8:27 pm anunciaba la pantalla de su teléfono cuando Loren salió del ascensor hacia el vestíbulo del tercer piso. Sus pasos eran largos y firmes, esa noche aprendió de su torpeza de la mañana y decidió llevar unas zapatillas en lugar de los molestosos tacones. Cruzó a la derecha y se enfilo por el largo pasillo, el recorrido ya lo tenía más que memorizado.
A pesar de llevar el tiempo bastante justo y ya a punto de rayar nuevamente en la impuntualidad, Loren había logrado solventar varias de sus fallas de su primera incursión en aquel hospital: lo de las zapatillas primero, luego también al lidiar con el personal de seguridad presentándose directamente como pasante con su identificación universitaria, al igual que con el tema de su imagen personal, que no se esmeró demasiado pero por lo menos logró colocarse un brillo en los labios y acomodarse el cabello en una cola de caballo y un lindo flequillo que caía a los lados de su rostro.
8:28 pm. Le amenazaban los caracteres numéricos desde la pantalla de su Smartphone que tenían pinta de querer avanzar con más prisa de lo normal cuando Loren pasó frente a la puerta de la oficina que ella deseaba poder invadir para encontrar dentro a ese doctor modelo.
Espantó un par de imaginaciones bochornosas que se le pasaron por la cabeza cuando recordó la mirada y el cuerpo de ese doctor y siguió caminando sin permitir que aquello le robara la concentración que tanto necesitaba en ese momento para mantener la mente centrada.
Recordaba la pregunta que Azazel le hizo esa tarde, sobre el miedo a estar de noche en un hospital psiquiátrico y la piel se le puso de gallina; desde luego que si sentía miedo y terror y más en aquella soledad tan apremiante en la que se encontraba siempre aquel lugar, pero ella, como futura profesional del campo psiquiátrico, no podía darle ninguna cabida a ese tipo de pensamientos.
Cuando faltaba menos de un minuto para las 8:30 pm, abrió de golpe la puerta de la oficina de su tutor sin llamar antes y el atrevimiento le salió caro: Loren encontró al Dr. Lasalle de espaldas frente a su escritorio y detrás suyo la silueta de una mujer con uniforme de enfermera, ambos fundidos en un enredo de abrazos y caricias que permitía adivinar cualquier cosa. Su entrada aparatosa y sin aviso le arrancó un susto al desprevenido doctor.
― ¡Por Dios! ―gritó Lasalle dejando caer el maletín que sostenía en su mano libre antes de girar para encontrarse frente a Loren― ¡¿Señorita Moncada a usted no le enseñaron a tocar la puerta antes de entrar?!
La enfermera sin decir nada y acomodándose los botones de la blusa salió disparada de la oficina pasando al lado de Loren dedicándole una mirada cargada de furia que a ella le estremeció el cuerpo.
La pobre se moría de vergüenza por su intromisión.
― Lo siento mucho doctor ―se disculpó Loren consumiéndose de la vergüenza y debatiéndose si permanecer en el sitio o si debía huir también ella―, es que estaba tan empeñada en llegar a tiempo que me pase por alto ese detalle.
― ¡Tremendo detalle que se tragó! ―le recriminó el doctor dejando escapar un suspiro de resignación al agacharse para recoger el reguero de papeles que se habían desparramado de su maletín ―. Y no me diga que quería llegar a tiempo… ya son las 8:30, ya llegó tarde.
― ¡Pero usted me dijo…! ―Loren protestó con énfasis al acercarse con intenciones de ayudar a su tutor en la labor de recoger los documentos, pero él la interrumpió de forma cortante.
― Se llega tarde si se llega a tiempo señorita Moncada ¿Lo olvidó?
El doctor Lasalle siempre había tenido ese comportamiento tan ambiguo hacia ella. Por una parte siempre parecía exigirle más de la cuenta, imponiéndole marcas más difíciles o criticando y buscando las imperfecciones a sus acciones, mientras que por otro lado le brindaba cierto trato de sobreprotección y buscaba siempre las ocasiones para mantenerla cerca de él. Loren lo consideraba como una especie de tutor personal que le ayudaba a sacar lo mejor de ella en cualquier circunstancia, pero de cierta manera llegaba también a sentirse incomoda ante sus repentinas muestras de proximidad innecesaria y al encontrarlo ahora en medio de una situación tan apremiante, lograba descubrir una faceta del sujeto que había pasado inadvertida para ella hasta ese momento: Lasalle también era un hombre promiscuo.
