Chispas. Nos gustamos. Salté de la emoción.
Ese sentimiento de energía y vitalidad que habitaba en mi pecho. Fue uno de las mejores sensaciones que he sentido.
Al salir mi estado de embobamiento se diseco. En mi cama estaba Trey sostenía en sus manos mi short.
Agradecí no haber elegido y expuesto mi ropa interior.
—¿Te vas a poner esto? —se refería a mi short. Los observaba con desaprobación.
Asentí.
—No me vengas con eso de… Es muy corto. Porque no quiero un machista como novio.
—No es eso. Tú puedes ponerte lo que quieras.
—Entonces ¿Cuál es el problema con ese simple short?
—Que voy a distraerme con tus piernas durante todo el partido.
Tragó grueso mirando el short.
—Me lo pondré te distraigas o no. —sentencie arrebatándole la cuestionada prenda.
—Luego no te quejes de estarte comiendo con mis ojos.
Lo fulminé con los míos.
—Sal de mi cuarto.
No obedeció.
—AHORA. —grité harta.
—Palabras mágicas.
Que infantil.
—Por favor. —las dije.
Él negó con su cabeza.
—Palabras incorrectas.
—¿Cuáles son tus fantásticas palabras mágicas? —ironicé.
—Me gustas.
—No las diré. —refuté.
—Te explicaré lo que va a pasar si no las dices —susurró, muy cerca de mi rostro—. Me quedaré aquí, presenciaré como te vistes y con un poco de suerte, te ayudaré con el short.
Mis mejillas al rojo vivo delataron lo que mi imaginación elaboró con sus palabras. Aún con vergüenza otee sus esferas celestes. Sus pupilas estaban dilatadas y la marea en sus iris me arrastró a perderme en ella.
—Me… —mordí mi labio inferior, evitando seguir—. Yo… Me… Tú…
Bufe exasperada por mi tartamudez atontada.
—Tú me… —Y si no fuera por sus labios sobre los míos hubiera terminado de hablar.
Éste beso era distinto al primero. Sabia a chicle de fresas con pizcas de dulzura.
Besar sus labios se sentía como acariciar las nubes, pero probarlos era saborear un pedacito de cielo ahí en su boca.
Mis traicioneras manos buscaron su cuello para atraerlo y saborear más. ¿Por qué sabían tan bien? ¿Por qué me sentían tan bien al besarlo?
Sus besos deberían tener su propio sello de advertencia por lo adictivos que pueden llegar a ser.
—Trey, no debiste.
—No te besé con un corazón lleno de dudas —explica susurrante—. Me gustas.
—Trey.
—Me gustas, y no tengo duda alguna de eso.
Sonrío, yo tampoco dudaba de mis sentimientos por él.
—Te espero… afuera. —se separó jadeando, liberado un poco, creo que me dijo algo muy importante para él, caminó hacia la salida.
Frijoles. ¿Esté chico era sólo para mí? Es decir. ¿Todo eso es mío?
Dejé de formular incógnitas sin soluciones para alistarme.
Ya vestida y arreglada sólo faltaban anudar mis converse negras. Cosa que destetaba hacerlo. No se me daban los nudos, a cada rato se desatan. Esa era la razón por la cual no usaba deportivas. Steven solía amararlas por mí.
Miré frustrada mis tenis, quería utilizarlas, me gustaban lo cómodas que eran.
Seguro Trey me ayudaría a atarlas. Sino lo obligo.
Salí del cuarto.
—Trey, no preguntes, solo ayúdame con el nudo en mis zapatos. —lo observe con impaciencia.
Esperé su respuesta... Nunca llegó. Estaba muy ocupado vacilándome con sus marinos ojos.
—Trey, ayúdame.
Cuando su mirada dio con la mía, dijo despistado:
—¿En dónde has estado todo este tiempo?
—Pidiéndote ayuda, tarado.
—¿Qué me decías?
