― Este señor ―le explicó Fernández―, hasta donde sabemos, se llama Eduardo y se apellida Paris, pero aquí no saben de dónde viene ni cuál es su procedencia… el de él es un caso bien particular.
Loren escuchaba atenta las palabras de su acompañante sin dejar de escrutar con la mirada la figuraba de aquel solitario paciente que se mostraba enigmático y con una mirada que parecía encerrar más incertidumbres que respuestas.
― ¿Pero cómo? ―preguntó Loren― ¿y su familia?
― No saben si tenga familiares. Él llegó hasta aquí hace cinco años por sus propios medios y por más que se han tratado de hacer las indagaciones pertinentes, no se ha logrado descubrir nada. No tiene identificación, ni registros médicos ni penales, es como si antes de llegar hasta aquí él sujeto no hubiese tenido una vida.
― ¿Le han preguntado? ―inquirió Loren, pero luego recompuso su pregunta― ¿el paciente tiene momentos de lucidez?
― Si claro, él con total normalidad cuenta sobre su búsqueda de un hijo que le arrebataron y eso es lo más llamativo del caso: el tal Eduardo aparenta ser un hombre completamente cuerdo con sus capacidades neuronales a pleno funcionamiento, pero es su historia descabellada la que no le deja margen de dudas a los médicos para considerar su condición.
― ¿Cuál es el diagnóstico?
― Ante la dificultad de poder encontrar un mejor termino, se le diagnosticó un caso de esquizofrenia, basados más que todo en sus delirios, pero lo cierto es que el paciente no manifiesta ninguna reducción en su expresión emocional y su función cognitiva se presenta sin alteraciones… además de que es muy sociable y tiene mucho cuidado de sí mismo.
Loren corroboraba lo que Fernández le decía apreciando la habitación que tenía frente a ella detrás de esa puerta: un espacio limpio y ordenado, con un lecho de sábanas blancas en completa pulcritud y sin presentar ni una mínima arruga, y ni qué decir del aspecto del sujeto en cuestión, quien se movía con total agilidad mientras se afanaba en acomodar su uniforme de overol blanco y zapatillas de tela también blancas.
Fernández sacó de una carpeta marrón que sostenía pegada a su pecho, una serie de hojas blancas engrapadas por una esquina donde un montón de gráficos de líneas punteadas dibujaban los patrones de la actividad cerebral del paciente, obtenidas por el método de exploración electromagnética.
― ¿Qué es esto? ―dijo con curiosidad Loren al ver frente a si los resultados de aquel estudio que ella identificaba con facilidad, pero que para estar segura prefirió preguntar.
― Este fue el último electroencefalograma que se le realizó la semana pasada… como comprobara, todo en esa cabecita está aparentemente en orden y en el lugar que corresponde.
Afirmando mientras pasaba las hojas una detrás de la otra, Loren comprobó por ella misma que las palabras de la enfermera eran genuinas. Aquellos patrones neuronales no presentaban ninguna anomalía o alteración evidente.
― Si, en efecto todo parece estar en orden… ¿y entonces?
― ¿Y entonces qué? ―preguntó Fernández sin alcanzar a entender la pregunta de Loren.
― ¿Por qué se sigue tratando a este paciente como a un enajenado y se lo sigue manteniendo recluido?
― A Eduardo, recuerde, el paciente afirma que su nombre es Eduardo ―sin justificación aparente, Fernández halló pertinente aclarar el nombre del paciente.
― Ok, ok, ¿entonces por qué siguen tratando a Eduardo como a un enfermo mental?
― Porque él así lo pidió desde el día que llegó.
― ¡¿Qué?!
Loren escuchó la explicación de motivos por parte de la enfermera, pero su exposición le pareció tan sin sentido que al hacer la pregunta volteó a verla esperando encontrar una sonrisa en los labios de ella que le indicase que aquello se trataba de una broma, pero en vez de eso, el rostro de la chica, que a su lado se había concentrado en mirar al paciente a través de la ventanilla, dejaba ver una mueca de seriedad que se manifestaba en una máscara de pesar que le confirió a su semblante una solemnidad de tristeza de repente inusitada.
― Al igual que tú, muchos médicos sospecharon del asunto cuando este hombre llego por sus propios medios pidiendo ser internado en el psiquiátrico ―comenzó a decir calmadamente Fernández―. Lo primero que se pensó fue considerar la idea de que el sujeto estuviese huyendo de algún crimen cometido y que lo único que buscaba era ocultarse de las represalias, pero como ya te dije, la investigación se llevó a cabo y nadie logro encontrar nada en su contra. La situación puso en jaque a los médicos, pero entonces escucharon sus motivos y fue cuando quedaron convencidos de que el sujeto estaba realmente mal de la cabeza. Para comprobarlo se le realizaron los test pertinentes para determinar si mentía, pero la historia que este hombre cuenta, sea real o imaginaria, él la cree con todo su ser. Y para acabar de complementar el cuadro de caricatura, cuando este tipo se apareció a la puerta del psiquiátrico, llegó cargando con una buena cantidad de dinero en efectivo que de inmediato entregó en manos del personal de administración como anticipo por sus tratamientos y estadía… total que hasta la fecha, ya casi rumbo a los seis años de reclusión, Eduardito es nuestro caso más peculiar del hospital.
