― ¡¿Cómo?! ¡¿De noche?! ―retumbó la voz de Laura por el parlante del celular.
― Si, de noche ―bufó Loren dejando de lado el helado a medio terminar―. Me dieron ganas de agarrarlo por el cuello y estrujarlo, pero así sí que nunca me darían mi título ―el sonido de las risotadas estridentes y desvergonzadas de su amiga la pelirroja resonaron con tanta fuerza que Loren tuvo que alejar el teléfono de su oreja― ¿Y qué harás en la tarde? ―preguntó Loren cuando su amiga le dio un chance para hablar en medio de su risotada.
― Tengo que cubrir un turno pendiente en el restaurant, hoy no creo que logre salir temprano.
― Lastima, quería contarte algo.
Loren se consumía de la ansiedad. Desde que salió del hospital en dirección a su cafetería favorita, no había podido dejar de pensar ni por un segundo en aquel desafortunado encuentro con el “doctor modelo” como había decidido bautizarlo. Y es que Laura era para ella el buzón del desahogo, cualquier experiencia, vivida o imaginaria, que involucrase hombres, entre ellas era obligado contarla.
― ¿Bueno o malo? ―le inquirió su amiga.
― Bueno y malo ―respondió Loren recordando su torpeza.
― ¡Diablos!, me vas a dejar con la inquietud.
― Solo te diré que me encontré con un dios.
― ¡No, Loren, eso no se hace! ―gritó Laura reventándole el oído nuevamente―. Ahora tienes que contarme.
Loren dejó escapar una risita picara mientras se llevaba otra cucharada del helado de fresa a la boca. En aquel espacio se sentía cómoda como en su hogar. Llevaba poco tiempo frecuentando ese establecimiento con decoraciones de estilo de los años cincuenta, con grandes ventanales en tres de sus cuatro paredes y con barra y mesas dispuestas alrededor de un largo corredor, pero en ese tiempo se había acostumbrado a ese espacio; ella ya era un cliente frecuente del lugar y no se incomodaba al hablar por teléfono con soltura.
Entonces levantó la mirada y la piel se le puso de gallina.
― No, ahora sí que no ―le respondió Loren a su amiga―… luego te cuento ¿está bien? ―se excusó.
Y sin esperar la respuesta de Laura, Loren cortó la llamada.
Con creciente nerviosismo recreó la experiencia que llevaba ya varios meses viviendo, y es que cada vez que lo veía a él, ella sentía que perdía todo raciocinio.
Azazel la miraba sonriente desde el otro lado del cristal de aquella cafetería mientras la saludaba con energía pidiéndole que lo esperara. Loren siguió con la mirada sus pasos a través del cristal hasta verlo llegar hasta la puerta e ingresar en aquel establecimiento.
No era algo sorprendente, Azazel sabía que ella frecuentaba ese lugar y en más de una ocasión se presentaba ahí de improvisto para encontrarse con ella de manera casual.
― Hoy pediste de fresa ―dijo Azazel con esa voz de ángel que le caracterizaba, apenas llegó a la mesa donde Loren disfrutaba su helado.
Loren tardó un poco en responder y es que a pesar de llevar varios meses conociéndolo aún no se podía creer como era que un chico como él pudiera seguir frecuentando a una chica como ella. Laura desde el primer momento le dejó saber su opinión: «Ese hombre esta loquito por ti», le dijo Laura acompañando su afirmación con una de sus acostumbradas risotadas que desbarataban a los hombres. Pero ella no podía creerse esa locura, Azazel era un manjar a la vista: sus ojos marrones y redondos tenían el poder de desatar la lujuria de cualquiera, su cabello n***o y despeinado enmarcaba su rostro con un aura de dulce tentación, sus labios gruesos y provocativos anunciaban las mieles del placer, y su cuerpo, que era atlético y de postura esbelta, se escondía debajo de su buen gusto para vestir. «Un chico como él no podría fijarse jamás en una gordita como yo», se decía Loren cada vez que lo veía, sin embargo, no tenía ninguna explicación para justificar como es que ese chico desconocido se había convertido en tan poco tiempo en su perseguidor profesional.
No es que Azazel hubiese aventurado alguna aproximación más allá de las simples muestras de una amistad cordial, por lo menos no fuera de la imaginación de Loren, pero ciertamente resultaba complejo explicar las motivaciones de ese chico, que cada vez que podía buscaba la ocasión para aproximarse a ella.
