CONSUMACIÓN

1196 Palabras
Apenas y se había realizado la doble unión cuando las puertas del refugio se abrieron abruptamente, eran los guardias con las princesas Leyla y Ruth y otras mujeres entre ellas Enid, sus ropas estaban mucho peor que las nuestras al llegar aquí, con muestras de sangre pegadas en ellas, varios raspones, arañones y sus cabellos nada presentables, era evidente que su escape había sido mucho más incómodo que el nuestro, lagrimas salían de sus ojos y de inmediato la familia real se reunió en un abrazo – Cielo santo, lo han logrado – sollozó la Reina mientras se aferraba a sus dos hijas que poco a poco dejaron el llanto atrás en la seguridad de su madre – El rey ha muerto – anunció uno de los guardias – un incendio dentro del castillo nos impidió rescatarle, hicimos lo que pudimos, pero fue imposible, los invasores nos rebasaban en cantidad. Todos en el sitio nos quedamos en silencio, de por sí ya me sentía muy fuera de lugar, se agudizaba ese sentimiento a cada instante; las caras de los príncipes y la reina se veían afligidas, después del incómodo silencio el sumo sacerdote se inclinó exclamando- Dios salve al Rey Bernardo Tercero- Los hombres presentes e incluso la mismísima Reina se inclinaron ante él, yo no sabía que hacer, iba a inclinarme apenas cuando fui detenida; Bernardo de inmediato cambió su semblante a uno de seriedad y dureza – Tú no tienes que inclinarte ante mí, ahora también eres la Reina, o al menos lo serás mañana por la mañana – sus palabras me alertaron, de la nada comencé a sentir miedo e inseguridad, primero por la enorme responsabilidad que venía a mí sin pedirla y segundo porque tendría que convertirme en una esposa que tuviera obligaciones maritales que conocía mínimamente, mi madre siempre me habló sobre complacer al esposo usando nuestro cuerpo, que era lo básico en una relación de esposos y que dejase que fuera él quien me instruyera en ello; me sentí ridícula al preocuparme sobre eso en estas precarias circunstancias, sin embargo, en el fondo sólo era una chica como cualquier otra. – ¿Cuál es el estatus de la situación? Nuestro ejército, los pobladores y el castillo, sean específicos en todo lo que saben – exigió Bernardo dirigiéndose a los recién llegados – Como ya lo sabe nuestro ejercito entrena y se concentra en la ciudad de Yatuma al menos a tres cuartos de hora del palacio, no estábamos preparados para un ataque, hace demasiado que no se recibía uno de ésta índole, los refuerzos que teníamos en el castillo no superaban los ciento cincuenta hombres, fuimos confiados en todos los aspectos, después del ataque el comandante se dirigió directo al cuartel para organizar a nuestro ejercito y movilizarlo hacia el castillo alterno en Ramelia, los transportaremos hacia allá, agruparemos algunos aliados y podremos analizar las circunstancias y al enemigo. El comandante nos ordenó llevarlos durante la noche para evitar ser descubiertos, ahora mismo peligramos en nuestras propias tierras. Nuestro informante nos avisará sobre las circunstancias en la población, aún es muy pronto para saberlo, ahora lo imprescindible es partir esta misma noche para evitar que nos embosquen o descubran. – Esta noche no partiremos, mis hermanas necesitan descansar y asearse decentemente para un viaje de ese tipo y ustedes también deben hacerlo para recobrar las fuerzas – ordena – además acabo de casarme y necesito a mi Reina – me miró seriamente y no pude evitar enrojecer mi rostro – Entendido su majestad, nos retiramos entonces – los soldados salieron y se dirigieron a la parte trasera del lugar donde había varias habitaciones Enid me miró sorprendida por el reciente anuncio de Bernardo, ni yo misma lo creía aún, era obvio que ella menos Señoritas, pueden asearse y comer lo que deseen, tomen una habitación y mañana hablaremos al respecto de nuestro viaje – volvió a hablar Bernardo, yo me limité a quedarme callada, no sabía que papel debía llevar a cabo con exactitud, pero consideré que cerrar la boca por una vez en mi vida era lo más prudente. – Si me disculpan me retiro a mis aposentos y les aconsejo que hagan lo mismo serán días difíciles – su porte y elegancia me parecían admirables, lo miré detenidamente por primera vez, era muy parecido a su tatarabuelo, guapo, alto, elegante y con una mirada extraordinaria, una que en este instante me veía de una manera que no puedo leer, misteriosa y desconocida para mí. Miré hacia la reina y con una señal me indicó siguiera a Bernardo, antes de salir por completo del sitio nos detuvo la voz del sacerdote – Recuerde las evidencias de la consumación, su Majestad… Bernardo no emitió ninguna palabra, yo no entendía a qué se refería, pero estaba a punto de saberlo, de conocer las obligaciones de una Reina y de una mujer; de descubrir algo fascinante y terrorífico a la vez. Al entrar en la habitación suspiré, decidí dejar mis miedos atrás, sabía que debía exponer mi cuerpo ante él, mi madre me dijo que no debía temer, que debía relajarme y dejar que el esposo me guiara, lo haría, porque ahora es más grande que la vergüenza que pueda sentir porque vean mi desnudez, la necesidad de salvar a cientos de miles, la necesidad de que mis padres vivan, la necesidad de que nuestra nación no cayera ante enemigos superaba a mi persona, superaba mis inseguridades o miedos de mujer. Él retiró su gran cinturón, el cual blandía una espada gruesa y pesada, comenzó desabrochando sus mangas y la parte superior de su traje, se sentó sobre la cama y fue allí cuando recordé cómo en ocasiones mi madre o yo quitábamos los zapatos de mi padre después de sus largas jornadas de trabajo. Me acerqué hasta donde se encontraba y me incliné para quitar sus botas; su mirada fue de sorpresa, no esperaba que lo hiciera, o quizás dudaba acerca de mis atenciones – Una Reina no tiene que hacer eso, olvida ya que eras una criada, eso ha quedado en el pasado, debes aprender a comportarte como lo que eres – su tono de voz se escuchaba un poco despectivo, pero tuve el atrevimiento de contestar pudiendo obtener un mal resultado – En este momento no soy la Reina, solo soy su esposa – el volumen de mi voz fue bajo, Bernardo levantó mi barbilla y me miró con ojos feroces – No te creas tanto eso del papel de esposa, no es necesario, sabes las circunstancias de esta unión, ha sido sólo un mal necesario, no tienes que amarme o yo a ti, sólo cumplir tu deber como mi Reina y en este momento… no sé precisamente que tan útil puedas ser. Mis ojos se cristalizaron, en realidad no por tristeza, estaba consciente de todo lo que él decía, sin embargo, sentía miedo, miedo de esa gélida mirada y ese tortuoso tono de voz, me sentía confundida por sus palabras, pero cielo santo el calor de su mano me distraía de peor modo. – Desvístete, vamos a cumplir con el deber necesario para recuperar la nación – ordenó
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