Te encantará.
Eso solo me emocionó más. Con ansias bajé de su Lamborghini y lo único que vi fue una gran entrada de lo que se asemejaba a un circo. Pero mi comparación fue errónea ya que el cartel de bienvenida decía: “Atracciones Seaword”. Incluidas las comillas.
Así que, me había traído a un parque de atracciones.
—Un parque de atracciones. —dije en voz alta mis pensamientos.
—Ven —me enganchó su mano, tiro de mí para aventurar cada rincón del parque—. Mira, un barco pirata —señaló con emoción un gran barco antiguo—. Oh, y allí la taza de café giratoria. —miró la gigantesca taza que giraba sin parar.
Sus ojos brillaban y gravitaban por todos lados. Considerando una atracción más increíble que la anterior. Parecía un niño pequeño en una juguetería.
—¿Nunca habías estado en un parque de atracciones?
Era más una sospecha que una duda.
Yo por otro lado, había ido centenares de veces a estos lugares. Contrataban mucho a papá para los festivales y conciertos en lugares turísticos, a dónde íbamos junto a él. Pasábamos más tiempo en sitios famosos que en nuestra casa. Bueno, si tenemos en cuenta que nuestra casa es esa época era una casa rodante.
—Jamás —gozaba del ambiente—. ¿A dónde quieres ir?
—Mejor elige tú.
—Vamos a… —visualizo cada puesto y atracción.
Cuando sus esferas celestes dieron con la montaña rusa, su sonrisa se propagó.
—A la montaña rusa.
No me agradaban estar a altas alturas, pero la ilusión en su rostro era algo que no iba dañar.
—Ok. —cedí y tan pronto como acepté, ya estábamos en la fila.
Alcé mi cabeza para encontrar los caminos y curvas de esa montaña. Los gritos de las personas dentro de los carriles, me obligaba a salir de la fila. Esto era una mala idea.
—Es nuestro turno. —dijo Trey tendiendo su mano para entrar a nuestros puestos.
Chispas, Mia, ten ovarios para subir. Tú puedes.
Junte nuestras manos y la seguridad corrió como descarga eléctrica por mi cuerpo. Subí y abroché mi cinturón de seguridad. Respirando una bocanada de aire que llenara por completo mis pulmones.
Miré a mi acompañante. Rey Ricura estaba tan sonriente y enérgico, no le temía a la velocidad ni a estar muy lejos del suelo.
Trey era valiente y temerario.
—Esto será una locura.
—Sí, una completa locura. —sentí el miedo vibrar en mi voz, o en mis labios.
Cerré los ojos, será mejor que no vea como caemos.
Temblaba, el nerviosismo se apoderaba de mi con cada segundo. Cálmate. Me dije a mi misma. De pronto sentí algo en mis labios, abrí los ojos confundida.
Era Trey. Me estaba besando. Se separó muy pronto esfumando mis nervios y miedo. Fue un leve toque de labios que acabó con mi angustia.
Sonrió y me susurró.
—No tengas miedo, Colibrí.
Todo se fue. Los carriles a toda velocidad pasaban por las desafiantes cuervas y las temibles bajadas llevándose mis nervios, mi enojo, mis problemas y mi pasado. Todo.
El aire azotaba mi cara y limpiaba mi dorso, era como si el viento borrara cosas que quiero olvidar.
Gritos eufóricos salieron de nuestras bocas en cada bajada. Nuestros corazones palpitaban con fuerza y coraje haciéndonos sentir vivos.
A pesar de las innumerables veces que había disfrutado estar en parques de atracciones, nunca había subido a una montaña rusa. El miedo siempre me lo impedía. Ahora veo todo lo que me he perdido por culpa de mis temores.
—Eso fue genial. —confesé, ya con mis pies en el suelo y mi cuerpo lleno de adrenalina y alegría.
—Sabes qué es genial.
—¿Qué? —lo miré interesada.
—Que cada recuerdo a tu lado es otro color en el arcoíris.
Se sentía increíble ser la razón por la cual el arcoíris de alguien es más colorido.
Suspire, y en mi estómago habitó una sensación rara.