― Si, ya sabes… fresa cuando estoy molesta ―respondió Loren dándole una mirada de reojo al pecho de su amigo que se adivinaba enorme debajo de la camiseta de ejercicio que le apretaba los pectorales.
Azazel dejó escapar una risita de esas que a ella le detenía el corazón, para luego sentarse en la silla justo al frente a ella. Los separaba la distancia de la pequeña mesa de plástico, pero aun así Loren alcanzaba a percibir el olor agradable e insinuante de su perfume.
― Cuéntame, soy todo oídos ―le pidió Azazel invitándola con su mano a proseguir con su explicación.
― ¿Así? ¿Sin helado? ―le inquirió Loren― en esta mesa solo se sientan personas capaces de comer helado antes de las diez de la mañana.
― Ya pedí uno ―le respondió el chico sonriendo por la ocurrencia de Loren―. Estoy más que claro que el helado mañanero es el mejor helado que existe.
― ¡Perfecto! ―celebró Loren en un torpe intento de coquetería― ¿Y de qué sabor lo pediste?
― De chocolate ―respondió Azazel mirándole a los ojos.
― Estas esperanzado entonces ―sentencio Loren sin ser capaz de sostenerle la mirada.
Ya llevaban un par de meses repitiendo una escena similar a esa, por lo cual ya empezaban a conocer los gustos del otro.
El chico del servicio llego a la mesa con la copa de helado de chocolate y almendras para Azazel, mientras Loren se encargó de contarle a su amigo, con lujo de detalles, todos los incidentes de esa mañana catastrófica, omitiendo glamorosamente y por obvias razones, la apariencia soñada de ese medico con el que tuvo el altercado.
Azazel sonreía de manera desembarazada cuando Loren le contaba los pormenores de sus torpezas. A esa alturas, con Azazel ella se sentía lo bastante cómoda como para atreverse a hablar de temas como ese, no es que le tuviese la misma confianza que a Laura o a su mama, pero desde que empezó a conocerlo, el chico despertó mucha confianza en su corazón.
Aun podía recordar el día que lo vio por primera vez. Llovía a cantaros y como de costumbre ella debía llegar a la facultad a una determinada hora y para entonces ya llevaba varios minutos de retraso y como si eso fuera poco había dejado las llaves de su auto encerradas dentro. El espectáculo de la chica torpe enfrascada en una lucha campal con la manilla de la puerta del coche, debió ser motivo suficiente para mover la compasión del joven quien en ese momento pasaba corriendo por la acera justo al lado de donde Loren había estacionado su vehículo.
Azazel ofreció su ayuda con ese tono angelical que le caracterizaba la voz. Loren sin ser capaz de reaccionar no supo hacer otra cosa más que echarse a un lado y dejar al joven de cuerpo perfecto ocuparse del asunto de la puerta. Con maestría increíble, en un par de minutos, Azazel logró bajar la ventanilla del lado del chófer y metiendo las manos en el interior del coche se hizo con el majo de llaves. Luego de lanzar las llaves a las manos de Loren le saludó con una sonrisa en su rostro empapado antes de intentar despedirse, pero Loren por cosas de la vida, consiguió en ese momento sobreponerse a su inusitado nerviosismo y le ofreció llevarlo hasta su destino. Azazel aceptó luego de su insistencia y después de las presentaciones pertinentes, y luego de dejar los asientos del auto completamente empapados, su amistad arrancó en definitiva. Intercambiaron números telefónicos y él propuso un encuentro pautado en esa cafetería, que para Loren se convirtió desde entonces en su favorita.
El encuentro se realizó con Loren llena de ansiedad y expectación cuando Laura le llenó la cabeza de estimaciones románticas y amorosas, pero extrañamente Azazel en ningún momento aventuró algo más allá de pequeñas insinuaciones tenues y encubiertas que a Loren no hicieron más que llenarla de dudas acerca de las intenciones de él.
En ese trance había trascurrido los últimos cinco meses. No era necesario que concertaran una fecha porque Azazel siempre encontraba la ocasión para estar cerca de ella, incluso llegó a visitarla a su casa y pudo conocer a su madre, pero nunca le propuso nada más allá de su amistad.
― ¿Y no te da miedo estar en un manicomio a esas hora de la noche? ―le preguntó Azazel luego de sobreponerse a la angustia que el frio del helado le ocasiono a su cerebro.
