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4253 Palabras
No le iba a besar. Claro que no. Así no sería mi primer beso. Tomé la torta y llené mi boca, mentón y comisuras de su aderezo. Sabiendo con anticipación que Trey no toleraba el chocolate. No iba a besarme si estaba en mis labios. —Ahora —esparcí con mis dedos la crema en mi boca—, ¿vas a besarme? El asco se plasmó en su cara. Perfecto. —Que astuta, Colibrí, muy astuta. —Es algo de familia. —dije, inflando mi orgullo. Ríe. —Tenemos que irnos. —Bien. —entré al auto. Con el resto de la tarta en mis manos a la vez que limpiaba el desastre pegajoso en mi cara. El resto de la tarde pasó de oír silbatos a ver trotar a los jugadores de The Dragons. De en sí la práctica se veía la dedicación y determinación de cada uno, excepto del depredador de Chris. Me miraba demasiado. Trey lo notó. Me incomodaba la forma en como lo hacía. Raro. Frío. Daba miedo de verle. Era como si en su cerebro sucedieran cosas incontables. Todo él me ponía intranquila e insegura. —¡Bien! Eso es todo por hoy —anunció el entrenador—. Recuerden que el miércoles es el próximo partido con los Kings, prepárense para su oponente. Son buenos en agilidad… —los observó antes de seguir—, pero malos en estrategia. Trey estaba atento y concentrado en sus palabras. Al igual que su equipo. —Tenemos que usar todas nuestras estrategias de desplazamiento y ataque. —objeto Starboy, muy seguro de sus palabras. —Exacto —coincidió el entrenador—. Ya puede irse. Nos vemos el miércoles, campeones. Y sin más desapareció. Yo aún seguía en la banca cuando todos los chicos se despidieron de Trey, bromeando y chistando con mi presencia. —Hasta luego, chicos. —despedí con la mano. —Adiós. —dijeron al unísono, antes de marcharse. Trey, de pie en medio de la cancha, poso su mirada en mis ojos dijo: —Te reto a encestar. Me estaba desafiando el muy tarado, pero era consciente de mis posibilidades. —No se vale. Yo soy una novata y tú un gran jugador. —¿Qué con eso? —encogió sus grandes hombros. —Que las posibilidades de ganarte son nulas. Además, mi estatura está a tu favor. Había que ser realista, él media el doble de mi estatura. —Vamos. —insistió. —Depende. Si íbamos a jugar, sería bajo mis reglas. Como siempre. —¿De qué? —se interesó. —Depende del premio. Si yo gano mi recompensa será mejor que la tuya. Era lo justo. —Bien. ¿Qué quieres para tu premio? —Respuestas. —tire sólidamente. —Perfecto —acepta, pero arquea una ceja, sonriéndome—. Ahora, si yo soy el ganador, pido un beso. Y volvíamos con el beso. Suspiro. De dar un pequeño beso no se muere nadie ¿Cierto? —Ok. Frunció su entrecejo. —¿Vas a aceptar, así, sin más réplicas? —Estoy segura de que saldré victoriosa y tendré mis respuestas. —sonreí. Asintió, encogió sus hombros. —Yo primero. Presté mucha atención a cada movimiento para imitarlo y con esfuerzo encestar. Trey se ubicó a unos cuantos metros del tablero, flexiono un poco sus piernas mientras rebotaba el balón en un perfecto drible, relajó sus hombros y cada músculo de sus brazos, los cuales eran un manjar visual, tomo el balón con las yemas de sus dedos y lo alzó a la altura de su pecho, luego inclino su dorso un poco, con un sonrisa flexiono aún más sus rodillas y dio un salto logrando estirar su brazo derecho, impulsando el balón con fuerza hacia el aro. El recorrido de la esfera, lo capte en cámara lenta. Desde que dejo sus dedos, deseé que se desviara, claro que eso no ocurrió en ningún momento. Al contrario, presencié una excelente anotación. Trey 1. Mia 0. —Toma —pasó el balón, riéndose de mí—, rómpete una pierna. Mi rabia lo traspasó con los ojos. —Tarado. Me preparé mentalmente para lo que sea que pasará, ya sea derrotada y tenga que darle su premio o ganarle y saciar mis dudas. Si encestaba pudiéramos llegar a un empate. Me posicione delante de la canasta a unos cuantos metros del tablero rojo con líneas, flexione mis rodillas hasta bajar y así inclinar mi dorso lo suficiente para dar un gran salto, mi punto a mirar fue la canasta y apunté a ella con precisión, me tome mi tiempo y cuidadosamente salte. Sólo que algo salió mal. Alguien cuando solté el balón, mi impulso fue anulado por cosquillas. Sí, cosquillas en la panza. El balón nunca llego a su destino y mi objetivo tampoco. Toda culpa del tramposo de Trey. —Creo que acabo de ganar. —dijo él, tremendamente descarado. —Claro que no —espete enfadada—. ¡Tramposo! —Mira, para que no digas que soy malo, responderé todas tus preguntas. Lo considere un poco. No era una mala oferta. Era una muy buena de hecho. —Sí sabes lo que te conviene, lo harás. —refunfuñé, cruzada de brazos. —Que provocadora. Fue acercándose. Yo retrocedía. —Quiero mi premio. —señaló sus labios. —Cierra los ojos. Y lo hizo. Vaya, que obediente. Es decir, ¿Trey el indomable siguiendo mis órdenes? eso acontece inauditas veces en la vida. Vi sus húmedos labios en espera del roce con los míos. Desde aquel día en el hospital, en esa tierna cita, quise probar su sabor, serían tan dulce y suave como he estado pensando. Era la hora de descubrirlo. Me fui acercando lentamente hacia él, hacia su boca, mi nariz chocó con la suya y la cercanía se intensificó, sentí sus manos en mis caderas. No quería que me separa. Yo quería besarlo. A los escasos centímetros que nos separaban, mi respiración se fundió con la suya y el impulso que necesitaba se esfumó recordando lo tramposo que era. No me culpen, soy rencorosa con honores. Nunca olvido fácil. Mi acción fue rápida y ágil, podía haberlo besado en los labios, pero me dirigí a un costado de su cara y le besé la mejilla, y todo su cuerpo se tensó. Después estábamos en un maratón, yo escapaba y él me perseguía. Otra vez en persecución. Convenia haberlo pensado mejor. —Eso no fue lo acordado. —masculló molesto. —Si mal no recuerdo, dijiste "beso", más no especificaste el cómo o en dónde. —defendía, ocultándome detrás de los asientos de la cancha. —Quiero mi beso, en los labios. Ahora. —gritó decidido, viniendo hacia las gradas. Por lo poquito que lo conocía, dudaba se venciera tan fácilmente. —No lo haré, por jugar sucio. —contraataqué de brazos cruzado, ya en la superficie de la cancha, me envalentoné y di la cara. —Bien, no lo hagas. —encogió hombros, inexplicablemente calmado. Fue caminando tranquilamente a mi dirección. Al pisar el campo de juego supe que Trey tenía algo en mente, no iba a rendirse sin conseguir lo que quería. Yo me alejaba de cada paso que lo acercaba de mí, hasta que me topé con el poste del letrero, él sonrió, me había atrapado. Alerta, hormonas, chico extremadamente guapo se aproxima. Paso a paso fue acercándose cada vez más, al deshacerse completamente de cualquier distancia entre los dos, su cuerpo tomó el mío, mi vista estaba en su pecho, se inclinó para estar a mi altura y vi sus intensos ojos oceánicos. —No hace falta que me beses —ojeo mi boca con ansias—, ya sé que mi premio está en tus labios. Entonces sucedió. Su boca buscó la mía hasta fusionarse en una, sus movimientos fueron lentos y marcaban un compás que los míos torpemente intentaban seguir. El tacto de sus frías manos en mis caderas me enloqueció, de forma casi torturante fueron descendiendo a mis muslos para terminar en mis rodillas, y con sumo cuidado me cargó. Tuve que sostenerme de sus hombros, pero los abandoné para fundir mis manos en su cabello. Amaba como se sentía lo sedoso de su pelaje. Sus labios eran tibios y suaves, tal y como los imaginé. No, eran mejores. Era un beso de ternura en sus movimientos y fogoso en su intensidad. Una mezcla letal para hechizar. Para hechizarme. El