― Lo cierto es que ya está aquí y eso es positivo ―se apresuró a decir Lasalle incorporándose luego de terminar con el maletín y los documentos que Loren no alcanzó a tocar―, lo negativo, es que planeaba servirle yo mismo de guía en su primer turno de guardia… ya sabes, para darte la ayuda de una mano conocida en tu trance de inexperta, pero me surgió un compromiso y tengo que salir de emergencia en este mismo momento.
― ¿Algo de qué preocuparse doctor? ―preguntó Loren para demostrar empatía y tratando de dejar atrás lo más rápido posible la imagen del doctor intimando con la enfermera.
― Nada importante Loren.
Cuando el doctor Lasalle la llamaba por su nombre de pila, lo hacía con una entonación indescifrable pero muy curiosa. A parte del susto inicial, el doctor Lasalle pareció no resentir en lo absoluto el hecho de que su estudiante lo hubiese descubierto realizando un acto de intimidad que podía ser penado de llegar a ser denunciado, para él aquello parecía ser algo rutinario. En otra ocasión Loren habría evitado el tortuoso asunto y se habría retirado del lugar para ahorrarse la incomodidad, pero en su primera noche de pasantías no había forma de escapar de ese hospital.
― ¿Entonces qué debo hacer? ―resolvió a preguntar Loren al descubrir que su tutor se disponía a salir de la oficina.
― Ya dejé las indicaciones en el departamento de médicos para que te pongan al día con la rutina de la noche... mi turno no terminaba hasta las diez en punto, pero por el imprevisto me tengo que retirar antes de que llegue el relevo, así que tu quedas a cargo.
La revelación le sobrevino a Loren como un tren sin frenos y a toda velocidad. Quedó sembrada con los pies sin alcanzar a moverse, las manos frías y un zumbido que le azoraba en los oídos.
― ¡¿Doctor está loco?! ―exclamó Loren sin tiempo para suavizar sus palabras.
Lasalle, quien ya estaba en camino hacia la puerta, se paró frente a ella y colocó su mano izquierda sobre la mejilla de Loren para acariciarla. La pobre quedó inmóvil del nerviosismo.
― ¿Qué pasa? ¿Tienes miedo?
― No es eso ―contestó Loren con la voz temblorosa sin saber si le incomodaba más la idea de quedarse encargada de todo un piso del psiquiátrico más grande la ciudad o la mano de aquel atractivo hombre de casi cincuenta años posada con tanta soltura sobre su rostro―, pero es que me parece un locura que me deje a cargo de una responsabilidad tan grande en mi primer día de pasantías.
Lasalle pareció resentir la incomodidad manifiesta en el gesto desencajado de Loren y sin ningún tipo de advertencia se acercó hasta quedar muy cerca de ella para decirle:
― No tienes que preocuparte de eso ahora ―le dijo el doctor―… en lo que si debes enfocarte es en entender que yo soy casi un dios en este hospital… aquí lo que yo diga es santa voluntad, aquí nadie puede decir nada en mi contra. Yo hago lo que quiero con quien quiero ¿Esta claro eso?
Loren tembló de miedo al escuchar aquella reprimenda. La pobre no terminaba de entender del todo lo que estaba viviendo. Podía aventurarse a creer que él le decía todo aquello para amedrentarla y comprar su silencio, pero también sentía que había algo más, que había una intensión más oculta, esos ojos negros y amenazantes le devoraban el alma con la mirada mientras hablaba.
― Si… si doctor ―respondió Loren con las palabras a media voz.
― ¡Loren, Vamos! Que no es un reto tan difícil ―de repente la cordialidad retornó a la voz de Lasalle para reemprender un comentario conciliador―… este es el piso de los pacientes de buen comportamiento. A esta hora la mayoría de ellos ya se encuentran durmiendo y solo es cuestión de hacer algunos chequeos de rutina en lo que llega mí remplazo… después de todo no le encargo esta tarea a cualquier estudiante, te la estoy encargando a ti: mi estudiante favorita.
Lasalle retiró su mano de la mejilla de ella y se hizo a un lado para dejarle espacio. Loren sintió un escalofrió que le recorrió la nuca cuando escuchó la forma tan criptica con la que su tutor pronunció aquellas últimas tres palabras. Sin atinar a moverse de su posición esperó hasta que él volviera a hablar.
― Tengo que pedirte con tristeza que salgas de mi oficina ―le escuchó decir Loren desde la puerta, al tiempo que la luz fluorescente de la habitación se apagaba por completo―… de nuevo, recuerda: ¡Tú no vistes nada! ¿Entendido?
