—Además —prosiguió—, una sabia chica me dijo “No tengo un ideal o un estereotipo sobre mi chico perfecto. Me parece muy anticuado clasificar a las personas por sus cualidades.” Y creo que tiene toda la razón.
Recordó mis palabras.
—Eres especial, Trey.
—Veamos si sigues diciendo eso, después de la paliza que te voy a dar en los carritos chocones. —bromeó, tirando de mí para levantarme.
—No acabes con mi reputación de jugadora.
En los carritos chocones hubo un empate. Ambos habíamos chocado a mucha gente. Nos ganamos a unos cuantos enemigos. La batalla estuvo rígida en ocasiones, pero él no era tan bueno atropellando como yo. Yo había nacido para aplastar cosas con llantas. Durante esos quince minutos fuimos niños otra vez, éramos tan infantiles al sacarnos la lengua y chocarnos con fuerza, es más peleamos con una niña de siete años. Sí, muy maduro de nuestra parte.
—Necesito el desempate ya. —rugí.
—Una corrida hasta la rueda de la fortuna. —sugirió sonriendo.
Visualice la inmensa rueda a unos metros de nosotros.
—3.
Inicié la cuenta regresiva.
—2. —siguió.
—¡Ya!
Obtuve ventaja al saltarme el último número.
—¡Tramposa! —oí gritar a mis espaldas.
Corrí por mi vida, como si fuera perseguida por la justicia o el chupa cabras. No me detuve en ningún instante, esquive a personas que se interponían en mi camino.
Con una gran sonrisa y mis cachetes adoloridos de tanto reír, moví con mucha prisa mis piernas, el agotamiento no tardó en seguirme el paso, al igual que Trey pisaba mis talones.
Debía correr más rápido, más deprisa.
—No me alcanzarás. —desafié agitada.
Mis pulmones sincronizaban mis pálpitos.
—Será mejor que corras más rápido. —sospechó llegando a mi lado.
Quedaba muy poco para llegar. Podía ver con más cercanía la ruleta. Eso me animó a seguir, traté de aumentar mi velocidad, mis pantorrillas ardieron y mis piernas quemaban.
Chispas, me ejercitaría más seguido.
Cuando llegué a mi destino descanse sobre otra banca ubicada al lado de la fila, mi alma volvió a mi cuerpo cuando respire profundo, tenía sed y estaba un poco sudada.
No me gustaba sudar.
—Toma. —me dio una botella de agua y se sentó a mi lado.
Habíamos corrido lo mismo y el parecía intacto.
Nada de sudor.
Nada de jadeos.
Nada.
—Deberías ejercitarte más seguido. —denotó chistoso por mi aspecto.
—Lo sé, algún día terminaré alguna rutina.
No era mentira, siempre que empezaba una no la culminaba, realizaba la mitad, o menos.
Bebí del agua que refrescaba mi seca garganta y humedecía mi lengua.
El agua es lo máximo.
—Gané. —bisbiseó victorioso.
Casi regreso el agua con todo y mis jugos gástricos.
¿Ganó?
—No, yo gané. —peleé segura.
Había llegado primero que él.
Negó con su cabeza.
—Yo lo hice, te esperaba y todavía tuve tiempo para comprar las botellas de agua.
Bebí de nuevo, lo suficiente para acabar la botella y ahogar mis penas.
¿Qué? El agua es más barata que el tequila.
—Acepto mi derrota. —asumí la mala racha.
—Subamos.
Miró entusiasta a la enorme y colorida ruleta.
Asentí levantándome para ir a la fila.
—Ya se hace tarde. —pronostiqué, mirando al sol muy bajo.
Caería pronto la noche.
—Todavía nos falta el carrusel y la taza giratoria. —recordó sonriendo como niño ilusionado.
—Démonos prisa, tengo que hacer las maletas.
—Yo te ayudaré con eso.
El resto de las atracciones fueron experiencias maravillosas, tomamos muchas fotos, incluso compramos unas camisetas con el logo del parque como suvenir. Desde la cima de la ruleta todo se apreciaba lejano y el atardecer cubría el cielo pintando nubes a su paso.
En el carrusel fue divertido. Los niños reían y sus vocecitas cantarinas endulzaban mis oídos. Las luces brillaban más de lo común, pero no sólo eran las luces, todo parecía haberse avivado y radiante.
La taza giratoria fue exactamente eso, muchas vueltas y mareos en cada giro. Bajamos de ella con el estómago retorcido y los intestinos revueltos.
Fue un gran día para recordar con una sonrisa despampanante.
