Capítulo 3: Una difícil decisión

1458 Palabras
Mi difunto abuelo Gerardo, era un hombre agradable, algo cascarrabias pero era muy adorable conmigo. Trabajó por un tiempo en el palacio, era el jardinero de uno de los tantos jardines que hay en la casa real, no recuerdo nada de eso, pero mi padre nos contaba; para ser sincera, nosotros no conocíamos que tipo de relación tan cercana pudo tener con el difunto rey Arthur, era muy discreto con ese asunto, solo sabíamos la historia que contó por muchos años hasta el día de su muerte, la historia de una promesa que juraron iban a cumplir. Mi madre me ha contado que el secretario real les mostró una carta que dejó el rey, en la cual también se encuentra la firma del señor Gerardo. Además de un anillo de oro que era como el símbolo de esa promesa, el cual debía intercambiar cuando llegara el momento, justo en esa parte comprendí por qué tanto alboroto. —Ya quiero contarle a todos en la escuela —dice mi hermana Victoria—. ¿Se imaginan? Mi hermana es la prometida del príncipe ¡Dios! —Le diré a la vecina, estoy segura que morirá de la envidia, ¡ja! creía que su hija era la única del vecindario que podía casarse con un hombre exitoso —afirma mi madre con una ceja levantada—, un abogado queda en pañales ante el príncipe de la nación. —No le digan a nadie, porque no aceptaré. La sonrisa de todos se borra gradualmente, parecen decepcionados por lo que acaban de escuchar. —Su alteza, ¿de verdad quieres seguir viviendo esta misma vida? No te imaginas viajando, conociendo, aprendiendo, disfrutando de la buena vida —expone Vicky como algo increíble—. Al lado de un hombre guapísimo. —No —refuto. —Su alteza, mira donde estás, mira la escuela de m****a donde estudias, ¿no te gustaría cambiar eso? Hoy en día la clave está en encontrar buenos hombres, este es uno excelente. ¿No ves a mamá? Tuvo una vida miserable porque decidió a un hombre fracasado como esposo. Mi padre que estaba mirando su móvil, levanta su cabeza analizando lo que acaba de decir mi hermana. —¿Qué quieres decir con eso? —pregunta confundido. —¿Ves a lo que me refiero? —Basta, deja de tratar a tu padre así; ahora, si la princesa no quiere aceptar el compromiso no vamos a presionarla, si su alteza no quiere entonces le diremos a los del palacio que no. Mi madre parece decepcionada, pero al final no pueden obligarme, además estoy muy joven y no quiero un marido. —¿Qué harán con el anillo? —pregunta mi hermana menor que empieza a secar sus lágrimas. —Podemos venderlo, o simplemente dejarlo amarrado en el cartelito donde estaba, a fin de cuentas fue un recuerdo que dejó el abuelo. —Creo que Vicky puede tener razón —digo considerando por un segundo la posibilidad, haciendo que mi familia vuelva a sonreír; pero recuerdo al odioso príncipe y la forma en la que me ha tratado esta mañana, de solo pensarlo se me revuelve el estómago. Sacudo mi cabeza para sacar esa absurda idea—. No, eso no pasará, sería una desgracia para mí —respondo decidida, haciendo que la sonrisa de todos vuelva a desaparecer. Durante la noche, quise dormir pero me era imposible. Cuando quise reaccionar ya había amanecido, ya los rayos de luz entraban por mi ventana aclarando por completo el espacio. Luego de lavar mis dientes, voy hasta la cocina para darle el buenos días a mi bella familia, pero lo que recibo son miradas decaídas por unos ojos hinchados y unos saludos desganados. —¿Qué les pasa? ¡Arriba ese ánimo! —Sabes que podrías darnos ese “buenos días” desde Paris, o de cualquier parte del mundo, si te decides al compromiso con el príncipe, ¿verdad? —Me gusta aquí, no me hace falta un viaje a Paris —respondo a mi hermana que parece muy afectada. —¿No pueden hablar con el hombre de ayer? Si ella no quiere, yo si quiero una vida en el palacio real. —¡Vicky, no digas burradas! —Cariño, no grites tan temprano —menciona mi padre, quien aparece de la nada con un par de cajas llenas de montones de archivos. —No vas a desayunar con nosotras por lo que veo. —Quisiera, pero mi jefe me ha llamado para pedir que lleve estos archivos a la empresa. Tomo una de las cajas para ayudarle a papá, me ofrecí a acompañarlo porque no toleraría quedarme con mi madre y mi hermana. —Leslie, no pretenderás ir así a la calle ¿verdad? —Son sudaderas, normaliza los atuendos cómodos, por favor. —Es tu pijama, con eso se duerme, no se va a la ca… —¡Adiós! Mi padre y yo subimos a un bus, en el camino no hablamos de muchas cosas, solo miraba por la ventanilla. Llegando a la empresa donde trabaja, vemos que su jefe está afuera esperando. —Señor, buenos di… —Dame los archivos, ¿No sabes qué hora es? ¡¿Por qué m****a te llevaste estos archivos a tu casa?! —Señor, yo iba a dejarlos en la bodega pero usted se llevó las llav… —No me des explicaciones, por tu culpa me he retrasado. El muy hijo de su madre trata mal a mi padre, quise quedarme callada pero esa expresión de tristeza en los ojos de mi pobre Ignacio (mi papá) por la humillación de ese hombre, me hicieron perder la cabeza. —¡Oiga, usted! El de la cabeza pelona. ¿Cómo se atreve a tratar mal a mi papá? —grito señalándolo. El hombre se detiene y gira su cabeza pelona para mirarme por encima de su hombro. —¿Cómo me dijiste? —pregunta anonadado. —No dijo nada, jefecito, dice que le desea un buen día. Mi padre me tapa la boca pero no fue suficiente, le quito su agarre y le dije a su jefe hasta del mal del que se iba a morir, todas las groserías que se pasaron por mi cabeza se las lancé sin piedad alguna. —Estas despedido —fueron las únicas palabras del jefe de mi padre, digo, de su ex jefe. ¡Ups! Eso no lo veía venir. De regreso en el bus, mi pobre padre no dice nada, ha mantenido esa expresión que aún no se le borra del rostro. Vuelvo a mirar por la ventanilla mientras pienso en lo difícil que la está pasando, debe ser horrible el intentar complacer a esos adinerados que solo quieren humillar a las personas. De repente pasamos por el palacio y a través del cristal pude contemplar ese lugar tan hermoso, con solo verlo sentí tranquilidad, es simplemente un paraíso. Una vez en casa, mi madre es la primera en adivinar lo que ha sucedido. —Conozco esa expresión, ¿te despidieron? —cuestiona sabiendo cual es la respuesta. Ambos asentimos con la cabeza y ella explota de la rabia. —Fue mi culpa, es que ese sujeto lo estaba insultando de una forma inhumana y… —Ese sujeto, era el que le daba dinero a tu padre, ¿entiendes? Si ya ese “sujeto” no está, tampoco está el dinero, ¿entiendes? —El dinero no es problema, no todo es dinero mamita, tranquila. —¿No? Entonces, ¿Quién pagará la escuela? ¿Quién pagará la comida? ¿Quién pagará los servicios? ¿Quién… —Entiendo, entiendo, no sigas. —Esto no puede seguir así —dice mi madre sentándose derrotada con las manos en la cabeza—. Mi trabajo en casa no rinde, lo que tengo no es suficiente, y si cancelo la colegiatura, no puedo pagar los servicios. —Tenían razón, esto es mi culpa —afirma el hombre con cara cordero a medio morir—. No vivirían así si no te hubieras casado con un fracasado como yo, creo que debería solo irme de esta casa, para que ustedes por fin puedan ser felices. Me conmuevo aún más, intento detener a mi padre para poder hablar con él, pero cuando abro mis brazos para rodearlo con ellos, alguien llama a la puerta. Mi hermana es quien abre, y una vez más tenemos en casa al secretario de la familia real. —Lamentamos mucho hacerlo venir —manifiesta mi madre acomodando un poco su cabello—. Estaba por comunicarme con usted, es que mi hija ha decidido recha… —Iré, voy a ir con ellos al palacio —respondo dejándolos a todos con sus bocas abiertas.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR