La luna brillaba con un brillo animoso y altanero. Las calles desiertas se iluminaban con los resplandores lechosos que contrastaban con las crudas sombras que se arrancaban de los bordes afilados de esa callejuela. El espectáculo de luces y sombras daban al espacio frente a sus ojos una sensación de inestabilidad. Su corazón era un completo lio de confusión. Miedos y rencores se revolvían en un amasijo de rabia y decepción que le empujaban a estar más cómoda en las sombras que en la luz. Sin duda alguna era ella: Se sentía como ella, caminaba como ella, hablaba como ella, se veía como ella, pero no pensaba como ella. Esa mujer de inseguridades y temores no existía en ese momento. Todo en ella era rabia, furia, y rencor. No sabía cómo, ni donde, ni porque, pero lo que si tenía claro era