Le iba a contestar, pero volvió a mis piernas. Dios, podrías iluminarlo. Vi el cielo en busca de una señal. Sólo encontré al aburrido e indiferente Sr. Techo.
Me senté y le tendí mis pies sobre sus piernas.
—Átalas. —ordené.
Está vez lo hizo. Amarró mis zapatillas.
—Gracias. Ahora vámonos. Hay que regresar temprano para preparar los documentos.
—Espera —me detuvo, pero iba apresurada. Me alcanzó en el elevador, me vuelve a otear, entonces me lo dice—. Estás hermosa.
—Gracias. Tú eres muy guapo.
Para mi sorpresa al llegar al estadio nacional, era gigante. Me hizo sentir pequeña como una hormiga.
—Es enorme. —dije viendo con asombro la magnitud de ese estadio.
—Todas las chicas dicen lo mismo.
Sabía de sobra que no se refería al estadio, su mirada intensa y su ardiente sonrisa lo confirmó.
—Seguro la tienes como la bandera de EEUU, se la has clavado hasta la luna.
Su sonrisa bajo. Sonrío, conseguí ganarle.
—Insultas bien.
—Es algo de familia. —comencé a adentrarme.
Llegando a mi lado entrelazó nuestras manos. Su repentina acción me dejo perpleja. Tanto que al sentir su tez en mi palma me paralizó. Sus largos dedos envolvían los míos detuvieron mi andanza. Rey Ricura me miro cejudo. No entendía. Mejor dicho, No veía lo que ocasionaba en mí. Miré de reojo nuestras manos unidas como si no lo creyera. Es decir, ¿de verdad me agarró de la mano?
—¿Pasa algo? —inquirió atento.
Me puso su gorro n***o. Me quedaba un poco grande, pero eso era lo de menos, Trey estaba muy de cerca.
NO ME AYUDAS, TREY.
—Nos pueden ver.
Lo sé, la peor excusa de la historia de las excusas. Cerré mis párpados ante la estupidez que ha salido de mi boca.
—Esa es la idea. Eres mi novia, Colibrí —abrí mis ojos, estaba orgulloso de decirlo—. Está prohibido callarlo.
—¡TREY! —exclamó un chico a mi espalda.
Giré intrigada por saber de quién se trataba. Era Chris. Su presencia emanaba mala espina. Algo dentro de mí se aterraba al tenerlo a dos metros.
—El entrenador te ha estado llamando. Ya va a iniciar el juego —farfullo molesto—. ¿Dónde demonios has estado?
—¿Dónde está Tania? —preguntó Trey, sin dar oído a lo que dijo.
La cara de Chris fue todo un poema.
—¿Tania? —bufo desesperado, y se fue.
Trey aún seguía buscando a su hermana, ni noto que se fuera.
—Vete, yo la encontraré, debe estar en las gradas con Ashley.
—De ninguna manera. Ven. —tiro de mi mano para pisar las gradas.
Lo que fue mala idea. Los fanáticos se abalanzaron sobre Rey Ricura como un tsunami.
—¡Allá están! —exclamé.
Eureka. Tania y Ashley nos miraron y vi preocupación en ese par de caras.
—Yo voy con ellas, tú ve con el entrenador. —le ordene, comenzando a caminar y esquivar a las personas hasta abrirme camino hasta llegar a su lado.
—¿Por qué tardaron tanto? —preguntó Tania.
—El tránsito. Mucho tránsito. —justifique y era verdad. Las calles para llegar al estadio estaban repletas de coches.
—¿Cómo han estado, chicas? —les sonreí.
—Bien. Te preguntaría lo mismo pero la felicidad te sale hasta por los poros —dijo codeándome—. ¿Noche feliz? —insinuó con un guiño.
—NO —grité apenada, sonrojándome porque pensaran eso—. Nada de eso.
—¿Nada de nada? —indagó boquiabierta Ashley.