simple roce de sus labios me transmitía sensaciones inefables, tan intensas y maravillosas. A pesar de que ninguno de los dos quería romper ese beso, la falta de aire nos obligó a hacerlo. Jamás pensé qué mi primer beso sería de esta forma, pero no me arrepentía de nada, sentía la corazonada de que estaba destinado a ser así. Me gustaba mucho éste tarado. —Me estás enloquecido, Colibrí. —dijo mirando mis hinchados labios, yo sólo buscaba su mirada. En su retina se ocultaba un mar de emociones tan intenso y profundo como el gran océano Atlántico. Dicen que los ojos son es espejo del alma, los de Trey eran un mapa de diversas emociones dispersas. Quise dejar de ser su carga e intenté bajarme, pero sus manos debajo de mis piernas me lo impedían. —Bájame. —exigí. —Para hacerlo tendrás que cumplir con tu palabra. —Ya te besé. —No, yo te besé. —susurró sobre mis labios. —Responde primero. —Si serán dos besos, pregúntame todo lo que quieras. —¿Qué sientes por mí, Trey? —pregunté sin pensar. Se mostró pensativo, debatía que decir, su respiración es una catástrofe, igual sus pensamientos. ¿Acaso él… no sentía nada por mí? —Deseo —titubeó, nervioso, tragó grueso—. Es todo lo que siento por ti. Mi corazón dio un vuelco al escucharlo. Deseo. Había conocido a muchos chicos como él, decían amar cuando sólo les interesaba tener mi cuerpo. Pero en el fondo, deseaba que Trey fuera diferente, con en él todo era diferente. Esto de alguna u otra manera dolió. Pensé que él también se encontraba enamorado. Pensé qué no era sólo yo quién involucraba el corazón. —Pensé que... —murmuré decepcionada, con voz quebradiza. —¿Qué estaba enamorado? —se pregunta, confundido—, no creo en eso. Me soltó, dejándome cuidadosamente de pie nuevamente. No solo toqué el suelo sino también la realidad. Él jamás se enamoraría de mí. No se enamoraría de nadie. —No vuelvas a decirme que podrías enamorarte de mí —mi voz es baja, estoy enojada y muy triste, mis ojos se humedecen para los suyos—, no lo digas, porque podría pensar que en verdad lo quieres así, pensé que en verdad me querías. —Te quiero. —corrige, acercándose, me hago a un lado. —No vuelvas a besarme con un corazón lleno de dudas, Trey. —No son dudas, yo… —No me tendrás a tus pies —le aclaro, cabreada, no quiero oírlo, ya no—, y mucho menos seré tu novia. Él quería mi piel. Yo estar en su corazón. La ecuación perfecta para un corazón roto. —Siempre consigo lo que quiero, Mia. Eso lo sabía, pero ¿Y lo qué quiero? Mis planes y metas no iban a ser marginados por nadie. Yo tenía un futuro y aunque lo quisiera en él, no le permitiría ser algo efímero, si él iba a estar debía ser permanente. No buscaba algo pasajero con él, todo lo contrario, su amor era algo que quería eternizar. En este mundo donde cada cosa dura menos, y la inestabilidad está de moda; yo necesitaba a alguien qué construyera una vida conmigo. —Siempre hay una primera vez para equivocarse. La reciente herida en mi corazón empezó a sangrar por mis ojos, voy por mi bolso, huía de él. —No quiero lastimarte. —trató de acercarse. Lo aparte indiferente. —Ya lo hiciste. Y muy fuerte. Se queda mirándome, no dice nada, paso por su lado, me sujeta del brazo suavemente, tiro de mi brazo muy enojada. —No me toques. —zanjo cruzando de brazos. —Dame tiempo… —Llévame a casa. —pedí fríamente saliendo de la cancha, ignorándolo. —Colibrí. —siguió llamándome, lo ignoré y seguí caminando. Steven tenía razón. Trey nunca me tomará en serio. Abriendo la puerta de su Lamborghini, me coloqué mis auriculares para no escucharlo y me contuve de mirarle. Al final, cumplió con lo que me dijo “Voy a demostrarte que no soy como piensas”. Definitivamente, él no era como yo creía. Era peor. Trey no habló ni trato conmigo en todo el camino de regreso. Con mis pies en el suelo de