🦋 15 🦋

4887 Palabras
Por qué los chicos consideraban a Trey como una amenaza. —¿Qué fue eso? —cuestioné, mirándole impactada. —Te estaba molestando. —se excusó mientras se sentaba en la misma silla en donde estaba el chico asustado. No tuve tiempo para contradecirle cuando volvió a hablar. —¿Y las chicas? —inquirió colocando un mechón rebelde de mi cabello, detrás de mi oreja. Al tocarla acarició mi lóbulo, sentí la rugosa y fría tez de su pulgar e involuntariamente cerré los ojos suspirando. Su tacto me relajaba, pero estaba mal. No debo acostumbrarme a eso. Aleje su mano acomodando el mismo mechón, sabiendo que todo acabaría tarde o temprano. En un mes. Regla numero1: No encariñarse con Trey. —Qué tienes. —susurró más cerca. Había movido su silla para recortar nuestra distancia. Trey, colabórame, por favor. —Tania salió y Ashley se fue a bailar. —Quieres bailar. Negué con la cabeza. —Ven, te presentaré con mis amigos. —dijo emocionado y sonriente. Lo acompañé a la mesa en donde él había estado minutos antes. Cuatro galanes rodeaban la mesa. Nos miraban vacilantes, sobre todo a Trey. —Chicos ella es Mia —sonreí pasando mi vista por cada uno de ellos. Se veían simpáticos—. Mi novia. Algo de él me hipnotizó, su mirada inconfundible de brillo especial. Ya había visto esa mirada antes. En mi papá. Recuerdo perfectamente verlo sonreír y verme con admiración cuando recibí mi primer Díez en la escuela. Estaba tan orgulloso de mi esfuerzo que enmarcó mi examen para colgarlo en la sala. Cada persona que llegaba a la casa le contaba sobre mi calificación como si fuese un título universitario. Igual que papá, Trey estaba orgulloso de mí. Estaba orgulloso de que fuese su novia. —Eddy. —se presentó el amigo de Trey. —Carl. —dijo un moreno muy parecido a Eddy. Parecían hermanos. —Chris. —le siguió un chico guapo, sin embargo, la mirada de cazador en busca de carne revelaba lo mujeriego que era. —Mark. —habló un sofisticado chico de ojos verdes y cabello revuelto. Era sexy. —Un gusto conocerlos, chicos. —Siéntense. Necesito saber que hizo para dominar a la bestia de Trey. —dijo Eddy. Yo reí. —No soy una bestia. —se queja él. —Lo fui domesticando poco a poco. —conté y Trey me miró sorprendido. —No, no vas a hablar de mí de tal forma —se ruborizo, ve a Eddy—. Y tú, no soy una bestia —dice, todos ríen—. Iremos a bailar, lejos de ustedes. Tiro de mí hasta la pista, con desanimo me mantuve de pie. —Trey, no quiero bailar. Pero Trey unió nuestros cuerpos con fuerza, podía sentir su corazón latir en mi pecho, su frente se apoyó en la mía, y volvíamos a la cercanía hechizante. —Yo guío, tú disfruta. —contestó con picardía. Chispas. Sonó muy ardiente. Comenzó colando sus ágiles manos en mis caderas, aprontándolas suavemente. Mis brazos buscaron su cuello. Gran error, Mia. Grave error. Su sonrisa pícara aumentó al rodearlo y con ella mis latidos. Empezamos nuestra danza con movimientos lentos guiados por Rey Ricura. Él estaba alocando mi imaginación con sus pasos sensuales y rítmicos. De repente sus manos recurrieron tortuosamente mi cintura. Su agarré era firme y posesivo. Era como si sus manos fueran hechas para sujetarme. —No qué no sabías bailar. Mi memoria me llevó al baile bajo la lluvia. —Era una mentira que te acercaría a mí. Entrecerré mis ojos suspicaces. —¿Valió la pena mentirme? —Lo valió. Trey era muy bueno bailando. —No lo puedo creer. —pensó en voz alta mirándome con fascinación y asombro. Reacción que me dio curiosidad, quise saber que pasaba por su cabeza. —¿Qué? —Es que con ese vestido pareces un ángel. Siento que bajaste del cielo únicamente para bailar conmigo —suspiró—. Hoy tengo un ángel frente a mí y en sus manos está mi corazón. Un ángel. De esa forma me veía. Que tierno. Pensé. Pasamos de izquierda a derecha girando y riendo. —Trey, ¿A qué le temes? —Le temo a pocas cosas —respondió mirándome intensamente—, pero ahora mismo, me da miedo tu vestido. El deseo se incendió sus ojos. Estábamos tan cerca que su aire era el mío. A pesar de eso, Trey quería más. Se acercaba cada vez más y algo dentro de mi quería que no se detuviera. —Tengo que ir al baño. —solté nerviosa rompiendo el baile para dirigirme a paso rápido al excusado. Mis manos temblaban y cada musculo de mi cuerpo estaba tenso. Estos eran los efectos que Trey causaba en mí y odiaba que no tuviese una miga de autocontrol cuando se trata de él. Tengo que mantenerme alejada sino terminaré haciendo cosas de las que me podría arrepentir. Mi cerebro no funcionaba como de costumbre cuando él está muy cerca. Chispas, me estoy volviendo loca por un chico que apenas había conocido hace unos días. Hoy es nuestro primer día como novios y ya era abrumador. Este mes en definitiva iba a cambiar muchas cosas en mi vida. De nada me sirvió relajarme, detrás de mí se encontraba el motivo de mi intranquilidad. —Trey, es el baño de chicas. Ni se alteró, sólo se apoyó en la pared cerca de los lavamanos. —Disculpa si te incomodó mi comentario. El problema no fue lo que dijiste sino lo que causaste en mí. Pensé. —Tranquilo, ya me estoy familiarizado con tu perversión. —No es perversión. Es… tu vestido es... —tartamudeo nervioso visualizando la prenda—. Te queda demasiado bien y no me deja pensar de forma correcta. —¿Gracias? No sabía si era un halago o una explicación. —Eres realmente hermosa, Mia —sonó sincero—. La chica más hermosa del mundo es mi novia. Su labia opacaba a las estrellas y era tan inmensa como el mismísimo universo. —¿Por qué yo? Era una de las preguntas que zumbaba en mi mente. Trey me miró reflexionando que decir al respecto, se acercó hasta estar a mi lado. —Desde que te vi, algo en mí me dijo que, si alguna vez me llego a enamorar, sé que sería de ti, Colibrí —le miró a través del espejo—. No es esa razón suficiente para convencerte de que seas mi novia. Yo analizaba cada palabra que me dijo. Él aseguraba que podría llegar a enamorarse de mí. —Conmigo no te va a faltar amor —trató de convencerme—. Y si te falta, lo hacemos… El ganador del premio al pervertido universal es para…. Trey Lifford. Este chico tenía una mente +18 en HD4K, y yo que juzgaba a Steven por ver porno en mi laptop. —Ibas bien y la regaste con ese final. —dije saliendo del baño con un Tarado a mis espaldas. —Soy directo y sincero —defendió—, aunque me callo todo lo que quiero hacerte. —No soy un juguete s****l, Trey. Hola de nuevo barra. —No te considero como uno, Colibrí. —manifestó serio. —Es bueno que lo tengas muy en claro. Eso evitaría malas acciones futuras. —¿En verdad piensas que te quiero sólo para pasar la noche? —sonó ofendido. No me era difícil esa pregunta. —No trates de meterme en tus sábanas, no lo vas a lograr. —No te quiero para eso. —se molestó. —Pues tus acciones e insinuaciones te contradicen. —subí el tono de mi voz. —Una cosa es que me vuelvas loco con ese jodido vestido, y otra que traté de llevarte a mi cama por llevarlo puesto —franquea, más serio—. Te repito, esas no son mis intenciones. Apretó sus dientes. Le había molestado. Bufo, esto es absurdo. —Conmigo de novia sólo conocerás la abstinencia —le aclaré—, siendo consciente de eso, ¿Quieres que siga cumpliendo tu sentencia? Trey llevaba una vida s****l muy activa. Si renunciaba a ella significaba que le importaba nuestro teatrito de noviazgo. Significaría que yo le importaba. Mi comentario fue detonante del fuego en sus almendros ojos. —Hasta el último día —se refería a la sentencia—. Te voy a demostrar que no soy como piensas, Colibrí. —Como digas. —dije harta del tema. Bostecé y sentí unas ganas inmensas de dormir. —Vámonos, tienes que dormir. El dominio se notó en su mano en mi espalda baja. —Lo más certero que has dicho el día de hoy. Caminé lentamente hacia la salida, me dolían los pies por los altos zapatos, sin resultar que por lo nuevo que eran me lastimaron un poco la parte de atrás de mis adoloridos tobillos. Tener unos centímetros de altura tiene un costó alto. —No debiste ponerte esos zapatos. —opinó Trey. —¿No nos vamos a despedir de las chicas? —Las chicas se fueron hace unos minutos. —me contó. Ya afuera del local, corrí sin importarme el dolor en mis pies hasta su Lamborghini y dentro de éste me quité desesperadamente mis tacones para lanzarlos a los asientos traseros. Eran muy lindos y estaban en tendencia, pero mis pies necesitaban libertad, al estirar mis dedos pude sentir el alivio en mis piernas. También las pequeñas úlceras en mis tobillos dolieron. No podré ponerme zapatos por un tiempo. En cuanto a Rey Ricura, me observó vacilante y rio por lo bajo. Mi desgracia le causaba gracia. Mal, muy mal, Trey. —De qué te ríes. —exigí saber, entrecerrando mi vista. —De que eres como una niña pequeña. —soltó entre risa y risa. Tarado. —Disculpe mi comportamiento Señor Madurez. —ironicé cruzando brazos con mi cara de “No molestar”. —Sí, definitivamente eres más hermosa cuando te enojas. —Seré Miss Universo si no enciendes el auto. —dije entre dientes escupiendo rabia. Y él inteligentemente obedeció. Rápidamente me dirigía mi habitación aún descalza. Estando dentro no pensé dos veces en lanzarme a mi cama. Oh, cama. Cuanto te he extrañado. Trey me miraba mientras se apoyaba en el marco de la puerta y por nervios me senté sobre mi colchón. En sus manos sujetaba una bolsa de gomitas. Mis gomitas favoritas. —Dame tus pies. —pidió. Yo negué sabiendo que notaría mis úlceras. Si el las ve les pondrá alcohol y me dolerá mucho. Mejor que se curen solas. —No. —dije rotundamente. —Tus pies. —insistió tajante. Moví mi cabeza frenéticamente diciendo que no se los daría. Trey miró detrás de mi alarmado. —No te muevas. Es una araña. ¡¿UNA ARAÑA?! —Quítamela. Quítamela. Quítamela... —repetí aterrorizada. Odiaba a las arañas. Cerré mis ojos de sólo imaginarla subir por mi cabello. Por otra parte, un jalón en mi pie izquierdo me hizo sentir el dolor de la llaga en éste. —¡Ay! —chillé. Trey me regaño con sus celestes ojos y por primera vez no me gustó lo que había en ellos. —Si no las curas, seguirán doliendo —hablaba de las úlceras—. Ya vuelvo. Salió de la habitación y al cabo de unos minutos regresó con un botiquín en sus manos. Lo puso justo a mi lado y al abrirlo vi medicamentos, algodón, alcohol y curitas. Alcohol, mi enemigo. Trey cogió un algodón para humedecerlo con Alcohol. De solo pensar en el ardor que sentiré apenas el algodón toque mi herida, me ponía nerviosa. Tenía un muy mal recuerdo con el Alcohol. —Trey. —supliqué con voz temblante. Eso ardería a millón. —Toma —ofreció la bolsita de gomitas abierta—. No te dolerá, seré muy cuidadoso. Abrí la bolsa de gomitas deseando que me tranquilizaran un poco. Lo consideré bastante antes de asentir entregándole mis tobillos. Una de mis manos estrujo las sábanas blancas y cerré mis parpados con fuerza. Estaba preparada para el ardor que sentiría. —Cuando era pequeño iba con mi abuelo a los partidos de Básquet... —empezó a contar—. Me gustaba mucho ir con él. Decía que era muy bueno para mi edad cuando enceste mi primer balón. Mi abuelo disfrutaba de cada partido con tanta devoción y felicidad que olvidaba sus problemas. Así que fue su abuelo quien lo motivó a ser jugador de Básquet. —Yo quería hacer lo mismo que esos jugadores. Quería que cuando le gente me vieran jugar sean felices —sonrió—. Estando en la cancha tengo el poder de desaparecer en las personas cualquier problema incluyendo los míos, aunque sea por unas cuantas horas. —Si te gusta mucho el básquet, por qué estudias derecho. —¿Cómo sabes que estudio derecho? Oh, Chispas, metí la pata. —Em…Lo escuché decir a unas personas en el partido. Buena idea. —En realidad, seré abogado dentro de unos meses. Me haré cargo de una firma de abogados de mi familia. —Pero… ¿eres feliz con eso? —desee saber. —Defiendo a las personas jurídicamente —reflexionó—. Me gusta ambas cosas. —¿Entonces serás abogado de día y Starboy de noche? —bromee riendo. —No, yo quiero ser tu novio las veinticuatro horas del día. Adorable eres, Trey, adorable y dulce. Ya cálmate, Mia. —Listo. —avisó sobre las úlceras curadas. Miré asombrada mis úlceras secas. Wow, ¿Cuándo pasó todo eso? —Que... ¿No duele? —pregunté confundida. —No si estás concentrada en otra cosa. Como en mi historia, por ejemplo. —dijo buscando unas benditas. Yo había creído en la posibilidad de que existiese el alcohol con anestesia. —Tu abuelo debe estar muy orgullo del gran jugador que te has convertido. —solté observando las benditas en mis tobillos. —Murió cuando tenía doce —confesó nostálgico sentándose a mi lado—. Nunca pudo ir a un partido mío. —Pues no dudo que esté presumiendo de su nieto Starboy en el cielo —consolé sonriendo—. Gracias por curarme, y siento mucho lo de tu abuelo. —No hay de qué. Buenas noches, Colibrí. —plantó un beso en la cien. Y salió de mi cueva sin prisa llevándose el botiquín y mis ganas de dormir. Fui al baño para cambiarme. No iba a dormir con ese mini vestido puesto. Al quitármelo lo arroje a… Ni idea. No quería volverme a poner esa cosa. Aunque Trey te diga Ángel, Mia. Me hablo mi conciencia. Yo tenía una conciencia peor que Pepe grillo. Si la escuchaba terminaría peor que Pinocho. “Mi novia.” No es lo que se dice sino cómo se dice, lo que marca la diferencia. Trey se enorgulleció de decirlo. Quería gritarlo. “Desde que te vi, algo en mi me dijo que, si alguna vez me llegó a enamorar, sé que sería de ti.” ¿Podrá Starboy enamorarse de mí? Sr. Techo, tenemos mucho de lo qué hablar. ♡♡♡ Los días pasaron con rapidez, mi día a día con Trey han sido divertidos. He sabido un poco sobre él está última semana, su comportamiento era dulce, tierno, pero sin dejar de ser un mandón patológico que seguía con sus piropos pervertidos, dejé de reprenderlo cuando me di cuenta de que formaban parte de él. Me aceptaron en el trabajo, Trey al enterarse no dudó en festejar, estaba muy feliz de que me hayan contratado al igual que yo. De hecho, hoy era mi primer día y los nervios sacudían mis jugos gástricos. Espero dar lo mejor para que funcione. En cuanto al examen de admisión, todavía no me convence la idea de trabajar y estudiar al mismo tiempo. La mañana empezó mal. Trey había hecho un batido nutritivo. Nutritivo mis ovarios, esa cosa olía a pestilente y su color era verde vomito con textura viscosa. Según él tenía muchas vitaminas y proteínas. Podría tener hasta petróleo y yo ni lo bebería. Me daba asco. —No tomaré esto. —apunté arrugando mi nariz. —No sabe tan mal. —Tampoco se ve bien. Mejor cereales. —Hoy tengo práctica. Quiero que vengas conmigo. —demando. —Bien, haré todo lo posible por salir temprano del trabajo. —Eres la diseñadora más sexy del mundo. —alagó con una sonrisa pícara. —Y la más talentosa. —completé humildemente. Nótese el sarcasmo. —¿Podré almorzar contigo en el trabajo? —No lo sé —saboree el último cucharon del tazón de cereales—. Ya me tengo que ir. —Espera, te llevaré. —habló tomando el tazón como vaso y bebiendo todo su contenido. —Pero…—iba a refutarle, me interrumpió. —Nada de peros. Es tu primer día de trabajo, no me lo voy