― Ya no se le dice manicomio Chocolatito ―Loren le recriminó llamándole por el sobrenombre que ella misma le había dado por su afición al helado de sabor homónimo―, y si me da un poquito de miedo… ¿pero qué puedo hacer? si espero ser una profesional de la psiquiatría, eso llegara a ser parte de mi pan diario.
― Eso es cierto Fresita ―le respondió Azazel con el sobrenombre que él le había regalado de vuelta―. Aunque de verdad se tiene que estar bien loco para querer vivir entre locos ―dijo él en medio de una risita disimulada que lo hacía más que atractivo para ella.
― Enajenados, Chocolatito, se les dice enajenados.
― Como sea ―concluyó Azazel dejando la cuchara sobre la copa de helado vacía―, necesito decirte algo: hoy vine con la intención de encontrarte porque tengo algo que decirte… voy a ausentarme un par de días, digamos que son unas pequeñas vacaciones.
― ¿A dónde vas? ―pregunto ella para tratar de romper el momento de pesadez que se había tornado sobre la conversación por el tono de pesadumbre con el cual Azazel había dicho aquello.
― Adonde voy es lo de menos… lo que quiero es que sepas que al volver necesito que hablemos.
Loren sintió un respingo de nervios que se le agolpaban en el pecho. La forma directa y a la vez ambigua con la que Azazel había pronunciado esa frase, arrancó chispas de ansiedad en la ya de por si dilatada calma de Loren.
― ¿De qué vamos a hablar?… no entiendo, pero si ya estamos hablando, por qué no aprovechas de una vez.
El corazón de Loren amenazaba con desbocarse dentro de su pecho. Ella se gritaba para sus adentros la necesidad de mantener la calma para no aferrarse a expectativas falsas, pero el deseo que ella albergaba en su corazón por ese hombre era inusitado. Una simple rendija de esperanza romántica como aquella, le prometía una posibilidad en el amor que esperaba desde hacía muchísimo tiempo.
― No puedo ―sentenció el sujeto manifestando en su rostro que aquello le ocasionaba cierta angustia también a él― créeme que quisiera decírtelo todo aquí y hoy mismo…
«Entonces dilo», pensó Loren muriéndose de los nervios.
―… Pero no puedo ―sentencio él al fin―, de hecho, me tomare este par de días para reflexionar y poder hacer lo correcto.
― ¿Pero lo correcto en qué? ―se atrevió a preguntar Loren sin ser capaz de contener la impaciencia― no entiendo nada Chocolatito… ¿y yo que tengo que ver en todo esto?
Azazel sonrió dejando a Loren embobada en el instante, su forma cálida de manifestar su sonrisa era un poema visual.
― Tienes todo que ver… pero por ahora no puedo decirte nada más.
Loren perdió la poca cordura que le quedaba.
Así habían sido los últimos cinco meses desde que había conocido a ese hombre que le hacía suspirar por las noches y que le robaba toda la atención durante el día. Todo era dicho a medias y con insinuaciones, él nunca le decía nada por lo claro. Loren se sintió tentada a parársele de frente y detenerlo cuando lo vio colocarse de pie con intención de dar por terminada la charla. Quería expresarle de una vez por todas lo que ella sentía por él, quería que él le respondiera si también sentía lo mismo por ella para salir de una vez de esa maldita duda, pero como de costumbre, su timidez y su ansiedad salieron a relucir. A último momento cuando ya estaba dispuesta a confesarlo todo, la misma voz en su cabeza que siempre le recordaba sobre su sobrepeso y sobre su poca agraciada figura, surgió para hacerle dudar sobre sus posibilidades amorosas con ese hombre.
«Estas loca si crees que un hombre como ese puede fijarse en ti» alcanzó a escuchar Loren aquella frase que su propia voz susurro en sus pensamientos más profundos.
Loren le dio una última mirada a aquellos ojos de color profundo, suspirando por la oportunidad perdida y conteniendo el impulso de morderse el labio cuando lo vio colocarse de pie para luego pagar la cuenta de ambos.
Azazel se apresuró a ayudarle sacando la silla detrás de ella.
A parte de ser un hombre de un atractivo espectacular, Azazel era también todo un caballero y ahora a Loren, por haber perdido una nueva oportunidad de saber lo que él sentía por ella, le tocaría seguir esperando en la angustiosa incertidumbre durante un par de días más.
― Ve a descansar ―le dijo él al despedirse―, te prometo que esta tarde te llamare a tiempo para recordarte lo de llegar temprano al hospital.