Asombrada e intentando procesar aquella información, Loren asentía sin poder dejar de mirar al sujeto que la escrutaba con una serenidad pasmosa del otro lado de la ventanilla. Ciertamente esos no eran los ojos de un desquiciado, si, había mucha tristeza y mucho dolor en su mirada, pero en su poca experiencia con la lectura de miradas, Loren tuvo la impresión de que en aquella existía lucidez.
― Licenciada ¿Pero eso no puede traer problemas legales a la institución? ―sin darse cuenta, Loren bajó la voz por instinto al realizar aquella pregunta―, digo por el hecho de mantener recluido a un hombre del que no se tiene plena certeza de sus falencias mentales.
― La verdad es que si ―contestó Fernández con naturalidad―, eso creo que podría considerarse una falla a no sé cuál ley…
― La ley de ética y procedimientos médicos, articulo 14 ―le interrumpió Loren.
― Esa misma, pero esa no aplica en este caso… recuerda que a Eduardo se le diagnostico Esquizofrenia moderada y ese diagnóstico es válido para justificar su reclusión.
― Pero es que no existen argumentos suficientes para dictaminar a la ligera la condición médica de este señor. Su caso no presenta casi ninguna de las manifestaciones cognitivas que se ven implicadas en los casos de Esquizofrenia.
― Loren, recuerda que Eduardo mismo se considera loco ―Fernández volteó para mirar de frente a Loren mientras le aclaraba el panorama―. Quién crees tú que en su sano juicio preferiría pasar cinco años de su vida encerrado en un manicomio… y si eso no es suficiente, para los médicos quedó claro cuando le hicieron las preguntas y Eduardito solo les supo contar la misma historia una y otra vez… una historia que solo un loco se puede inventar.
― Pero eso no es suficiente ―Loren se aferraba a encontrar las falencias en el argumento que la licenciada le presentaba. Era su primera noche como pasante y la idea de poder resolver un diagnostico difícil como ese, le hacía palpitar de excitación intelectual―… muchas veces las personas se impresionan por episodios traumáticos de su vida, a tal punto que terminan exagerando lo ocurrido, pero eso no es algo de gravedad, con tratamiento y terapia la persona puede salir de su divagación… lo ideal en el caso del paciente debió ser investigar si su historia tenía algún fundamento real.
Fernández le sostuvo la mirada cuando Loren terminó de hablar. Con sus ojos tan oscuros como la noche que se adivinaba desde la ventana alejada en el pasillo, la enfermera le arrancó un nuevo destello de incomodidad a la pasante. Al cabo de un breve momento de silencio frio, la licenciada puso el punto final a su argumentación.
― Nadie en su sano juicio pudo encontrar una pizca de verdad en la historia de este pobre hombre.
Loren la miró de soslayo pero rápidamente bajó la vista para volver a fijarse en el sujeto que ahora se había sentado al borde de su camastro inclinando su rostro tatuado.
― ¿Y eso por qué? ―preguntó Loren.
― Porque Eduardito afirma ser el padre del anticristo.
A Loren el corazón le dio un respingo. Con los ojos de luna llena, abiertos como platos, comprobó la seriedad en el rostro de Fernández, lo que significaba la gravedad de su afirmación.
No es que ella fuese una mujer muy dada a las supersticiones o a la religiosidad. Más que el recuerdo de las lecturas del libro de apocalipsis que realizaba una amiga de su mamá cuando las visitaba, el anticristo se le hacía más familiar por los programas sensacionalistas sobre el fin del mundo que trasmitían a la media noche en los canales de pseudo investigación. Sin embargo, esa noche la mención de la antítesis del mesías cristiano, le removió un recuerdo que Loren no alcanzó a esclarecer en ese momento.
― ¡¿Cómo?! ―Loren dejó escapar la pregunta al sobreponerse a la extraña sensación.
― Así como lo oyes… pero no te preocupes, dejemos que el mismo Eduardo te lo cuente.
Fernández estiró sus brazos para entregarle a Loren la carpeta que hasta ese momento había mantenido pegada a su pecho. Loren se hallaba desorientada. Cuando la carpeta reposó en sus manos hizo la pregunta:
― ¿Por qué me das esto?
― Porque quiero que tú estudies su caso y le ayudes a Eduardo a encontrar su verdad. Ahí está todo su historial médico y todo el material del caso.
La enfermera pronunció aquella enigmática explicación dándose la vuelta, dando a entender que se retiraba del lugar, pero Loren la detuvo.
― Espera… ¿pero por qué a mí? ―la voz contrariada de Loren dejaba entrever la duda que le carcomía por dentro: por un lado le atemorizaba la idea de enfrentarse a una situación tan delicada, pero por otra parte su curiosidad medica le animaba a tomar aquel caso y hacerlo suyo―… ¿Sí sabes que yo solo soy una pasante verdad? Además, este es un caso demasiado complejo y que puede levantar muchas sospechas en contra del hospital… tómalo, yo no lo quiero.
Fernández ni siquiera se molestó en mirar la carpeta que Loren le ofrecía de vuelta.
― Yo sé que si lo quieres… confió en ti. Por favor lee con mucha atención el diario que está ahí dentro ―Fernández hablaba ya con intenciones de despedirse― deja que el mismo Eduardo sea quien te cuente su historia a través de sus confesiones.
― ¡No por favor, no te vayas! ―Loren trato de detener a la enfermera para regresarle la carpeta, pero en vez de tomar la carpeta de manos de Loren, Fernández tomó la mano de Loren entrelazando sus dedos entre los de ella.
Loren sintió como si perdiera la conciencia en ese instante.