Capitulo 1: Una soñadora en un hospital.

2431 Palabras
No era un día como cualquier otro, sin embargo todo le estaba saliendo mal como de costumbre. Un sueño pesado, de esos que le acompañaban desde que era una niña, plagado de demonios y espectros que le perseguían entre las sombras, fue sustituido por un sueño lindo, donde Azazel, su príncipe azul, se le aparecía en medio de una escena idílica rodeada de flores y de un amplio campo de jardines florecientes, para llenarla de besos y declararle su amor eterno. En esto se le fue toda la noche y parte de la mañana, sumida en el mundo de los sueños. La alarma del teléfono no sonó a la hora indicada. Para cuando Loren logró salir de la cama ya tenía más de un cuarto de hora de retraso. Maldijo en voz baja el no haberse dado cuenta que aquello era un simple sueño, reclamándose a sí misma la tontería de haberlo creído como real. ― ¡Que estúpida! ―se recriminó como si lo hiciera con otra persona, algo que era común en ella― solo a mí se me ocurre pensar que una declaración de amor de Azazel podía ocurrirme en verdad. Hizo cuanto pudo para minimizar el tiempo que ocupó arreglándose para salir, cosa que de por sí ya era terrible, pero teniendo en cuenta a donde se dirigía, era una total catástrofe. Loren cursaba el último año de su carrera de Medicina psiquiátrica. Solo esperaba a cumplir el requisito de cubrir su cuota de pasantías en el rotativo del Hospital psiquiátrico de la ciudad para poder obtener por fin su ansiado título con los más altos honores. Ella era la estudiante con el mejor promedio y hasta la fecha había ganado varias menciones y reconocimientos en distinguidas publicaciones científicas gracias a sus destacados aportes a la psiquiatría clínica. Sin embargo, para llegar a ese punto de su prometedora carrera le tocó sacrificar muchas cosas para estar en donde ella estaba en ese punto por lo que a diario se le remordía la conciencia y se preguntaba todas las noches si el sacrificar su vida de joven había valido la pena realmente. «Eres una vieja prematura» le recriminaba Laura, su inseparable amiga de la niñez, con quien para la fecha, a pesar de haber tomado caminos profesionales completamente distintos, aún mantenía una comunicación constante. Loren miraba a Laura y podía ver todo lo que ella no era: Una chica segura de sí misma, con una presencia y un cuerpo envidiable, con una vida desenfadada y sin compromisos que la ataran, y su relación con los hombres, ni hablar. Sin embargo Laura siempre le recordaba que en su vida no todo era color de rosas y le remarcaba cuanto desearía ella tener esa proyección de futuro que Loren tenia, esa convicción para comprometerse con algo y no soltarlo hasta cumplirlo. Siempre le hacía alguna burla amistosa refiriéndose al tema de su virginidad, pero Loren no se lo tomaba a mal, sabía que en los tiempos que corrían, una chica de veinticuatro años aun virgen era una verdadera rareza. Desde luego que Loren no lo planeó así, pero es que sus estudios le ocuparan tanto durante su adolescencia y adultez temprana, que nunca se dio el tiempo como para dedicarse a cazar chicos y no es tampoco como que las armas le salieran sobrando, ya que por su problema de control de ansiedad, durante su adolescencia no había logrado mantener su figura y para la fecha le acompañaban algunos kilos de más que le robaban el poco autoestima que le podía quedar encima. Laura, su amiga, y Sophia, su madre, le recordaban a Loren a diario la belleza que ella no era capaz de identificar en sí misma. Cundo ella se miraba en el espejo solo alcanzaba a ver esos rollitos que le molestaban hasta mas no poder, unas ojeras que no le abandonaban por tantos días de trasnocho forzado y una baja estatura. Su madre remarcaba en una lista las cualidades de belleza que Loren se afanaba en desestimar: un cabello n***o, largo y perfecto, una piel lozana y sin imperfecciones, unos ojos negros y atrapantes y una sonrisa dulce y encantadora. ― ¡Y ni hablar de ese par de tetas que tienes! ―se burlaba siempre Laura haciendo referencia al busto bien dotado, redondo y de tamaño descomunal que Loren tenía, comparado con los pequeños senos de ella, los de Loren eran enormes. Ese día Loren disimuló sus senos como mejor pudo debajo de su bata blanca y salió a todo lo que daba su pequeño auto. Para cuando llegó al hospital ya llevaba más de cuarenta y cinco minutos de retraso. Estacionó el vehículo y salió a la carrera hasta la recepción del hospital. El edificio era una construcción de