Había sido la mejor cita de toda mi vida.
Con el mejor novio que he tenido.
—¿Te divertiste? —indagó Trey, mientras sus manos tocaban una canción electrónica en su volante.
Parecía más baterista que conductor.
—¿Me puedo quedar con estos lentes?
Amé sus gafas gigantes.
—Son tuyas. Te quedan mejor que a mí, todo te queda bien. —guiñó.
—Me divertí demasiado. —estiré mis comisuras.
Me dolían las mejillas de tanto sonreír y el abdomen por no parar de reír.
—Es la mejor cita que he tenido. Bzzzz…Bzzzz. —admití, usando las gafas. Jamás me las quitaría.
—Me hace feliz haber formado parte de ella —chasqueó y miró de reojo—. Ahora la segunda pregunta más importante, ¿tendrías otra cita conmigo?
—No. —mentí.
Detuvo el auto.
No. No otra vez. No quiero dormir de nuevo en un coche.
—¿Por qué no? —preguntó cejudo, desconcertado—. Fue una cita genial. Tú misma lo dijiste: la mejor cita que has tenido.
Pedía una explicación con sus hermosos ojos.
—A partir de mañana seremos amigos —recalqué—. Amigos.
—Amigos. —carcajeó como si hubiese dicho una bobería.
No deje mi semblante serio.
—Sí —confirmé segura—. Amigos.
—No puedo ser tu amigo —negó incrédulo—. No quiero ser tú amigo.
Trey era un chico tenaz, luchaba duro por lograr lo que quería. Esa era una ventaja a favor de un futuro entre nosotros.
—No te estoy preguntando —crucé brazos—, te aviso. Mi sentencia habrá terminado cuando regrese y seremos amigos.
—¿Podré besarte siendo amigos? —tenso su mandíbula. Saboreaba su enojo.
—No, los amigos no se besan.
No sería ese tipo de amiga.
—No, no voy a ser tu amigo. Me niego a serlo.
—Tú aceptas ser mi amigo y yo salgo contigo las veces que quieras. Es un buen trato.
Se lo pensó y consideró.
—No saldrás con nadie más. —demandó celoso.
—Tú tampoco.
—Bien, amiga. —pronunció con énfasis sarcástica.
Infantil.
—Madura, amigo.
Íbamos a unos cuantos kilómetros recorridos y volvió a refutar inquieto.
—¿Amigos? —susurró vagamente, con una risita detestable—. ¿Ni siquiera me darás un último beso?
Bufe exasperada y debatiéndome entre lanzarme o lanzarlo por la ventana.
—¡Serán tres besos, si llegamos al departamento!
Quería estampar mi frente con el vidrio de la ventana.
Él asintió un poco menos malhumorado y volvimos a la vía.
Ya era de noche cuando llegamos al edificio. La brisa era fría y helada. Congelaba mis huesos, estábamos a finales del verano. Pronto llegaría el invierno.
—¿Cómo lo llamarás, amiga? —tomó mi osito.
—Aún no lo he pensado.
Miré al osito. Mi imaginación estaba vacía, ningún nombre llegó a mis pensamientos.
—No te gusta… No parezco un rollo, pero te ofrezco mi corazón y cariño. —agudizó su voz copiando a un oso bebé.
—No me emocionan los peluches.
—¿Y si yo fuera tu peluche? —atacó seductor.
Reí.
—Posiblemente, te habría regalado a mi vecina a cambio de mi Rolly. —reí más fuerte.
—Pongámosle… Ossy.
Ossy.
—Suena bien,
Salí del elevador.
—Ossy el osito. —menciona, admirando el nombre que creó.
Busqué las llaves en mi pequeño bolso, de repente sentí su aliento caliente en el hueco de mi cuello y todo mi cuerpo se paralizó cuando la punta fría de su nariz acarició mi piel erizándola sin esfuerzo, besó mi lóbulo y lo oí susurrarme muy bajito:
—¿Segura de querer ser amigos? —sonó tan sensual y suplicante.
Mis manos tocaron las llaves dentro de mi bolso, no dude en sacarlas y llevarlas torpemente a la cerradura, con mucha prisa.
Trey al no obtener respuesta, golpeó con su palma la puerta a la vez que me giró para acorralarme contra ésta, se acercó aún más.
Me tenía en sus manos. El oxígeno comenzó a reducirse y se me dificultaba respirar. Nuestras narices rozaban. Mis ojos sólo tenían un blanco, los suyos.
—Quiero besarte. —susurró a centímetros de mis labios.
Volví a sentir el impulso tremendo de unir nuestras bocas, cerré mis párpados pidiéndome un poco de control en mí misma, mala idea, Trey continuó acariciando mi lóbulo y besar levemente mi clavícula.
Para cuando decidí separarme, la puerta se abrió dejándonos en el suelo, no de forma muy cómoda, él cayó sobre mí y por más que me resistiera, mi debilidad era él.
Miré sus suculentos labios y relamí los míos con el deseo de volver a rozarlos. Trey continuó reduciendo la distancia y a milímetros de un gran beso.
—No podemos ser amigos, Colibrí. —habló con voz ronca y no pude más.
Lo atraje estampado mis labios con los suyos y el tiempo no volvió a tener segundos otra vez, se media al ritmo de sus labios.
Un escalofrío me recorrió al sentir sus manos en mis muslos. Su tacto me enloquecía.
No quería alejarlo ni alejarme.
Sólo lo quería a él.
—Me gustas. —jadee sin aliento.
Pues ese beso me lo había robado.
—Me gustas mucho, Trey. —volví a embriagarme con sus besos, y sentí su media sonrisa mientras lo besaba.
Me cargó levantándome del suelo, aún sin romper ese delicioso beso y me dejo en la encimera. Mis labios pedían cada vez más de él. Mas de él. No hablo una noche sino todas las noches por el resto de mi vida. Él era todo lo que necesitaba.
Trey era todo.
Todo lo que buscaba.
Todo lo que deseaba.
Todo en todos los sentidos.
—¿Amigos? —preguntó con sus brazos apoyados en mis costados.
Su cabello estaba revuelto y aún hecho un desastre se veía asombroso. Sus labios eran lo único que mi cuerpo exigía para seguir y las luces en sus pupilas serían las que iluminarían mi oscuridad. Su pecho latía con fuerza, mi corazón lo sentía.
No.
No podía ser su amiga.
No esperaría más, lo encontré y no lo dejaré ir.
No sin antes haber gastado cada pálpito que me queda en intentarlo y juraría que son muchos lo que me quedan a su lado.
—No —apoyé mi frente en su mentón—, no podemos ser amigos, Trey.
—Arreglemos tu maleta —engrando su sonrisa—, Colibrí.
—Sólo si me das otro beso.
—Si ya no soy tu amigo, significa que tengo más de tres ¿Cierto?
Asentí riendo.
—Tienes muchos más.
Él expandió su sonrisa, acercándose para cumplir mis suplicas. Un beso.
Pero mi celular vibró. Mal momento para notificar, querido teléfono. Busqué mi bolso, con suerte aún lo tenía.
—Diga. —contesté la inoportuna llamada, y soné cohibida a decir más.
Trey continuó el masaje de sus labios en mi cuello. Me mordí la lengua y cerré mi boca para evitar que salieran los suspiros resguardos.
—Ya te olvidaste de mí. —dijo el remitente.
No reconocí su voz. La verdad no la había oído nunca.
—¿Quién habla? —pregunté, esta vez con voz más alta y sin titubeos.
Rey Ricura se detuvo para mirarme atento. Le interesaba la llamada. Sus ojos hacían preguntas al respecto.
Yo esperaba conocer el nombre del sujeto.
—En serio, no te acuerdas de mí —rio sin ganas—. Soy Chris.
El mundo se detuvo cuando escuché ese nombre. Chris.
El amigo e integrante del equipo de Trey.
—¿Qué quieres?
Fui directa y sin rodeos.
No me interesaba ni cruzar palabras con él. Siendo sincera, tenía una mala espina cuando se trataba de él. Esa corazonada no me gustaba para nada.
—Pásame a Trey. —pidió y yo le tendí mi celular al solicitado.
Trey me miró curioso e intrigado, pero cogió la llamada.
—¿Sí? —habló con suspicacia.
Lo vi cerrar sus ojos y sonreír. Suponía que le acababan de dar una buena noticia.
—¿Cuándo será el partido, Chris?
Oh, se trataba de otra jugada.
Estaba tan emocionado que me contagió su estado de ánimo.
Intenté bajarme de la encimera. Sin embargo, al tocar el suelo Rey Ricura me acorralo otra vez. Pegando nuestros cuerpos de tal forma que no quedara ningún centímetro entre nosotros. Aún atendía a Chris por teléfono.
—Espera. —le dijo a Chris, para unir nuestros ansiosos labios, me tomó de la cintura y juraría que mi anatomía colapsó en ese preciso instante.
Se separó sin aire y volviendo al beso desde otro ángulo. Fue un casto beso de ternura y deseo. Me perdía con facilidad en sus ojos, pero con sus besos… yo jamás regresaría.
—Espérame en tu habitación, te ayudaré con la maleta y prepararé algo rápidamente para cenar. —jadeo, alejándose un poco.
Sacó su celular del bolsillo para entregármelo. Lo tomé confusa.
—Está sin batería. —dijo. Y entendí que lo pondría a recargar su batería.
Antes de cerrar la puerta, lo miré de reojo.
Estaba mirándome el trasero. Lo fulmine con mis ojos. Jamás dejará de ser un pervertido monumental.
Coloqué su teléfono con mi cargador y la pantalla se iluminó dejándome ver su fondo de pantalla. Era nuestra foto en el carrusel. Cuanto me divertí ese día. No obstante, un mensaje dañaba nuestra imagen. Era un mensaje de Natasha. No pude leer en la más mínimo porque la voz de Trey retumbo por el pasillo.
Me senté en mi cama e intenté quitarme las sandalias para aparentar no haber visto tal mensaje.
El receptor del mensaje se hizo presente dentro de mi recámara.
Lo miré y estaba tan sonriente que las ganas de preguntarle quien chispas era Natasha, se esfumaron. O sólo se ocultaron para no dañar su momentánea felicidad.
—Un nuevo partido, ¿Eh?
—Será fuera de la ciudad, eso significa que habrá cazatalentos.
El colchón se hundió cuando poso su peso a mi lado.
Estaba muy ilusionado con esa idea.
—Quisiera que vinieras conmigo, pero es en esta semana, en tres días para ser preciso. —me vio con tristeza.
—Sabes que no puedo. Le prometí a mi familia estar una semana con ellos.
—Lo sé. Miremos como van tus heridas —tomó mi tobillo para quitar la bandita—, sanan muy rápido.
Acarició mi piel en proceso de sanación y su tez se sintió tan bien allí en mis heridas. Era como si sus toques curaran cualquier herida en mí, incluidas aquellas que nadie veía.
—Entre unos días estarán bien, te obligaré a enviarme el reporte diario de ellas. —demandó.
Me encantaba que se preocupase y cuidara de mí.
—Lo haré —asegure—. Yo puedo preparar la maleta. Tú encárgate de la cena.
Me levanté en busca de mi maleta, la última vez la había puesto dentro del armario, pero también recuerdo haberla sacado para tener más espacio en zapatos.
¿En dónde la guardé?
—Colibrí.
—¿Sí? —inquirí revisando detrás del armario.
No estaba.
Chispas, en donde está la maleta cuando la necesito.
—Te ayudo.
Se me unió en la búsqueda de la maleta perdida.
—¡La encontré! —exclamé, viendo mi maleta debajo de la cama.
La jale para exponerla y abrirla.
—Manos a la acción.
Trey me ayudó a doblar algunos pantalones y faldas. Yo elegía que vestidos y blusa empacaría. Sería una semana, guarde siente atuendos y uno extra. Además, aún tenía ropa en casa de papá.
—¿Usas lencería? —preguntó repentinamente Trey a mis espaldas.
Giré para responderle y me encontré con mis pantys en sus manos. Las arrebate con una mezcla de enojo y vergüenza.
—Deja de tocar mi ropa interior. —sermoneé mostrando mi enojo.
—Apuesto a que las de lunares redondean ese maravilloso trasero.
Miró mis bragas con estampados de bolitas de colores.
—Mejor vete a hacer la cena.
Podía oler mis tomates ardiendo. Me sonroje.
Vamos, no es muy cómodo hablar de tus bragas con chicos.
—Me encanta como te ves sonrojada. —habló lentamente. Como si leyese sus pensamientos.
—Tengo sueño, Trey.
—Bien, bien. Preparé unos sándwiches antes de irnos al parque. Deben de estar en la nevera.
Salió en busca de la cena y yo cerré mi maleta. Había empacado la ropa, zapatos, block, libros de dibujo y mi laptop. Hasta ahora no había olvidado nada.
Sospecho.
Otra vez la pantalla del celular de Rey Ricura se encendió. Otro mensaje. Miré de reojo y pertenecía al mismo contacto. Natasha.
Aún tenía trato con ella.
—Aquí están, no les puse tómate y les agregué mostaza, como te gustan. —dejó el plato en la mesa.
Ya habíamos preparado antes los sándwiches, él sabía que reemplazaba los tomates por mostaza.
La primera vez que los preparamos, unté mucha mostaza en los emparedados, obvio a él no le gustaban con mucha mostaza, por esa razón él mismo los preparaba.
—Tienes un mensaje. —le informé, di mi primer bocado al emparedado.
—Lo responderé luego.
Asentí, masticando mi sándwich.
—¿Cuáles son tus sueños? —interpelo, mirándome con interés.
¿Mis sueños?
Di un gran suspiro.
—En lo profesional, llegar a ser una gran diseñadora y trabajar para marcas prestigiosas.
Seguí degustando de lo poco que le quedaba de mi emparedado.
—¿Y en lo personal?
Me escogí de hombros.
A lo largo de mi vida he tenido muchos planes y metas, pero todas únicamente en lo profesional. No me había planteado que deseaba en mi futuro a nivel personal.
—Lo que todas las personas quieren, casarse y formar una familia. —contesté sin mucha emoción, no muy convencida.
—Dudo que sea eso lo que quieres.
—Yo también, pero es una meta a largo plazo. No pienso llegar soltera y con muchos gatos a un asilo de ancianos.
Reí al verme en un futuro lejano de esa forma.
—No lo permitiría —carcajeó—. Mínimo llegamos casados al asilo.
Reí con ganas.
—Me tendrás que aceptar con todos mis gatos.
—Nada va cambiar lo que siento por ti, ni siquiera unos cuantos gatos.
Sonreí.
—Salté, me voy a cambiar. —dije sutilmente.
No se inmuto, es más, se echó en la cama.
Le miré con furor.
—Podrías salir y darme privacidad.
Empecé a escrutar mis cajones y sólo había un short pijama limpio. Genial. Toda mi ropa sucia en el cesto esperando una buena lavada.
Miré a Trey.
No creo que le moleste prestarme una camiseta suya.
—Trey.
—Dime, Colibrí.
Miraba su celular, seguro el chat con Natasha debía de ser más encantador.
—Olvídalo. —rezongué sin querer.
La camiseta que usaba no estaba tan mal como para dormir con ella puesta. Me encerré en el baño. No iba a cambiarme frente a ese pervertido. Me violaría con su vista.
El short pijama era muy cómodo, salí ya con el puesto y desaté la coleta que ataba y envolvía mi cabello. Iba muy centrada en esa labor que ni me percaté de qué Trey no estaba en la habitación y eso me entristeció. Me senté en mi cama, esperándolo. Sólo había dormido con él una noche y me encariñe con su presencia mientras dormía. Me gustaba lo segura que era a su lado.
—Si tan sólo querías una camiseta, lo hubieses dicho —me arrojó en la cara una camiseta muy grande, obviamente era suya—. Aunque no tengo problema en que duermas sin ella.
—No lo hice porque parecías muy ocupado. Date vuelta. —demande y se cubrió el rostro.
—Le enviaba nuestra foto a Tania. Fue idea suya lo del parque.
Me quite mi camisa para colocarme la suya, la cual me quedaba como una bata.
—Ya —avisé, pero él ya no ocultaba su cara—. Gracias.
—Ven aquí.
Palmea mi lugar en la cama, cansada me recosté a su lado.
—Buenas noches. —bostecé.
—No —contrapuso, abrazándome por atrás—. Ahora si son buenas noches.
Me estrujo fuertemente con sus brazos.
—Un mes fue poco tiempo para enamorarte —dijo, y hundió su nariz en mi hombro, oliéndome—, pero si tú me das solo una oportunidad más, nosotros podemos armar nuestros sueños y unir nuestras vidas.
Justo en ese pequeño momento, en donde soñaba en voz alta con un nosotros como si fuéramos infinitos. Podía jurar que sólo por esas milésimas de tiempo fuimos eternos.
—Sólo dame tiempo y no te alejes de mí, Colibrí.
—Mientras no cometas una imbecilidad, yo estaré contigo. —le susurre tiernamente.
Si supiera que un mes fue suficiente para acabar con mi oscuridad y lluvias que amenazaban caer como granizo. Tal vez, así de raro sería estar enamorado.
Quizá me estaba enamorando, y no frenaría mis sentimientos. Pues estos no fluían como lago a su lado, mis sentimientos avanzaban como un tsunami llevándose todo lo malo dentro de mí.
—¿Todo bien, Colibrí? —me apretujó con necesidad contra su pecho.
—Siempre.
Deseaba pasar así los días restantes de mi eternidad. Así, con su cabeza en mi cuello, su cálida respiración en mi nuca, su brazo rodeándome la cintura y su pecho latiendo en mi espalda.
Serían las mejores noches de mi vida.