—Trey —respiraba forzosamente—, los… —se detuvo para observarme—. Los cupcakes.
—Eres tan irremisiblemente sexy. —aduló, separándose para checar la cocción de los pastelillos.
Suspiré y traté de normalizar mi torpe y agitada respiración. Mis manos tocaron mi pecho pidiéndole a mis pulmones un poco de calma, al hacerlo, toqué mi cuello hecho un lío de crema. La mezcla empezó a tornarse pegajosa en mi piel. Tanto que me incómodo.
Dudaba que fuese eso lo que me tenía incomoda. Trey había pasado los límites de espacio personal. Y yo había quebrantado mi regla número dos: resistirme a sus encantos. Primera regla que establezco. Primera cosa que hago.
Mis labios se percibían hinchados, lo sentí cuando los mordí. Ni hablar de mi cuerpo, temblaba y vibraba por el deseo encendido en mi interior.
Mi autocontrol se había ido a Hawái de vacaciones o en verdad me estaba enriqueciendo.
—Voy a bañarme.
—Yo podría ayudarte con eso. —sonrió pícaro, mientras degustaba sus dedos o la crema restante en ellos.
—No te preocupes, sé bañarme.
Salí corriendo para evitar quebrantar mi reglamento dos veces en un día. Eso si no lo permitiría.
—No caigas, Mia, no caigas. —me advertí a mí misma.
Trey era como trampa mortal.
Alejarse es lo que haría cualquier persona en sus cinco sentidos.
Y en este mundo están las personas con cinco sentidos y luego yo, la chica con poco sentido común.
Precisaba poner distancia entre esa tentación con vida y mis sentimientos.
—Lista —dije, ya bañada y vestida, saliendo de mi habitación—. ¿A dónde iremos?
—Es una sorpresa. —comunicó desde la cocina.
Oh, como aborrezco las sorpresas.
—Será mejor que me lo digas. La última vez que alguien dijo sorpresa terminé en un grupo de apoyo, no me sorprendería si contigo termino en la cárcel.
—O en mi cama.
Fulmine con mis ojos sus intenciones.
—O en la cárcel por evitar que lo hagas. —disputé elevando mi tono.
—No lo haré —aseguró, riendo, mas no me fiaba de sus palabras—, no haré nada que tú no quieras.
Sonrió engreídamente.
No pongas a prueba mi delgada y casi inexistente resistencia, Trey.
—No quiero sorpresas de mal gusto, Trey —espete hostigada, mi estomago me pedía desayunar—. ¿Los cupcakes?
—Están en la nevera —informó, viendo su celular—. Linda camisa.
Miré la relativa prenda, era simple y sencilla. Nada extravagante. Además, hacía buen juego con mi pantalón de mezclilla claro y mis sandalias.
—Gracias —agradecí el cumplido, busco los pastelillos de chocolate en el refrigerador—. Se ven deliciosos —evalué su aspecto crujiente, y su aroma era magnífico— y huelen aún mejor.
Deje la charola en la encimera, en medio de ambos. No tenían glaseado, quería sumergirlos con Nutella, pero tenía miedo de hacerlo y terminar glaseada junto a ellos.
Mejor al natural y sin excedentes.
Mi estómago animó a mi boca a dar un mordisco. Sabían muy bien. El chocolate era intenso. Lástima que ya no supiera igual. Gracias por eso, Trey.
—¿Quieres? —di otra mordida al cupcake.
Asintió, visualizando los pastelillos, quizá pensado a cuál elegir.
Entonces, hizo algo que no esperé. Mordió un cupcake, ninguno de los que estaban en la bandeja, mordió el que yo comía. Su acción fue rápida e instantánea, me dejó con la mitad de mi cupcake en la boca. Reaccioné tarde y le di un golpe en su brazo.
—Auch. —se quejó, acariciando su brazo.
Tampoco le había golpeado con fuerza. Vamos mis brazos eran noventa por ciento huesos y veinte de músculo.
—No vuelvas a hacer eso —reprendí—, no te atrevas.
—Quería ese. —miró mi cupcake.
Puede que exista una posibilidad microscópica de ser cierto lo que dice.
—Es mío, elige otro.
Comimos en paz y armonía. Lo que fue muy raro. Demasiado.
—¿A dónde vamos? —pregunté viendo como colgaba una mochila en su hombro.
Si llevaba equipaje, significaba que iríamos a un lugar apartado, tal vez, lejano.
—Vamos. —sonrió, abriendo la puerta para salir.
—¿No me dirás nada? —bufe, él calla—. Dame pistas.
—Es una sorpresa. —estiró su sonrisa juguetona.
Le encantaba torturar mi curiosidad.
—Por favor —invoqué—, dime algo.
—Algo.
Me golpe la frente mentalmente.
—Por favor.
—Sube. —mandó apuntando a su auto.
Suspire intentando reponer mi paciencia y subiendo a su coche.
—Por favor. —hice puchero.
—No lograrás nada con eso. —expuso mirándome.
—Por favor. —aleteé mis pestañas consecutivamente.
—Tampoco con eso. —risoteó.
Bien. Sólo me quedaba mi último mecanismo de defensa.
Me acerqué mucho, quizá lo suficiente para susurrarle en el oído.
—Por favor. —gemí.
Cerró sus ojos, se estaba conteniendo.
—Colibrí, no me tientes. —tonteó estando frente a frente.
Sus ojos, sus hipnóticos ojos buscaron mis labios. Los relamí siguiendo mi plan de ataque.
—Por favor. —supliqué más cerca, rozando su nariz.
Y justo cuando él tomó la iniciativa de unir nuestras bocas.
—No. —negué, y sonó como una orden a mí misma.