mediados del siglo veinte que había sido remodelada recientemente, pero que conservaba varios elementos de su antigua decoración. El sol de esa mañana estrellaba sus rayos sobre la fachada azul cielo del inmenso edificio. Loren pasó los controles de seguridad presentando su identificación universitaria luego de tener que explicarle al guardia de la recepción que ella también formaba parte del grupo que comenzaría las pasantías esa mañana. Luego de perder otro par de minutos, el guardia al fin le indicó como llegar a donde debía. ― Ascensor, tercer piso. Loren corría a la velocidad que se lo permitían los zapatos de tacón alto que había decidido llevar esa mañana. Llegó hasta el ascensor y presionó el botón como loca hasta que la puerta se abrió. Entró y con la misma furia marcó el botón del piso número tres. Cuando el mecanismo del ascensor se puso en marcha, Loren se permitió un pequeño respiro, solo entonces cayó en cuenta que con toda aquella prisa debía estar hecha un completo lio. No es que ella fuese una diva de la moda o del glamour, pero por lo menos sabía que si quería dar una buena impresión en su primer día en el hospital, debía exhibir una apariencia cuando menos profesional. Rebuscó entre las cosas de su bolso para encontrar un espejo y así poder darse un vistazo, pero su búsqueda fue infructuosa. Solo consiguió un labial. Quiso darse un retoque de último momento pero sin un espejo para mirarse era imposible. La puerta del ascensor se abrió en el solitario pasillo del piso número tres. Una cartelera de información en la pared de enfrente mostraba la distribución de aquel piso. Con una mirada rápida memorizó las indicaciones que debía seguir, entonces comenzó a caminar arreglándose mientras tanto los mechones rebeldes que se escapaban de su flequillo. Giró a la derecha y luego siguió recto, debía caminar en esa misma dirección hasta dar con una puerta doble tras la cual encontraría la oficina donde esperaba ser atendida. Cuando pasó un par de puertas cerradas, alcanzó a ver a su derecha lo que segundos atrás estaba buscando en su bolso: un espejo reluciente. Al principio le pareció una idea desfachatada pararse en medio del pasillo a mirarse en un espejo, pero el miedo de no saber en qué condiciones se encontraba su rostro le empujó a ir en contra de su sentido común. Miró en todas las direcciones y se aseguró de que el pasillo donde se encontraba se hallaba completamente desierto. Entonces se decidió a darse una mirada rápida: el espejo le regresó la imagen suya que ella despreciaba. Lejos de ser capaz de encontrar la belleza que le aseguraban que poseía, Loren solo era capaz de apreciar sus defectos. Desde luego que lo que vio no le agradó en lo absoluto, por eso esperaba que un poco de labial por lo menos lograse aplacar su imagen insípida. Sacó el lápiz de su bolso pero para cuando se dedicaba a llevárselo a sus labios, la puerta que se hallaba justo al lado del espejo se abrió de golpe. Loren quedó petrificada en el instante. ― ¿Puedo ayudarle en algo señorita? Era una voz gruesa, ronca y varonil la que a Loren le dejó la piel helada como un tempano. Con las manos temblorosas trató de esconder el labial de nuevo en el bolso, pero su nerviosismo le jugó en contra y terminó dejándolo caer al piso, con tan mala suerte que este rodó hasta quedar justo en los pies del sujeto. Presa del instinto, Loren se abalanzó sobre aquel labial barato que yacía a los pies del desconocido. Cuando trató de tomarlo, su mano se encontró con la del sujeto, que al igual que ella, se había agachado para rescatar también el objeto en cuestión. ― Lo siento ―dijo Loren con la vergüenza ahogándole el alma. ― No se preocupe ―le respondió él. Cuando Loren fue capaz de levantar la vista, sus ojos no daban crédito a lo que veían: Un rostro como perfilado por los dioses le sostenía la mirada con un par de ojos del color del cielo, esgrimiendo una sonrisa perfecta adornada por un par de hoyuelos en sus mejillas que se entreveían a través de la barba oscura y bien recortada que le daba a su cara una apariencia por demás varonil. Loren se aclaró la garganta tratando de hablar, pero las palabras le rehuían. Un sujeto como ese solo se veía en los comerciales de perfumes que repetían a cada rato en la televisión. Un candor de impaciencia le recorrió a Loren desde la espalda baja hasta la nunca y una sensación de calor le hizo considerar que la temperatura estaba subiendo en el lugar, todo eso sin duda alguna, era ocasionado por el impresionante espécimen