mi departamento, me dirigí a mi recámara. Encerrarme en ella era una opción que escogería. Cerrando la puerta tras de mí, sentí que iba a explotar, mi pecho reventaría de un momento a otro. Mis ojos se volvían más pesados, más líquidos y mi mente no dejaba de repetirme lo sucedido. Pensé en ducharme, un baño seguro lograría calmarme. Pasé seguro antes de dirigirme al baño. Ya relajada y con menos caos internos. Me senté en mi cama. Y me sentí sola. Necesité un abrazo. Un abrazo de papá. Busqué mi teléfono decidida a llamarlo. —Mi niña —me consintió su tono adorable—, ¿Cómo te fue en el trabajo? Mantenía a papá al tanto de todo. Mi trabajo fue la causa por la que no pude visitarlos, pero dentro de unas semanas pediría permiso para hacerlo. Debía ver a mi hermana. Verlos a todos. —Fue genial. Soy una excelente asistente —alardeé—. ¿Y mi hermana? —Está muy bien, hoy fue su primera ecografía. Estaba tan pequeñito, Mi niña. Y sus latidos fueron el sonido más hermoso que he escuchado. —contó con satisfacción. —Ojalá hubiera estado allí —soné melancólica—, cuando los visite la obligare a ir conmigo. Quiero ver y escuchar a mi sobrino o sobrina…Los extraño una infinidad. —Nosotros igual, extrañamos tus carteles brillantes, mi niña. —Voy a intentar ir cuando pueda —confirmé—. Más les vale no haberse metido con mis murales artísticos. —bromee con mis garabatos en las paredes. —Eso aquí es visto como ilegal. —bromeó también. —Te amo. —No más que nosotros. Tengo que colgar. Nancy necesita ayuda con la cena. Lo oí apresurado y pude escuchar a mi nana pedir su ayuda. Reí porque no era muy amable la manera en la que lo hacía. —Dales mis saludos a todos. Los veré pronto. —Claro que sí, mi niña. Me llamas mañana. —colgó. Miré mi celular y navegué un rato para distraerme. Al rato de unos segundos escuché que movieron la perilla de la puerta, era el Tarado. Obvio que no entró, todavía seguía con seguro y la verdad es que no se lo quitaría. No quería verlo. Vi su sombra debajo de ella, suspiró y dio tres toques suaves. No obtuvo respuesta. —Colibrí, hice de cenar. —sonó pasivo e incluso paciente. Ignorado. —Por favor, abre la puerta. —rogó con voz apagada. No me importó. —Quiero arreglar las cosas. —Muy tarde, Trey. —dije cortante. —Por favor. —No. —Bien. Cenaré solo. Sé lo que quería lograr. Quería hacerme sentir culpable de su tristeza y causar lástima. No lo lograría. —Buen provecho. Y su sombra desapareció por el pasillo. Se fue. Seguí jugando en mi teléfono Criminal Case, no era muy buena en criminología, pero me entretenía buscando pistas e interrogado a los sospechosos. Iba muy lejos en cuanto a niveles cuando la puerta volvió a sonar. —Te guarde tu cena, por si quieres comer —susurró—. Colibrí, de verdad, quiero solucionar las cosas. Sí, soy un idiota, no pensé que te importara tanto mis sentimientos, lo siento. No digo nada. —No podré dormir sabiendo que estás enojada conmigo. Me quedé en silencio pensando en que hacer, mejor esperar a que se vaya. —No podría. —repitió. —Gracias por lo de la cena —agradecí—, y puedes irte a dormir tranquilo no estoy enojada contigo. Cosa que era mitad cierta y mitad mentira. —¿No lo estás? —Sólo estoy desilusionada, tus sentimientos son importantes para mí, eso es todo —fui sincera—. Buenas noches. Transcurrió unos segundos interminables antes de oírlo decir: —Lo siento —se lamentó—. Buenas noches. Miré de reojo la puerta sintiendo una leve tristeza. Aquí volvíamos al reglamento: Regla numero 2: Intentar ser inmune a los encantos de Trey. ¿Existiría una vacuna para eso? Así, con mis evitaciones y comportamiento distante traté a Trey durante dos largos e incómodos días. No les mentiré, empezaba a sentirme cruel con respecto a eso, pero Trey mejoró su comportamiento, no decía piropos pervertidos, estaba más