Me aleje, volviendo a mi asiento, dejando a Trey confuso.
—¿No? —confundido masajeo sus labios con su índice.
—No hasta que me digas a donde vamos. —impuse cruzándome de brazos.
Bien hecho, Mia.
Sino iba a soltar la información, me obligaba a recurrir a tácticas más avanzadas para obtenerla. El hecho de saber que le era irresistible, me daba cierta ventaja en el juego.
Ventaja que usaría con inteligencia.
Trey colocó sus manos en el volante, mordiendo sus encantadores labios. Estaba frustrándose. Me miró de reojo.
—Bien. —soltó tranquilizándose.
Yo sonreí ante su derrota. Iba a decirme a dónde nos dirigimos. Esperé expectante su respuesta.
—Prende la radio, será un largo viaje. —aconsejo con diversión.
Imposible. Eso era Trey.
Cerré mi boca con muchas preguntas e improperios en su honor, mientras encendía la radio. Afortunadamente, la canción no era tan mala. Era Worth It de Fifth Harmony. Su sonido era enérgico e ideal para bailar. Sin embargo, la melodía no lograba hacer bailar mi enojo ancestral.
Cruzada de brazos durante tres canciones, hasta que comenzó a sonar Can't Feel My Face de The Weeknd. Era muy buena. El ritmo era pegajoso y la letra fantástica. Me gustó.
—Esto lo sé, sí, esto lo sé. —empezó a cantar partes de la letra Trey.
Yo reí por lo chistoso de sus movimientos torpes y tontos. Incluso se colocó unas gafas de fiesta que encontró en su guantera. Haciendo muecas y gestos chistosos. No dude en grabarlo. Esto no sucede con frecuencia. Mi video marcaría el rumbo de la historia.
Apunté mi cámara hacia un Trey bailando y cantando en su asiento, y entre risas comencé mi grabación.
—Ella me dijo: "No te preocupes por eso" —gritó, con un baile raro de hombros—. Ella me dijo: "No te preocupes más" —agudizó su espantosa voz, bajando sus gafas y moviendo sus espesas cejas—. Ella me dijo: "Nunca estarás solo".
Apuntó hacía la cámara y sonrió. Luego volvió su vista a la vía.
—No puedo sentir mi cara cuando estoy contigo. —tarareo muy alto, moviendo su cuerpo de izquierda a derecha como un cangrejo.
Tape mi boca no quería que mi risa espantosa saliera al aire.
—Pero me encanta —aplaudió con ánimo y me miró—, tú me encantas, oh.
—Para, Trey, por favor —suplique a carcajadas, guardando el video en mi galería—. Estás loco.
Apago la radio.
—Por ti —adiciono sonriéndole a la carretera—. Te ves hermosa enojada, pero cuando ríes mi mundo se embellece. —lo descubrí mirándome desde su nuevo espejo retrovisor.
—¿Falta mucho para llegar?
—Un poco… ¿Qué género musical te gusta?
—Nada en específico —respondí, arrebatándole sus cómicos lentes. Eran gigantes. Parecía una mosca con ellos puestos—. Bzzzz… Bzzzz —imite el subido de la mosca—. ¿Y a ti? Bzzzz… Bzzzz.
—Bueno, linda mosca, me gusta la música electrónica. —dijo mirándome de reojo—. Bzzzz… Bzzzz. ¿Por qué sufres de insomnio?
Aún seguía con problemas para conciliar el sueño. Dormía a la hora correcta, pero me despertaba seis horas después. Anoche dormí toda la noche, Trey estuvo en todo momento conmigo. Me pareció tan raro e inusual el hecho que el insomnio no me visitara estando a su lado. En sus brazos me sentía segura y protegida de todo. Hasta de esas cosas que formaban parte de mí.
No obstante, mis ojeras evidenciaban varias noches sin dormir en los últimos meses.
—Quizá sea el consumir mucho azúcar. —opine, sabiendo que esa no era la razón.
—Entonces, reduciremos el consumo de azucares. Empezando por tus gomitas.
No.
Mis gomitas.
No.
—De ninguna manera —impido declinada—. Puedes deshacerte de todo el chocolate y cereales con azúcar que hay en la cocina, pero mis gomitas no.
—Te están haciendo daño, Colibrí.
—No. —negué con la cabeza. Mis gomitas no.
—Iniciaremos por el chocolate y los cereales azucarados —tomó mi mano—, pero trata de ingerir menos gomitas al día.
Suspiro, le sonrío.
—Gracias.
Estaba conmovida por su preocupación hacia mí.
Él asintió en señal de gratitud.
—¿Cómo supiste de mis problemas con el sueño? Digo, sé que tengo unas ojeras muy marcadas, pero no son exageradas.
—¿Qué ojeras? —su ceño frunció, no sabía de qué hablaba—. La noche que te acompañé antes de que Steven volviera, no dormiste ni un poco. Eso despertó sospechas, pero tienes síntomas notables de no dormir bien. Te cansas con facilidad, te enojas con facilidad, estás casi todo el día irritante, bostezas con mucha frecuencia, no tienes ánimos por las mañanas —las enumera para mí—. Tienes un grave problema de insomnio.
Quedé anonadada por lo atento que era pues ni yo había notado ciertos síntomas.
—No es tan importante. —reste importancia.
Porque sé que exageraba, de vez en cuando dormía mis nueve horas.
—Sí lo es. Si se trata de ti, es muy importante.
—Verás que cuando deje los azúcares, dormiré como un oso en hibernación. Estaré bien.
—Bzzzz… Bzzzz… Eso quiero, que estés bien —apagó el coche, habíamos llegado al desconocido destino—. Te encantará.