí que todo había sido una pesadilla. El sol brillaba. Los coches pitaban. Los niños reían. El mundo seguía girando mientras el mío llevaba tres días detenido en el ático de un monstruo de ojos azules. Pero no: miraba mis muñecas y todavía sentía los dedos invisibles de sus condiciones. Subí en el ascensor hasta la sexta planta con las manos temblorosas. La habitación 612. Allí estaba. Mi madre, Elena Fernández, de cincuenta y dos años, el cabello canoso extendido sobre la almohada blanca, los ojos cerrados, el pecho subiendo al ritmo del respirador que pitaba en la penumbra. Parecía más pequeña que la última vez. Más frágil. Como si la vida se le escapara entre los dedos a pesar de la cirugía, a pesar del dinero, a pesar de mí.
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