a perder por nada. Tomó una manzana a su paso para salir del edificio. —Vaya…—solté asombrada frente la tienda donde trabajaría. Era muy elegante y ostentosa. Te daba la impresión de que sólo respirar ahí dentro sería todo un placer. —Es linda —simplificó Rey Ricura—. Me llamas al terminar tu trabajo, vendré a buscarte apenas me hayas colgado. —embozó una sonrisa tierna. Voy a derretirme. —Lo haré —le prometí—. ¿Qué harás mientras? Trey no solía despegarse de mí, eso me mitad preocupaba y mitad me fastidiaba. De repente me pregunté qué haría en su tiempo libre. —Tengo unas prácticas pendientes y realizar un ensayo sobre…. Vi cómo unía sus pobladas cejas en señal de confusión. El mini Trey buscaba el tema de su asignación en los archivos polvorientos y perdidos en su memoria. Sus cejas volvieron a su lugar y sus ojos brillaron. Había encontrado el archivo. —Sobre la teoría del delito. Sonaba a un tema muy complicado. —¿Y cuándo es la fecha de entrega? —inquirí intrigada. —Mañana. —dijo con despreocupación insana. Yo lo mire incrédula. Cómo podía estar tan tranquilo. —¿No te estresa ni un poco? Qué clase de extraterrestre era. —Tengo todo bajo control. Además, me distraes demasiado. —Lo que me faltaba. Que me culpes de tu mal desempeño universitario. Resoplé indignada. —Los dos somos culpables. Tú, por ser mi distracción, y yo, por no resistirme ni un poco a ti. Sonreí un poquitito nada más. —Ya se me hace tarde, nos vemos luego. —me despedí rápidamente viendo la hora en mi reloj vintage. Chispas, iba tarde. Calmante que a tres pasos está la puerta. —Nos vemos luego, Colibrí. Me estrujo entre sus fuertes brazos, alzándome para dar vueltas. —Estoy tan feliz por ti. —y me soltó luego de tres giros que me desorientaron. Mi cabeza aún daba vueltas, pero Trey poseía la sonrisa más hermosa que detenía en mi cualquier sismo. Siempre y cuando no estuviera muy cerca porque si no él los ocasionaba. Él comenzó a caminar pausadamente de espaldas. No dejaba de mirarme en cada paso que daba. Parecía un tonto con sonrisa de tonto. Agite mi mano en gesto de despedida. —Te voy a extrañar. —articuló con nostalgia. Oh, Rayos. Porqué sentía unas ganas tremendas de abrazarle. Vamos. Abrázalo. Lo necesita. Tú lo necesitas. Concorde por primera vez en mi conciencia. Necesitaba abrazarlo. —Espera. —dije tomando aire con esencia a impulso. Y caminé pacientemente hacia él. Al estar a una distancia prudente, Lo hice. Lo envolví con mis brazos. Debido a su desproporcionada altura, me vi obligada a ponerme de puntillas sólo para lograr estar en su hombro. Estando allí cerré mis parpados para disfrutar del momento. Al principio sentí el robusto cuerpo de Rey Ricura tensarse. Lo había pillado por sorpresa. No tardó en responder mi acto cariñoso. Sus gigantes manos me sujetaban con firmeza, con añoranza. Él bajó su cabeza hasta escabullirla en mi cuello. Su respiración caliente me erizo la piel. Me costaba aceptarlo, pero me gustaba esa sensación. Emoción que me encendió mis mejillas, ardían y quemaban. Avergonzada de mi delatador semblante, rompí el abrazo para desaparecer tan rápido como un rayo tras la puerta. Respire intentado explotar mis pulmones y enderece mi postura en inmediatamente comencé a explorar la tienda en busca de mi jefe. Carlo. Lo localice fuera de su oficina. Hablaba con su secretaria. Norma. Ella me caía mal. —Buenos días, Carlo. —Buenos días, Mia —saludó con una sonrisa de labios cerrados—. La directora te espera en la sala de diseño. Quiere ver tus bosquejos. —informó amablemente. Asentí encaminándome a la sala de diseño… Guiándome de mi brújula mental. La cuál no está tan averiada como pensaba, di con la sala y respiré profundo antes de entrar. Para mi sorpresa. Una fiera rosa esperaba