atento a mí, usaba más las desconocidas palabras “por favor” cuando pedía algo, comenzó a cambiar. Hemos asistido al grupo de apoyo, de mi parte sólo hubo escasa e insignificante información recolectada. Tenía al peor compañero de proyecto. Don enigmas seudónimo Trey. Éste ni siquiera tenía un cuaderno. Ni un lápiz. Ni Información. Nada. Trey seguía siendo el mismo que conocí ese día. Un atractivo chico con un misterioso pasado. Del cuál sabía cada vez menos. La barrera que él construyó con sus palabras me impedía acercarme. No quería terminar mal. No quería que ninguno de los dos saliera herido de lo que sea lo nuestro. Faltaban pocos días para terminar mi sentencia. Hasta entonces seré su novia. Sin involucrar mucho mis sentimientos. —¿Quieres café? —sugirió Trey. Negué. —¿Jugo? Volví a negar. —Ya sé, quieres el batido vitamínico. Mi cara se exprimió del asco memorando el vómito licuado. —No tomaré ese veneno mal disfrazado. —¿Una malteada? Tanta insistencia me dio migraña. Todas las mañanas era lo mismo: Levantarme a desayunar y encontrar un bufe de cinco platos preparador por él con el propósito de consentirme. Sin embargo, mi lado rencoroso me decía que lo hacía para enmendar su error, o por lo menos arreglar las cosas. Cualquier chica estaría feliz al lado de este chico. Una mitad de mí lo estaba. La otra ya no sabía que sentir. —No quiero nada. —Yo te quiero a ti. —No me quieres, sólo me deseas. —increpé. —En partes iguales. Yo reí por lo bajo. Mi mano dibujaba la silueta femenina de mi siguiente boceto. No dije nada, era mejor estar en silencio. Obtenía más concentración. —Me gustas, Colibrí. —lo miré de reojo. Sus labios articularon con énfasis la última línea, los observé con devoción. Labios dulces y frescos. El recuerdo de nuestro beso en la cancha se reproducía una y otra vez, aturdiendo mis sentidos. Mi boca de pronto se sintió seca. Sacudí mi cabeza intentando deshacer ese pensamiento dentro de ella. La verdad. La difícil e innegable verdad, era esta: me gustaba Trey. Me era irresistible no desear besarlo de nuevo. —¿Cómo estás tan seguro de eso? —pregunté volviendo mi vista al bosquejo. Tenía en mente un vestido muy largo. De gala muy extravagante y elegante. —Tal vez sea un idiota, pero tengo un corazón muy terco que no para de decirme que eres tú lo que quiere. —miró directo a mis ojos. Claro, si tenía el corazón en la entrepierna, obviamente soy yo lo que quiere. —Claro. —seguí en mi bosquejo. —Tú me llenas de color. —Tú no sabes de colores. —Claro que sí. Asentí poco interesada. —Tus sonrisas me mostraron el amarrillo, tus labios son el rojo del que tanto hablan, el azul fue tu voz, tu risa es el morado, tu cara enojada me llena de verde, tus sueños me pintaron de índigo y el único naranja que conozco es el de tu mirada. Yo paré de mover mi lápiz para observarlo, sus ojos estaban inmersos en sinceridad. —Mis ojos no son naranja. Sonrió. —Claro que sí, tus ojos son del tono de marrón más hermoso que haya visto —se acercó—, son del tono de la persona que me gustas. Sus palabras hacían eco en mis oídos. Mi mente solo procesaba a cero voltios la información. Le gustaba. —Tú también me… —saboreé la confesión en mi lengua, me supo amarga—. Olvídalo. Tragué la verdad con mis mejillas prendidas. —No hace falta que lo digas —indica, sonriente—. Sé que te gusto. Negué. —No tienes pruebas. —Tus mejillas son un buen testigo —arguya, sabiendo que gana—. Sentencia. Bajé mi rostro volviendo a mi boceto. No podría en evidencia la pena y vergüenza en mis tomates, es decir, mejillas. —Sé amable. —pedí, diseñando es escote del vestido. —Tengamos un viaje en globo. Mi vista volvió a él al oír globo. Desde muy niña he querido ir a uno. Saber que se siente estar arriba de las nubes y más cerca del sol. Sonreí involuntariamente. Tenía