masculino que se hallaba frente a ella El sujeto se colocó de pie y entonces Loren se dio cuenta de que él llevaba puesta una bata de médico, pero sobretodo se fijó en su porte bien imponente con una musculatura bien trabajada que se adivinaban por la ropa ajustada y de buen gusto que llevaba encima. Ella contuvo un suspiro que le brotó de las entrañas y en su lugar improvisó una excusa. ― Pensé que eso era un espejo… Que torpe. El sujeto sonrió al ver las mejillas ruborizadas de ella y sin darle mayor importancia al asunto le dijo: ― No señorita ―le respondió él sin dejar de sonreír, lo que dotaba a su voz de un aire de dulzura sarcástica―, esa es la ventana de mi oficina, solo que tiene cobertura reflectora. «Mierda», maldijo Loren para sus adentros. Acababa de conocer a un dios y ya la había embarrado. Sin embargo, no le sobraba el tiempo como para explayarse en lamentos. ― Lo siento… busco la oficina del Dr. Lasalle. ― ¡Ah, una pasante! ―rio él al darse cuenta de la condición de ella y Loren se sintió sepultada bajo una montaña de vergüenza―, está más adelante, pasando esas puertas. ― Gracias ―dijo Loren pasando a su lado sin ser capaz de volver a mirarle. * ― ¡Pero si ya tiene una hora de retraso señorita Moncada! ―le recriminó el Dr. Lasalle al verla entrar a su oficina― ¡Qué horas son estas de llegar! ― Lo siento, es que… ―trató de excusarse Loren, pero recordó que no tenía justificación. El incidente con aquel impresionante desconocido le había dejado con el corazón alterado y la lengua torpe, y ahora recibir los reclamos de su tutor no hacía sino incrementar su pesar. ― Sé que la puntualidad nunca ha sido lo suyo, pero hoy se pasó de la raya ―sentenció el médico. ― Lo se doctor, pero por favor, no me diga que por este desliz me va a dejar sin oportunidad para iniciar mis pasantías. De solo pensar en esa posibilidad Loren sintió un vacío en el pecho. ― No lo sé ―respondió de inmediato el médico que le cumplía como tutor a Loren―, no puedo permitir que la promesa de la psiquiatría retrase su profesionalización por una causa menor, pero es que esto es una gran irresponsabilidad de su parte… aunque creo que se me ocurre una idea para solucionarlo. ― Muchas gracias doc… ―se adelantó Loren a decir. ― ¡Pero! ―exclamó con énfasis el galeno― lo que se me ocurre es una forma para que trabajes el tema de tu puntualidad… y que al mismo tiempo tus compañeros no sean un impedimento para ti y así tú puedas destacarte por sobre el resto si así lo deseas. El tono de voz y la mirada enigmática con la que el doctor Lasalle pronunció aquellas palabras le dejaron a Loren una extraña sensación. Había algo en ese asunto que no terminaba de calarle. ― No entiendo ―dijo Loren con el entrecejo fruncido. ― Ya entenderás ―le respondió Lasalle sonriendo de forma enigmática e incluso un tanto picara― Vete a tu casa… y regresa antes de las 8:30 pm para que hablemos mejor. ― ¿Cómo? ¿Ocho y treinta de la noche? ―se aseguró Loren de no haber entendido mal. ― Si Moncada, vas a estar en el turno de la noche. «Mierda por dos», se repitió Loren para sus adentros al no entender el propósito de lo que estaba proponiendo su tutor, pero sabía que llevar la contraria o argüir algún argumento resultaría inútil en esa situación, conociendo como conocía a su mejor profesor de la universidad sabía que no había forma de sacarlo de algo cuando una idea se le metía en la cabeza. No le quedó de otra más que aceptar muda su nuevo horario y regresar por donde había llegado. Loren salió de la oficina del doctor Lasalle al tiempo que una joven enfermera entraba. Apenas alcanzó a escuchar las primeras palabras de la conversación antes de que la puerta se cerrara tras ella. ― Doctor necesitamos atender con urgencia el caso de Eduardo Paris… Loren con mucho fastidio ignoró por completo el planteamiento que la enfermera le estaba realizando al psiquiatra, en cambio se decidió a abandonar de forma rápida las instalaciones del hospital. Cuando Loren pasó por el pasillo frente a la puerta que estaba al lado de la ventana con cristales reflectantes, apresuró el paso temerosa de volverse a encontrar con aquel sujeto que le quitó el aliento minutos atrás. Sin embargo, antes de cruzar a la izquierda para enrumbarse hacia el ascensor, se descubrió a si misma girando la cabeza con la esperanza de verlo aunque fuera en la distancia. Sin entender con claridad la causa o el motivo, a Loren el corazón se le aceleró más de la cuenta.
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