expectante mi llegada. La directora de diseño, es decir, mi jefa. Era la mismísima Gigi. —¿Mia? —preguntó atónita. Asentí procesando la información. Trabajaría para Gigi. ¿Podían ser las cosas peores? Lo dudo. —Seré tu asistente. —elaboré una sonrisa. —Siéntate —señaló la silla de enfrente.45 Fui obediente al sentarme. —Tus bocetos. —exigió. Sin vacilar le tendí la carpeta llena de mis propios bosquejos, empezó a ojear cuidadosamente todos y cada uno de ellos. Su rostro no me decía nada, era tan serio e inexpresivo que alocaban mis nervios. Sentí las manos sudar con su entrecerrada mirada y su alzamiento de labios sólo incitaban a peinarme el cabello desesperadamente. Limpiando mis sudadas manos me motive a mantener mi confianza. No caería de nuevo en el tic nervioso. —Eres muy… —dejó la frase en el aire, justo en el aire que no lograba respirar—. Buena. Buena. Relaje mi cuerpo y exhale mi nerviosismo. —Gracias. —Tienes un estilo único y diferente. Me gusta —pausó—. Necesitó ayuda con estas copias. Me entregó una carpeta que había sacado de un cajón. —Ah, y un café —–añadió—, sin azúcar. ¿Copias? ¿Café? —¿No voy a diseñar para la tienda o ayudarla a crear colecciones? —pregunté decepcionada. —¿Qué esperabas? Eres mi asistente. Si llego a necesitar tu opinión te lo haré saber. Yo moví mi cabeza entendiendo lo que acababa de decirme. No esperaba que las cosas fueran color de rosa. Además, no hay nada mejor que empezar desde cero e ir subiendo escalón tras escalón por méritos propios. Sonreí y fui a hacer lo que me ordenó. Tenía la sospecha de que a la impresora no le simpatizaba en más mínimo. No cooperaba para nada. Se dedicó a agotar mi paciencia. Había gastado alrededor de diez hojas intentando hacer una sola copia. Lo sé. Patético. Bufe frustrada. Entonces cuando pensé en que poner en mi renuncia, una mano delgada colocó la hoja y presionó botones del malévolo artefacto. Era una chica me miraba chistosa. —Puedes reírte. —le permití. Y ella estallo a carcajadas. —En serio, tu impaciencia es admirable —riendo limpió una lágrima y extendió su mano—. Nora. —Mia. —estreché su mano. —Bien, Mia. Te explicaré cómo funciona Trola. Acariciando a la impresora. —¿Trola? —apunté a la máquina cruel. —Sí, la que nos descontrola —alegó—. Mira la hoja no se coloca así sino por la parte trasera, es decir al revés —asentí—. Los botones se estancan en ocasiones, presiónalos fuerte. Y el último de verde funciona con tres toques. —Ok, ya entendí. Ahora… ¿Cómo funciona la cafetera? —pregunté con un poco de pena. No sabía cómo hacer un café. No puedo tomarlo, según mi última psicóloga era dañino para mi ansiedad. Obtuve una mirada divertida de su parte. Estaba disfrutando esto. —Ven, yo te explicó todo. Y efectivamente, aprendí a hacer un café. Sólo que el primero fue con azúcar y Gigi no lo quería con azúcar. Lo tuve que hacer de nuevo. Paciencia, estírate como goma de mascar. Le suplique. Cumplí con mis deberes al entregarle sus pedidos a Gigi. El resto de mi jornada laboral se basó en estar sentada esperando a que mi jefa me llamase. Comencé a doblar papeles que se encontraban arrugados en el suelo formando con cada plegada una figura de origami. Mi celular vibro en mi bolsillo. Miré de reojo a la fierecilla rosa, conformando lo ocupada que estaba y desbloqueé mi celular debajo de la mesa. Opté por activar el silenciador para ser más precavida. Era un mensaje. Futuro Esposo ♡ Te extraño. 