que aceptar. —Hecho. Mi boceto cobraba vida mediante cada marcada del lápiz. —¿Cómo supiste que lo tuyo es la moda? —inquirió Trey con su vista en mi bosquejo. Fácil. —La respuesta es una larga historia. —Quiero oírla. —Mi papá era, bueno sigue siendo un el líder de un grupo de rock. Mi hermana y yo crecimos en ese entorno musical, nos solíamos vestir como minis estrellas de rock —reí al recordar mi pomposo cabello—. Era un desastre con la ropa. Sin embargo, el primer día de escuela, ningún niño quería acercarse a nosotras. Nos llamaban las raras, las locas... y también desquiciadas. —No te rías de eso. Sí supiera que no me reía de los apodos sino de los calzones chinos que les hacía por apodarme así. —Vale —continué—. Pasamos el primer año escolar sin amigos ni nada. Me harté de eso y empecé customizar mi ropa. Las cosas cambiaron desde que mis prendas eran la envidia de todas las niñas. Para mí la ropa no es solo tela unida con hilos. La ropa siempre ha sido mi armadura. Un escudo protector. Cuando las personas te ven, no les importa tu forma de ser o tus sentimientos. Primero juzgan por la mirada y luego con el corazón. —Tienes buen gusto y gran potencial para llegar muy lejos —sonríe—. Yo creo en ti. —¿Trey Lifford creyendo en algo? —Desde que te conocí he comenzado a creer en muchas cosas, Colibrí. —Me desconcentras. —dije, seleccionando el color para el vestido. —Vendrás a mi partido está noche ¿verdad? Oh. Hoy era miércoles. —Tengo que crear unos documentos que me pidió Gigi. —me excuse. Me arrepentí de haberlo hecho, vi su rostro entristecerse. —Quiero verte allí, Colibrí. Se removió en su asiento, quizá ideando como convencerme. —Si quieres después del partido yo mismo te ayudaré con esos documentos —propuso. —¿Qué más? Pensó. —Ir de compras con mi tarjeta. Carcajee, buena oferta, como rechazarla. Él se ha esmerado en solucionar su idiotez, ha estado aquí para mí, incluso cuando no le pedí ayuda él me la daba. Merecía que fuera, solo por eso iría. Solo porque no se rindió en arreglar las cosas. —Está bien. Sonríe de nuevo. —No te arrepentirás. Desee lo mismo. —Pasado mañana viajare —dije recordando el hecho—. Visitaré a mi familia. Le había insistido mucho a Gigi que accedió a darme una semana libre. No obstante, tendré que revisar correos electrónicos para seguir trabajando a la distancia. Sólo por una semana. —¿Por cuánto tiempo? —Una semana. —Es mucho tiempo. —musito sin intentar ocultar su desacuerdo. —Estaré aquí antes del próximo viernes. —consolé. —Te voy a extrañar, Colibrí. —Mejor nos arreglamos para tu partido. —sugerí caminando hacia mi cueva. El suelo retumbo tras mis pasos descalzos. —Te queda media hora para alistarte. —Genial. —respondí, yendo a la puerta. —Colibrí. Giré para verlo, tenía una mano en su bolsillo izquierdo a lo que la otra rascaba su nuca. —¿Todo bien? —soltó nervioso. Mordí mi labio inferior ya que siempre se preocupaba por estar bien conmigo. Sonreí. Sí, las cosas podían estar mejorando. —Siempre. —respondí cerrando la puerta. Una canción de mi biblioteca comenzó a reproducirse en mis oídos, traía puesto los auriculares de Trey. Los tomé prestado, sin avisar. Baile desplazándome por la habitación, con giros y movimientos de cadera me acerqué a mi armario. Lo abrí como si dentro hubiera el camino al cielo. Pasé mi mirada crítica por cada prenda dentro de él. Le di una oportunidad a un short de jeans oscuro y una camiseta blanca con un logo deforme y cero interesante. Dando saltitos me dirigí al baño. Me aseé y relajé en la ducha, excepto por mi cerebro. Esté únicamente pensaba en lo que había confesado Rey Ricura. Me gustas, Colibrí. —Le gusto. —mordí mi labio inferior evitando que mi grito de felicidad no escapara de mi boca.
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