Panecillos.

1643 Palabras
No ha sido mi mejor día en la escuela, pero no me quejo. Mis padres siempre me dicen que la época de estudiante (tanto universidad como escuela) es la mejor y tengo que disfrutarla al máximo, eso es lo que intento. No dejo que muchas cosas me amarguen, solo me dedico a hacer lo que amo, disfrutar y luchar por lo que realmente quiero. —¡No, Baily!—la entrenadora Dawson le grita a Anaí cuando esta se equivoca en la coreografía. Eso llama la atención de todos en el gimnasio , que, aunque es bastante grande, para el equipo de fútbol, voleibol y nosotras no alcanza. —Lo siento—se disculpa la chica. Normalmente entrenamos a campo abierto en el de fútbol, pero está haciendo tanto frío y es casi imposible hacer algo sin primero congelarse. —Chicos, entiendo que acabamos de llegar de vacaciones de invierno y todo eso—nos habla la entrenadora fuerte y claro.—Pero necesito su concentración, dentro de algunas semanas empiezan las eliminatorias para el nacional de animación y hay que ganar como años anteriores. ¡Ahora, desde arriba! Este es mi último año como capitana en un evento de animación, por lo tanto también quiero dar lo mejor de mi y retirarme como una de las mejores.   Empezamos todo de cero. Hasta que mucho tiempo después es hora de irnos a casa. Pero mi día aún no está ni cerca de terminar. —¿Lista, Lía?—Patrick aparece frente al vestuario de chicas. —¿Desde hoy?—pregunto cansada. —¿Cuándo entonces?—se encoge de hombros. —Estoy cansada, Patrick.—me cuelgo el bolso en un solo hombro para pasar a su lado. —Tú todavía no has entendido lo que tengo en mis manos, puedo arruinar tu pase a la universidad, Cooper.—dice él a mis espaldas. ¿Cómo algún día a mi me gustó el imbécil este? No lo soporto. —Camina—pongo los ojos en blanco retomando la salida del instituto. Al llegar al estacionamiento busco las llaves en el bolsillo del bolso mientras le envío un mensaje de texto a Liam y camino a la Tahoe. Cuándo dejo el bolso en los asientos traseros de la camioneta Patrick se monta en el copiloto y sin decirme nada abrocha el cinturón. —Ya que vamos al mismo lugar, me imagino que no te importaría llevarme.—me da una sonrisa de boca cerrada. —¿Por qué no te vas en tu auto?—pregunto en susurros. Estoy tratando de controlar la poca paciencia que le tengo al chico. Cuando estoy cerca de él, mi lado repugnante sale muy fácil. —Esta en el taller—responde como si nada. —No te soporto.—le comento prendiendo el motor. —Si supieras que tú sí eres una de mis personas favoritas en el mundo. Me da una sonrisa reluciente. Me confunde un poco, él y yo a pesar de ser del mismo círculo social y pasar aparentemente tiempo juntos, hace años que no lo considero mi amigo. Luego de un suceso importante en mi vida él se concentró más en ser el mejor amigo de Liam, yo cambié bastante, obviamente él lo hizo y hasta ahí quedó lo que podría ser una corta amistad. Pero es lo último que se dice en el camino a la mansión Coox Müller. Y es que, cuando se trata de esta familia todos saben quiénes son. El señor Alan Coox es un boxeador de profesión bastante famoso y bien pagado. Sin contar que es uno de los dueños de unos de los centros comerciales más grandes y visitados de la ciudad. Mientras que Bella Müller es una heredera, empresaria y dueña de los hoteles más lujosos y costos del país. También es activista de los derechos humanos. Mis padres son buenos, famosos y adinerados. Pero si hablamos de la familia de Patrick le gana por mucho a la mía. En la escuela eso es bastante importante, aunque a mí la verdad me da igual. —Okey, tenemos que organizarnos—digo entrenado a la propiedad de su familia.—Yo práctico los lunes, Martes y Jueves. Los viernes si hay juegos también estoy bastante ocupada.—me estaciono para mirar al chico a mí lado.—Yo también tengo cosas que hacer fuera de la escuela, no puedo venir acá cada vez que tú quieras. —Yo práctico los lunes, miércoles y jueves.—se baja de la camioneta. Yo imito su acto.—no nos queda mucho tiempo. — Tendremos que estudiar solo los fines de semana—caminamos a la entrada de la casa. —No es suficiente tiempo, ya se acercan los exámenes.