Yo asentí.
Ellas se miraron confusas la una a la otra. Y volvimos con la telepatía. Luego se comunicaron visualmente para asentir comprendiendo lo captado.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. —opino Tania removiendo sus ojos, tocando su nariz.
Mentía. Sí había algo.
—Por qué no me lo dicen.
—Quédate aquí, Tania y yo iremos por unas donas. —habló la pelirroja.
No me iban a decir nada.
—Como quieran. —zanjé tumbándome en mi asiento.
Cuchichearon y se fueron a buscar aperitivos.
—Starboy vuelve a jugar. Es increíble que después de lo sucedido lo haga ¿No? —escuché una voz femenina a unas gradas más atrás.
¿Estarán hablando de lo que le pasó a Trey?
Agudicé mi oído.
—Si es impresionante verlo de nuevo en la cancha, aunque lo preferiría en mi cama. —le secundo otra chica. Mis ojos debían ser platillos.
¿En su cama?
—Uf, yo igual, haría lo que sea por un beso suyo. —se unió otra voz armoniosa.
—Es lamentable que ahora ni siquiera nos mire —no podía ver cara, pero su tono amargo dejó muy en claro lo enfadada que estaba esa chica—. Todo es culpa de Natasha.
¿Natasha?
¿Quién era Natasha?
¿Y que vela tiene ella en este entierro?
—Muchas desean estar en su lugar. —dijo una con notoria envidia.
—Es una perra, la puta favorita de Trey. Qué esperabas.
Esa frase de siete palabras cayó como un balde de agua helada sobre mí. Natasha: la puta favorita de Trey.
De pronto la gran y amplia cancha se sintió tan pequeña que me impedía respirar. No, el dolor me asfixiaba.
¿Por qué no simplemente lo dijo?
Hey, Mia, tengo con quien revolcarme mientras me divierto contigo.
Por lo menos hubiera dolido menos.
Giré mi vista hacía los buitres del chisme y me topé con un trío de rubias. Todas y cada una era parecida a la otra. De hecho, reconocí a dos de ellas. Ya las había visto antes, en la fiesta de celebración en la casa de Eddy.
Rubias, exageradamente altas y delgadas, pero voluptuosas.
Todo lo que yo jamás, ni volviendo a nacer, sería. En definitiva, no era su tipo. Nunca lo seria, ¿Por qué le gustaba?
—Mia. —oí nombrarme afablemente Ashley.
—¿Sí?
Volví mi mirarla.
—¿Quieres uno? —me ofrecía una dona.
Yo negué regresando la vista al frente.
—Se ven deliciosos. Toma uno. —animó Tania.
Hambre era lo que menos tenía.
—¿Quién es Natasha? —solté hostil.
—Una buscona aprovechada. —definió la pelirroja, con la boca llena.
—La casi ex de mi hermano. —dijo mi cuñada.
Eso ataba algunos cabos en mi cabeza.
—¿Casi ex?
Tania asiente.
—Sí, casi la hace su primera novia.
Esperen.
—¿Primera novia?
—Trey no te lo dijo ¿verdad? —niego, ella también niega, pero decepcionada—. Nunca ha tenido novia. Eres la primera.
—¿Qué sucedió con Natasha?
—Lo engañaba.
Oh, entiendo.
Pero…
—¿Trey aún la quiere? —me escuché rota, quizá lo estaba.
—No. Trey sufrió mucho por su culpa. —comentó Ash.
La observé y parecía muy segura de su respuesta.
—Por primera vez, estoy de acuerdo con Ashley —Tania alega—. Natasha ha sido el peor error que mi hermano ha cometido.
No consoló demasiado, pero era un asunto delicado, él salió afectado, se la paso de pesadilla por esa chica.
Bufo.
Trey me gustaba.
Sin embargo, seguía siendo un desconocido del cual sólo sabía su nombre.
Eso tenía que cambiar.