Cada mañana debo hacer una larga maratón, la preparatoria está muy lejos de casa, pero no importa, caminar ayuda a oxigenar el cerebro, es un excelente ejercicio matutino —eso me digo a mi misma para romantizar mi pobreza— así que desde muy temprano salgo intentando siempre llegar puntual.
—¡Leslie! —grita Bianca detrás de mí— Oye, te estoy siguiendo desde hace un par de cuadras, caminas muy rápido.
Bianca es mi compañera de curso, es menor que yo por un año, la verdad todos son menores, es que me retrasé un poquito, no soy muy buena estudiante; pero esta vez sí me estoy esforzando, lo hago porque me gusta mucho la especialidad en la que decidí enfocarme, en artes y humanidades.
—Oye, ¿lograste terminar el ensayo? Yo me dormí muy tarde para poder dejarlo listo.
—¿Cuál ensayo? —pregunto mirándola con cara de espanto.
—Leslie, ¿otra vez?
—¡M****a! —expreso con enojo— no sé cómo pude olvidarlo, estaba segura que ya había hecho todas mis tareas.
—Creo que tendrás que hablar con la tutora de nuevo
De pensarlo me da pavor, esta semana ya he ido a su oficina dos veces a excusarme, no sé qué más deba inventarle, hasta le dije que mi abuelo había muerto y por eso no pude hacer el anterior trabajo —mi abuelo murió hace un año— ¡Dios mío! me voy a convertir en pinocho en menos de lo que canta un gallo.
Mi compañera y yo seguimos caminando, sabemos que estamos cerca de nuestra escuela cuando pasamos por la prepa de las personas que levitan, tratamos siempre de ignorar la gigantesca entrada pero es inevitable. Todos los chicos de la alta sociedad van allí, se hacen llamar siempre la “generación elite”
—Mira esos autos, ya ese lugar no parece una escuela, es más como un concesionario —comenta Bianca babeada por los vehículos lujosos— ¡mira! el que viene es el auto del palacio real, ¡vaya! Que afortunadas son las chicas que estudian junto al príncipe Arón.
—¿Afortunadas? debe ser terrible estudiar con ese presumido, es que mira, sus guardaespaldas no dejan que nadie camine por donde él quiere ir, tanto espectáculo solo por un hombre mortal igual que nosotros —refuto haciendo mala cara—. Además, se nota la preferencia, dicen que el edificio en el que estudia, tiene las ventanas y puertas blindadas, hay cámaras y hacen controles de seguridad, en los demás edificios no hacen lo mismo, quiere decir que no les importa si secuestran a otro estudiante después que el príncipe real esté a salvo.
—No es presumido, he visto en la televisión que va a muchos eventos de beneficencia y refugios de animales, es tan adorable con los perritos.
No me hace su comentario, la familia real Williams ha perdido su conexión con el resto del país hace mucho.
—Buenos días, chicos. Por favor, guarden silencio y dejen sus ensayos en mi escritorio —anuncia la tutora entrando al salón.
Mi compañera me observa de reojo, yo aún no he pensado en que decir, no quisiera mentir pero no tengo más alternativa.
—¡Auch! —grito sobando mi estómago.
—¿Qué le sucede? —cuestiona alguien mirando cómo me empiezo a retorcer por mi falso dolor.
—Es mi estómago, me duele demasiado.
—Llévenla a la enfermería, ¡dense prisa!
Sonrío por dentro al escuchar las palabras mágicas, justo eso era lo que necesitaba, así que sin más me pongo de pie, tomo mi mochila y salgo del salón viendo como mis compañeros quedan aterrados por mi gran actuación —Lo sé, lo sé, soy la mejor —les digo en voz baja mientras me despido sacudiéndoles mi mano en el aire.
De camino a la enfermería, pienso en que debo hacer mientras pasan las dos horas de la señorita Pérez. Por lo que decido solo recorrer el campus, no es que sea la gran vista ni mucho menos, pero es suficiente para mí y para lo que pueden pagar mis padres. Acomodo mi mochila para seguir mi ruta y a lo lejos, se ve el auto de la casa real ¿estaré viendo mal? ¿Qué hace alguien del palacio junto a los plebeyos de clase baja? Me da algo de curiosidad —como siempre— me acerco más para confirmar mi descubrimiento, pues esos autos tienen un sello que los hace característicos.
—Tuve una hora libre y he pedido que me traigan hasta aquí —dice un hombre de voz grabe.
Detengo mis pasos y me lanzo detrás de un arbusto para esconderme, estoy escapada, nadie puede verme merodeando por aquí, así que tapo mi boca y con cuidado busco de donde proviene la voz, casi muero de un infarto al ver al príncipe Arón de pie en un costado del pasillo, me pregunto ¿qué hace él aquí?
—Te dije que no era bueno seguir viéndonos ¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? —dice una mujer a quien no alcanzo a ver por la enorme espalda del príncipe.
—Ya no podemos seguir así, nos estamos lastimando, me parece injusto que mis sentimientos para ti sean insignificantes, te he dicho todo lo que estoy dispuesto hacer y para ti no es suficiente —menciona el hombre con tono desesperado—. Escuché a mi madre decir que debo prepararme para mi compromiso, me mata la idea de saber que ellos ya tienen a una mujer a la cual quieren que despose.
—Yo no puedo ser esa mujer, Arón, te lo he dicho muchas veces; ya no hay marcha atrás, no insistas.
Aun agachada detrás del arbusto, me arrastro para lograr tener una mejor vista de la mujer, pero por más que intento solo alcanzo a ver sus piernas, pero… ¡No puede ser! Creí que sería una estudiante, la mujer que está allí no lleva uniforme, esas zapatillas son las que usan las maestras, tapo mi boca una vez más por el asombro, esto es más de lo que debía escuchar —aunque me guste el chisme—, pero ya debo irme, siento que estoy en el lugar equivocado. Con cuidado intento ponerme de cuclillas y caminar hacia otra dirección, pero como mi vida es un completo caos —siempre—, piso el cordón de mi zapato y caigo al piso aterrizando con mi cara.
—¡Auch! —grito sobando mi barbilla, hago un gesto de dolor que desaparece cuando recuerdo que estoy encubierta —¡c****o!— me pongo de pie para correr más rápido que Forrest.
— ¡Detente! —grita el príncipe detrás de mí— no dé un paso más.
Quiero ignorar sus palabras, pero por más rápida que intento ser, me alcanza y toma mí brazo con fuerza.
—¿Qué hacías escuchando? ¿Quién te ha enviado?
—No, nadie me ha enviado, yo solo pasaba por aquí —respondo con nerviosismo—. Lo siento, es que me estaba amarrando mis cordones, no tenía la intención de… —muerdo mis labios por saber que ya metí la pata.
—¿Escuchar? —continua con lo que yo iba a decir— Entonces si escuchaste.
Arón me da la vuelta y hace más fuerte su agarre, me mira a los ojos y se inclina un poco para hablarme más cerca.
—Yo no estuve aquí, no escuchaste nada, ¿de acuerdo? Sabes quién soy y no dudaría un segundo en encontrarte y hacer picadillos tu vida donde alguien se entere.
El hombre mira a los lados y algunos de sus cuidadores corren hacia nosotros, por lo que me suelta y se va con ellos, dejando una sensación de dolor en mi brazo; en cuestión de minutos no hay rastros de él y de la misteriosa mujer que lo acompañaba.