—me reprocha. —No es mi culpa que los últimos años te concentraras en otras cosas y no en estudiar. Él abre la puerta con un juego de llaves y caminamos dentro donde está bastante caliente. No es la primera vez que estoy en esta casa, así que no me siento tan fuera de lugar. Es una casa bastante enorme y muy sencilla, pero la decoración es ostentosa. Los muebles son refinados y en el medio de la entrada hay unas escaleras que se dividen en dos a la mitad. Cuándo digo que esto es una mansión, no estoy exagerando. —Hay que buscar otra solución para poder estudiar un poco más.—Camina hasta la cocina. Yo lo sigo.—Tenemos que enviar la carta a las universidades dentro de poco también. Suspiro llegando a una mesa redonda de vidrio que está en el medio de la cocina. —Tengo una vida fuera del instituto y no pretendo cambiar nada por tí. Además estoy aquí en contra de mi voluntad, tampoco que me hace mucha ilusión pasar tiempo contigo. El chico abre el refrigerador para tomar agua frustrado por mi terquedad. —Eres la única chica que conozco que tiene tiempo para ser porrista, ser una de las mejores de clase, tener vida social y aún así hacer cosas fuera de la escuela. Me mira con duda . Últimamente esas son las palabras que más escucho y no me gustan. Si supiera que realmente lo que hago la mayor parte del tiempo libre es leer y escribir. Y no pienso recortar el poco tiempo que tengo para escribir por él. —Pongamos un orden, Patrick.—le digo cansada. —Buenas noches. A la cocina entra Alana Coox, una niña de tal vez trece o catorce años que la reconozco porque va a la misma escuela. Esta chica es bellísima, tiene ojos grandes grises y profundos, el cabello n***o y largo que hace contraste con su piel blanca como la nieve. —¿Qué quieres, Alana?—le pregunta el chico de mala manera. —Que estés enojado no significa que la pagues conmigo, estúpido. —Buenas noches—contesto con una sonrisa. —Hola, Lía.—me sonríe la chica tomando una manzana. Arrugo mis cejas porque no recuerdo presentarme alguna vez con ella.—Eres capitana de porrista, han ganado el nacional de animación, eres de último año, bonita e inteligente, sin contar que eres una de los hermanos maravilla, obvio que eres popular. ¿No me digas que estás saliendo con este tonto? —Solo lo ayudo con sus materias.— sonrío. No tenía ni idea de que todo eso se decía de mi en la escuela. —Te compadezco—arruga su nariz. —¡Alana!—reprocha Patrick. —¿Qué pasa ahora?—entran a la cocina los señores Coox. Ave María, Alan Coox es como el vino, mientras más viejo, más bueno. Sus ojos grises como los de su hija es la característica más llamativa, los tatuajes le quedan tan bien a su piel blanca y con su rostro simétrico junto con su bien definido cuerpo, puedo jurar que Bella Müller es muy afortunado. Aunque considero que él también es muy afortunado, ya que Bella a pesar de tener tres hijos y unos cuarenta y tanto de años se sigue viendo hermosa. Sus ojos grandes y marrones miran a Patrick con curiosidad, también tiene pequeños y delicados tatuajes regados por su piel. —Alana se está metiendo donde no le importa.—le habla el chico a sus padres. —Son mentiras—se defiende la menor. —Buenas noches—saludo por educación. La señora Bella me mira y sonríe. Comprendo de inmediato que la sonrisa de Patrick y Alana es la misma a la de su madre. —Hola, ¿Lía Cooper? Eres la hermana menor de Liam ¿Es cierto? —pregunta la mujer acercándose a mí. —Liam y yo somos de la misma edad, pero sí—le doy una sonrísa—¿Cómo han estado? —Muy bien, ¿Y tus padres como están?—la señora llega a la mesa y me hace señas.—Ven, siéntate. Tomamos asiento en la pequeña mesa de vidrio. —He visto por las noticias que tienen un muy buen caso—me habla el señor parado desde la encimera de la cocina. — Sí, mamá está convencida que va a ganar.—respondo con orgullo. — Mamá, papá.—habla Patrick luego de un rato.—Lía no está de visita social, está aquí para estudiar. —Claro.—la mujer a mi lado se levanta para caminar al horno y sacar unos panecillos—Estudiar da hambre, pruébalos, los ha hecho... —Alana.—la interrumpe el chico—Esta mañana antes de irse a la escuela. Alana lo mira con la frente arrugada y luego me da una sonrisa a mí. —Sí, me quedaron deliciosos. Yo arrugo mi frente intercalando mi vista entre los hermanos. Estos panecillos no los ha hecho la chica.
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