—¿Cómo sabes que le añado otro color si no los puedes ver?
—Lo que siento a tu lado es igual a descubrir nuevos colores. Aunque no pueda verlos, tú me haces sentirlos.
Dicen que los colores transmiten emociones, pero…
¿Y si las emociones están llenas de color?
Colapsaba a mis adentros, las hormigas se alocaron y mis hormonas bailaban formaron una pachanga.
—Ahora eliges tú, Colibrí.
—Carritos chocones.
—Soy bueno conduciendo. —alardeó Trey, mientras caminábamos por las tiendas en busca de la elegida atracción.
—Yo atropellando, no me ganarás. —le rete.
—Sabes que no tienes oportunidad para eso.
Me crucé de brazos.
—Eso es en la cancha. Ahora tú estás en mi terreno. Yo no garantizaría tu victoria ni apostaría por ti.
—Apuesto a que no puedes dar en el blanco. —apuntó a un puesto de tiro al blanco.
Tengo una puntería inestable, pero nada perdía con intentarlo.
—Yo primero —decidí, yendo directo al puesto—, ¿Cómo funciona el juego? —tendí un billete para comprar los tres dardos.
—Fácil, cada franja del círculo tiene un puntaje. Entre más cercas del centro, más alto es el puntaje —explicó el vendedor—. Inténtalo y luego hablamos del premio.
Miré con tanta concentración el centro del círculo. Valía cien puntos. Debía darle al menos unas dos veces, si quería ganarle a Trey.
Apunté deseando e implorando que me mi puntería funcionara, retrocedí y lancé el dardo; para mi fortuna; dio en el blanco.
Me sentí como Robín Hood.
—Suerte de principiante. —vocifero Trey.
Bien. Ahora tenía que repetir la misma acción y con esfuerzo llegaría a doscientos puntos.
Respire calmadamente.
Apunté y lancé, pero el dardo salió averiado, dio unas dos franjas arriba del centro.
San de la puntería, guía la trayectoria de mi dardo, que encuentre el camino hacia el bien…hacia el centro.
Escuché la risita burlona de él, tarado. Seso su risa al verme fulminarlos con mi mirada.
Regresé mi vista a lo que en verdad importa. El blanco.
Apunté por tercera vez, retrocedí y tiré el último dardo. Salté al ver que había dado justo en el blanco.
Tanto Trey como el vendedor quedaron pasmados al notar mi talento en esto.
—Ahora hablemos del premio. —esboce una gran sonrisa.
—Son peluches. Tu total de puntos es de doscientos treinta y cinco. Tienes muy buena puntería. —alegó el señor del puesto.
—Es mi novia. —presumió orgulloso Trey.
—Estas son tus opciones de premio. —sacó tres peluches medianos.
Un oso, un unicornio y un delfín.
—El oso.
Elección correcta. Me gustó mucho el osito. Era adorable y esponjoso.
—Tu turno. —musité competitiva.
Vi pasar el billete y el señor le ofreció sus tres dardos.
Trey estaba muy centrado en lo que quería. Ganar.
Primer intento. No dio en el blanco.
Segundo intento. Dio en el centro.
Tercer intento. No siquiera le dio al tablero.
Sí, efectivamente, lo suyo no era la puntería.
—Su puntaje es de ciento treinta y cinco.
Ja, le gané por cien puntos.
—No quiero peluche. —blasfemó generosamente el Rey Ricura.
Que mal perdedor era.
—Vamos a los carritos chocones. —siseó él.
—¿Cómo sabe la derrota? —le provoque, riéndome.
Me encantaba fastidiarlo. Justo ahora con sus cejas hundidas y sus labios fruncidos. Me era imposible no hacerlo.
—La probaras cuando te gané en la próxima atracción. —punteó con su mentón una tienda de videojuegos.
Oh, no. Yo ni sabía manejar un control.
—No es justo. —manifesté mi disconformidad.
—¿Tienes miedo, gallina?
Pasamos de Colibrí a Gallina.
Gallina su madre.
—Claro que no. Podría ganarte hasta con los ojos cerrados.
Mal, Mia, muy mal.
—Ah, ¿sí? Qué tal si me lo demuestras. —abrió la puerta de la tienda.
No me rendiría.
Atravesé la entrada aun sabiendo que pasaría vergüenza en lo que tocara una consola. ¿Me importó? Un rábano.
—Yo elijo el juego.
A lo mejor tengan Mario Bross en alguna máquina.
—Bien. —encogió de hombros.
Observé cada pantalla de las maquinas sin entender en que idioma estaban. Entonces sonreí al encontrar mi salvación. En el fondo había un monitor con Pac-Man. Jugaba mucho ese juego a mis trece. Aún debo tener las bases para ganarle a Trey.
—¿Pac-Man? —preguntó jocoso, como si fuera un chiste.
—Sí, o acaso le temes a los fantasmas. —volví a provocarle, necesitaba hacerlo. De ese modo el aceptaría y yo ganaba.
—Como quieras —sus hombros volvieron a encogerse—. Yo primero.
Asentí.
Pude ver como el Pac-Man corría rápidamente por el laberinto y tragarse ferozmente a los fantasmas. Todo en cuestión de minutos. En un santiamén Trey ya había superado la partida. Tragué grueso y el nudo de mi garganta bajo a mi pecho. No tenía oportunidad. No era así de buena.
—Tu turno. —articuló con voz ronca.
Me senté en la silla frente al monitor y pulsé el botón de play e inició mi partida.
Al principio me costó perseguir y a la vez huir de los malvados y hambrientos espectros, cuando únicamente faltan uno, me atrapó en un callejón sin salida de ese laberinto, intenté escapar, pero terminé por ser devorada.
Game Over.
Era más que mala en los videojuegos.
—Cómo sabe la derrota.
Ahora era yo la provocada.
—A cambio de ti, yo sí sé perder. —espete honrada.
—Mi premio. —pidió, afueras del local.
—No te bastó con desprestigiarme allá dentro. —caminé con mi osito de peluche en brazos.
—Yo quería un beso.
—Yo ganar, como verás, no todo es posible es esta vida.
—Te confieso algo. —habló en tono bajo, como si estuviera a punto de confesarme un secreto.
Eso activó mi interés.
—¿Qué? —me acerqué para oírlo con claridad.
Él pasó su brazo sobre mis hombros, jalándome más cerca.
—Eres la primera chica a la que besé. —reveló, mirando mis labios.
Eso era una total mentira. Una patraña. Mentira gigantesca.
—Mentira.
Seguimos juntos en cuanto distancia.
—También eres la primera con la que he dormido.
—Otra mentira.
Aunque esta podía creérmela.
Busqué un poco de emoción falsa o fingida. Nada. Él decía la verdad. Incluso sus labios tranquilos decían ser sincero lo que confesó. Lo que menos hacia con las chicas en su cama era dormir, pero si fui su primer beso… ¿No las besaba mientras estaban con él?
—Que afortunada soy —expresé irónica, sentándome en una banca—. ¿Por qué nunca habías besado a nadie?
Él imitó mi acción y se sentó a mi lado.
—Un beso compromete —habló como un experto en el amor—. No dar besos, dejaba muy en claro que no quería involucrarme sentimentalmente con alguien.
—Pero también dabas la impresión de utilizarlas para sólo placer —defendí—. Eso también está mal.
—Yo no obligo a nadie y fui sincero con todas.
—¿Todas? —me apoyé en el espaldar de la banca—. Debe ser muy larga la fila de exnovias.
—No hay tal fila —espetó serio—. Sólo estas tú.
—Mentira y más mentiras.
—¿Tanto te cuesta creer que me gustas?
—No soy tu tipo. No soy rubia, tampoco alta y mucho menos delgada como una modelo de victoria secret. Yo…
Eso me aterraba, que las diferencia que hoy nos unían tarde o temprano terminaran por separarnos.
Me dolía no ser su prototipo de chica.
No era nada de lo que a él le gustaba.
—No soy la chica de tus sueños.
Abracé a mi osito, triste y decepcionada.
—No lo eres —concordó, mirándome—. Eres sorprendente. Tú, Mia, eres real.
Su sonrisa aparto todas mis inseguridades.