Capítulo 4: El doctor modelo

1589 Palabras
― Mi nombre es Semyazza… si, ya sé que es un nombre extrañísimo ―escuchó Loren decir al sujeto con el rostro perfecto y con esa voz suya tan profunda y varonil pero sin ella ser capaz de reaccionar―, es un nombre de origen hebreo... Hoy estuve encargado de las consultas externas, pero el doctor Lasalle me pidió que le ayudara en un par de cosas antes de retirarme del hospital. Loren solo logró asentir con un movimiento vertical de su cabeza mientras estrechaba la poderosa mano que el sujeto le había ofrecido en señal de presentación. Las palabras huían de su boca con una rapidez de escándalo. El nudo en su garganta solo podía compararse proporcionalmente con la aprensión que en toda su piel Loren llegó a experimentar al tocar los dedos de ese hombre que parecía una materialización de ensueños. Si durante su adolescencia, juventud y también en su adultez temprana, Loren había tenido dificultades para comunicarse con el sexo opuesto, lo de esa noche rayaba por completo en lo irracional. Cuando el doctor modelo se dio cuenta al fin de que ella no iba a ser capaz de decir nada, no hizo más que dejar escapar una risita burlona cargada de sorna, para luego invitarla a seguirlo a través del pasillo. Los pies de Loren se encontraban pesados como bloques de mármol, pero le tocó hacer un esfuerzo inmenso para moverse y no quedar rezagada a la espalda del doctor quien ya se alejaba de ella para adentrarse en el corredor. Los pasillos iluminados por las tímidas lámparas led se mostraban cubiertos por un aura lechosa y blanquecina allá donde la oscuridad no alcanzaba a llegar. Paredes cubiertas con unos afiches que reproducían obras de arte surrealistas le arrancaron a Loren una sonrisa interna por el chiste de mal gusto. Aquello realmente parecía la entrada a un mundo surreal. Más adelante, pasando una pequeña sala de espera, Loren identificó sin problemas la división donde se empezaban a adentrar en la zona antigua del edificio. Cartelitos de identificación en los muros y en las puertas marcaban indicaciones claras sobre la distribución del espacio de aquel lugar de dormitorios. En esa zona del tercer piso, la iluminación led aún no había remplazado a las luminarias fluorescentes que aún se encargaban de proporcionar la claridad en aquel recinto para el descanso de los pacientes, sin embargo, a esa hora de la noche, se encontraban apagadas en su mayoría para no alterar el sueño de los durmientes. El doctor modelo caminó delante de ella durante todo el trayecto, Loren se limitó a recriminarse internamente su torpeza sin atreverse a exteriorizar nada de lo que sentía. Ninguna otra palabra se cruzó entre ambos hasta que llegaron a estar frente a la primera habitación de uno de los pacientes. ― Bueno señorita Moncada, como ya adivinara estoy fuera de mi horario de trabajo, así que seré rápido en la explicación, por lo que necesito que me preste mucha atención… ¿Me entiende? Loren aun contenida por el vendaval de nervios y ansiedad solo fue capaz de afirmar con el gesto de su cabeza. El doctor modelo la miró extrañado frunciendo el entrecejo. ― ¿Usted no sabe hablar? Loren escuchó aterrorizada la pregunta burlona que formuló el sujeto, pero lo que más le impresionó fue el gesto que él realizó levantando su ceja derecha mientras esgrimía una sonrisa de lado que hacía que sus labios provocativos se perdieran entre la espesura de su barba perfecta. Era un rostro fulminante esbozando un gesto matador el que la miraba. Loren quedó expuesta. ― Ah… si, si… lo siento, es que estoy un poco perdida ―alcanzó a decir ella. ― Ya veo… tan perdida como esta mañana. Al escucharlo realizar ese chiste de manera tan desvergonzada y aludiendo a su torpeza en el incidente de esa mañana, Loren se sintió la criatura más diminuta del universo, pero por suerte para ella, el doctor modelo acotó un comentario que le permitió mantener su cordura a flote. ― En algunas circunstancias la torpeza es una cualidad que puede hacer que una mujer gane sensualidad. ― Disculpe, no entiendo. ― No me hagas caso ―respondió él mientras acompañaba sus palabras con un gesto de su mano que buscaba restarle importancia al asunto―, ven, te muestro lo que debes hacer mientras esperas el arribo del próximo medico de turno. Loren asistió a una rápida explicación sobre cómo llenar algunos formularios de observaciones médicas de un par de pacientes. Pero lo que en realidad ocupó la atención de ella durante lo que duró la escueta charla fue la figura asombrosa de ese tipo. ― Bien eso es todo ―dijo el doctor modelo en forma de culminación― no es nada complejo y ya en una hora y media llegara el médico de relevo que podrá orientarte mejor… yo ya me retiro. Ella quedó muda y estática cuando el sujeto pasó a su lado, pero cuando lo vio detenerse cerca de ella para girar con intenciones de decir algo más, el corazón le salto de expectación. ― Y para la próxima, señorita Moncada, cuando nos toque compartir guardia a los dos, espero que sea más participativa… yo no muerdo… al menos de que me lo pidan. Y tras soltar una carcajada que a Loren le pareció el sonido más sublime del mundo, el doctor Semyazza desapareció por el pasillo a sus espaldas. Y así Loren quedó sola en el pasillo a media luz del psiquiátrico más grande de la ciudad, con la cabeza atiborrada de pensamientos sobre el enigma con Azazel, sobre las insinuaciones de Lasalle y ahora sobre la excitación que le provocaba el doctor modelo. Si no lograba hacer algo a tiempo, la noche amenazaba con sumirla en un trance de pensamientos tortuosos, por lo cual haciendo un acopio de fuerzas, Loren logró aislar todos esos pensamientos y dedicarse exclusivamente a cumplir la tarea que tenía asignada para el siguiente par de horas. Ya luego tendría tiempo suficiente para procesar todo lo que había vivido en ese día de locura. Así, tomando consigo los formularios y dejando de lado los miedos, comenzó a recorrer las habitaciones en cuestión, realizando los chequeos de observación a los pacientes que tenía registrados en la lista que reposaba sobre sus manos. La pasión por su profesión le permitió de cierta manera retomar hacia un cauce en el que se sentía muchísimo más cómoda. A diferencia de su paupérrima experiencia en el amor, en lo referente a los temas de los problemas mentales del ser humano, Loren se sentía como un pez en el agua. Cuando en su recorrido giró su paso para cruzar a la derecha al pasar por una intercepción donde leyó un cartel que anunciaba el número de identificación de las habitaciones en ese pasillo: 31-40, Loren con mucho susto divisó una figura frente a una de las habitaciones. Era una mujer hermosa. Delgada y esbelta, con un cabello perfecto y un rostro con una piel de porcelana. Enfundada en su uniforme de enfermera una joven casi de su misma edad, permanecía de pie frente a la habitación numero 33 mirando hacia el interior a través del cristal cuadrado que servía de visor a la puerta. ― Mucho gusto―le dijo la joven enfermera cuando la escuchó acercarse―: soy la licenciada Fernández. La voz de aquella mujer a Loren se le antojaba irreal. Sus labios finos y estilizados se movían, pero el sonido de sus palabras parecía venir de otro lado. Tal fue el impacto que aquella chica ocasiono en la atención de Loren, que ella tardó un poco en reaccionar para corresponder su saludo. ― Un placer… Loren Moncada, soy la pasante del turno de la noche. Loren le respondió atendiendo el saludo que la licenciada le ofrecía. La mujer esbozó una sonrisa cuando estrechó su mano dejando ver una dentadura perfecta. La respuesta se hizo esperar un par de segundos, lo que tardó Fernández en abanicar las enormes pestañas que le cubrían sus ojos color noche. ― La estaba esperando desde hace rato. ― Perdón, no comprendo ―contestó Loren con un gesto extrañado. ― Es que necesito que conozca a Eduardo ―respondió la enfermera de la forma más relajada posible. Loren la miró tratando de descifrar de esa manera algún sentido oculto en sus palabras, pero cualquier significancia se le escapaba de la comprensión. ― Perdón ―volvió a excusarse Loren― sigo sin entender, no sé quién es Eduardo. ­― Bueno señorita Moncada ―dijo Fernández haciéndose a un lado para dejar lugar frente a la puerta de la habitación sobre la cual se hallaba un rectángulo de cartulina gris marcado con letras negras que anunciaban el número de la habitación―: le presento a Eduardo Paris, él es el paciente de la habitación número 33. Loren sin alcanzar a comprender del todo el sentido de aquella escena, se acercó hasta quedar justo a su lado, y luego de escuchar esa presentación que se le antojó fuera de lugar, miró a través de la ventanilla de cristal que se hallaba en el centro de la puerta, lo que le permitió mirar al interior de la habitación. Desde el otro lado del cristal, un hombre de edad adulta, pero aún bastante conservado, con una mirada perdida y un gesto desencajado y con el rostro enteramente cubierto por tatuajes macabros le saludaba con alegría. A Loren la piel se le puso de gallina en el acto.
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