Ella asintió y se apresuró a salir de aquel espacio, pero cuando giró, su mirada se posó sobre una hoja que yacía a sus pies. Se detuvo y se inclinó a recogerla leyendo de manera fugaz el encabezado, donde solo alcanzó a descifrar un par de palabras: «Eduardo Paris: Informe de cuentas».
Lasalle se apresuró a quitarle de la mano aquel papel sin darle chance a replica.
― ¡Mira que descuido!, me faltó ese por recoger.
Sin reparar en la apremiante inquietud de su tutor, Loren siguió su camino, acelerando aún más sus pasos cuando pasó frente al Dr. Lasalle, quien se había quedado expectante frente a la puerta recuperando ese gesto tan relajado que en nada dejaba entrever algún ápice de incomodidad.
― Espero con ansias el día de mañana para poder acompañarte como se debe ―fueron las palabras de despedida de Lasalle.
Loren se despidió de su tutor procurando mantener una sana distancia. El encontrarlo así, de noche y con mucha premura, parecía haberle predispuesto de una forma que para ella se le antojaba demasiado confianzuda y enigmática. Lasalle se enrumbó hacia el ascensor no sin antes indicarle la dirección del departamento de médicos del piso. Derecho y a la izquierda, pasando por el área de droguería, hasta el otro lado del piso número tres.
Loren maldijo para sus adentros ese anhelo irracional de ver a Lasalle desaparecer por el pasillo, porque cuando el doctor desapareció apenas recaló en la idea de que su condición volvía a ser la de antes: sola, de noche y en un manicomio. «Maldito Azazel y sus ocurrencias», pensó y acto seguido comenzó a caminar, lo último que ella quería era perder la cordura en un sitio como ese.
*
― ¡Hola!... Buenas noches… ¿hay alguien por aquí?
Loren llegó hasta el mostrador donde un cartelito rotulado con letras rojas indicaba que se trataba del departamento de médicos. Miró a todos lados pero el lugar parecía estar también desierto.
Recorriendo casi todo aquel piso como lo hizo para llegar hasta allí, Loren logró comprobar que ese piso estaba dedicado casi en su mayoría a uso administrativo y de oficinas, el espacio era completamente moderno y con un aire muy contemporáneo, salvo una zona en la parte posterior, donde se habían adaptado las instalaciones del viejo edificio para ser empleadas como dormitorios individuales para los pacientes dóciles y con falencias que podían llegar a agravarse de estar en contacto con los pacientes de estados de enajenamiento mayor.
Por eso la soledad de aquel lugar a esas horas. Pero lo que no tenía justificación era que el departamento de médicos quedara desatendido de aquella manera tan irresponsable.
― ¿Hola? ¿Alguien que me escuche por favor?
Loren se empeñó en hacerse escuchar sin temor a que sus llamados retumbaran con un eco potente, pero el resultado fue inútil. Frustrada dejó escapar una fuerte bocanada de aire de sus pulmones y recostó su bolso sobre el mostrador para descansar su mano.
Sacó el teléfono y miró la pantalla para comprobar la hora, pero en el fondo lo que ella esperaba era encontrar alguna llamada pérdida de Azazel que le permitiera recobrar por lo menos un poco de calma en medio de una noche tan caótica como esa. Pero su teléfono no registraba nada: ni llamadas pérdidas, ni mensajes de texto, ni notas de voz. Azazel había olvidado por completo la promesa que le hizo de llamarla esa tarde y sin ningún tipo de explicación la había dejado a ella en esa apremiante incertidumbre.
Su sentido común le gritaba que no había nada que reprocharle a Azazel, ese chico era de una liga a la que ella no podía aspirar. Mucho tenía con por lo menos gozar de su amistad, se decía a sí misma; aspirar a tener un romance con él ya era avaricia, pero una parte de su alma, una parte esperanzada y soñadora, no le permitía desprenderse de ese destello de esperanza que le hacía seguir soñando con la idea de que algo entre ellos era posible. Por eso la enigmática conversación de él de esa mañana no le dejaba de dar vueltas en la cabeza a Loren.
Una lágrima se anunció en su rostro, pero ella se apresuró a secarla, recordándose a sí misma que su único objetivo real en la vida era el de ser la mejor psiquiatra de su generación, lo demás, fuese romance o amor o cualquier otra cosa, era algo secundario.
Estuvo a punto de regresar por el mismo camino por el que había llegado, pero una voz extraña, susurrante e inmaterial, le detuvo en seco.
― Señorita Moncada, la estaba esperando.
Loren giró para quedar de frente a la impresionante visión de un ángel seductor: El doctor modelo se encontraba sonriendo a un paso de ella.