11:34 am Mi corazón gritó. ¡Me extrañaba! Cuando mis dedos iniciaron a teclear la respuesta, Gigi habló deteniendo mi contestación. —Mia, imprime estos documentos, luego si quieres puedes retirarte. Ya se acerca el almuerzo. Agarré los mencionados documentos y felizmente caminé hacia Trola. Tal y como Nora me lo indicó presione los botones con fuerza y el verde tres veces. La amplia sonrisa al ver la impresión correctamente ejecutada. Me convencí de que Trola no era tan despiadada como creía. Teniendo las impresiones en mis manos. Saqué mi celular para avisarle a Trey que saldría en unos minutos. Espero y su ensayo esté realizado. —Aquí tiene —coloqué la carpeta con las impresiones—. Me retiro, hasta mañana. —Que tengas una linda tarde, Mia. —deseó mirando satisfecha las impresiones. Al salir del edificio, mi vista dio con un Lamborghini familiar. Un guapo chico se hallaba recostado en su capó. En cuando Trey me vio, se acercó con delicadeza. Sonreía en el corto trayecto. —Y… ¿Qué tal? —inquirió balanceándose de un lado al otro. —Bien —respondí simple—. Vamos a almorzar o mi hambre acabará conmigo. —Claro, almorzamos en el Rockabilly. —Con torta de chocolate. —anhele dando golpecitos a mi panza. —Con malteada de cereza. Uf, sí. Una deliciosa y apetitosa malteada. Mi boca se hizo un océano. —Vámonos ya. —ordené entrando a su auto. Entre kilómetros y platicas después, frente a mi estaba mi grato almuerzo. Mi estómago rigió en señal de su frustración. —Parece que te hubieses tragado una banda de rock. —comentó Trey riendo. —Tengo demasiada hambre. Mordí la deliciosa hamburguesa. Sublime. La tarde era buena corriendo, pero el Rockabilly no parecía estar consciente de ello. —¿Terminaste el ensayo? —pregunté para hacerle conversación a Rey Ricura. —Sí. Tengo la práctica dentro de media hora… ¿Quieres venir? Di que sí. —suplicó en un irrechazable puchero. —¿Qué pasa si me niego? —Me harías extrañarte la otra mitad del día. Sonrío. —Leí que extrañaste. —Toda la mañana. —Está bien —accedo—, iré a la práctica. La verdad, no quería estar sola. No quería alejarme de él. Entonces Trey pasó su índice por el glaseado achocolatado de mi pastel y en un ágil e inteligente movimiento retiró el exceso de crema en mis labios. —¡Ey! —exclame enojada. —Que sexy. Lo dijo con tanta sensualidad y picardía que estancó mi sistema nervioso. Mi cerebro dejó de funcionar y mi cuerpo no reaccionó. Rey Ricura era atractivo por naturaleza y sexy por decisión. Lamí mis labios saboreando el chocolate en ellos. —Deja en paz a mi torta. —brame con severidad. —No me apetece probarla. —miró con asco el pastel. No le gustaba el chocolate. Mis dedos picaban. Quería vengarme del bigote que él mismo pinto en mi boca. Pensé en una estrategia para lograr mi objetivo. Miré detrás de Trey a algún punto de la pared, nada en específico, coloqué mi mejor cara de intriga y curiosidad. Como si mirase a un unicornio. —¿Qué miras? —intrigado giró para unírseme. Caíste. Tomé rápidamente mucho glaseado con mi índice y lo llevé a su mejilla. Yo, sonriendo por mi victoria mientras Trey arrugaba su nariz. Giro y en sus ojos vi asombro, todo opacado por su sonrisa juguetona. Oh, no, algo se le había ocurrido. —Guerra quieres –miró la torta y a mí dejando en claro sus intenciones–, guerra tendrás. Yo no quería estar cubierta de chocolate. Así que me levanté del asiento. —Trey… Basta. —rogué. —Yo lo empiezo. Yo lo termino. Se abalanzó con la tarta en sus manos. Yo logre a duras penas esquivarlo y correr pidiendo que se detuviera, pero Trey en ese momento lo que menos tenía era oídos. Fue gracioso verlo perseguirme con su cara embarrada con crema de cacao. Yo debía estar peor. No paré hasta llegar a la puerta y salir. Creí que eso lo detendría. No, no lo hizo. Ahí justo entre su coche y el restaurante, delante de mí estaba mi enemigo. Uno muy lindo. —Trey, lo siento. Discúlpame. Lo lamento, pero no me ensucies con eso. —imploré mirando la torta en su mano. Por favor. No. Por favor. —Sólo si me das un beso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR