La habitación estaba en silencio, solo el suave sonido de su respiración me acompañaba. La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas, iluminando su rostro de una forma casi etérea. Allí estaba ella, Regina, la mujer que lo era todo para mí. No podía apartar los ojos de su rostro, incluso mientras dormía. Cada línea, cada curva, me resultaban tan familiares, tan queridas. Pero hoy, había algo diferente, algo que me angustiaba. Su piel, normalmente cálida y vibrante, estaba demasiado pálida, como si toda la vitalidad hubiera sido drenada de su cuerpo. No podía soportar verla así, vulnerable y frágil. Me acerqué un poco más a su cama, tratando de mantener la distancia, aunque la necesidad de tocarla, de reconfortarla, era casi insoportable. Había algo profundamente perturbador en ve

